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Irak: Lágrimas en el desierto


Gustavo Sierra*


 
Mundoarabe.org,25/03/2000
El doctor Faisal Haba se vio obligado a cerrar definitivamente su consulta. Alguien le advirtió que lo buscaban para secuestrarlo. Es un hombre valioso para los grupos terroristas de Abu Mussab al-Zarqawi. Es considerado uno de los mejores cirujanos de Oriente Medio y podría salvar la vida de muchos insurgentes heridos. Haji Ahmad Auda dice que ya no va a ser chofer de ningún occidental. Un vecino lo amenazó. "Si seguís llevando periodistas extranjeros te vamos a matar a ti y a ellos", le dijo. Sandus Askashammi tiene 28 años y dice que quiere morirse. Acaba de perder a su segundo marido en dos años. Al primero lo mataron las bombas estadounidenses durante la guerra. Al segundo, la semana pasada al entrar a una mezquita justo cuando explotaba un coche bomba. Se habían casado en enero.

Esta es la realidad de las vidas de tres iraquíes a dos años de la guerra que empezó el 20 de marzo de 2003 y que oficialmente terminó el 1º de mayo de 2003, pero que en realidad nunca terminó. Una realidad compartida por los 26 millones de iraquíes que sobreviven en esta guerra después de la guerra.

"Convivimos con la muerte todo el tiempo. Es asqueroso. Comes y sientes el olor a muerto", me dijo Haji Auda hace poco en Bagdad. Ese es el sentimiento de todos con los que conversé entonces y con los que sigo en contacto por mail o teléfono.

 No hay cifras oficiales de muertos en estos dos años. La prestigiosa revista científica británica The Lancet hizo una proyección y alcanzó la cifra de 98.000 civiles muertos. El sitio de Internet Body Count mantiene un conteo diario que ayer estaba en 19.422 víctimas, pero cuenta sólo cuerpos identificados oficialmente por alguna organización. El ejército de ocupación estadounidense asegura que perdió a poco más de 1.500 hombres y que tuvo unos 10.000 heridos —el diario del ejército Stars and Stripes informó que en los hospitales de Alemania adonde son evacuados los heridos, atendieron a 20.000 soldados—. Pero aquí no se cuentan las bajas de las fuerzas especiales (agentes de la CIA, por ejemplo) porque el gobierno no tiene la obligación de darlas a conocer públicamente.

Con las elecciones del 30 de enero se creía que disminuiría la violencia, pero no ocurrió. Hay un promedio de entre 60 y 80 atentados por día. Esta última semana, cuando estaban por jurar los nuevos miembros de la Asamblea Nacional, legisladores, periodistas y guardias nepaleses tuvieron que correr a refugiarse. Una ola de explosiones de morteros se produjo sobre el edificio del antiguo Centro de Convenciones de Bagdad donde se realizaba la ceremonia, que está ubicado en el medio de la Zona Verde que es sede del gobierno iraquí y del comando militar estadounidense, supuestamente el lugar más seguro de la ciudad.

"Si uno sobrevive, el principal problema es la falta de electricidad", me dijo con una sonrisa sarcástica Baquba, un periodista iraquí que trabaja como free-lance para medios europeos. Los iraquíes tienen un promedio de entre cinco y ocho horas diarias de electricidad. Los barrios que se pueden dar ese lujo están plagados de enormes generadores que contaminan con el gasoil y el aceite que derraman y el humo que lanzan. Hasta la caída de Sadam Husein se generaban más de 9.000 megavatios al día, ahora las empresas estadounidenses que se quedaron con la concesión no llegan a los 3.800 megavatios. El año pasado lograban unos 4.400 megavatios, pero los constantes sabotajes han empeorado considerablemente la situación en apenas seis meses.

Los 18.400 millones de dólares que EE.UU. invirtió en la reconstrucción —no estamos hablando de los 100.000 millones de dólares que le costó hasta ahora esta guerra— parecen haberse esfumado. Salvo en la Zona Verde de Bagdad, en el resto del país no se ve una sola construcción pública. El 60% de la población todavía depende del reparto de comida. El ingreso promedio anual de los iraquíes pasó de 3.000 dólares durante la dictadura sadamista a menos de 800 el último año, de acuerdo al Banco Mundial.

El petróleo, supuestamente el motivo por el cual había atacado EE.UU., sigue dormido en las profundidades del desierto. En estos dos años apenas si lograron extraer unos 2 millones de barriles al día. En 1979 ya Irak extraía más de 3 millones de barriles diarios. Y los constantes ataques a los oleoductos reducen la producción en forma constante. Los analistas aseguran que no se alcanzarán los 3,5 millones de barriles al día hasta el 2009.

Dos años después de la caída de Sadam, los iraquíes no tienen nada para festejar. La euforia de las elecciones en las que votaron 8 millones de personas a pesar de una ola impresionante de ataques, duró muy poco. La Asamblea Nacional elegida ese día aún no pudo ponerse de acuerdo para nombrar un nuevo primer ministro y un presidente.

El doctor Faisal, que había visto la elección con esperanza, lo resume así: "Esta gente cree que todavía está viviendo en la Torre de Babel. No entienden que eso terminó hace 3.000 años. Aquí lo único que quedó de la antigüedad es Alí Babá y sus ladrones". Haji, que votó feliz por primera vez en su vida, ahora quiere irse "como sea". Sandus Askashammi, simplemente quiere morirse. 

* Gustavo Sierra. Clarín-Argentina

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