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     Curso "Islam y Mundo Árabe"

 


 

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ESTADOS UNIDOS: RELIGIÓN Y POLÍTICA

Fernando Montiel T*
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Prisionera del discurso de unos pocos, la humanidad entera se encuentra hoy en la misma posición que hace 500 años, al fin, pareciera ser verdad cuando se dice que “cansada de crear, la historia tiende a repetir”. En el pasado fue la España de los conquistadores, hoy, es la Espada y la Cruz de lo que se dice y se hace en los Estados Unidos la que desnuda la pregunta obligada: ¿Dónde se encuentra la frontera que divide la política de la religión en Washington?.

            En un acto en honor de las víctimas del genocidio en Hiroshima, Johan Galtung recordó un dato que sirve para comenzar a desenredar la madeja teológico-política-militarista de la Casa Blanca: en los Estados Unidos 34% de la población cree en la teoría de la evolución, mientras que 68% se encuentra convencida de que Satanás es una fuerza activa en el mundo terrenal. La cifra respalda a plenitud a Noam Chomsky quien ha sostenido repetidamente que “la estadounidense es una sociedad tremendamente fundamentalista”. Para aquel que requiera de ejemplos concretos basta recordar los asesinatos a golpes de ciudadanos en el sur de los Estados Unidos tras el 11 de septiembre, a quienes por vestir turbantes, se les acuso de “ser musulmanes” (como si fuese, en primer lugar, un delito, y que además mereciera pena de muerte). La justificación del asesinato por parte de los perpetradores fue de orden religioso, no se les acuso de ser “terroristas” o “criminales”, se les acuso de ser “musulmanes”, y por ello se les asesinó. La tragedia no sólo reveló la histeria anti-musulmana y el nivel de fanatismo social, sino también la ignorancia de hechos concretos: inmediatamente tras el 11 de septiembre en todo el mundo la comunidad musulmana realizó actos religiosos para honrar a las víctimas del atentado. Los hechos ocurrieron al sur de los Estados Unidos, y esto no es casual. No podemos olvidar que precisamente en el sur de los Estados Unidos, no muy lejos de donde ocurrieron los hechos, se encuentra el rancho de Waco, donde hace algunos años la secta que dirigía David Koresh escribió una de las páginas más negras de la historia estadounidense. Pero esto no es todo, no muy lejos de Waco es también donde se fundó el Ku Klux Klan, y, cosa del destino, en la zona se encuentra también el rancho de los Bush en Crawford, Texas.

“La Biblia” respondió George W. Bush cuando se le preguntó cuál era su libro de cabecera para tareas políticas y personales. Entre Waco y el Ku Klux Klan como antecedentes regionales, y su adicción a las drogas y al alcohol como antecedentes personales, la respuesta cobra una relevancia particular en boca del hombre más poderoso del mundo.

            Si el fanatismo cristiano es una realidad concreta en los Estados Unidos en general, y en la presidencia en turno en lo particular, la siguiente interrogante que salta a la vista es ¿qué tanto ha permeado la razón teológica frente a la razón política en la Casa Blanca?, más aún, ¿son incompatibles?. El cuestionamiento resulta picante si observamos que, más allá del aderezo religioso con el que Osama Ben Laden (en caso de que fuese el responsable) y George W. Bush decoraron sus respectivas atrocidades -en Washington y Nueva York y en Kabul y Bagdad respectivamente-, en el caso concreto de la Casa Blanca, la razón teológica parece siempre empatar con la razón política. La sincronía de intereses entre “el combate al mal del mundo” (razón teológica) y la existencia de gas en Afganistán (o las futuras instalaciones de oleoductos asiáticos para suministrar a Occidente), petróleo en Irak e intereses corporativos personales de la familia Bush y su gabinete (razón política) hace, en el mejor de los casos, sospechoso el discurso religioso y el fanatismo institucional con el que se maneja la política exterior estadounidense. ¿Cómo explicar esta sintonía?

            George W. Bush puede estar convencido en lo personal de la santidad de sus acciones (no debemos olvidar que en su momento, según la iglesia católica, oficialmente los “indios” del continente americano no tenían alma, ergo, no eran seres humanos y podían ser tratados como bestias), después de todo, al ser sus acciones de gobierno “mandatos de dios”, escapan a la evidencia lógica concreta y entran en el plano de lo emocional-espiritual-abstracto; hecho que se agrava si añadimos que, en la lógica del fervor religioso fundamentalista -como es la del presidente estadounidense- “el fin justifica los medios”. Así como ocurre en la cúspide política estadounidense, la base política está también infectada de la misma visión acrítica, unidimensional y fanática. Bombardeada por décadas con campañas de manipulación y distorsión de la realidad tendientes a fomentar la esterilidad política, la sociedad estadounidense es rehén de su clase dirigente. Estados Unidos puede ser uno de los países más libres del mundo (después de todo siempre es posible acudir a los archivos desclasificados para constatar la prueba de matanzas, conspiraciones y asesinatos patrocinados por su gobierno), pero la idiotización sistemática como política de Estado ha rendido hoy sus frutos: pocos saben que cuentan con estas libertades, y sólo unos cuantos hacen uso de ellas. La enajenación aplastante del ciudadano común lo ha vuelto pasivo, apático, desinformado o, en el mejor de los casos, malinformado sobre su gobierno y el papel que juega en el mundo. La esterilización intelectual de las masas en los Estados Unidos ha conjurado los peligros que la crítica social le puede representar a sus gobernantes, junto con ella, la incultura y la descomposición que se padece en el tejido social se ha hecho presente de forma brutal (¿niños que matan y se matan en las escuelas?), pero no importa, es un costo que vale la pena pagar para preservar la estabilidad de lo que Wright Mills llamó en su momento “la elite del poder”. No es casualidad que, siempre que surge un líder verdaderamente popular en los Estados Unidos este ha acabado muerto, Malcolm X y Martin Luther King son tan sólo dos de los ejemplos más notables. En una sociedad en tan deplorable condición intelectual y tan propensa a los brotes racistas y xenófobos, la incitación al fanatismo religioso es tarea fácil, y para constatarlo, basta recordar las cifras de Galtung que citamos al principio y a los ejecutados por el “crimen” de ser “musulmanes”.

            Pero la enfermedad mental (porque esto es el fanatismo) que padecen por igual la cúspide del poder en los Estados Unidos y la sociedad a la que gobierna no dan la pauta para comprender la sincronía existente entre la “razón teológica” y la “razón política” de la política exterior estadounidense. El dato que funciona como hilo de Ariadna en esta tarea es la existencia de una capa intermedia, es decir, el estrato compuesto por los políticos profesionales, sus operadores, y los policy makers. En este estrato la “razón teológica” presidencial es probablemente motivo de burlas secretas y de chistes privados al momento de diseñar planes político-militares concretos. Quienes se encuentran en esta posición paladean lo que significa la cercanía con el poder: gozan de sus derechos, y padecen pocas de sus responsabilidades. Esta es la ventaja de estar tras el trono. La “razón política” se encuentra en el centro de sus elucubraciones, una vez definidos los objetivos, la tarea de venderlos, hacia arriba y hacia abajo, se convierte en un primer momento en una cuestión de relaciones públicas, y al final, termina por no ser más que una profecía autocumplida.

            George W. Bush va con la “razón teológica” como el rey que camina desnudo suponiendo que lleva un traje de la más fina seda. Nadie lo sacará del error, antes, lo manipularán para que camine por donde conviene al estrato medio. En este sentido, el presidente de los Estados Unidos es un “idiota útil” a los intereses de los policy makers (cosa que no es difícil de conseguir con un hombre que, además de fanático, es tremendamente ignorante: como candidato presidencial creía que los Talibán era un grupo musical y ya como presidente afirmaba con toda convicción que “la mayor parte de nuestras importaciones vienen del exterior”). Convencido como está de que la divinidad está de su lado, no debe ser difícil explicar a George W. Bush porqué la “razón política” que le proponen sus operadores  en materia de política exterior siempre coincide con su “razón teológica”. La tarea de vender esta última idea a las masas es todavía más sencilla: ignorantes, acríticas y embriagadas de autocomplacencia y por el “bien que hacen al mundo”, la población estadounidense es además prisionera de los medios masivos de comunicación, quienes, disciplinados a los dictados de la élite del poder, siembran realidades inexistentes (“... and justice for all”) o distorsionadas (American dream y el American way of life, o el más famoso y seductor sex, drugs and rock´n roll).

            Así es como se forma una profecía autocumplida: el estrato medio del poder se encarga de decorar la razón política que ha definido como conveniente a sus intereses (eso que genéricamente llaman el “interés nacional”) y la hacen compatible con la razón teológica que es la guía operativa presidencial. Conseguido el apoyo de la cúspide, se echa mano de todos los mecanismos de control y dirección del pensamiento disponibles nacional e internacionalmente para convencer o explicar cómo la razón teológica y la razón política son una y la misma cosa. Si en algún momento existió una diferencia entre una y otra, la tarea en este punto es desvanecer dicha diferencia hasta hacerla imperceptible. Y si en algún momento no fuera posible explicar las contradicciones intrínsecas que esta operación conlleva, siempre es posible apelar a expresiones huecas para salir del paso como “eso es información clasificada”, “sin comentarios” o, si nos obsequian alguna generosidad “por razones de Estado”. Fueron estas últimas las frases que se utilizaron ampliamente para “explicar” los nexos empresariales entre la familia Bush y la familia de Ben Laden, o el apoyo que prestó el Gobierno estadounidense a la conformación de Al Qaeda; fueron estas también las “explicaciones” que se utilizaron para “detallar” el porque no se atacó a Arabia Saudita o a Turquía y sí a Irak, cuando el régimen de Riad era el segundo más intolerante después del de los talibán, y el régimen turco mucho más represivo contra la comunidad kurda que el de Bagdad.

            Clausewitz señala que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y aquí viene la última pregunta ¿es la guerra un acto religioso para el estadounidense común y para su clase política?. La respuesta puede ser “sí”, pero con matices. Lo es para la cúspide, y lo es para la base, para ambos, cualquier acto de los Estados Unidos es intrínsecamente bueno, aunque choque con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aunque vaya en contra de la Carta de los Derechos Económicos y Sociales, aunque reviente el contenido de las Convenciones de Ginebra o aunque atente contra la Carta de San. Francisco. Tan está la divinidad con George W. Bush y los ejércitos de fanáticos embelesados y dominados por lo que Johan Galtung llama el Síndrome de las 3M´s (Mc.Donalds, Michael Jackson y Mickey Mouse como heraldos del consumismo) que no reparan en que la atrocidad de las acciones que cometen y/o respaldan atentan incluso contra varios de los Diez Mandamientos (no robaras.... no mataras). Así, la “razón teológica” tiene un uso meramente formal y propagandístico, más no es el eje en torno al cual se diseñan las políticas de Estado, estas últimas tienen su propio referente y sus propios arquitectos: su referente es lo que hemos llamado la “razón política”, y sus arquitectos quienes integran el poder tras el trono. No en vano un alto funcionario del Departamento de Defensa reconoció, tras el crimen cometido contra Irak, que el motor de la guerra fue el petróleo, y no Husein ni las armas que nunca existieron.

En la Francia revolucionaria Robespierre y los Luises perdieron la cabeza, solo José Fouché sobrevivió, y sobrevivió porque vivió a la sombra del poder. Hoy quienes se benefician del llamado “nuevo orden mundial” de tintes retrógrados y teológico-militaristas son los modernos herederos de Fouché, quienes viven en hoteles de 5 estrellas o gran turismo y quienes trabajan en Thinks Tanks y “salas de situación”, en rascacielos y chalets. Dice la sabiduría popular “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Ellos pescan y revuelven las aguas, y en el proceso, junto con los peces, se llevan el dinero, la vida, la sangre y la dignidad de la raza humana.
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*Editor, analista y consultor en relaciones internacionales y resolución de conflictos, colaborador de Mundoarabe.org

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Editor Ahmed Hijazi
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