| |||||||
|
________________________________ Irak-España ¿Alguien
rectificará? Félix
Ovejero Lucas* Antes de pedir
rectificaciones a la oposición, Aznar debería recordar que estamos esperando
una primera rectificación, la suya, la fundamental. Debería admitir que las
armas secretas de Irak eran un cuento chino. Pero no es fácil que lo haga.
Tendría que confesar que mintió. Y ésta sería la mejor alternativa. La otra
le exigiría reconocer que tampoco él estaba en el secreto, que también a él
le engañaron. Pero a nadie le gusta parecer tonto, acusica o chico de los
recados, al que ni se informa de las gestiones que tramita. Y alguno, si no
todos, de esos papeles tendría que aceptar si nos confesara que a él tampoco
le contaron la verdad. Por supuesto, para explicar sus resistencias a la
rectificación tampoco hay que descartar la soberbia y el envilecimiento de la
sensibilidad que producen el hábito de mandar. En sus lecturas poéticas quizá
debería Aznar olvidarse por un tiempo de Cernuda, de quien sólo parece haber
aprovechado los tonos vinagres, y volver de nuevo al Kipling de If, aquel
poema que deberían conocerse de memoria -de "corazón" se dice muy
apropiadamente en otras lenguas- todos los que se dedican profesionalmente a la
política y que recomendaba "no mentir cuando te mienten" y
"hablar con las multitudes sin perder la virtud y pasear con los reyes sin
perder la humildad". Si no me confunde la memoria, Aznar decía
considerarlo su favorito y, sin embargo, lo ha traicionado en todas sus líneas. Pero, en fin, como
no exhibir los errores parece estar en la naturaleza de la profesión política,
aunque quepa el lamento, no cabe la sorpresa. Más extraña resulta la ausencia
de rectificación en otros gremios que, según es convención, están
comprometidos con la verdad: los académicos y periodistas, muchos de los cuales
justificaron la guerra por la supuesta existencia de armas de destrucción
masiva. Aquí sí que uno, en su ingenuidad, esperaba no sólo rectificaciones,
sino, después de digerido el papelón, hasta enfado con quienes les
suministraron información falsa. Algo así como lo que hace unos años hizo
Rafael Sánchez Ferlosio cuando rectificó sus opiniones sobre la integración
en la OTAN después de reconocer que Felipe González le había engañado. Enfadados, no;
indignados, esperaría uno a quienes hicieron de la premisa de las armas la
fundamental de su defensa de la guerra. A la altura de las patrañas que les
endosaron, que no debieron ser cosa de chiquillos. Porque muy dramáticas tenían
que ser las pruebas y mucha su confianza para lanzarse como lo hicieron algunos
a la defensa de la intervención bélica. Tan poderosas que vencieron razones
políticas, éticas y jurídicas. Las políticas, porque no cabe mayor perversión
del ideal democrático que el que cristalizó en la posición norteamericana y
que venía a decir: "Sólo aceptaré la decisión de la mayoría si está
de acuerdo con lo que a mí me parece bien". Las éticas, y casi lógicas,
porque cualquiera de los principios invocados aplicados en consecuencia hubiese
exigido empezar por invadir Estados Unidos o Israel, países que cumplían con
nota los requisitos de posesión de armas de destrucción masiva y de disposición
a intervenir en donde les parezca. Y las jurídicas, porque la intervención
hubiese sido ilegal incluso con la autorización del Consejo de Seguridad,
porque como nos recordaba un prestigioso jurista italiano, Luigi Ferrajoli, en
una argumentación particularmente pertinente en estos días y que recojo de un
artículo suyo traducido en la revista Mientras tanto: "Tras ese equívoco
(la posible autorización por el Consejo de Seguridad) late una grosera confusión
entre la ONU, es decir, entre el ordenamiento instituido por la Carta de
Naciones Unidas, y las decisiones del Consejo de Seguridad, como si este último
fuese un soberano legibus solutus y no un órgano de la ONU sometido,
precisamente, a su carta estatutaria. Si disipamos ese equívoco y reconocemos
que la ONU, como es obvio, consiste en el ordenamiento de las Naciones Unidas
disciplinado por su carta institutiva, varias cosas resultan claras: que la
guerra contra Irak, autorizada o no por una segunda resolución, sería de todos
modos, con base en la Carta, un ilícito internacional; que su autorización sólo
tendría el efecto de involucrar al Consejo de Seguridad en una violación y
acaso en una disolución de su propio ordenamiento". En fin, que si esos
sapos se tragaron, los argumentos que los convencieron debían de tener la
fuerza demostrativa de un tratado de geometría. Y en todos ellos, para quienes
defendieron la intervención, se incluía como premisa fundamental la existencia
de las armas. Por lo mismo, revelada la condición fraudulenta de ese supuesto,
no debería ser de menos calibre su enfado con quienes les mintieron. Para
los políticos, las rectificaciones no resultan sencillas de digerir, sobre todo
si se ha empeñado en el negocio biografía, recursos e intereses. Aunque en el
caso de los norteamericanos, después de repetir tantas veces el mismo número,
cabría esperar que, además de alguna suerte de juicio prudencial antes de
lanzarse a actuar, dispusieran de un bien organizado departamento de disculpas:
ya son muchas veces las que, después de entrar como elefante en cacharrería,
se asombran de las consecuencias de sus acciones y acaban para descubrir al fin
que, mira por donde, sus razones eran retorcidas; al menos en la prudencia, el
Vaticano, otro especialista en llegar tarde y mal a las rectificaciones con la
historia, parece haber avanzado algo más. Pero eso, que vale
para los políticos, no vale para aquellos otros que de un modo u otro hacen del
juicio independiente el norte de su oficio. Si creyeron honradamente en lo que
les contaron, ahora con la misma honradez deberían estar indignados y
rectificar. Entiéndase, no se trata de rectificar convicciones, de que cambien
de ideología, sino que precisamente, en nombre de esas convicciones, de su
compromiso honesto con ellas, reconozcan que esta vez se equivocaron. Sin embargo, no
parece que vayan por ahí los tiros. Al revés, ha comenzado a circular una
argumentación que, por lo que presume y por sus maneras, en su endeblez, invita
a pensar que el cambio de opinión no es cosa de días. Me refiero a esa letanía
que consiste en decir que no se podía saber que no se encontraría nada. Uno,
si es racional, actúa desde lo que tiene o sabe hoy, desde la información
disponible, no desde la que puede llegar a encontrar. Por eso, salvo que crea en
la Divina Providencia, nadie se embarca a hacer una travesía en el desierto sin
agua. Se actúa a partir de las pruebas o de los indicios razonables de pruebas
y no para buscar las pruebas o los indicios. Si tenían pruebas o indicios en
los que basar la acción bélica debieron mostrarlas. Y si mintieron es que no
tenían nada. Quizá es cosa de recordarles a los conservadores el argumento de
Popper que tantas veces han utilizado para criticar las posibilidades de
anticipar lo que vendrá y, por tanto, según ellos, de cambiar informadamente
la sociedad: uno no puede conocer hoy lo que conocerá mañana porque si no ya
lo conocería hoy. Es cierto que, no pocas veces, hay ciertas cosas que sólo se
descubren una vez nos ponemos en el camino, pero eso sólo está justificado si
tenemos indicios de que algo podremos encontrar. Y la mejor prueba de que les
faltaban razones para convencer es que tuvieron que inventarse las razones,
tuvieron que mentir. Sencillamente, no tenían nada. Cuando hoy se
escucha a algunos, los que no callan, apelar a argumentos tan pantanosos como éstos,
cuesta evitar la sensación de que estamos ante una de esas estrategias huidizas
tan comunes en aquellos que, pillados en falta, se resisten a
reconocer la situación. Una impresión que no se ve refutada por el entusiasmo
con el que se ha acogido una resolución como la 1.511. Ninguna resolución
puede "probar" la existencia de las armas y, por tanto, tampoco puede
justificar retrospectivamente una intervención militar que se basó en la
prueba de la existencia de las armas. Un
principio inexcusable del diálogo democrático, y casi de la comunicación
humana, es suponer en la sinceridad del otro. Creemos que cree en lo que dice,
confía en la fuerza de sus razones y aspira a poder persuadirnos. Como nosotros
a él. Por supuesto, la política real se maneja con bastantes cosas más y casi
todas ellas actúan en contra de ese principio de caridad interpretativa, sobre
todo en sociedades donde las desigualdades económicas se traducen en
desigualdades de poder. Incluso tal vez no quepa más remedio que aceptar que en
las instituciones políticas la carta decisiva la tienen el dinero y el poder.
Pero a uno le gustaría pensar que hay ámbitos y actividades en donde, al menos
tentativamente, se ha ido sedimentando, de un modo más o menos explícito, un mínimo
código deontológico que preserva los principios del diálogo democrático,
principios que tienen bastante que ver con los de la racionalidad. No faltan
algunos casos que invitan a mantener la esperanza y uno aspira a seguir
discutiendo con esas gentes "de buen dispuesto entendimiento" para
decirlo con el otro Cernuda, sereno y clásico. Pero son pocos. Tan pocos que
quizá sea cosa de empezar a pensar que también esta vez andemos equivocados y
que la formación autónoma de las opiniones tampoco abunda entre aquellos en
los que pareciera obligada. Lo cierto es que da la impresión de que muchos se
apuntaron a lo que los americanos decían, fuese lo que fuese, y que, si
hubiesen dicho lo contrario, también les hubiera parecido bien, también les
habrían jaleado. Si las cosas son así, mejor saberlo cuanto antes. Por lo
menos, la próxima vez no perderemos el tiempo discutiendo con quien simplemente
atiende a la voz de su amo. Aunque, instalados ya todos en la desconfianza,
habremos dejado cosas bien importantes en el camino, de las que empobrecen
irreparablemente a una sociedad democrática. *
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética
y Economía de la Universidad de Barcelona. |
|
Editor Ahmed
Hijazi Teléfono: 915228922 - 637979217 E-mail: mundoarabe@mundoarabe.org Copyright ©Mundo Árabe 2000-2007 Madrid-España Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768
| |||||||||