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Artículo
VASALLAJE Un
imperio no tiene aliados, sólo tiene vasallos. La mayoría de los estados
miembros de la Unión Europea parecen haber olvidado esta realidad histórica.
Ante nuestros ojos, y bajo las presiones de Washington que los conmina a
involucrarse en su guerra contra Irak, países teóricamente soberanos se dejan
de este modo reducir a la triste condición de satélites. Nos
hemos preguntado con insistencia qué es lo que había cambiado en la política
internacional tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Tenemos la
respuesta tras la publicación, el 20 de septiembre, por parte de la
Administración norteamericana, de un documento en el que se definía la nueva
“estrategia nacional de seguridad de Estados Unidos”. En lo sucesivo, la
arquitectura geopolítica mundial cuenta con una única superpotencia en su cúspide,
Estados Unidos, que “goza de una fuerza militar sin parangón”, y que no
dudará “en actuar en solitario, si es preciso, para ejercer (su) derecho de
autodefensa actuando a título preventivo”. Una vez identificada una
“amenaza inminente”, “Norteamérica intervendrá antes incluso de que la
amenaza se concrete”. Claramente,
esta doctrina restablece el derecho a la “guerra preventiva” que Hitler
aplicó en 1941 contra la Unión Soviética, y Japón, ese mismo año, en Pearl
Harbor, contra Estados Unidos... Ésta borra de un plumazo un principio
fundamental del derecho internacional, adoptado al finalizar la guerra de los
Treinta años, en el Tratado de Westfalia en 1648, en el que se establecía que
un Estado no interviene, y sobre todo militarmente, en los asuntos interiores de
otro Estado soberano (principio burlado en 1999 con la intervención de la OTAN
en Kosovo...). Todo
esto significa que el orden internacional fundado en 1945, al final de la
Segunda Guerra Mundial y dirigido por la Organización de las Naciones Unidas
(ONU), acaba de tocar a su fin. A diferencia de la situación que el mundo ha
conocido durante una década, tras la caída del muro de Berlín (1989) y la
desaparición de la Unión Soviética (1991), Washington asume, en lo sucesivo,
su posición de “líder global”, sin complejos. Y esto, además, lo hace con
desprecio y arrogancia. La condición de imperio, hace poco considerada como una
acusación típica de un “antiamericanismo primario”, es reivindicada
abiertamente por los halcones que pululan en el seno de la actual administración
Bush. Apenas
mencionadas en el documento del 20 de septiembre, las Naciones Unidas quedan, en
consecuencia, marginadas, o reducidas a una mera oficina de registro que debe
someterse ante las decisiones de Washington. Y es que ningún imperio acata una
Ley que no haya sido promulgada por él. Su ley de convierte en Ley Universal. Y
hacer que todos respeten esta Ley, si es necesario por la fuerza, se convierte
en su “misión imperial”. El círculo queda, por lo tanto, perfectamente
cerrado. En
el ambiente de intimidación de esta preguerra con Irak, y sin tomar conciencia
forzosamente del cambio estructural en curso, muchos dirigentes europeos (en
Reino Unido, Italia, España, Países Bajos, Portugal, Dinamarca, Suecia...)
adoptan ya, respecto al imperio norteamericano, como el movimiento reflejo de un
caniche, la actitud de servil sumisión que hace hincar la rodilla a los fieles
vasallos. Malvendiendo, de paso, la independencia nacional, la soberanía y la
democracia. Mentalmente, estos dirigentes han cruzado la línea que separa al
aliado del enfeudado, al socio de la marioneta. Imploran para sus ejércitos, en
la batalla que se anuncia, la función tan poco gloriosa de tropas de reserva. Y
si es posible, tras la victoria norteamericana, unas gotas de petróleo iraquí... Porque
nadie ignora que, más allá de los argumentos aducidos, uno de los objetivos
principales de la guerra contra Irak es efectivamente el petróleo. Apoderarse
de las segundas reservas mundiales de hidrocarburos permitiría al presidente
Bush transformar completamente el mercado petrolífero del planeta. Bajo
protectorado norteamericano, Irak podría doblar rápidamente su producción de
crudo, lo que comportaría inmediatamente la bajada de los precios del petróleo
y, quizá, la reactivación del crecimiento económico de Estados Unidos.
Además, esto permitiría apuntar hacia otros objetivos
estratégicos. En
primer lugar, asestar un duro golpe a una de las bestias negras de Washington,
la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP), y de rebote, a
algunos de sus países miembros, en particular Libia, Irán y Venezuela (aunque
algunos países amigos no se salvarían, como México, Indonesia, Nigeria o
Argelia...) En
segundo lugar, el control del petróleo iraquí favorecería un distanciamiento
con respecto a Arabia Saudí, cada vez más, considerada el santuario del
islamismo radical. En un (improbable) guión wilsoniano de reestructuración del
mapa de Oriente Próximo, anunciado por el vicepresidente Richard Cheney, Arabia
Saudí podría ser desmantelada y establecer un emirato independiente, bajo
protectorado norteamericano, en la
rica provincia petrolífera de Hassa, donde se encuentran los principales
yacimientos de petróleo Saudíes, y cuya población es mayoritariamente chiíta. En
una perspectiva como ésta, el conflicto contra Irak no sería sino la antesala,
a corto plazo, de otro ataque contra Irán, país ya clasificado por Bush como
miembro del “eje del mal”. Las reservas iraníes en hidrocarburos vendrían
a completar el fabuloso botín del que espera apoderarse Washington en esta
primera guerra de la nueva era imperial... ¿Puede Europa oponerse a esta peligrosa aventura que comienza? Sí. ¿Cómo? En primer lugar, utilizando su doble derecho de veto (Francia, Reino Unido) en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. En segundo lugar, bloqueando el instrumento militar de la OTAN, con el que cuenta Washington para su expansión imperial y cuya utilización está sometida. Pero, en los dos casos, éstos deberían entonces comportarse como verdaderos socios. Y no como vasallos. _______________________________________________________
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