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Primera tesis:
¿Qué perderían los
árabes hoy si
desaparecieran todos
sus regímenes?
La respuesta a esta
pregunta define ya
el valor y nivel de
dichos regímenes. Lo
más probable es que
la inmensa mayoría
de los árabes
contesten: no
perderíamos nada.
No obstante, esta
misma respuesta es
la que convierte a
la acción por
cambiar dichos
regímenes en una
suprema
responsabilidad
histórica, tanto
cultural como
humana. Sobre todo,
el cambio no debe
reducirse únicamente
al aspecto
político-de poder,
sino que ha ser
global y radical, es
decir, que
transforme la
estructura
socio-cultural sobre
la que se levantan
dichos regímenes. El
régimen político es
parte de un todo,
por lo que un mero
cambio en cuanto
poder, y nada más,
no será más que una
acción superficial,
y nos devolverá, más
pronto o más tarde,
a los mismos
problemas.
La verdad es que la
cuestión del poder
ha sido, a lo largo
de la historia de
los árabes, su
principal problema.
La lucha por el
poder fue siempre la
causa de sus
confrontaciones y
guerras intestinas,
y hasta de sus
múltiples cismas y
sectas. En ellos, el
poder no emana de la
gente como expresión
de la voluntad
popular, sino que
viene de arriba, por
lo que la violencia,
el odio y la
coacción son
elementos
consustanciales,
casi orgánicos, de
dicho poder.
Esto no quiere decir
que los árabes no
hayan conocido
califas y
gobernantes con
realizaciones
culturales y
civilizadoras
importantes. Pero,
esto tampoco niega
el carácter básico y
fundamental que la
lucha por el poder
tiene en la historia
de los árabes.
Existen muchos
ejemplos, empezando
por las guerras
intestinas del islam,
ya en la época
fundacional, la de
los califas
ortodoxos [los
cuatro primeros], y
pasando por las
épocas omeya y
abasí, sin olvidar
el clamoroso ejemplo
ofrecido por al-Andalus.
Luego, con la caída
del califato
otomano, el poder
árabe recupera el
modelo del califato
con nombres y formas
diferentes:
«realeza»,
«democracia»,
«república»,
«liberalismo». Y los
ejemplos de alianzas
realizadas en el
islam para preservar
el poder, incluso
con los enemigos del
islam, son
abundandes y bien
conocidos por todos
los interesados.
Dentro de esta
obsesión por el
poder, hemos visto,
y vemos,
especialmente a
«grandes» potencias
extranjeras, apoyar
a este o aquel
gobernante árabe
para que asegure sus
intereses, y a pesar
de ser conscientes
de la corrupción del
gobierno en
cuestión. Y cuando
ven que la poltrona
de ese poder árabe
empieza a zozobrar,
las mismas potencias
se apresuran a
desprenderse de él.
Y hasta puede que
intervengan
militarmente para
derribarlo. Para
ellas, lo importante
es participar en el
juego del poder
árabe con una sola
finalidad:
garantizarse el
dominio sobre tal
poder.
Palestina es una
trágica muestra de
la obsesión de los
árabes por el poder.
Los partidos
palestinos,
«revolucionarios» en
origen, y
coincidentes todos
ellos en el
principal objetivo
de su razón de ser y
en que se enfrentan
a un mismo y crucial
peligro, son
dirigidos ante todo,
sin embargo, por la
idea del poder, por
la lucha por el
poder. Agreguemos
que los problemas
derivados de la
lucha destructiva
por el poder dentro
del mismo partido,
desde mediados del
pasado siglo xx, no
han sido, por su
significado y
consecuencias, menos
peligrosos que los
problemas generados
por la lucha con el
exterior
colonialista (el
Yemen democrático,
Irak y Siria, son
ejemplos de ello,
aunque no los
únicos).
Segunda tesis
El régimen existente
en cualquier Estado
árabe es, en cuanto
mecanismo de poder,
una variación del
régimen del
califato, según he
indicado. Por tanto,
no es un simple
sistema de gobierno
y hombres que
gobiernan, sino,
ante todo, una
cultura: una cultura
en el sentido amplio
de contrapuesta a la
naturaleza. Es
religión,
pensamiento,
literatura, arte,
valores, ética,
obras, visiones de
las cosas. Reducir
la oposición a todo
ello exclusivamente
a la política, al
simple hecho de
derribar el sistema
en tanto gobierno o
poder, no es más que
reducir la propia
oposición. Se
convierte en mero
acto político:
cambiar un sistema
de gobierno tiránico
y corrupto por otro,
del que se espera
que sea menos
tiránico y corrupto.
Digo «del que se
espera», porque es
imposible que el
sistema de gobierno
sea democrático si
no se cambia toda la
estructura
socio-cultural. Por
ello, la oposición
ha de ser
político-cultural y
actuar para cambiar
los fundamentos
sobre los que se
asienta el sistema
al que se opone:
religiosos,
sectarios, tribales,
facciosos. De otro
modo, la oposición
no será más que otra
forma del poder al
que se opone.
Tercera tesis
Hoy, por efecto de
las rebeliones
promovidas por las
jóvenes y los
jóvenes, hoy, más
que en cualquier
tiempo pasado, es
posible poner las
bases de ese tipo de
cambio. Un cambio
que permita, a su
vez, ponerse a
construir una
sociedad árabe
nueva, una nueva
vida humana árabe
plenamente liberada
de la cultura del
poder del pasado.
El pasado, en todas
sus variantes
religiosas,
políticas y
sociales, no es
referente. Mirar al
pasado como punto de
referencia,
significa continuar
ligados al
sectarismo, al
tribalismo y a todo
lo que nos hace
volver atrás. En el
pasado, el poder
procedía de arriba,
como señalé: por
herencia, fuese
califal o regio, o
por el asalto de un
grupo sobre otro. El
«golpe militar»
representa, en la
época moderna, la
más horrenda, atroz
y necia forma de
asalto.
Hoy, las rebeliones
árabes nos recuerdan
que el poder puede
construirse desde
abajo: desde la
calle, la gente y la
vida. Y esto es algo
completamente nuevo
en la vida árabe.
Por eso, hay que
celebrarlo y
preservarlo,
apoyarlo,
profundizar en sus
principios, sumarse
a ello. Se trata,
eso sí, solo de una
«siembra» cuya
«cosecha» requiere,
para que sea
fructífira y
creadora, una doble
y simultánea lucha
contra el ámbito por
el que discurre el
poder árabe, el de
lo
medieval-religioso,
en sus diversas
formas y
entrecruzamientos, y
contra la cultura
que lo instituye e
inculca.
Dentro de este marco
específico en el que
he dicho, y repito,
que no acepto ir en
una manifestación
política que salga
de la mezquita con
proclamas políticas.
La mezquita es un
símbolo religioso, y
salir de ella en
nombre de la
política, y con
fines políticos,
convierte ese
símbolo en simple
instrumento
político. Y
estropea, en su
esencia, el
pensamiento opositor
civil, la acción
opositora civil, y
pone al frente y al
mando a la religión
y a la religiosidad.
No me interesa la
oposición si no es
civil, si no es
ajena a cualquier
horizonte religioso.
Cuarta tesis
Con todo esto, no se
hace un llamamiento
contra la religión
en sí, o contra la
religiosidad, sino
que se apela a
rechazar el uso
político y social de
la religión.
El derecho del
individuo a la fe y
a la religiosidad es
inapelable. Es un
derecho que respeto
y defiendo. Mas, la
sociedad como un
todo no se construye
sobre la ciudadanía
religiosa, sino
sobre una ciudadanía
civil.
Solo así se
garantizan los
derechos humanos, es
decir, con
independencia del
credo, de la
pertenencia, del
sexo y de la raza;
solo de este modo se
garantiza el
edificio social.
Cualquier uso
político de la
religión es, en sí
mismo, una forma de
violencia: no solo
contra «el cuerpo»,
sino también contra
«el espíritu». Y es,
por ello, la más
despreciable forma
de violencia
ejercida contra el
ser humano, ya que
afecta a lo más
profundo de su ser:
a su conciencia, su
libertad, su
pensamiento, incluso
su imaginación.
Quinta tesis
Basándonos en lo
precedente, la
oposición debe
practicar un
discurso que supere
los conceptos de
«minoría» y
«mayoría», salvo en
el sentido
político-democrático
de unas elecciones
legales y libres. Y
partiendo de aquí,
es evidente que no
se puede construir
la democracia y
respetar los
derechos y
libertades humanas
más que en una
sociedad civil. Toda
sociedad en la que
se mezcle la
política con la
religión es de todo
punto contraria a la
democracia.
La religión
pertenece
exclusivamente al
mundo privado del
individuo, mientras
que los derechos de
la sociedad y del
ser humano son
públicos, civiles y
sociales. La ley
religiosa es, en
sentido estricto,
asunto del individuo
religioso, no de la
sociedad. Por tanto,
oponerse a cualquier
forma de
interrelación entre
la religión, de un
lado, y el Estado y
las instituciones
sociales, sus
políticas, artes y
cultura, de otro, es
absolutamente
elemental. Carece de
sentido cualquier
oposición árabe,
sobre todo en los
países con numerosas
religiones, que no
adopte este
principio como regla
principal de su
pensamiento y
acción. Enjuiciar al
ser humano
religiosamente, es
decir, enjuiciar la
fe y la
incredulidad, no
solo es injusticia u
opresión, sino que
es antihumano,
contrario a la
humanidad del ser
humano. Y lo es
porque se trata de
un juicio anulador,
que niega los
derechos y
libertades del
otro-diferente.
Una sociedad
compuesta por
numerosas religiones
no es en la realidad
civil una sociedad,
en el profundo
sentido humano, sino
un conjunto de
bloques humanos,
formalmente unos al
lado de otros, pero
en esencia
excluyentes. Por su
propia naturaleza,
toda norma religiosa
estipula la mutua
exclusión.
Sexta tesis
En este nivel, y en
este contexto, ¿qué
sentido o valor
tiene el cambio en
la sociedad si no va
esencialmente unido
a la liberación de
la mujer de todas
las cadenas que se
le imponen? ¿Qué
sentido tiene la
propia sociedad si
la mujer no es libre
dentro de ella igual
que el hombre, y en
todos los campos y
niveles?
Esto debe ser
fundamental en el
pensamiento y en la
acción de la
oposición, es decir,
acabar con la
parálisis y
desigualdad
existentes en la
sociedad árabe a
través de la
liberación de la
mujer. La oposición
debe proclamar dicha
liberación en un
documento o texto
que sea,
históricamente,
equivalente a la
declaración de los
derechos humanos.
Séptima tesis
En este marco, es
obligado contemplar
con honda
perspectiva crítica
la terminología
islámica que se
aplica y emplea
demasiado a la
ligera. Por ejemplo,
los conceptos de «islam
político» o «islam
moderado».
Hay musulmanes
políticos y
musulmanes
moderados. Pero no
es correcto definir
el islam, en tanto
religión, como
«político» o
«moderado», cuando
se habla sobre
asuntos políticos,
sociales y
culturales. Aceptar
un concepto así
conlleva aceptar
otros, como los de
«extremismo»,
«fanatismo»,
«intolerancia»,
etc., lo cual
introduce lo divino
en la «disputa»
convirtiéndola en
ideología.
Por ejemplo, ¿qué
significa «el islam
moderado» en lo
relativo a la
sociedad civil, el
arte, el
pensamiento, la
música, la vida del
cuerpo, el sexo y el
amor? ¿Quién y cómo
decide el grado de
esa «moderación»?
¿De dónde viene la
«esencia» de la
moderación? ¿De una
lectura privada, de
una comprensión
particular? ¿Y cómo?
¿Y cuál es el lugar
de la norma
religiosa en esa
moderación, sobre
todo en lo relativo
a la mujer, y al
otro no musulmán, y
a aquel otro que
nació musulmán y
decidió irse
enteramente al mundo
civil?
El musulmán es
susceptible, u
objeto, de
definición tanto en
positivo como en
negativo.
Octava tesis
Pero el islam sólo
puede definirse en
su nombre y por sí
mismo.
Cada vez resulta más
evidente, sobre todo
a la luz de las
rebeliones árabes,
que para el
Occidente político,
americano-eurpopeo,
el islam no es más
que un instrumento.
No le interesa como
religión, cultura o
civilización. Lo que
le importa es cómo
utilizar ese inmenso
«ejército» llamado
islam de acuerdo con
sus planes político-estratétigos.
Esa es la cuestión.
Las líneas e hilos
con los que se teje
el islam del Próximo
Oriente, que
incluyen también al
islam asiático a él
vinculado, forman
ese «ámbito» del
islam que protege
las fuentes
petrolíferas, frena
la expansión china y
le dice a Rusia que
«no».
Resulta sarcástico
que este Occidente
político pretenda
que con todo esto
que hace defiende
los derechos de los
musulmanes. Y lo que
resulta más
sarcástico aún es
que este Occidente
continúa, desde el
establecimiento del
Estado de Israel,
despreciando todavía
esos derechos y
animando a no
respetarlos y
pisotearlos en
Palestina.
La hipocresía
practicada por
Occidente frente a
los árabes y
musulmanes es otra
forma de
colonizarlos
culturalmente. Es
otra forma de
destrucción.
Novena tesis
Cualesquiera que
sean las
circunstancias y
cualesquiera que
sean los resultados
de las
movilizaciones y
rebeliones árabes
(para mí positivas
en todos los casos y
en más de un nivel),
las fuerzas
progresistas
democráticas de cada
país árabe,
especialmente en
Siria, las
organizaciones
civiles, las
asociaciones
juveniles
democráticas, sobre
todo las feministas,
deben formar una
alianza democrática
para luchar teórica
y prácticamente por
el establecimiento
de un Estado civil,
de instituciones
civiles y de una
sociedad civil. Y
para evitar que los
países árabes se
deslicen hacia
gobiernos religiosos
en nombre del «islam
moderado» o hacia
gobiernos tiránicos
y totalitarios.
Décima tesis
Stendhal decía que
si una persona
quiere ser miembro
destacado de una
gran sociedad debe
aprender el arte de
sacrificar
concesiones a la
voluntad general,
aunque ésta se
encuentre
equivocada. Si no lo
hace así, esa
persona no será
nada, ni logrará
nada, y no merecerá
más apelativo que el
de «hijo
extraviado».
Yo, personalmente,
prefiero ser un
«hijo extraviado»
antes que apoyar la
voluntad general
equivocada.
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