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Diez tesis sobre las rebeliones árabes
Ali Ahmad Said - Adonis

MUNDO ARABE.ORG 14/06/2011 Traducción del árabe: José Miguel Puerta Vílchez

Periódico al-Hayat, Londres,  Madarat / Temas


Primera tesis:

¿Qué perderían los árabes hoy si desaparecieran todos sus regímenes?

La respuesta a esta pregunta define ya el valor y nivel de dichos regímenes. Lo más probable es que la inmensa mayoría de los árabes contesten: no perderíamos nada.

No obstante, esta misma respuesta es la que convierte a la acción por cambiar dichos regímenes en una suprema responsabilidad histórica, tanto cultural como humana. Sobre todo, el cambio no debe reducirse únicamente al aspecto político-de poder, sino que ha ser global y radical, es decir, que transforme la estructura socio-cultural sobre la que se levantan dichos regímenes. El régimen político es parte de un todo, por lo que un mero cambio en cuanto poder, y nada más, no será más que una acción superficial, y nos devolverá, más pronto o más tarde, a los mismos problemas.

La verdad es que la cuestión del poder ha sido, a lo largo de la historia de los árabes, su principal problema. La lucha por el poder fue siempre la causa de sus confrontaciones y guerras intestinas, y hasta de sus múltiples cismas y sectas. En ellos, el poder no emana de la gente como expresión de la voluntad popular, sino que viene de arriba, por lo que la violencia, el odio y la coacción son elementos consustanciales, casi orgánicos, de dicho poder.

Esto no quiere decir que los árabes no hayan conocido califas y gobernantes con realizaciones culturales y civilizadoras importantes. Pero, esto tampoco niega el carácter básico y fundamental que la lucha por el poder tiene en la historia de los árabes.

Existen muchos ejemplos, empezando por las guerras intestinas del islam, ya en la época fundacional, la de los califas ortodoxos [los cuatro primeros], y pasando por las épocas omeya y abasí, sin olvidar el clamoroso ejemplo ofrecido por al-Andalus. Luego, con la caída del califato otomano, el poder árabe recupera el modelo del califato con nombres y formas diferentes: «realeza», «democracia», «república», «liberalismo». Y los ejemplos de alianzas realizadas en el islam para preservar el poder, incluso con los enemigos del islam, son abundandes y bien conocidos por todos los interesados.

Dentro de esta obsesión por el poder, hemos visto, y vemos, especialmente a «grandes» potencias extranjeras, apoyar a este o aquel gobernante árabe para que asegure sus intereses, y a pesar de ser conscientes de la corrupción del gobierno en cuestión. Y cuando ven que la poltrona de ese poder árabe empieza a zozobrar, las mismas potencias se apresuran a desprenderse de él. Y hasta puede que intervengan militarmente para derribarlo. Para ellas, lo importante es participar en el juego del poder árabe con una sola finalidad: garantizarse el dominio sobre tal poder.

Palestina es una trágica muestra de la obsesión de los árabes por el poder. Los partidos palestinos, «revolucionarios» en origen, y coincidentes todos ellos en el principal objetivo de su razón de ser y en que se enfrentan a un mismo y crucial peligro, son dirigidos ante todo, sin embargo, por la idea del poder, por la lucha por el poder. Agreguemos que los problemas derivados de la lucha destructiva por el poder dentro del mismo partido, desde mediados del pasado siglo xx, no han sido, por su significado y consecuencias, menos peligrosos que los problemas generados por la lucha con el exterior colonialista (el Yemen democrático, Irak y Siria, son ejemplos de ello, aunque no los únicos).

Segunda tesis

El régimen existente en cualquier Estado árabe es, en cuanto mecanismo de poder, una variación del régimen del califato, según he indicado. Por tanto, no es un simple sistema de gobierno y hombres que gobiernan, sino, ante todo, una cultura: una cultura en el sentido amplio de contrapuesta a la naturaleza. Es religión, pensamiento, literatura, arte, valores, ética, obras, visiones de las cosas. Reducir la oposición a todo ello exclusivamente a la política, al simple hecho de derribar el sistema en tanto gobierno o poder, no es más que reducir la propia oposición. Se convierte en mero acto político: cambiar un sistema de gobierno tiránico y corrupto por otro, del que se espera que sea menos tiránico y corrupto. Digo «del que se espera», porque es imposible que el sistema de gobierno sea democrático si no se cambia toda la estructura  socio-cultural. Por ello, la oposición ha de ser político-cultural y actuar para cambiar los fundamentos sobre los que se asienta el sistema al que se opone: religiosos, sectarios, tribales, facciosos. De otro modo, la oposición no será más que otra forma del poder al que se opone.

Tercera tesis

Hoy, por efecto de las rebeliones promovidas por las jóvenes y los jóvenes, hoy, más que en cualquier tiempo pasado, es posible poner las bases de ese tipo de cambio. Un cambio que permita, a su vez, ponerse a construir una sociedad árabe nueva, una nueva vida humana árabe plenamente liberada de la cultura del poder del pasado.

El pasado, en todas sus variantes religiosas, políticas y sociales, no es referente. Mirar al pasado como punto de referencia, significa continuar ligados al sectarismo, al tribalismo y a todo lo que nos hace volver atrás. En el pasado, el poder procedía de arriba, como señalé: por herencia, fuese califal o regio, o por el asalto de un grupo sobre otro. El «golpe militar» representa, en la época moderna, la más horrenda, atroz y necia forma de asalto.

Hoy, las rebeliones árabes nos recuerdan que el poder puede construirse desde abajo: desde la calle, la gente y la vida. Y esto es algo completamente nuevo en la vida árabe. Por eso, hay que celebrarlo y preservarlo, apoyarlo, profundizar en sus principios, sumarse a ello. Se trata, eso sí, solo de una «siembra» cuya «cosecha» requiere, para que sea fructífira y creadora, una doble y simultánea lucha contra el ámbito por el que discurre el poder árabe, el de lo medieval-religioso, en sus diversas formas y entrecruzamientos, y contra la cultura que lo instituye e inculca.

Dentro de este marco específico en el que he dicho, y repito, que no acepto ir en una manifestación política que salga de la mezquita con proclamas políticas. La mezquita es un símbolo religioso, y salir de ella en nombre de la política, y con fines políticos, convierte ese símbolo en simple instrumento político. Y estropea, en su esencia, el pensamiento opositor civil, la acción opositora civil, y pone al frente y al mando a la religión y a la religiosidad. No me interesa la oposición si no es civil, si no es ajena a cualquier horizonte religioso.

Cuarta tesis

Con todo esto, no se hace un llamamiento contra la religión en sí, o contra la religiosidad, sino que se apela a rechazar el uso político y social de la religión.

El derecho del individuo a la fe y a la religiosidad es inapelable. Es un derecho que respeto y defiendo. Mas, la sociedad como un todo no se construye sobre la ciudadanía religiosa, sino sobre una ciudadanía civil.

Solo así se garantizan los derechos humanos, es decir, con independencia del credo, de la pertenencia, del sexo y de la raza; solo de este modo se garantiza el edificio social.

Cualquier uso político de la religión es, en sí mismo, una forma de violencia: no solo contra «el cuerpo», sino también contra «el espíritu». Y es, por ello, la más despreciable forma de violencia ejercida contra el ser humano, ya que afecta a lo más profundo de su ser: a su conciencia, su libertad, su pensamiento, incluso su imaginación.

Quinta tesis

Basándonos en lo precedente, la oposición debe practicar un discurso que supere los conceptos de «minoría» y «mayoría», salvo en el sentido político-democrático de unas elecciones legales y libres. Y partiendo de aquí, es evidente que no se puede construir la democracia y respetar los derechos y libertades humanas más que en una sociedad civil. Toda sociedad en la que se mezcle la política con la religión es de todo punto contraria a la democracia.

La religión pertenece exclusivamente al mundo privado del individuo, mientras que los derechos de la sociedad y del ser humano son públicos, civiles y sociales. La ley religiosa es, en sentido estricto, asunto del individuo religioso, no de la sociedad. Por tanto, oponerse a cualquier forma de interrelación entre la religión, de un lado, y el Estado y las instituciones sociales, sus políticas, artes y cultura, de otro, es absolutamente elemental. Carece de sentido cualquier oposición árabe, sobre todo en los países con numerosas religiones, que no adopte este principio como regla principal de su pensamiento y acción. Enjuiciar al ser humano religiosamente, es decir, enjuiciar la fe y la incredulidad, no solo es injusticia u opresión, sino que es antihumano, contrario a la humanidad del ser humano. Y lo es porque se trata de un juicio anulador, que niega los derechos y libertades del otro-diferente.

Una sociedad compuesta por numerosas religiones no es en la realidad civil una sociedad, en el profundo sentido humano, sino un conjunto de bloques humanos, formalmente unos al lado de otros, pero en esencia excluyentes. Por su propia naturaleza, toda norma religiosa estipula la mutua exclusión.

Sexta tesis

En este nivel, y en este contexto, ¿qué sentido o valor tiene el cambio en la sociedad si no va esencialmente unido a la liberación de la mujer de todas las cadenas que se le imponen? ¿Qué sentido tiene la propia sociedad si la mujer no es libre dentro de ella igual que el hombre, y en todos los campos y niveles?

Esto debe ser fundamental en el pensamiento y en la acción de la oposición, es decir, acabar con la parálisis y desigualdad existentes en la sociedad árabe a través de la liberación de la mujer. La oposición debe proclamar dicha liberación en un documento o texto que sea, históricamente, equivalente a la declaración de los derechos humanos.

Séptima tesis

En este marco, es obligado contemplar con honda perspectiva crítica la terminología islámica que se aplica y emplea demasiado a la ligera. Por ejemplo, los conceptos de «islam político» o «islam moderado».

Hay musulmanes políticos y musulmanes moderados. Pero no es correcto definir el islam, en tanto religión, como «político» o «moderado», cuando se habla sobre asuntos políticos, sociales y culturales. Aceptar un concepto así conlleva aceptar otros, como los de «extremismo», «fanatismo», «intolerancia», etc., lo cual introduce lo divino en la «disputa» convirtiéndola en ideología.

Por ejemplo, ¿qué significa «el islam moderado» en lo relativo a la sociedad civil, el arte, el pensamiento, la música, la vida del cuerpo, el sexo y el amor? ¿Quién y cómo decide el grado de esa «moderación»?

¿De dónde viene la «esencia» de la moderación? ¿De una lectura privada, de una comprensión particular? ¿Y cómo? ¿Y cuál es el lugar de la norma religiosa en esa moderación, sobre todo en lo relativo a la mujer, y al otro no musulmán, y a aquel otro que nació musulmán y decidió irse enteramente al mundo civil?

El musulmán es susceptible, u objeto, de definición tanto en positivo como en negativo.

Octava tesis

Pero el islam sólo puede definirse en su nombre y por sí mismo.

Cada vez resulta más evidente, sobre todo a la luz de las rebeliones árabes, que para el Occidente político, americano-eurpopeo, el islam no es más que un instrumento. No le interesa como religión, cultura o civilización. Lo que le importa es cómo utilizar ese inmenso «ejército» llamado islam de acuerdo con sus planes político-estratétigos. Esa es la cuestión.

Las líneas e hilos con los que se teje el islam del Próximo Oriente, que incluyen también al islam asiático a él vinculado, forman ese «ámbito» del islam que protege las fuentes petrolíferas, frena la expansión china y le dice a Rusia que «no».

Resulta sarcástico que este Occidente político pretenda que con todo esto que hace defiende los derechos de los musulmanes. Y lo que resulta más sarcástico aún es que este Occidente continúa, desde el establecimiento del Estado de Israel, despreciando todavía esos derechos y animando a no respetarlos y pisotearlos en Palestina.

La hipocresía practicada por Occidente frente a los árabes y musulmanes es otra forma de colonizarlos culturalmente. Es otra forma de destrucción.

Novena tesis

Cualesquiera que sean las circunstancias y cualesquiera que sean los resultados de las movilizaciones y rebeliones árabes (para mí positivas en todos los casos y en más de un nivel), las fuerzas progresistas democráticas de cada país árabe, especialmente en Siria, las organizaciones civiles, las asociaciones juveniles democráticas, sobre todo las feministas, deben formar una alianza democrática para luchar teórica y prácticamente por el establecimiento de un Estado civil, de instituciones civiles y de una sociedad civil. Y para evitar que los países árabes se deslicen hacia gobiernos religiosos en nombre del «islam moderado» o hacia gobiernos tiránicos y totalitarios.

Décima tesis

Stendhal decía que si una persona quiere ser miembro destacado de una gran sociedad debe aprender el arte de sacrificar concesiones a la voluntad general, aunque ésta se encuentre equivocada. Si no lo hace así, esa persona no será nada, ni logrará nada, y no merecerá más apelativo que el de «hijo extraviado».

Yo, personalmente, prefiero ser un «hijo extraviado» antes que apoyar la voluntad general equivocada. 

 

 

 

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