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Un aliado menos dócil

Eusebio Val

El seísmo político español desencadenado por la salvajada terrorista del 11-M en Madrid tardará en digerirse. Muy rara vez ocurre que nuestro país protagonice, día tras día, la portada de los principales diarios de Estados Unidos, que uno se despierte con el noticiario de la radio pública NPR mencionando, como primer titular, que el señor Zapatero, un perfecto desconocido hasta la semana pasada, ha dicho que retirará las tropas de Irak. Aún más extraordinario resulta que el portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan, se vea avasallado durante la rueda prensa por preguntas relacionadas con España, y que incluso deba rechazar convertirse en analista político de las elecciones españolas.

El vuelco ha sido espectacular en la percepción que desde Washington se tenía de las relaciones entre Estados Unidos y España. Hace sólo unas semanas, José María Aznar era homenajeado y tenía el privilegio de dirigirse al Congreso –muy vacío de verdaderos parlamentarios, por cierto-. Bush y Aznar podían compadrear en el rancho de Texas o en Camp David. Parecía que EE.UU. se había convertido en la segunda patria del presidente español. Aquí todo eran halagos y atenciones, un buen refugio para huir de la crispación ibérica.

De repente, el Gobierno estadounidense, tan satisfecho de la docilidad española, descubre que, en tres días de escándalo y torpeza, el PP pierde el poder y que el nuevo líder, crecido por la victoria, les espeta en la cara que la guerra y la ocupación de Irak han sido un ‘desastre’ (portada de ‘The Washington Post’ y ‘USA Today’), al tiempo que recomienda a Bush y Blair que reflexionen y se apliquen la ‘autocrítica’.

Este contraste tan acusado dice poco de nuestra madurez política como país y de la capacidad de nuestros gobernantes para dialogar. El chocante espectáculo podría haberse evitado si Aznar se hubiera esforzado por obtener un consenso mínimo nacional sobre decisiones fundamentales de política exterior como la actitud ante la crisis de Irak. Le sobró vanidad y autosuficiencia. Le faltó sentido de estadista. En EE.UU., pese a la polarización existente y las críticas, Bush tuvo la habilidad de lograr, al principio, un voto muy mayoritario en el Congreso a favor de su política. En España se adoptó el ordeno y mando, agravado por el desprecio al contrario e incluso la chulería. Ojalá cumpla Zapatero su promesa de humildad y no le deslumbre el poder.

Que nadie se lleve a engaño. Estados Unidos y Europa –incluida España- están condenados a entenderse. La matanza de Madrid fue algo muy serio. A su lado, el cambio de gobierno fue un trámite, sorprendente en este caso, pero normal al fin y al cabo en una democracia. La guerra antiterrorista seguirá siendo una prioridad a ambos lados del Atlántico, tal vez más que nunca. Se equivocan quienes piensan que una victoria de John Kerry en noviembre alterará de forma fundamental la política norteamericana. El candidato demócrata ya ha avisado que, si las circunstancias de seguridad nacional lo exigen, aplicará el golpe preventivo. Sí habrá, sin duda, una modificación del talante, del estilo, una búsqueda mayor del diálogo con los aliados, de la legitimidad internacional a través de la ONU y de políticas hacia el mundo árabe-musulmán que lo hagan menos vulnerable al fanatismo religioso. Muchos demócratas están convencidos de que la guerra de Irak fue un error porque desvió la atención y las energías de lo que debería haber sido la prioridad: la lucha antiterrorista con el máximo consenso internacional y la erradicación total de la infraestructura talibán y de Al Qaeda en Afganistán. Pese a todo, un presidente Kerry no abandonará Irak a su suerte porque es consciente de que su estabilización es indispensable.

Los demócratas han demostrado sobradas veces a lo largo de la historia que pueden ser muy firmes y duros en la defensa de los intereses estadounidenses, hasta el extremo de cometer graves errores imperialistas. Basta con recordar la actitud de Franklin D. Roosevelt tras el ataque a Pearl Harbor y su determinación para ganar la II Guerra Mundial. Fue Harry Truman quien ordenó lanzar las bombas atómicas contra Japón y quien diseñó la estrategia de contención del comunismo durante la guerra fría. El mitificado John F. Kennedy hizo frente a los soviéticos en Cuba y empezó a meter al país en Vietnam, en un pantanal en que todavía se hundió más durante la presidencia de Lyndon Johnson.

No está nada claro todavía que Kerry vaya a derrotar a Bush. Faltan más de siete meses para las elecciones y ya se ha visto en España cómo hechos traumáticos pueden afectar el proceso. Lo que sí parece seguro es que Madrid va a ser, a partir de ahora, otra clase de aliado, más parecido a como han actuado Francia, Alemania e incluso Canadá. Es muy probable que el entendimiento resulte más fácil si Kerry llega a la Casa Blanca. Pero aun si Bush continúa, estarán todos obligados a mejorar el consenso y cerrar filas. Nos jugamos demasiado

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