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Las contradicciones de Arabia Saudí

Alain Gresh

Algunos días antes de los atentados del 16 de mayo que provocaron 40 muertos en Casablanca, algunos kamikazes habían actuado en el corazón de Riyad matando a 34 personas. Este desencadenamiento de la violencia confirma las previsiones de aquellos que afirmaban que la expedición americana en Irak, cuyos resultados están lejos de ser convincentes, estimularía a los grupos más radicales. El nuevo imperio americano encuentra así dificultades inéditas. Las relaciones entre Arabia Saudí y los Estados Unidos son complicadas desde el 11 de septiembre de 2001, y su gobierno se encuentra enfrentado a difíciles desafíos sociales y debe hacer frente a la vez a una corriente islamista radicalizada y a las aspiraciones reformistas y de apertura de una parte de la sociedad.  

 

 

A pesar de que las relaciones entre ambos países eran sólidas y cálidas, el príncipe heredero saudí envió al presidente estadounidense un mensaje muy franco: "Si yo fuera usted, tomaría la iniciativa de retirar vuestra base militar en nuestro país. En caso de necesidad, la pondríamos nuevamente a vuestra disposición". Desde hacía varios años, la existencia de una base estadounidense en Dhahran, en el Este de Arabia Saudí, era objeto de enérgicas críticas en todo Medio Oriente. Esto ocurría a fines de 1960: el presidente John F. Kennedy recibió esa carta del príncipe Feysal, y pocos meses más tarde Estados Unidos decidía retirarse de Dhahran.  

 

Ese episodio histórico, relatado por un miembro de la familia real, pretende explicar una decisión que acaba de ser anunciada y que todos los observadores tratan de interpretar: la retirada, antes del fin de 2003, de los soldados estadounidenses estacionados en la base príncipe Sultán. ¿Hay que ver en ello la señal de un profundo cuestionamiento de las relaciones entre ambos países?

Nada de eso, replica nuestro interlocutor, que prosigue su explicación. "En 1991, a pesar de su derrota, Sadam Husein representaba una amenaza. Además se había decidido crear zonas de exclusión aérea en Irak. Tres países participaban de esas operaciones de vigilancia: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Entonces firmamos el acuerdo de Safwan, que permitía que esos aviones despegaran de nuestro territorio. No se trataba de una 'base' en el sentido estricto de la palabra. Pero -agrega el príncipe con una sonrisa- nosotros tenemos una cierta inclinación por el secreto. No dimos explicaciones a la opinión pública. Muchos creyeron, de buena fe, que habíamos instalado una base estadounidense permanente".  

 

 

Así como en la década de 1950 la base de Dhahran fue objeto de todo tipo de críticas de los nacionalistas árabes, sobre todo del Egipto nasserista, el despliegue en Arabia Saudí de 4.500 soldados estadounidenses tras de la guerra del Golfo de 1990-1991 concentró el rechazo de las organizaciones islamistas radicales y de Osama Ben Laden. Por otra parte, esas tropas fueron objetivo de dos atentados, uno en noviembre de 1995 y otro en junio de 1996 (1).  

 

 

Después de la caída del régimen de Sadam Husein, Washington y Ryad debían tomar en cuenta la creciente hostilidad de la población saudí a la presencia militar estadounidense, potenciada por el sentimiento de solidaridad con el pueblo palestino desde el comienzo de la segunda Intifada. Sin embargo, esa retirada en ningún caso significa el fin de la colaboración militar entre ambos gobiernos. Al contrario. La base quedará a disposición de Estados Unidos; se aumentará la cantidad de instructores estadounidenses presentes, y el comité de estado mayor conjunto, que no se había reunido desde el verano de 2001 (2), reiniciará sus sesiones este verano. Después de todo -dicen en Ryad- antes de 1990 no había base estadounidense, y la seguridad del reino estaba garantizada sólo por la presencia de efectivos militares de Washington situados "más allá del horizonte" (3).  

 

 

Ambivalencia y doble discurso  

 

 

Prueba de la connivencia entre los dos países, fue la ayuda silenciosa pero eficaz brindada por Ryad a Estados Unidos durante su guerra contra Irak, a pesar de los desmentidos oficiales. En las semanas previas al conflicto, la cifra de soldados estadounidenses desplegados en el territorio del reino aumentó hasta llegar a cerca de 10.000, lo que permitió que la base príncipe Sultán sirviera de centro de comando de toda la guerra aérea (4). Paralelamente, tropas de elite se instalaron en las bases aéreas de Arar y de Tabuk, en el noroeste del país. Esos efectivos cumplieron misiones en el interior de Irak. "De ninguna manera hubiéramos podido desarrollar la guerra contra Irak como lo hicimos, de no contar con la ayuda de Arabia", resume un diplomático estadounidense destacado en Ryad.

Esa contradicción entre la posición oficial del reino -condenatoria de cualquier agresión contra Irak- y su actuación sobre el terreno, explica la ambivalencia saudí respecto de la posición francesa. Mientras la opinión pública del país aprueba con entusiasmo la negativa de París a aceptar los dictados de Washington, los responsables del gobierno acumulan los reproches. "Al negarse a votar una segunda resolución sobre Irak -explica uno de ellos- Francia empujó a Estados Unidos a una acción unilateral, liberándose así del cepo de las Naciones Unidas. Ahora ya nadie puede controlarlo". Lo que ese funcionario no dice es que una resolución del Consejo de Seguridad hubiera brindado una cobertura legal al apoyo que el reino daba a Estados Unidos. Pero tuvo que prescindir de ella y desarrollar una política de contorsionista. 

 

 

Ryad no tenía otra opción. A partir del 11 de septiembre de 2001, el margen de maniobra de la familia real se redujo. La participación de quince saudíes en los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono conmocionó a la opinión pública estadounidense y desató una ola de acusaciones contra el reino, sospechoso de haberse convertido en el principal foco de exportación del terrorismo islámico. Al cabo de una tenaz tarea de investigación, los periodistas estadounidenses descubrieron con estupefacción que Arabia no era una democracia, que los derechos de las personas no eran respetados y que las mujeres estaban obligadas a llevar velo. Voces influyentes, cercanas a los medios neoconservadores o fundamentalistas cristianos, incitaban a convertir a Arabia Saudí en el siguiente blanco, después de Irak, y hasta a desmembrar el país y, sobre todo, crear una "república chiíta" en el Este, principal región petrolífera (leer el artículo la cuestión chiíta).

En esas condiciones un "no" saudí a las exigencias estadounidenses respecto de Irak hubiera sido un suicidio, capaz de socavar las bases mismas de la política exterior saudí. Estas habían sido establecidas el 14 de febrero de 1945, cuando el monarca Ibn Saud, fundador del reino, se entrevistó con el presidente Franklin D. Roosevelt, a bordo del USS Quincy, fondeado en el lago Salado, cerca del canal de Suez. Se perfila entonces una alianza a largo plazo, basada en sólidos intereses comunes. Ibn Saud cuenta con Estados Unidos para proteger la integridad del reino: en la década de 1940 de las ambiciones hachemitas (Irak y Jordania); en la década de 1950 de las de Nasser; y a partir de 1979 de los llamados de la revolución iraní. Esa "garantía" se materializará en 1990, cuando, a raíz de la invasión de Kuwait, 500.000 soldados estadounidenses desembarcan en Arabia. Ningún otro país -los dirigentes saudíes están convencidos- puede ofrecerles semejante garantía.

Para Estados Unidos, el interés en Arabia se debe antes de nada al petróleo. Los primeros hallazgos se producen en 1938, y son obra de una compañía estadounidense. En unas pocas décadas, el reino, que posee el 25% de las reservas mundiales, se convierte en el principal exportador de petróleo, y garantiza el aprovisionamiento del mundo occidental a bajo precio. Pero lo que lo hace irremplazable es que se trata del único país capaz -en caso de necesidad- de aumentar su aporte al mercado en varios millones de barriles por día. Antes de diez años, ningún otro país, ni siquiera Irak, puede ocupar ese puesto.  

 

 

" Pero no se puede reducir la alianza estadounidense-saudí a un intercambio de seguridad por petróleo" insiste un intelectual. "Arabia -agrega- ocupó durante toda la guerra fría un lugar particular en el dispositivo antisoviético, financiando movimientos tan poco musulmanes como la Unita en Angola o la Contra en Nicaragua. En Afganistán, Arabia fue el pivote de la ayuda a los mujaidines y contribuyó en gran medida a la derrota de Moscú en la década de 1980. Pero el derrumbe de la Unión Soviética redujo su papel".

Después de la violenta sacudida del 11 de septiembre de 2001, los temas bilaterales, que hasta entonces eran manejados por un puñado de funcionarios, pasaron a primer plano. Y el desconocimiento que ambos países tienen del otro genera todo tipo de malentendidos. Abdelhamed Al-Ghathami, profesor de crítica literaria en la Universidad Rey Saud en Ryad -y buen conocedor de Jacques Derrida y de Michel Foucault- escribió un libro sobre la cultura en Estados Unidos. Aún hoy se sorprende de las cosas que descubrió en ese país en la década de 1990.

" Los estadounidenses -afirma- no conocían nada de Arabia Saudí. Creían que el país se limitaba al desierto y los beduinos. Ignoraban que vivimos en ciudades, que existen clases medias. Desde el 11 de septiembre ven en nosotros la quintaesencia del mal. Identifican a toda nuestra sociedad con el terrorismo. Cuando el Ejército Rojo japonés cometía sus atentados, ¿se responsabilizaba acaso a todo Japón? Ese simplismo favorece al terrorismo, pues los grupos radicales pueden decir que Estados Unidos tiene en la mira no al terrorismo sino a toda nuestra sociedad, a los árabes, al islam. Más aún cuando hay individuos en Estados Unidos que piden abiertamente un ataque nuclear contra La Meca o que se acuse al profeta Mahoma de terrorista".  

 

Cabe recordar que unas 600 familias víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 iniciaron juicio contra importantes responsables e instituciones, fundamentalmente saudís, entre ellas el príncipe Sultán, poderoso ministro de Defensa, por un monto de... un billón de dólares. Recientemente, los demandantes incluyeron también en la lista de denunciados a influyentes miembros de la corriente religiosa radical, entre ellos a Salman Al Awdah y a Safar Hawali. A partir de ahora, la espada de Damocles pende sobre las inversiones saudís en Estados Unidos, evaluadas en 450.000 millones de dólares, ya que podrían ser confiscadas. Los rumores de un retiro masivo de esos fondos parecen infundados, pero los saudís actualmente dudan en invertir nuevas sumas, lo que explica el auge de la bolsa de Ryad y de los valores inmobiliarios. El reino ya no flota solamente sobre un mar de petróleo, sino también de capitales sin destino... 

 

 

Para tratar de mejorar su imagen, Arabia organizó una importante campaña de relaciones públicas: 14,6 millones de dólares entregados a Qorvis Comunication para el primer semestre de 2002. "Es plata perdida" exclama con desprecio un hombre de negocios saudí. De manera más eficaz, el príncipe Abdallah lanzó una audaz iniciativa de paz para Medio Oriente, logrando en la cumbre árabe de Beirut de marzo de 2002, que todo el mundo árabe aceptara una paz global con Israel a cambio de la creación de un Estado palestino. La cooperación silenciosa durante la guerra de Irak permitió también equilibrar el peso de los halcones del Pentágono, dispuestos a considerar que Washington debería "abandonar" a Arabia, más aún ahora que el ejército estadounidense dispone de bases militares o de facilidades en Irak y en todos los emiratos del Golfo.  

 

 

" Tardamos mucho tiempo en comprender la conmoción que el 11 de septiembre causó en la sociedad estadounidense", reconoce un responsable saudí. Seis meses después de esos atentados, altos responsables del ministerio del Interior explicaban ingenuamente que no existía ninguna prueba de la participación de saudís en los ataques. El discurso oficial cambió, pero muchos saudís manifiestan reservas respecto de la política de Estados Unidos. Reservas repercutidas por una prensa más libre. La relación estadounidense-saudí nunca fue una relación amorosa, pero ahora está marcada por una profunda desconfianza.  

 

Distanciamiento 

 

Abdel Mohsen El Akkas, uno de los responsables del grupo de prensa Chark El Awsat, y miembro del Majlis Al-Shura, el consejo consultivo, lo reconoce: "Sí, los saudís dudan cada vez más en viajar a Estados Unidos. Se cuentan muchas cosas, algunas terribles, que hablan de malos tratos. Se dice que se retiene a los saudís en las escalas, para hacerles perder la combinación con el vuelo siguiente. Así se espera desbaratar sus planes, si es que tenían alguno... ¿Cómo saberlo?"  

 

 

Los saudíes pueden comprobarlo directamente: el plazo para obtener visados se alarga y el control en Estados Unidos se vuelve más riguroso. El miedo desanima a los eventuales viajeros. Muchos estudiantes deciden proseguir sus estudios en Canadá, en Australia o en Europa. La prensa reproduce informaciones sobre los 130 saudís detenidos en Guantánamo, que son tratados de forma muy contraria a los ideales que Estados Unidos dice defender. Si a eso se añade la sincera indignación de todos los saudís -incluidos los más "occidentalizados"-ante la opresión de los palestinos, se entiende el éxito que tiene el boicot de productos estadounidenses. Al menos a juzgar por lo que la gente declara, ya que resulta difícil evaluar su impacto aunque no fuera más que en el consumo de cigarrillos estadounidenses o sobre ciertas firmas como McDonald’s…

Sin embargo la prueba de fuego de las relaciones entre ambos países será la lucha contra el terrorismo. Y se trata de un asunto para nada simple. "Durante las últimas décadas -explica un periodista saudí- el reino exportó su versión de un islam riguroso. La guerra en Afganistán marcó el punto culminante de esa actividad. Toda la red de ayuda política, religiosa y financiera que se había organizado, se quedó 'sin trabajo' al finalizar la guerra fría. Y algunos se reciclaron en la lucha contra otros 'infieles', los Estados Unidos".  

 

 

Desde el día siguiente de la guerra del Golfo de 1990-1991, Ryad había comenzado a poner orden en sus operaciones de financiamiento: ¿algunas organizaciones apoyadas por Arabia Saudí no habían acaso tomado posición a favor de Sadam Husein? Por entonces, el dinero transitaba a través del Consejo de los grandes ulemas y de su presidente, el sheik Abdelaziz Ben Baz, que no se preocupaba demasiado por el destino de esos fondos. Al ser designado en julio de 1993 como gran muftí, con rango de ministro, perdió muchas de sus prerrogativas financieras, que pasaron al nuevo ministerio de asuntos islámicos y de bienes religiosos. Pero ese sistema sigue estando lleno de lagunas, más aún teniendo en cuenta que el aparato estatal que lo maneja, muy nuevo, no es necesariamente eficaz.

Tras el 11 de septiembre de 2001 las presiones estadounidenses se tornaron insistentes. "Actualmente se está organizando la cooperación para controlar el destino de los fondos que se transfieren, algo positivo para ambas partes. Estamos preparando una nueva ley sobre el tema", explica Abdel Mohsen El Akkas. A mediados de mayo, las autoridades anunciaron el cierre de todas las oficinas exteriores de la fundación Al-Haramain, a menudo cuestionada por Washington. Los controles de transferencias de fondos al exterior son cada vez más rigurosos. Los estadounidenses confirman esos avances, pero afirman que los saudís "aún no han ido hasta el fondo de la cuestión". 

 

 

Sin embargo, el principal desafío a que deben hacer frente los dirigentes saudís no es de seguridad sino de sociedad. Aun antes de los terribles atentados del 13 de mayo de 2003, ciertas voces se alzaban para denunciar el caldo de cultivo en que se desarrollan las organizaciones que alientan "la guerra santa". Tras sus finos anteojos, Mansour Al-Ngidan esconde una mirada irónica. Nació en 1970 en Burayda, una ciudad muy conservadora del Nedj, cuna del reino. Después de abandonar la escuela secundaria prosiguió estudios religiosos, aprendió el Corán de memoria, se acercó a las corrientes islamistas y "pasó a la acción" intentando incendiar un comercio de video. Encarcelado, abjuró de sus posiciones y se convirtió a partir de entonces en uno de los más enérgicos críticos del pensamiento religioso radical: "La nuestra es ante todo una crisis de pensamiento. Afirmamos que las organizaciones terroristas no tienen nada que ver con nosotros, mientras que en realidad ellas encuentran su sustento aquí, en ciertos religiosos, cuyas prédicas alaban al sheik Osama Ben Laden y hasta los atentados del 11 de septiembre".  

 

 

Mansour Al-Ngidan denuncia la tendencia a "excomulgar" (takfir) a todos los descarriados. Él mismo fue víctima de ello: cuatro religiosos lo denunciaron públicamente. Ese pensamiento "guerrasantista exclusionista" va incluso hasta autorizar el uso de la violencia contra las autoridades musulmanas, y explica el aumento en los últimos meses de incidentes armados entre terroristas y fuerzas de policía locales. ¿Entonces, por qué las autoridades dieron muestra de mansedumbre respecto de esos extremistas? Al-Ngidan se lamenta: "Así fue el mismo día en que la prensa mostró con gran despliegue las fotos de los diecinueve terroristas buscados por la policía (en su gran mayoría saudís) se autorizó oficialmente al sheik Soleiman Al-Alwan -que había alentado abiertamente la victoria de Osama Ben Laden y llamado a “destruir” Turki Al-Hamed y Ghazi Ghossaibi (5)- a reiniciar su prédica y su labor de enseñanza". ¿Cómo es posible condenar a los talibanes y a la vez cerrar los ojos sobre los miles de jóvenes saudís que fueron a combatir allí luego del 11 de septiembre?

" Para entender las dilaciones del gobierno -explica un periodista- hay que analizar los orígenes del régimen, el pacto firmado en 1944 entre Mohamed Ibn Saud y el reformador religioso Mohamed Ibn Abdelwahhab. Ese acuerdo instituía una alianza entre los religiosos y el poder político, pero estableciendo una separación bastante clara entre los asuntos del Estado, cuyo manejo quedaba a cargo de la familia Saud, y la religión, sobre la que decidía el establishment religioso. Como el rito musulmán al que pertenecía esa jerarquía era el hanbalismo, muy conservador pero que anteponía a todo el mantenimiento de la paz social, todo iba bien, a pesar de las crisis pasajeras". 

 

 

Todo cambió en la década de 1960, cuando el reino debió enfrentar al dirigente Egipcio Gamal Nasser, a los nacionalista árabes y a los progresistas, para lo cual no estaba preparado ideológicamente. Recurrió entonces a los Hermanos Musulmanes, cuyos dirigentes eran perseguidos en los países árabes progresistas. Estos se instalaron en el reino, se hicieron cargo de todo el sistema educativo, e impregnaron el liderazgo religioso tradicional de un pensamiento mucho más político. De esa fusión entre "wahabismo" y Hermanos Musulmanes, emerge luego de la guerra en Afganistán, una corriente minoritaria pero muy activa, la de los "guerrasantistas exclusionistas", que pasa a la acción violenta. "El problema -prosigue el mismo periodista, retomando el argumento de Ngidan- es que en el plano de las ideas existe a menudo una continuidad entre los discursos ‘guerrasantistas’ y los de una parte del establishment religioso: antioccidentalismo, hostilidad respecto de los cristianos y los judíos, etc. El interrogante ante el cual se halla la familia real es el siguiente: ¿es capaz de erradicar una cosa sin combatir la otra? ¿Cómo hacerlo sin poner en tela de juicio la legitimidad religiosa de la monarquía?".  

 

Gobierno entre dos fuegos  

 

El 13 de mayo de 2003 toda la prensa saudí mostró ampliamente las fotos de los diecinueve terroristas buscados. La policía encontró un escondite de armas con 55 granadas, 377 kilos de explosivos, municiones, documentos de identidad falsos y ropa para disfrazarse. ¿A qué se debe esa brusca publicidad, cuando hasta ahora las detenciones no habían dado lugar a ningún anuncio? "Es necesario que reconozcamos la existencia de ese pensamiento extremista en nuestro país" escribe un editorialista del diario Al-Watan. En noviembre de 2002 el ministro del Interior, el príncipe Nayef, había cuestionado públicamente por primera vez a los Hermanos Musulmanes. Pero el gobierno no se anima a lanzarse a un enfrentamiento, aún si un gran número de imanes fueron destituidos en el período previo a la guerra con Irak. Hace apenas unas semanas, el príncipe Nayef afirmaba que no existía ninguna red terrorista en el país, mientras que se sabía de cientos de detenidos de los que, según ciertas fuentes, un centenar de ellos pertenecían al movimiento de Al Qaeda. 

 

 

Los espantosos atentados del 13 de mayo en Ryad, que dejaron más de treinta muertos, podrían marcar un giro decisivo. El debate iniciado en la prensa permite presagiarlo, al igual que las declaraciones extremadamente firmes del príncipe heredero Abdallah: "Queremos advertir especialmente a quienes tratan de justificar esos crímenes en nombre de la religión: cualquiera que intente hacerlo será considerado como cómplice de los terroristas y tratado como tal". Por primera vez -se alegró el editorialista Daud El Cheryan, en el diario Al-Hayat- el ministro del Interior no afirma que esos ataques son extranjeros a nuestra sociedad y a nuestra forma de pensar. Nadie puede negar que aquí existe una simpatía por la corriente 'guerrasantista' " (6).

Después de los atentados, el gobierno dispone de una magnífica ocasión para aislar esa corriente, que si bien es poderosa, parece declinante entre las nuevas generaciones, como testimonia el profesor Abdelhamed Al-Ghathami: "Enseño en el último año de la universidad, y desde hace dos décadas, cada año tengo a mi cargo un grupo de aproximadamente cincuenta estudiantes. A mediados de la década de 1980, una media docena eran islamistas. La cantidad fue creciendo a fines de esa década, y a comienzos de la de 1990 se habían vuelto mayoritarios. Desde entonces, se puede ver un franco retroceso. Este año, en mi curso hay sólo un islamista". ¿A qué se debe ese reflujo? Sin duda a la desilusión: muchos de los que fueron a combatir a Afganistán regresaron decepcionados, algunos de ellos hasta fueron entregados a los estadounidenses por las tribus. Por otra parte, Arabia se urbaniza y se abre al mundo: la televisión por satélite e internet privan al sistema educativo del monopolio que tenía sobre la mente de los jóvenes.

¿ Ha llegado la hora de la reforma? En todo caso, hay mucha resistencia: en el establishment religioso; en el aparato del Estado, incluidos los organismos de seguridad, donde la influencia de los "guerrasantistas" aumentó en la década de 1990; en una parte de la población, gangrenada por la campaña de odio, pero también indignada por la política de Estados Unidos en Irak y en Palestina. En ese contexto, las llamadas a la "democratización" lanzadas por Washington despiertan aún más escepticismo pues, como lo explica un miembro del Majlis Al-Shura, "todo el mundo está convencido de que las presiones de Estados Unidos responden a sus propios intereses y no a los nuestros. Así, Washington contribuye a desacreditar a quienes proponen una apertura, y que son acusados de agentes del extranjero".  

 

A una decena de kilómetros de Ryad, entre las palmeras del jardín de una istiraha (establecimiento cuyo nombre deriva de la palabra "descanso"), unas veinte mesas rodean el estrado desde donde habla el economista Abdelaziz Al Dakhil. "Es una primicia -confía uno de los participantes- pues es la primera vez que 'aparecemos', que nos reunimos en un lugar público". La mayoría de los presentes son signatarios de "la carta de los 104" dirigida al príncipe Abdallah en enero pasado. Los firmantes, tanto liberales como islamistas moderados, piden fundamentalmente la realización de elecciones locales y del Majlis Al-Shura; la garantía de los derechos de los ciudadanos y de las minorías, y mayores derechos para las mujeres. El texto cobró aún mayor importancia dado que el príncipe heredero aceptó recibir a una delegación de los peticionarios.  

 

" Estamos comprometidos en una lucha contra el reloj. Nos enfrentamos a problemas cada vez más agudos, sociales, económicos y políticos" explica el conferenciante, que evoca la pobreza, el aumento del desempleo, el desasosiego de la juventud. "Además, estamos sometidos a una tremenda presión estadounidense, a la que podemos responder de dos maneras: acercándonos a Estados Unidos, haciendo lindas declaraciones y dando vueltas al asunto. Pero también podemos decidir nosotros mismos, aplicar reformas que brinden mayores libertades, más derechos individuales, luchar contra la corrupción. Impongamos decisiones, aunque sean limitadas: elecciones de la cuarta parte del Maylis Al-Shura, elecciones locales, etc. Tengamos el coraje de avanzar hacia las líneas rojas, que aún estamos lejos de haber superado".

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Fuente: Le Monde Diplomatique

Revisión: Mundo Árabe

NOTAS:

(1) Este último atentado, ocurrido en Al Jobar, fue obra de grupos radicales chiítas, Ver “Les mystères d’un attentat en Arabie saoudite”, Le Monde diplomatique, septiembre de 1997.
(2) Ver “Arabia Saudí, entre Occidente y la identidad cultural”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, mayo de 2002.
(3) La presencia militar estadounidense en el Golfo se reforzó notablemente a partir de 1987, en la última fase de la guerra entre Irak e Irán.
(4) Michael Dobbs, “US-Saudi Ties prove crucial in war”, Washington Post, 27-4-03
(5) El primero es un intelectual liberal y el segundo, actual ministro de recursos hídricos y de electricidad, es considerado un liberal.

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