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__________________________ Las
contradicciones de Arabia Saudí
Alain
Gresh
Algunos
días antes de los atentados del 16 de mayo que provocaron 40 muertos en
Casablanca, algunos kamikazes habían actuado en el corazón de Riyad matando a
34 personas. Este desencadenamiento de la violencia confirma las previsiones de
aquellos que afirmaban que la expedición americana en Irak, cuyos resultados
están lejos de ser convincentes, estimularía a los grupos más radicales. El
nuevo imperio americano encuentra así dificultades inéditas. Las relaciones
entre Arabia Saudí y los Estados Unidos son complicadas desde el 11 de
septiembre de 2001, y su gobierno se encuentra enfrentado a difíciles desafíos
sociales y debe hacer frente a la vez a una corriente islamista radicalizada y a
las aspiraciones reformistas y de apertura de una parte de la sociedad.
A
pesar de que las relaciones entre ambos países eran sólidas y cálidas, el príncipe
heredero saudí envió al presidente estadounidense un mensaje muy franco:
"Si yo fuera usted, tomaría la iniciativa de retirar vuestra base militar
en nuestro país. En caso de necesidad, la pondríamos nuevamente a vuestra
disposición". Desde hacía varios años, la existencia de una base
estadounidense en Dhahran, en el Este de Arabia Saudí, era objeto de enérgicas
críticas en todo Medio Oriente. Esto ocurría a fines de 1960: el presidente
John F. Kennedy recibió esa carta del príncipe Feysal, y pocos meses más
tarde Estados Unidos decidía retirarse de Dhahran.
Ese
episodio histórico, relatado por un miembro de la familia real, pretende
explicar una decisión que acaba de ser anunciada y que todos los observadores
tratan de interpretar: la retirada, antes del fin de 2003, de los soldados
estadounidenses estacionados en la base príncipe Sultán. ¿Hay que ver en ello
la señal de un profundo cuestionamiento de las relaciones entre ambos países? Nada
de eso, replica nuestro interlocutor, que prosigue su explicación. "En
1991, a pesar de su derrota, Sadam Husein representaba una amenaza. Además se
había decidido crear zonas de exclusión aérea en Irak. Tres países
participaban de esas operaciones de vigilancia: Estados Unidos, Gran Bretaña y
Francia. Entonces firmamos el acuerdo de Safwan, que permitía que esos aviones
despegaran de nuestro territorio. No se trataba de una 'base' en el sentido
estricto de la palabra. Pero -agrega el príncipe con una sonrisa- nosotros
tenemos una cierta inclinación por el secreto. No dimos explicaciones a la
opinión pública. Muchos creyeron, de buena fe, que habíamos instalado una
base estadounidense permanente".
Así
como en la década de 1950 la base de Dhahran fue objeto de todo tipo de críticas
de los nacionalistas árabes, sobre todo del Egipto nasserista, el despliegue en
Arabia Saudí de 4.500 soldados estadounidenses tras de la guerra del Golfo de
1990-1991 concentró el rechazo de las organizaciones islamistas radicales y de
Osama Ben Laden. Por otra parte, esas tropas fueron objetivo de dos atentados,
uno en noviembre de 1995 y otro en junio de 1996 (1).
Después
de la caída del régimen de Sadam Husein, Washington y Ryad debían tomar en
cuenta la creciente hostilidad de la población saudí a la presencia militar
estadounidense, potenciada por el sentimiento de solidaridad con el pueblo
palestino desde el comienzo de la segunda Intifada. Sin embargo, esa retirada en
ningún caso significa el fin de la colaboración militar entre ambos gobiernos.
Al contrario. La base quedará a disposición de Estados Unidos; se aumentará
la cantidad de instructores estadounidenses presentes, y el comité de estado
mayor conjunto, que no se había reunido desde el verano de 2001 (2), reiniciará
sus sesiones este verano. Después de todo -dicen en Ryad- antes de 1990 no había
base estadounidense, y la seguridad del reino estaba garantizada sólo por la
presencia de efectivos militares de Washington situados "más allá del
horizonte" (3).
Ambivalencia
y doble discurso
Prueba
de la connivencia entre los dos países, fue la ayuda silenciosa pero eficaz
brindada por Ryad a Estados Unidos durante su guerra contra Irak, a pesar de los
desmentidos oficiales. En las semanas previas al conflicto, la cifra de soldados
estadounidenses desplegados en el territorio del reino aumentó hasta llegar a
cerca de 10.000, lo que permitió que la base príncipe Sultán sirviera de
centro de comando de toda la guerra aérea (4). Paralelamente, tropas de elite
se instalaron en las bases aéreas de Arar y de Tabuk, en el noroeste del país.
Esos efectivos cumplieron misiones en el interior de Irak. "De ninguna
manera hubiéramos podido desarrollar la guerra contra Irak como lo hicimos, de
no contar con la ayuda de Arabia", resume un diplomático estadounidense
destacado en Ryad. Esa contradicción entre la posición oficial del reino -condenatoria de cualquier agresión contra Irak- y su actuación sobre el terreno, explica la ambivalencia saudí respecto de la posición francesa. Mientras la opinión pública del país aprueba con entusiasmo la negativa de París a aceptar los dictados de Washington, los responsables del gobierno acumulan los reproches. "Al negarse a votar una segunda resolución sobre Irak -explica uno de ellos- Francia empujó a Estados Unidos a una acción unilateral, liberándose así del cepo de las Naciones Unidas. Ahora ya nadie puede controlarlo". Lo que ese funcionario no dice es que una resolución del Consejo de Seguridad hubiera brindado una cobertura legal al apoyo que el reino daba a Estados Unidos. Pero tuvo que prescindir de ella y desarrollar una política de contorsionista.
Ryad
no tenía otra opción. A partir del 11 de septiembre de 2001, el margen de
maniobra de la familia real se redujo. La participación de quince saudíes en
los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono conmocionó a la
opinión pública estadounidense y desató una ola de acusaciones contra el
reino, sospechoso de haberse convertido en el principal foco de exportación del
terrorismo islámico. Al cabo de una tenaz tarea de investigación, los
periodistas estadounidenses descubrieron con estupefacción que Arabia no era
una democracia, que los derechos de las personas no eran respetados y que las
mujeres estaban obligadas a llevar velo. Voces influyentes, cercanas a los
medios neoconservadores o fundamentalistas cristianos, incitaban a convertir a
Arabia Saudí en el siguiente blanco, después de Irak, y hasta a desmembrar el
país y, sobre todo, crear una "república chiíta" en el Este,
principal región petrolífera (leer el artículo la cuestión chiíta). En
esas condiciones un "no" saudí a las exigencias estadounidenses
respecto de Irak hubiera sido un suicidio, capaz de socavar las bases mismas de
la política exterior saudí. Estas habían sido establecidas el 14 de febrero
de 1945, cuando el monarca Ibn Saud, fundador del reino, se entrevistó con el
presidente Franklin D. Roosevelt, a bordo del USS Quincy, fondeado en el lago
Salado, cerca del canal de Suez. Se perfila entonces una alianza a largo plazo,
basada en sólidos intereses comunes. Ibn Saud cuenta con Estados Unidos para
proteger la integridad del reino: en la década de 1940 de las ambiciones
hachemitas (Irak y Jordania); en la década de 1950 de las de Nasser; y a partir
de 1979 de los llamados de la revolución iraní. Esa "garantía" se
materializará en 1990, cuando, a raíz de la invasión de Kuwait, 500.000
soldados estadounidenses desembarcan en Arabia. Ningún otro país -los
dirigentes saudíes están convencidos- puede ofrecerles semejante garantía. Para
Estados Unidos, el interés en Arabia se debe antes de nada al petróleo. Los
primeros hallazgos se producen en 1938, y son obra de una compañía
estadounidense. En unas pocas décadas, el reino, que posee el 25% de las
reservas mundiales, se convierte en el principal exportador de petróleo, y
garantiza el aprovisionamiento del mundo occidental a bajo precio. Pero lo que
lo hace irremplazable es que se trata del único país capaz -en caso de
necesidad- de aumentar su aporte al mercado en varios millones de barriles por día.
Antes de diez años, ningún otro país, ni siquiera Irak, puede ocupar ese
puesto.
"
Pero no se puede reducir la alianza estadounidense-saudí a un intercambio de
seguridad por petróleo" insiste un intelectual. "Arabia -agrega- ocupó
durante toda la guerra fría un lugar particular en el dispositivo antisoviético,
financiando movimientos tan poco musulmanes como la Unita en Angola o la Contra
en Nicaragua. En Afganistán, Arabia fue el pivote de la ayuda a los mujaidines
y contribuyó en gran medida a la derrota de Moscú en la década de 1980. Pero
el derrumbe de la Unión Soviética redujo su papel". Después
de la violenta sacudida del 11 de septiembre de 2001, los temas bilaterales, que
hasta entonces eran manejados por un puñado de funcionarios, pasaron a primer
plano. Y el desconocimiento que ambos países tienen del otro genera todo tipo
de malentendidos. Abdelhamed Al-Ghathami, profesor de crítica literaria en la
Universidad Rey Saud en Ryad -y buen conocedor de Jacques Derrida y de Michel
Foucault- escribió un libro sobre la cultura en Estados Unidos. Aún hoy se
sorprende de las cosas que descubrió en ese país en la década de 1990. "
Los estadounidenses -afirma- no conocían nada de Arabia Saudí. Creían que el
país se limitaba al desierto y los beduinos. Ignoraban que vivimos en ciudades,
que existen clases medias. Desde el 11 de septiembre ven en nosotros la
quintaesencia del mal. Identifican a toda nuestra sociedad con el terrorismo.
Cuando el Ejército Rojo japonés cometía sus atentados, ¿se responsabilizaba
acaso a todo Japón? Ese simplismo favorece al terrorismo, pues los grupos
radicales pueden decir que Estados Unidos tiene en la mira no al terrorismo sino
a toda nuestra sociedad, a los árabes, al islam. Más aún cuando hay
individuos en Estados Unidos que piden abiertamente un ataque nuclear contra La
Meca o que se acuse al profeta Mahoma de terrorista".
Cabe recordar que unas 600 familias víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 iniciaron juicio contra importantes responsables e instituciones, fundamentalmente saudís, entre ellas el príncipe Sultán, poderoso ministro de Defensa, por un monto de... un billón de dólares. Recientemente, los demandantes incluyeron también en la lista de denunciados a influyentes miembros de la corriente religiosa radical, entre ellos a Salman Al Awdah y a Safar Hawali. A partir de ahora, la espada de Damocles pende sobre las inversiones saudís en Estados Unidos, evaluadas en 450.000 millones de dólares, ya que podrían ser confiscadas. Los rumores de un retiro masivo de esos fondos parecen infundados, pero los saudís actualmente dudan en invertir nuevas sumas, lo que explica el auge de la bolsa de Ryad y de los valores inmobiliarios. El reino ya no flota solamente sobre un mar de petróleo, sino también de capitales sin destino...
Para
tratar de mejorar su imagen, Arabia organizó una importante campaña de
relaciones públicas: 14,6 millones de dólares entregados a Qorvis Comunication
para el primer semestre de 2002. "Es plata perdida" exclama con
desprecio un hombre de negocios saudí. De manera más eficaz, el príncipe
Abdallah lanzó una audaz iniciativa de paz para Medio Oriente, logrando en la
cumbre árabe de Beirut de marzo de 2002, que todo el mundo árabe aceptara una
paz global con Israel a cambio de la creación de un Estado palestino. La
cooperación silenciosa durante la guerra de Irak permitió también equilibrar
el peso de los halcones del Pentágono, dispuestos a considerar que Washington
debería "abandonar" a Arabia, más aún ahora que el ejército
estadounidense dispone de bases militares o de facilidades en Irak y en todos
los emiratos del Golfo.
"
Tardamos mucho tiempo en comprender la conmoción que el 11 de septiembre causó
en la sociedad estadounidense", reconoce un responsable saudí. Seis meses
después de esos atentados, altos responsables del ministerio del Interior
explicaban ingenuamente que no existía ninguna prueba de la participación de
saudís en los ataques. El discurso oficial cambió, pero muchos saudís
manifiestan reservas respecto de la política de Estados Unidos. Reservas
repercutidas por una prensa más libre. La relación estadounidense-saudí nunca
fue una relación amorosa, pero ahora está marcada por una profunda
desconfianza.
Distanciamiento
Abdel
Mohsen El Akkas, uno de los responsables del grupo de prensa Chark El Awsat, y
miembro del Majlis Al-Shura, el consejo consultivo, lo reconoce: "Sí, los
saudís dudan cada vez más en viajar a Estados Unidos. Se cuentan muchas cosas,
algunas terribles, que hablan de malos tratos. Se dice que se retiene a los saudís
en las escalas, para hacerles perder la combinación con el vuelo siguiente. Así
se espera desbaratar sus planes, si es que tenían alguno... ¿Cómo
saberlo?"
Los
saudíes pueden comprobarlo directamente: el plazo para obtener visados se
alarga y el control en Estados Unidos se vuelve más riguroso. El miedo desanima
a los eventuales viajeros. Muchos estudiantes deciden proseguir sus estudios en
Canadá, en Australia o en Europa. La prensa reproduce informaciones sobre los
130 saudís detenidos en Guantánamo, que son tratados de forma muy contraria a
los ideales que Estados Unidos dice defender. Si a eso se añade la sincera
indignación de todos los saudís -incluidos los más "occidentalizados"-ante
la opresión de los palestinos, se entiende el éxito que tiene el boicot de
productos estadounidenses. Al menos a juzgar por lo que la gente declara, ya que
resulta difícil evaluar su impacto aunque no fuera más que en el consumo de
cigarrillos estadounidenses o sobre ciertas firmas como McDonald’s… Sin
embargo la prueba de fuego de las relaciones entre ambos países será la lucha
contra el terrorismo. Y se trata de un asunto para nada simple. "Durante
las últimas décadas -explica un periodista saudí- el reino exportó su versión
de un islam riguroso. La guerra en Afganistán marcó el punto culminante de esa
actividad. Toda la red de ayuda política, religiosa y financiera que se había
organizado, se quedó 'sin trabajo' al finalizar la guerra fría. Y algunos se
reciclaron en la lucha contra otros 'infieles', los Estados Unidos".
Desde
el día siguiente de la guerra del Golfo de 1990-1991, Ryad había comenzado a
poner orden en sus operaciones de financiamiento: ¿algunas organizaciones
apoyadas por Arabia Saudí no habían acaso tomado posición a favor de Sadam
Husein? Por entonces, el dinero transitaba a través del Consejo de los grandes
ulemas y de su presidente, el sheik Abdelaziz Ben Baz, que no se preocupaba
demasiado por el destino de esos fondos. Al ser designado en julio de 1993 como
gran muftí, con rango de ministro, perdió muchas de sus prerrogativas
financieras, que pasaron al nuevo ministerio de asuntos islámicos y de bienes
religiosos. Pero ese sistema sigue estando lleno de lagunas, más aún teniendo
en cuenta que el aparato estatal que lo maneja, muy nuevo, no es necesariamente
eficaz. Tras el 11 de septiembre de 2001 las presiones estadounidenses se tornaron insistentes. "Actualmente se está organizando la cooperación para controlar el destino de los fondos que se transfieren, algo positivo para ambas partes. Estamos preparando una nueva ley sobre el tema", explica Abdel Mohsen El Akkas. A mediados de mayo, las autoridades anunciaron el cierre de todas las oficinas exteriores de la fundación Al-Haramain, a menudo cuestionada por Washington. Los controles de transferencias de fondos al exterior son cada vez más rigurosos. Los estadounidenses confirman esos avances, pero afirman que los saudís "aún no han ido hasta el fondo de la cuestión".
Sin
embargo, el principal desafío a que deben hacer frente los dirigentes saudís
no es de seguridad sino de sociedad. Aun antes de los terribles atentados del 13
de mayo de 2003, ciertas voces se alzaban para denunciar el caldo de cultivo en
que se desarrollan las organizaciones que alientan "la guerra santa".
Tras sus finos anteojos, Mansour Al-Ngidan esconde una mirada irónica. Nació
en 1970 en Burayda, una ciudad muy conservadora del Nedj, cuna del reino. Después
de abandonar la escuela secundaria prosiguió estudios religiosos, aprendió el
Corán de memoria, se acercó a las corrientes islamistas y "pasó a la
acción" intentando incendiar un comercio de video. Encarcelado, abjuró de
sus posiciones y se convirtió a partir de entonces en uno de los más enérgicos
críticos del pensamiento religioso radical: "La nuestra es ante todo una
crisis de pensamiento. Afirmamos que las organizaciones terroristas no tienen
nada que ver con nosotros, mientras que en realidad ellas encuentran su sustento
aquí, en ciertos religiosos, cuyas prédicas alaban al sheik Osama Ben Laden y
hasta los atentados del 11 de septiembre".
Mansour
Al-Ngidan denuncia la tendencia a "excomulgar" (takfir) a todos los
descarriados. Él mismo fue víctima de ello: cuatro religiosos lo denunciaron públicamente.
Ese pensamiento "guerrasantista exclusionista" va incluso hasta
autorizar el uso de la violencia contra las autoridades musulmanas, y explica el
aumento en los últimos meses de incidentes armados entre terroristas y fuerzas
de policía locales. ¿Entonces, por qué las autoridades dieron muestra de
mansedumbre respecto de esos extremistas? Al-Ngidan se lamenta: "Así fue
el mismo día en que la prensa mostró con gran despliegue las fotos de los
diecinueve terroristas buscados por la policía (en su gran mayoría saudís) se
autorizó oficialmente al sheik Soleiman Al-Alwan -que había alentado
abiertamente la victoria de Osama Ben Laden y llamado a “destruir” Turki Al-Hamed
y Ghazi Ghossaibi (5)- a reiniciar su prédica y su labor de enseñanza".
¿Cómo es posible condenar a los talibanes y a la vez cerrar los ojos sobre los
miles de jóvenes saudís que fueron a combatir allí luego del 11 de
septiembre? " Para entender las dilaciones del gobierno -explica un periodista- hay que analizar los orígenes del régimen, el pacto firmado en 1944 entre Mohamed Ibn Saud y el reformador religioso Mohamed Ibn Abdelwahhab. Ese acuerdo instituía una alianza entre los religiosos y el poder político, pero estableciendo una separación bastante clara entre los asuntos del Estado, cuyo manejo quedaba a cargo de la familia Saud, y la religión, sobre la que decidía el establishment religioso. Como el rito musulmán al que pertenecía esa jerarquía era el hanbalismo, muy conservador pero que anteponía a todo el mantenimiento de la paz social, todo iba bien, a pesar de las crisis pasajeras".
Todo
cambió en la década de 1960, cuando el reino debió enfrentar al dirigente
Egipcio Gamal Nasser, a los nacionalista árabes y a los progresistas, para lo
cual no estaba preparado ideológicamente. Recurrió entonces a los Hermanos
Musulmanes, cuyos dirigentes eran perseguidos en los países árabes
progresistas. Estos se instalaron en el reino, se hicieron cargo de todo el
sistema educativo, e impregnaron el liderazgo religioso tradicional de un
pensamiento mucho más político. De esa fusión entre "wahabismo" y
Hermanos Musulmanes, emerge luego de la guerra en Afganistán, una corriente
minoritaria pero muy activa, la de los "guerrasantistas exclusionistas",
que pasa a la acción violenta. "El problema -prosigue el mismo periodista,
retomando el argumento de Ngidan- es que en el plano de las ideas existe a
menudo una continuidad entre los discursos ‘guerrasantistas’ y los de una
parte del establishment religioso: antioccidentalismo, hostilidad respecto de
los cristianos y los judíos, etc. El interrogante ante el cual se halla la
familia real es el siguiente: ¿es capaz de erradicar una cosa sin combatir la
otra? ¿Cómo hacerlo sin poner en tela de juicio la legitimidad religiosa de la
monarquía?".
Gobierno
entre dos fuegos
El 13 de mayo de 2003 toda la prensa saudí mostró ampliamente las fotos de los diecinueve terroristas buscados. La policía encontró un escondite de armas con 55 granadas, 377 kilos de explosivos, municiones, documentos de identidad falsos y ropa para disfrazarse. ¿A qué se debe esa brusca publicidad, cuando hasta ahora las detenciones no habían dado lugar a ningún anuncio? "Es necesario que reconozcamos la existencia de ese pensamiento extremista en nuestro país" escribe un editorialista del diario Al-Watan. En noviembre de 2002 el ministro del Interior, el príncipe Nayef, había cuestionado públicamente por primera vez a los Hermanos Musulmanes. Pero el gobierno no se anima a lanzarse a un enfrentamiento, aún si un gran número de imanes fueron destituidos en el período previo a la guerra con Irak. Hace apenas unas semanas, el príncipe Nayef afirmaba que no existía ninguna red terrorista en el país, mientras que se sabía de cientos de detenidos de los que, según ciertas fuentes, un centenar de ellos pertenecían al movimiento de Al Qaeda.
Los
espantosos atentados del 13 de mayo en Ryad, que dejaron más de treinta
muertos, podrían marcar un giro decisivo. El debate iniciado en la prensa
permite presagiarlo, al igual que las declaraciones extremadamente firmes del príncipe
heredero Abdallah: "Queremos advertir especialmente a quienes tratan de
justificar esos crímenes en nombre de la religión: cualquiera que intente
hacerlo será considerado como cómplice de los terroristas y tratado como
tal". Por primera vez -se alegró el editorialista Daud El Cheryan, en el
diario Al-Hayat- el ministro del Interior no afirma que esos ataques son
extranjeros a nuestra sociedad y a nuestra forma de pensar. Nadie puede negar
que aquí existe una simpatía por la corriente 'guerrasantista' " (6). Después
de los atentados, el gobierno dispone de una magnífica ocasión para aislar esa
corriente, que si bien es poderosa, parece declinante entre las nuevas
generaciones, como testimonia el profesor Abdelhamed Al-Ghathami: "Enseño
en el último año de la universidad, y desde hace dos décadas, cada año tengo
a mi cargo un grupo de aproximadamente cincuenta estudiantes. A mediados de la década
de 1980, una media docena eran islamistas. La cantidad fue creciendo a fines de
esa década, y a comienzos de la de 1990 se habían vuelto mayoritarios. Desde
entonces, se puede ver un franco retroceso. Este año, en mi curso hay sólo un
islamista". ¿A qué se debe ese reflujo? Sin duda a la desilusión: muchos
de los que fueron a combatir a Afganistán regresaron decepcionados, algunos de
ellos hasta fueron entregados a los estadounidenses por las tribus. Por otra
parte, Arabia se urbaniza y se abre al mundo: la televisión por satélite e
internet privan al sistema educativo del monopolio que tenía sobre la mente de
los jóvenes. ¿
Ha llegado la hora de la reforma? En todo caso, hay mucha resistencia: en el
establishment religioso; en el aparato del Estado, incluidos los organismos de
seguridad, donde la influencia de los "guerrasantistas" aumentó en la
década de 1990; en una parte de la población, gangrenada por la campaña de
odio, pero también indignada por la política de Estados Unidos en Irak y en
Palestina. En ese contexto, las llamadas a la "democratización"
lanzadas por Washington despiertan aún más escepticismo pues, como lo explica
un miembro del Majlis Al-Shura, "todo el mundo está convencido de que las
presiones de Estados Unidos responden a sus propios intereses y no a los
nuestros. Así, Washington contribuye a desacreditar a quienes proponen una
apertura, y que son acusados de agentes del extranjero".
A
una decena de kilómetros de Ryad, entre las palmeras del jardín de una
istiraha (establecimiento cuyo nombre deriva de la palabra
"descanso"), unas veinte mesas rodean el estrado desde donde habla el
economista Abdelaziz Al Dakhil. "Es una primicia -confía uno de los
participantes- pues es la primera vez que 'aparecemos', que nos reunimos en un
lugar público". La mayoría de los presentes son signatarios de "la
carta de los 104" dirigida al príncipe Abdallah en enero pasado. Los
firmantes, tanto liberales como islamistas moderados, piden fundamentalmente la
realización de elecciones locales y del Majlis Al-Shura; la garantía de los
derechos de los ciudadanos y de las minorías, y mayores derechos para las
mujeres. El texto cobró aún mayor importancia dado que el príncipe heredero
aceptó recibir a una delegación de los peticionarios.
"
Estamos comprometidos en una lucha contra el reloj. Nos enfrentamos a problemas
cada vez más agudos, sociales, económicos y políticos" explica el
conferenciante, que evoca la pobreza, el aumento del desempleo, el desasosiego
de la juventud. "Además, estamos sometidos a una tremenda presión
estadounidense, a la que podemos responder de dos maneras: acercándonos a
Estados Unidos, haciendo lindas declaraciones y dando vueltas al asunto. Pero
también podemos decidir nosotros mismos, aplicar reformas que brinden mayores
libertades, más derechos individuales, luchar contra la corrupción. Impongamos
decisiones, aunque sean limitadas: elecciones de la cuarta parte del Maylis Al-Shura,
elecciones locales, etc. Tengamos el coraje de avanzar hacia las líneas rojas,
que aún estamos lejos de haber superado". ____________________
Fuente:
Le Monde Diplomatique Revisión:
Mundo Árabe NOTAS: (1)
Este último atentado, ocurrido en Al Jobar, fue obra de grupos radicales chiítas,
Ver “Les mystères d’un attentat en Arabie saoudite”, Le Monde
diplomatique, septiembre de 1997. |
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Editor Ahmed
Hijazi Teléfono: 915228922 - 637979217 E-mail: mundoarabe@mundoarabe.org Copyright ©Mundo Árabe 2000-2007 Madrid-España Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768
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