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__________________________________ Fundamentalismo:
Arabia Saudí y Estados Unidos Tahar
Ben Jelloun*
Arabia
Saudí –guardián de los santos lugares del Islam y país productor de petróleo–
se encuentra ahora en la tesitura de tener que luchar contra el terrorismo que
tan duramente la ha golpeado en diversas ocasiones. Lo cierto es que no estaba
preparada para afrontar un día esta modalidad de guerra ciega. Pensaba hallarse
al abrigo de esta plaga para ser, definitiva e indiscutiblemente,
“Dar-al-Islam” (la morada del Islam) por oposición a “Dar-al-harb” (la
morada de la guerra); vivía, replegada sobre sí misma, dedicada a cultivar sus
tradiciones y costumbres, cerrando su corazón y sus puertas a la modernidad, la
que garantiza la democracia y el reconocimiento de la persona individual y del
Estado de derecho. Factor que no le impedía proveerse de la tecnología más
compleja y avanzada, en especial en lo referente a su seguridad. Su riqueza
material, su papel de país protector del Islam, sus importantes relaciones con
Estados Unidos no le han salvado del terrorismo. Al contrario, estos rasgos que
adornan su fisonomía le han convertido en un blanco simbólico. Los terroristas
le discuten su posición hegemónica y dominante sobre los santos lugares del
Islam y juzgan impíos a los actuales gobernantes. Lo
peor de la situación es que Arabia Saudí no está ni estará en disposición
de luchar eficazmente contra este azote que amenaza una parte del mundo por la
sencilla razón de que sus estructuras políticas y su organización
gubernamental carecen de recursos para oponerse a esta amenaza. Los dirigentes
saudíes no se hallan en disposición –ni ideológica ni psicológicamente–
de afrontar estos intentos de desestabilización. Por varias razones, que se
exponen a continuación. Arabia
Saudí es un país perteneciente a una familia: la casa de Saud. El Estado lleva
el nombre de esta familia. ¿Existe allí un Estado en el sentido moderno del término?
No. Los dirigentes saudíes poseen sus propios métodos de trabajar y hacer política
que no guardan relación alguna con el sistema conocido en el mundo occidental e
incluso en la mayor parte de los países árabes. De hecho, un Consejo de
familia hace las veces de Estado. El poder se transmite de padres a hijos o, en
su defecto, de hermano a hermano. Por
otra parte, conviene recordar al respecto que los saudíes son responsables de
sus propios males. Han propugnado, defendido y propagado la ideología wahabí,
una concepción del Islam “puro y duro” que un teólogo del siglo XVIII, Abd
Al Wahab, instauró como línea directriz de la comunidad musulmana. Es el padre
del fundamentalismo religioso, el que propugna la aplicación de la sharia (según
la interpreta el wahabismo) para solucionar asimismo los problemas jurídicos y
postula la aplicación de determinadas normas en la vida cotidiana moral y
religiosa del musulmán. La condición de la mujer en Arabia Saudí es la más
retrógrada del mundo musulmán. Ni siquiera tiene derecho a conducir un coche. Durante
años enteros, saudíes que no pertenecían a las altas esferas políticas han
estado financiando a las asociaciones y organizaciones wahabíes decididas a
propagar la ideología fundamentalista en países como Argelia, Egipto, Sudán,
Yemen, etcétera. Los primeros incidentes provocados por el integrismo se
registraron en Argelia en los años ochenta: grupos de individuos destruyeron
tumbas de hombres santos. El wahabismo prohíbe venerar a los santos por juzgar
que toda la santidad se halla simbolizada en el profeta Mahoma. El
Gobierno saudí, al propio tiempo, ha construido y financiado universidades
wahabíes en Djedda y en Nouakchott, en Mauritania, donde se formarán los teólogos
encargados después de predicar las ideas fundamentalistas en los países del
Magreb y Oriente Medio. La
familia reinante, sin dejar de avivar estos movimientos en el seno del Mundo Árabe,
mantiene buenas relaciones con Occidente y, en particular, con Estados Unidos
donde coloca su dinero y adquiere su arsenal militar. Por otra parte, la familia
Ben Laden, gran constructora de infraestructuras, hizo en su día pingües
negocios con la familia de Bush padre e hijo. El terrorismo que actualmente
enfoca su punto de mira en dirección a Arabia saudí se parece a un arreglo de
cuentas entre miembros de una misma gran familia. Osama Ben Laden, antiguo
colaborador de la familia Bush, ajusta sus cuentas en Estados Unidos porque no
se han respetado determinados “contratos” (de obligado secreto). No es por
casualidad que más de la mitad de los terroristas involucrados en los atentados
del 11 de septiembre fueran de nacionalidad saudí. Como ha señalado la
novelista india Arundhati Roy, “¿Qué es Osama Ben Laden? Es el secreto de
familia de Estados Unidos. El doble sombrío de su presidente. El gemelo salvaje
de quien se jacta de irradiar excelso valor y gran nivel de civilización. Bush
y Ben Laden recurren a la misma terminología. Cada cual representa –a ojos
del otro– la ‘cabeza de la serpiente’. Ninguno de los dos se priva de
invocar a Dios”. El
terrorismo no es más que un síntoma, no es la enfermedad. La enfermedad es el
fundamentalismo religioso tal como lo han propagado los Saud y lo ha utilizado
el equipo fanático que rodea a Bush. Arabia Saudí cosecha lo que sembraron
algunos de sus gobernantes. Tras los últimos atentados que han causado varios
muertos –entre ellos un técnico norteamericano– el Pentágono ha pedido a
sus ciudadanos que abandonen este país. ¿En qué se convertirá Arabia Saudí
si pierde la mano de obra cualificada extranjera que le permite producir su único
capital, el petróleo?. *Tahar
Ben Jelloun, escritor
marroquí. Premio Goncourt de novela de 1987. _______________________________________________ |
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Editor Ahmed
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