El héroe de Perejil que durante ocho años no tuvo valor para viajar a Melilla en calidad de presidente del Gobierno desembarcó ayer en la ciudad autónoma disfrazado de conquistador. Adivinar la agenda de José María Aznar es sencillo: allá donde haya un incendio, aparece él para echar gasolina al fuego; allá donde la diplomacia española tenga un problema, se presenta él para agravarlo; allá donde pueda hacer daño al Gobierno de España, está él metiendo cizaña. ¿Quién era aquel político que criticaba a quienes se pasan la vida ladrando su rencor por las esquinas?
El héroe de Perejil se retrató perfectamente en su intervención ante la prensa, dejó al desnudo su actual estructura mental. “No he venido a Melilla a criticar a nadie”, dijo unos segundos antes de cargar contra el Gobierno de Zapatero, al que acusó de permitir que los ciudadanos de la ciudad autónoma vivan “entre el acoso y la dejadez”.
El héroe de Perejil no tuvo ni siquiera el detalle de informar al Ejecutivo de su periplo por Melilla, algo que demuestra hasta dónde llega su deslealtad. En este sentido, es censurable que tampoco el PP considerase necesario informar al Gobierno, a pesar de que Rajoy estaba supuestamente al tanto del viaje.
“Si un hombre comienza por permitirse un asesinato, muy pronto quita importancia al robo, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del señor, y acaba por faltar a la buena educación”, escribió Thomas de Quincey. Pues eso. Se empieza mintiendo sobre la autoría de la masacre del 11-M y se termina desembarcando en Melilla.
El compromiso de José M.ª Aznar con la unidad de España es un noviciado eterno. En el 2002 nos descubrió un islote llamado Perejil, que toma nombre de la única forma de vida que existe entre sus rocas inertes, ubicadas a unos 10 kilómetros de Ceuta. Ni cuando nos obligaban a cantar el Cara al sol en el colegio habíamos oído hablar de ese peñasco patrio. Nos quedamos en los peñones de Vélez de la Gomera y de Alhucemas, sin olvidar unas islas de simpático nombre que atendían por Chafarinas y otra apellidada Alborán. Y aquellos pedazos de plazas o enclaves de Ceuta y Melilla, que la democracia rebautizó como ciudades autónomas. Los nombres de nuestros residuos coloniales eran curiosos, la mayoría contaban con guarniciones militares, pero jamás apareció el tal Perejil, ni Julivert en la intimidad, quizás porque allí no sobrevive ni una cabra de la Legión.
