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Hipocresía moral
Vamos con la decencia. Desde hace ya muchos años no para de manar la sangre en Irak, Afganistán y Palestina. Este derramamiento lo llevan a cabo sin piedad y contra todo derecho los mismos que ahora dicen no poder intervenir en el asunto de las caricaturas porque no pueden violar el derecho a la libertad de expresión. Hablamos, por tanto, de la civilización judeo-cristiana, que sin base legal mata a mansalva a miles y miles de miembros de la civilización islámica mientras que invade, ocupa y arrasa sus países, pero que está atada de manos por un sacrosanto derecho a la libertad de expresión. En los detalles exquisitos es donde se distingue una civilización avanzada. Hay que tener un paladar moral extraordinario para defender a capa y espada el derecho de los dibujantes cristianos a mostrar sus viñetas, al tiempo que se asesina a niños y mujeres musulmanes con el fin, supuestamente, de rescatarles de su civilización, considerada por los asesinos, aunque no por las víctimas, como intolerante, atrasada e incivilizada. Pongamos la oración por pasiva. Los ejércitos de Irak, Afganistán y Palestina invaden Dinamarca sin autorización de Naciones Unidas y con justificaciones basadas en mentiras, la dejan como un solar y matan e hieren a miles de sus ciudadanos. Lo hacen, evidentemente, por el bien de los daneses, ya que hay que librarles de una civilización a todas luces inferior y perjudicial para ellos. Henchido del sentimiento de superioridad espiritual que da el sentirse miembro de una coalición capaz de dominar Dinamarca, un caricaturista iraquí dibuja a la reina sodomizada con un crucifijo. La gracia la difunden los diarios árabes, la defienden algunos intelectuales y los políticos la justifican. ¿Dónde está el problema? Como decía Gila: ¡si los europeos no saben aguantar una broma que se vayan del pueblo! Veamos la hipocresía moral. En diversos países europeos está perseguido por la ley negar el Holocausto judío e incluso poner en duda la cifra de muertos o los métodos de exterminio empleados por ¿no lo recuerdan?, otros europeos de ¿les suena?, la misma civilización. Escribe algo sobre el asunto y, si encuentras un director de periódico tan valiente como el que ha publicado las caricaturas (y los que las reproducen para no ser menos que el primero), te juegas tu libertad y una buena multa. Parece que en la cuestión de la libertad de expresión unos son más libres que otros. Se puede ofender los sentimientos de los musulmanes pero no los de los judíos. A lo mejor esta exquisita diferencia no tiene nada que ver con que nuestra civilización cristiana consienta a Israel violar continuamente la ley internacional durante los más de 50 años de su existencia, lo que incluye el asesinato de musulmanes, y al tiempo obligue a Irak a cumplirla aunque para ello haya que matar a todos sus habitantes, causalmente también musulmanes.
Vamos con el cinismo político. Los ministros
y directores de periódico que se unen como una piña para defender la libertad de
expresión de los europeos, saben perfectamente que ninguna ley ni ninguna moral
puede defender que Occidente esté llevando a cabo el Holocausto musulmán. ¿Dónde
está escrito en la Declaración de los Derechos Humanos y en las Escrituras que
aviones de combate asesinen a niños en sus camas y en sus pupitres? Pero aunque
sean unos criminales no son tontos, y saben que un reportaje televisivo sobre el
velo de las mujeres en el momento adecuado o una caricatura sobre el Profeta en
el lugar oportuno poseen efectos potentísimos e inmediatos en todos los
ambientes. En el mundo islámico, tremenda humillación; aquí, soberbia mayúscula.
No hay barrera ni límite que Occidente no haya violado en su relación con el Islam. Una caricatura irreverente no tiene importancia alguna ante los desastres causados. Sin embargo, viene precedida de un martirio que parece inacabable. Quizás Occidente cree que puede seguir hiriendo cuerpos y almas impunemente durante el tiempo que quiera. Todo en esta vida tiene un límite, no sólo la libertad de expresión, sino la prepotencia, el abuso y la humillación. Lo único que puedo hacer por mi parte es pedir perdón.
Agustín
Velloso Santisteban
es profesor en la UNED-Facultad de Educación, Dpto. Hª de la Educ. y Educ.
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