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Sadam, ante el tribunal

NOAM Chomsky

Todos aquellos a quienes les preocupen los derechos humanos, la justicia y la integridad moral deberían estar muy contentos por la captura de Sadam Husein y deberían aguardar con impaciencia que un tribunal internacional le someta a un juicio justo. Los cargos por las atrocidades de Sadam deberían incluir no sólo la matanza de kurdos en 1988, con uso de gases tóxicos, sino también, y con aún mayor importancia, su masacre de los rebeldes chiís que podrían haberle derrocado en1991.

En aquella época, Washington y sus aliados sostenían el "criterio sorprendentemente unánime de que fueran cuales fueran los pecados del líder iraquí, éste ofrecía a Occidente y a la región mayores esperanzas para la estabilidad de su país que quienes sufrieron su represión", escribió Alan Cowell en The New York Times.

El pasado diciembre, Jack Straw, ministro de Asuntos Exteriores británico, hizo público un informe de los crímenes de Sadam extraído casi por completo de lo sucedido en el periodo de firme apoyo británico-estadounidense al dictador. Con la habitual muestra de integridad moral, el informe de Straw y la reacción de Washington pasaban por alto dicho apoyo.

ESTAS PRÁCTICAS reflejan una trampa muy arraigada y generalizada en la cultura intelectual, una trampa que a veces se denomina doctrina del cambio de rumbo y que en Estados Unidos se invoca cada dos o tres años. El contenido de esta doctrina es éste: "Sí, en el pasado hemos hecho cosas incorrectas por inocencia o descuido. Pero ahora todo ha terminado, no desperdiciemos ni un minuto más en este tema aburrido y trasnochado".

La doctrina es deshonesta y cobarde, pero tiene sus ventajas: nos protege del peligro de comprender lo que está sucediendo ante nuestros propios ojos. Por ejemplo, la razón que originalmente esgrimió la Administración de Bush para ir a la guerra en Irak fue librar al mundo de un tirano que desarrollaba armas de destrucción masiva y mantenía vínculos con el terrorismo. Ahora ya nadie se lo cree, ni siquiera quienes le escriben los discursos a Bush. La nueva razón es que invadimos Irak para establecer una democracia y aún más, democratizar todo Oriente Próximo.

A veces, la repetición de esta postura sobre la construcción de la democracia alcanza un nivel de ardiente proclama. El mes pasado, por ejemplo, David Ignatius, comentarista del Washington Post, describía la invasión de Irak como "la guerra más idealista de los tiempos modernos", pues se combatió exclusivamente para llevar la democracia a Irak y a toda la región. Ignatius se mostraba particularmente impresionado por Paul Wolfowitz, "el idealista en jefe de la Administración de Bush", a quien describe como un genuino intelectual que "sufre por la opresión (del mundo árabe) y sueña con liberarlo". Quizá esto ayude a explicar la carrera de Wolfowitz. Como su fuerte apoyo a Suharto en Indonesia, uno de los peores asesinos y agresores de masas del siglo, cuando Wolfowitz era embajador en dicho país durante la presidencia de Reagan. Como funcionario del Departamento de Estado para asuntos asiáticos bajo el mandato de Reagan, Wolfowitz supervisó también el apoyo a dos dictadores asesinos, Chun, de Corea del Sur y Marcos, de Filipinas.

Pero todo esto es irrelevante debido a la conveniente doctrina de cambio de rumbo. Así pues, sí, el corazón de Wolfowitz sufre por las víctimas de la opresión, y si su hoja de servicios indica lo contrario, sólo es debido a esas aburridas y antiguas historias que queremos olvidar.

Aunque podríamos recordar otro hecho reciente que ilustra el amor de Wolfowitz por la democracia. El Parlamento turco, asumiendo la oposición prácticamente unánime de su población a la guerra en Irak, se negó a autorizar el despliegue íntegro de las fuerzas armadas de Estados Unidos en Turquía. Ello provocó la furia de Washington.

Wolfowitz criticó al Ejército turco por no haber intervenido para anular la decisión. Turquía escuchó a su pueblo, sin admitir órdenes de Crawford, Texas o Washington D.C. El capítulo más reciente es el documento Determinación y conclusiones de Wolfowitz sobre la asignación de los generosos contratos para la reconstrucción de Irak. Se ha excluido a países cuyo Gobierno se atrevió a adoptar las misma posición que la gran mayoría de su población. Las razones alegadas por Wolfowitz son los "intereses de seguridad", que son inexistentes, aunque es difícil pasar por alto el odio visceral a la democracia, además del hecho de que Halliburton y Bechtel tendrán ahora libertad para competir con la vibrante democracia de Uzbekistán y las islas Salomón, pero no con las principales sociedades industriales.

Lo revelador e importante para el futuro es que las muestras de desdén de Washington hacia la democracia se han simultaneado con un coro de adulación sobre sus anhelos democráticos. Salir airosos de esta contradicción es un logro impresionante, difícil de emular incluso en un estado totalitario.

LOS IRAQUÍS ya tienen alguna experiencia sobre este tipo de procesos de conquistadores y conquistados. Los británicos crearon Irak en función de sus propios intereses. Cuando abandonaron esta parte del mundo, la discusión estribó en cómo establecer lo que ellos llamaban fachadas árabes: gobiernos débiles y maleables, parlamentarios si era posible, a condición de que fueran los propios británicos quienes realmente gobernaran.

¿Quién puede esperar que Estados Unidos permita algún día la existencia de un Gobierno iraquí independiente? Especialmente ahora que Washington se ha reservado el derecho a establecer bases militares permanentes en su territorio, en el corazón de la mayor región productora de petróleo del mundo, y ha impuesto un régimen económico que ningún país soberano aceptaría, dejando el destino del país en manos de las empresas occidentales.

A lo largo de la historia, incluso las medidas más duras y vergonzosas han ido generalmente acompañadas de manifestaciones de nobles intenciones y una retórica en la que se ofrece libertad e independencia. Una mirada honesta sólo puede generalizar la observación de Thomas Jefferson sobre la situación del mundo en su época: "No creemos ni que Bonaparte luche sólo por las libertades en los mares ni que Gran Bretaña esté luchando por las libertades de la humanidad. El propósito es el mismo, atraer hacia sí el poder, la riqueza y los recursos de otras naciones".

Editor Ahmed Hijazi
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