Lengua árabe
   Cursos mensuales y continuos

MUNDO ARABE.ORG Curso "Islam y Mundo Árabe"
 


 

_________________________________________________________________

El viento es de todos, pero la flauta no es mía

Soad Louis Lakah

 

MUNDO ARABE.ORG


¡Que no son galletas turcas, carajo! Es pan árabe.

Así respondía mi padre, al escuálido muchacho que solía vender el pan hecho por las Usta. Se molestaba cuando lo llamaban "turco": - ¡Sólo para ofendernos, nos dicen así, por ignorantes!. Nosotros no somos turcos, somos árabes, descendemos de los semitas y fenicios. Los turcos ocuparon nuestras tierras y dejaron su huella indeleble en nuestro pasaporte, con el sello de Turquía.

Llegamos a este continente por el mar, después de muchos meses de viaje, huyendo de la guerra, del servicio militar obligatorio y en busca de una nueva oportunidad de trabajo.

Mi padre se llamaba Edmond, pero todos en San José de Ciénaga de Oro le decían el turco Mon; nació en Damasco, capital de Siria, era hijo de María Sabath y Naman Louis. El Louis nos viene por la colonización francesa en Siria. A él le gustaba el vino, tocar el violín, recitar poemas, enamorar a las muchachas que pasaban frente a su almacén de telas, fumar y guardar el humo de los cigarrillos en los bolsillos de los pantalones.

Mi padre era el menor de cuatro hermanas: Olga, Edma, Argent y Soad, y se quedó viviendo en este pueblo, en San José de Ciénaga de Oro, que parece un pesebre grande. Ahí nació Pablito Florez, La Lío, el doctor Mendoza, Manuel H. Pretelt y cuatro amigos más de mi padre.

Al morirse mi abuelo Naman en Damasco, mi abuela María le entregó a su hijo varón, como era costumbre, el patrimonio familiar para que trabajara. Mi padre decidió viajar a Europa a estudiar y le prometió que llegaría a América a incrementar el patrimonio económico.

De Europa llegó a Brasil, allí vivió como decimos acá como todo un bacán: rumba, mujeres, tabaco y vino y así con este estilo de vida, se olvidó de mi abuela y de mis cuatro tías.

Pero un día amaneció sin un peso en el bolsillo. Le escribió a mi abuela contándole una historia conmovedora y de una crisis que se le avecinaba. Ella le contestó su carta diciéndole que no se preocupara, que ella tenía un primo que estaba en una región de Colombia, que se llamaba Chocó, que le estaba yendo muy bien, que se fuera para allá, que seguramente le iba a dar trabajo.

Fue así como le escribió al tío Anuar y la respuesta no se hizo esperar. Llegó donde él y se dio cuenta de que le tocaba trabajar duro, cosa que no le gustó mucho porque él estaba en otro cuento. Buscó una buena excusa para safarse del tío Anuar, le dijo que un amigo le había escrito invitándolo a Cartagena y se fue con cinco valijas llenas de ropa y zapatos.

En Cartagena estuvo unos meses, escuchó hablar de los árabes que vivían en el Sinú, que tenían grandes extensiones de tierra, que esta era una tierra bendita. Muy buena para la ganadería, el caucho, las pieles, el comercio, la raicilla, que tenía un río grande, y que era precisamente esta región del Sinú, la despensa agrícola del Bolívar grande.

Llegó a San José de Ciénaga de Oro, un pueblo de tierra roja que cuando llovía, la corriente arrastraba por sus calles pequeñas pepitas de oro, que las gallinas se tragaban como bolitas de maíz.

Un pueblo donde nunca pasaba nada. Casi todos los días eran lo mismo: uno detrás de otro, el mismo sol golpeando las calles de arena. Cualquiera se podía sentar en la puerta de la casa y quedarse ahí de seis a seis y no pasaba nada.

Todo esto que estoy contando sucedió antes de la llegada de los árabes.

Luego, con ellos llegaron los almacenes, las historias de amores, los perfumes, los encajes, las sedas, las telas, los linos, los botones, las aceitunas, el pan árabe y el aceite de oliva.

Encontró en estas tierras a los Zarur, los Usta, los Cueter, los Char, los Saker, los Calume, los Lakah, los Francis, los Chagüi...   Gente buena y trabajadora. Todos le dieron la bienvenida y lo entusiasmaron para iniciar una vida de trabajo.

El trabajo era lo que menos le importaba. Quería encontrar la solución a un problema familiar. Se había gastado todo el dinero que le entregó mi abuela, toda la herencia de mis cuatro tías y ellas se encontraban abandonadas a su suerte. Barajó varias opciones. Pensó varios planes, pero uno fue el que definitivamente salvó el estado de conciencia que le golpeaba todas las noches el alma.

La historia es la siguiente, me la contaron varias señoras del pueblo, entre ellas: Jesusita Alarcón, la costurera; la niña Lale, la maestra y Georgete y Fasija Zarur:

Comenzó a seleccionar quiénes eran los árabes solteros que tenían más dinero en el pueblo. Escogió a cuatro paisanos sin importarle las edades. Los visitó, les dijo que mientras él trabajaba en Brasil mi abuelo se había muerto repentinamente dejando a mi abuela María con sus cuatro hijas solas, las cuales habían sido víctimas del engaño de un pariente lejano que les había malgastado el dinero y que ellas se encontraban allá en medio de la guerra, que estaban pasando muchas dificultades y tristezas. Les ablandó el entendimiento. Con foto en mano les mostró a cada una de sus hermanas y les preguntó si estarían dispuestos a casarse.

Los paisanos aceptaron contentos. Les propuso además, que les escribieran a mis tías, ofreciéndoles matrimonio y que les enviaran el dinero de los pasajes para que se vinieran. 

A la llegada de mi abuela y mis tías a Colombia, fijó fecha para los matrimonios de mis tías. Así lo pensó, así lo hizo y las casó a todas el mismo día.

Esperó con paciencia que pasaran unos meses del matrimonio. Habló con sus hermanas y les dijo que convencieran a sus maridos de la necesidad de montarle un almacén, para él poder trabajar y así fue como llegó a ser el dueño del Almacén La Victoria, donde se vendían sedas de la India, telas compradas en Coltejer y Fabricato, manteles, perfumes, jabones. Se vendía desde un botón de tagua hasta un tubino de hilo hecho en China.

Mi padre fue un hombre de sorpresas, cuando hacía las reuniones familiares con sus cuñados y demás árabes del pueblo no les contestaba en árabe, porque decía que ellos no sabían ni pronunciar bien el árabe, ni leerlo, que el árabe era el idioma del amor, que él era de sangre azul, que había nacido con alfileres de oro en los pañales y que ellos eran unos pobres con dinero. Sus ofensas y comportamiento acababan con cualquier reunión familiar. Pero él era así. A la semana siguiente estaba buscándolos de nuevo para invitarlos.

Mis tías se dieron cuenta que el almacén tampoco era la solución para que mi padre se dedicara al trabajo, porque muchas veces lo mantenía cerrado, pues en la parte de atrás hizo un cuarto con una cama doble de cobre donde casi siempre tenía una mujer prisionera de sus deseos, pagándole a la pobre que estuviera con él, un pedazo de tela de la que le sobraba o diciéndole que volviera por un dinero que nunca había pensado darle. El almacén había pasado de ser un lugar de trabajo a un sitio de diversión.

Preocupadas, fueron a hablar con él. Le dijeron que si seguía soltero y llenándose de hijos, ellas y sus maridos no iban a continuar ayudándole y sostiendo el desorden de vida que llevaba, por lo tanto que buscara una mujer de raza árabe, de las que había en el pueblo, y que asumiera con responsabilidad un cambio de vida.

Les dijo que sí. Y les dijo que él ya había decidido con quien se iba a casar, que era compromiso de ellas, que fueran donde don Elías Lakah, a pedirle la mano de su hija menor.

-Edmond, pero si es una niña, ¿no es la que monta bicicleta por el parque, frente a tu almacén?

-Es una niñita!... Todavía tiene el aceite en el ombligo, busca otra!. Tú le llevas más de treinta años.

-Con esa y punto!... Esa es la que quiero y vayan ustedes a pedir la mano y a comprar todas las cosas y la casa en la que voy a vivir con ella.

Cuenta mi madre que esa noche no la dejaron dormir temprano. A las siete de la noche, le pusieron su mejor vestido. Sentada en una mecedora esperó la visita. Esa noche entre aceitunas, pistachos, tahines, tabbule, pan árabe, uvas, duraznos y vinos, mi abuela y mis tías, solicitaron a mi abuelo Elías, el consentimiento para el casamiento de mis padres.

Mi madre, nunca supo porque tantas cosas cambiaron en su vida tan rápidamente. Había dejado de usar las medias tobilleras por zapatos de tacón, accesorio que nunca supo dominar. Frágil como un tallo de trigo se le quebró la vida.

Durante un mes recibió las visitas de su futuro esposo, entre conversaciones  y preparativos de la comida, del pudín, de los muebles, de las camas, de los cuadros, de los adornos de cobre, de las toallas, de las sábanas, avanzaba la boda más importante del pueblo.

Mientras tanto, mi madre, dormida en el sofá de la sala y soñaba con esos hombres jóvenes, simpáticos que veía en las películas mexicanas que daban en el Teatro Adelma, al lado de la casa.

El cuatro de febrero llegó el día de la boda. Mi madre llevaba un traje impoluto como ella, delicado como ella, hermoso como ella. Caminó por una alfombra roja desde la casa hasta la puerta de la Iglesia. Muchos fueron los curiosos que se arremolinaron para ver a la novia.

Se realizó el matrimonio, abrazos, besos, lágrimas y luego el disfrute de la mejor comida: arroz de almendra, tahine, tabbule, arroz de garbanzo, envuelticos de uva, de repollo, yardara, pan árabe, fattuche, marmaon, ristalle, chagrilles, variedades de aceitunas, quesos y cordero.

Y mientras la música sonaba, "que vivan los novios, que viva la alegría",  mi madre se había cambiado el vestido de novia por otro color rosa, de encajes y satines. Ella bailaba dentro de una rueda que le hacían sus amigas y sus dos hermanas Margoth y Mary... Y cantaban "a la rueda, rueda de pan y canela", "que pase el rey si quiere pasar".

Mi abuelo, confundido la sentó en sus piernas, abrazándola y acariciando su cabellera. Pero ya no había nada de que arrepentirse, no cabía el arrepentimiento. Era su palabra, era una costumbre, era el futuro de su hija, era también evitar que llegara cualquier infeliz del pueblo y se casara con una niña de nuestra raza.

Le faltaron muchas cosas a mi madre, sueño, destino, amor, posibilidades, tiempo, no tuvo esa suerte loca de Sherazada de iniciar cada noche una historia para que el contacto con la carne no fuera tan frío y tan triste. Todos se sentían felices, lograron todos lo que querían. La decisión fue de todos menos de ella.

Después de un año de matrimonio nació mi hermano, era rubio, blanco y fue todo un acontecimiento por ser hombre. Después nací yo, con la piel del desierto y los ojos de aceituna. El hecho de haber nacido mujer no le gustó a mi abuela María, y me dejó abandonada entre las sábanas y las almohadas usadas en el parto.

Toda esta historia me la contó Alejandrina, la comadrona, que vivió hasta el año pasado y me la confirmó Inocencia y me dijo que desde ese día yo había perdido la sonrisa.

Inocencia, era la muchacha que acompañaba a mi abuela María, se había escapado un día de un orfelinato en Medellín, por eso desde que llegó a San José de Ciénaga de Oro, nunca salió a la calle, por temor a que la descubrieran. Ella, a parte de bordar los manteles, le preparaba a mi abuela, todas las tardes, la ponchera de agua con pétalos de rosas, donde se deleitaba fumando y aspirando el hachís en un narguile.

Un día el tío Brian me dijo que por el hecho de ser mujer, mi abuela nunca me quiso enseñar a hablar el árabe, a mi hermano sí.

Cuando ella murió me dejó una caja grande de galletas que adentro tenía pulseras, aretes, diamantes, piedras preciosas, monedas de oro, pero todo esto terminó en manos de los ladrones que un día entraron a la casa de mi madre y se llevaron lo que me había dejado.

La abuela María desde que mis padres se casaron vivió con ellos. Se quedó en Ciénaga de Oro y decidió que allí tenía que morir. Nunca más volvió a su tierra. Hablaba mitad en árabe y mitad en español. Cuando algo la molestaba usaba el "ruji yarla", "chu al chob yaralbi" y el "yi".

Era una mujer aparentemente fuerte, pero muchas noches en su cuarto la oí mientras cantaba en árabe lloraba, hasta quedarse dormida. Pienso ahora que era la nostalgia, el dolor del inmigrante.

Fue educando a mi madre para atender a mi padre, le enseñó todas las costumbres árabes y lo necesario para la elaboración de las comidas y algunos trucos, que ni a sus propias hijas se los dio.

Le enseño la medida exacta del trigo con la carne; como debía usar el hielo para amasar el quibbe crudo, adornarlo con cebolla blanca y echarle bastante aceite de oliva y yerbabuena fresca para atenuar el olor de la cebolla; le enseñó la mezcla del quibbe frito y como darle forma con la mano y los dedos; también a preparar la harina con un poquito de levadura y sal para hacer el pan árabe; a que punto de dedo debía estar la leche para cortarla y hacer el laban y el labanille; la combinación del arroz con la carne y el limón y seleccionar las hojas de uva para hacer los envuelticos.

Estas dos mujeres se pasaban casi todo el día elaborando estos alimentos exquisitos que compartían con los familiares más cercanos y  siempre dejando un puesto de más en la mesa por si llegaba alguien.

En el patio de la casa había un horno grande de ladrillo y cemento para hornear el pan a las cinco de la tarde, a esa hora los olores de los naranjos, de los azahares y de albahaca se confundían con el mizcle que mi abuela había traído de Damasco y tenía en un frasco de vidrio guardado en el escaparate de dos lunas.

Para esa época Ciénaga de Oro no tenía luz eléctrica y el calor era sofocante, mi padre que dormía en una cama grande con doce almohadas le pedía a mi madre que con un abanico de cartón lo refrescara hasta quedarse dormido. Ella, cansada de este oficio, quedaba suspendida entre el sueño y la vigilia.

Él nunca dejó que mi madre cantara en el baño, que se pusiera vestidos sin mangas, que se maquillara los ojos, que se pintara los labios.

Cuando ella salía de compras a Cereté, al regresar a casa mi padre siempre le preguntaba por el valor de lo que había comprado. Ella conociéndolo le bajaba mucho más de la mitad el precio, pero él siempre tenía la misma respuesta: ¡Lila, Esos ojoputa te robaron!

Mi padre se iba de la casa al almacén en bicicleta, vestido de lino blanco y sombrero de fieltro. Hacía todos los días el mismo recorrido por las mismas calles. Algunas de las mujeres que lo veían pasar con mucha picardía desde el corredor de sus casas entonaban un estribillo "turco regálame un vestido y vete pa mi casa a bailar el chiquichá, hay que turco perro, hay que turco perro". No las miraba, solo una sentencia: "¡Maldita tu cara y tu entierro!"  les decía.

Mi padre, a cada momento me decía que mis amigas debían ser las hijas de los árabes que vivían en San José de Ciénaga de Oro. Pero cuando él salía en bicicleta para el almacén yo aprovechaba para escaparme de la casa. Salía corriendo en busca de amigos, descalza, con mis trenzas hechas de tirones que me daba mi abuela.

Así fui creciendo en un pueblo mágico y encantador, donde la gente antes de aprender a rezar y a escribir sabía contar historias.

Nos íbamos, un grupo grande de muchachos para el puente y nos subíamos allá arriba en la puntica más alta y nos tirábamos ¡chupumdún!, caíamos al agua y cuando salíamos nadando para la orilla, como cosa rara, no demoraba Dioselina, la muchacha que nos cuidaba, aparecía como un fantasma, con su carita de yo no fui a decirme que un día de estos me iban a encontrar en el agua abollada como un quibbe.

Muchas veces la gente del pueblo iba con el cuentecito donde mi padre y le decían: "Mira Turco, allá en el Callejón de las Franquito está tu hija dándose puño con unos muchachos del Cerro de las Cruces, casaberos, es que tu hija no se da porte, no busca distinción".

A veces era cierto, pero lo que nunca supo mi padre, fue el porqué de mis peleas, me decían que los turcos eran unos come cebollas y cují, y eso me revolvía la sangre. Y terminaba fajada dándome puños para que me respetaran porque a esa edad ya yo me sentía orgullosa de mi raza.

De mis tías les cuento: Mi tía Olga, la mayor, se fue a vivir con su esposo el tío David y sus hijas a Cereté; mi tía Edma con el tío Salim partió hacia Montería; mi tía Argent con mi tío Miguel terminó viviendo en Cartagena. De mi tía Soad prefiero contar su historia otro día que no sea hoy, porque es una historia con un final triste.

Mis tías seguían consintiendo y enviándole a mi papá encomiendas que recibíamos en unas cajas grandes de pino que contenían aceite de oliva, sacos con harina de trigo, barriles de aceitunas, bolsas de pistachos, cajas de uvas, duraznos, juguetes y ropa usada de mis primos para nosotros.

Yo quise mucho a mi padre. Ahora lo recuerdo con los signos de la vejez marcados en su cara. Me acuerdo que todas las noches se sentaba frente a la radio. Era un radio grande, marca Phillips. Movía la aguja de un lado para otro. Después de mucho ruido sintonizaba las emisoras de Damasco, escuchaba música y oía las noticias.

A esa hora, a las siete de la noche me mandaba a llamar con Dioselina. Me sentaba en sus piernas a contarme historias de reyes, princesas, de largas caravanas en el desierto, de cómo eran los dátiles en el Mediterráneo... Fueron más de mil y una noches de leyendas y cantos.

Me duele su ausencia. Aún conservo el calor de su ternura cuando me enseñaba el Padre Nuestro, a pronunciarlo bien en árabe y cómo me cogía cada dedito de la mano y repetía varias veces guaje -nen -clate -arba -jance...

Soad Louis Lakah: Escritora, investigadora y gestora cultural. El texto es una ponencia presentada en el Primer Encuentro Nacional Colombo-Árabe.

Curso
 Islam y Mundo Árabe

Presencial y a distancia

Inscripción online

 

Editor Ahmed Hijazi
Red Mundo Árabe . Plaza Callao, Nº 1 - 3º- 2, Madrid 28013, España
Teléfono: 915228922 - 637979217 E-mail: mundoarabe@mundoarabe.org
Copyright ©Mundo Árabe  2000-2008 Madrid-España

Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768

 

   
 PUBLICIDAD    Tienda Online