| |||||||
|
______________________________________ Certezas
e incertidumbres de Oriente Próximo Pedro
Martínez Montavez Certeza
es, por ejemplo, que la guerra contra Irak y la ocupación del país no han traído
nada auténticamente positivo y esperanzador: al revés, han añadido más
desolación a la ya existente, más terror al que ya había, más odio al que
estaba sofocado, muchas más dudas e inquietudes sobre el futuro, no sólo de
este país, sino de toda la zona, que las que ya se venían acumulando desde
antiguo. Para
muchos, todo esto es enormemente esperanzador y beneficioso porque asegurará
finalmente el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Evidentemente,
para quienes así piensan y ejecutan hay una y única forma de civilización, la
que dicen ser suya, y todo lo que no se ajuste totalmente a ese modelo es
barbarie. Eso sí: suelen ser entusiastas defensores, al tiempo, de la
pluralidad, de la diferenciación y de la convivencia entre las culturas. Cómo
lo concilian es un misterio. Certeza
es también que el reciente asesinato del jeque Ahmed Yasin no es sólo prueba
irrefutable de que el aparato sionista israelí sigue practicando el terrorismo
de Estado como, cuando, donde y contra quien le da la gana, sino que se supera
en la ejecución del mismo, pudiendo hacerlo de forma aún más cobarde y
brutal. Certeza es asimismo, entre tantas otras, que el mundo árabeislámico, y
de forma muy particular esa zona mencionada, se encuentra en una encrucijada
cada vez más siniestra y pavorosa. Que los cambios resultan en él también
cada vez más urgentes y necesarios no lo duda ni lo discute nadie. Pero, ¿cómo
conseguirlos? La conclusión es tremenda y apabullante: ni ellos hacen mucho
para soltarse de esa espantosa pesadilla y telaraña ni nadie tampoco les presta
la ayuda real, necesaria y suficiente para que así se produzca. En estas
certezas, y muchas otras, se originan las incertidumbres. No, no se trata de un
relato de furor escrito por un idiota. El
reciente aplazamiento de la Cumbre Árabe convocada en Túnez puede parecer un
ejemplo claro de esta situación. Lo es, indudablemente, pero no tanto. En
realidad, las cumbres árabes casi nunca han sido el instrumento de cohesión y
de interacción que ese mundo necesita, y han ido siguiendo un indudable proceso
de deterioro y de ineficacia crecientes. El nuevo fracaso se veía venir.
Bastaba con echar un vistazo a editoriales y comentarios que venían apareciendo
en la prensa árabe más autorizada para advertir de inmediato las muchas
reservas existentes acerca de su convocatoria y desarrollo y de los enormes
riesgos y desafíos a los que se enfrentaba. Como mucho, y extremando
seguramente la buena disposición y el optimismo, se consideraba que seguía
estando entre las buenas maneras y la eficacia. Era una cumbre determinante, sin
duda alguna, pero había también quien la calificaba de cumbre del gran
desconcierto. No faltaban tampoco quienes, sencilla y rotundamente, consideraban
que era totalmente inútil y no serviría absolutamente
para nada. Los dos elementos que más se jugaban en el envite, dejando aparte el
país anfitrión, eran Egipto y la Liga de los Estados Árabes. En
un mundo tan carente de instituciones y organismos interrelacionados e
integradores como lo es el mundo árabe, la existencia de una organización
como la Liga podía resultar una aportación sumamente positiva, eficaz y
esperanzadora. No se ha reparado ni reflexionado suficiente y objetivamente
sobre lo que es una lamentable paradoja y una indudable realidad: la gran
escasez de organismos e instrumentos de acción interárabes superiores. La Liga
podía serlo, pero no lo es en absoluto. Los grandes lastres y carencias
presentes ya desde su misma fundación no han hecho sino crecer y extenderse más
con el paso del tiempo. Carente de capacidad ejecutiva, es un organismo
encorsetado por la burocracia, la dependencia económica y su naturaleza
estrictamente consultiva. Kedourie afirmó en su día que se trataba de «un
dispositivo diseñado no tanto para conseguir la unidad árabe como para
mantener a los llamados estados árabes en su sitio, convenientemente alejados
los unos de los otros», y es una afirmación irrebatible, en numerosas
ocasiones comprobada. Ya
nadie discute que la Liga Árabe ha de ser radicalmente reformada, y la Cumbre,
aplazada de momento, podría haber sido una buena ocasión para iniciar al menos
la discusión sobre esas necesarias y urgentes reformas. Pero, no nos engañemos:
si la empresa se aborda en algún momento con decisión y franqueza, resultará
extraordinariamente difícil y complicada y puede quedar reducida también a
mera retórica diplomática y pirotecnia oral más o menos agresiva. Entrar aquí
en este punto resulta absolutamente disparatado, y por ello lo menciono
estrictamente. Conviene leer al respecto un reciente artículo de Alá al Aarayi,
en el que mantiene la conveniencia de la creación de una Liga Popular
competidora con la actual Liga de Estados Árabes, y sustitutoria de ésta. Como
dice el autor, reformar la actual Liga supone reformar los propios regímenes árabes,
y ninguno de sus dirigentes está dispuesto a hacerlo. Egipto
ha reaccionado de inmediato porque se jugaba mucho en el empeño. No sólo la
Administración egipcia, sino quizás aún más el presidente Mubarak. Quien era
consciente, entre otras cosas, de que las petromonarquías veían cada vez con más
reservas la celebración de la Cumbre, y de forma muy especial Arabia Saudí. En
realidad, se trata de la nueva manifestación de una vieja tensión sorda e
intensa actuante en toda la zona y que ha planteado numerosos conflictos, aunque
se hable poco de ella y se evite casi siempre entrar en su análisis,
interpretación y valoración. Es
también innegable el viento general reformista que sacude al mundo árabe estos
últimos tiempos, progresivamente incrementado y parece que gustosamente
aceptado por una mayoría dirigente e intelectual, aunque no se sepa aún muy
bien si no deja de ser tal aceptación, en muchos casos, un mero gesto formal,
carente de sinceridad, disposición y voluntad real de conseguirlo. Coincide
ahora con ese gran proyecto que la Administración estadounidense tiene ultimado
y que será sometido próximamente a consideración: el del Gran Oriente Medio.
Son muchos los que opinan, con fundamento, que lo hará, obviamente, para su
mayor y más garantizado beneficio en la zona, desde el trampolín de Irak, que
no deja de debatirse -y esto se dice desde posiciones que no tienen nada de
antiamericanismo- entre constituir una plataforma americana para apoderarse
definitivamente de la región o un balcón de porvenir árabe democrático. En
todo caso, son también numerosos quienes consideran que no se trata sino de una
nueva trampa-conjura. Son legión quienes piensan que las únicas reformas
posibles serán aquéllas que los propios dirigentes incompetentes y serviles
promuevan, y serán, naturalmente, para mantenerse en el poder aparentemente
legitimados. En tal circunstancia, no faltan quienes propugnan la revuelta
civil. Dificilísima
la posición de Egipto, quizás insostenible, en esta coyuntura. Ser el adalid
de la moderación asegura una doble acusación y una doble oposición: por una
parte, ser tachado de correa de transmisión de los planteamientos e intereses
estadounidenses; por otra parte, irritar al mandamás norteamericano si éste
considera que la moderación resulta perjudicial para esos planteamientos e
intereses. Un
intelectual bahrainí ha afirmado hace poco que si los árabes se hubiesen
reformado desde dentro, no tendría que haber intervenido los otros. No le falta
razón, aunque sea una culpabilización unilateral y, por ello mismo,
parcialmente excesiva e injusta. Pedro Martínez Montavez es arabista y catedrático
emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. ________________________________________________
|
|
|
Editor Ahmed
Hijazi Teléfono: 915228922 - 637979217 E-mail: mundoarabe@mundoarabe.org Copyright ©Mundo Árabe 2000-2007 Madrid-España Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768
| |||||||||