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Certezas e incertidumbres de Oriente Próximo

Pedro Martínez Montavez

  Hay múltiples certezas e incertidumbres evidentes en la actual situación del Maxrek (Oriente Próximo), sumamente crítica y alarmante. No tiene en el fondo nada nuevo ni sorprendente, pues es la continuación coherente y lógica de un ya muy largo proceso que se inició con la expansión colonialista occidental, llega hasta nuestros días tras numerosas tragedias y sobresaltos y nadie puede prever con fundamento cuánto durará y cómo terminará. Afirmar lo contrario es practicar la forma más fácil e irresponsable de frivolidad, lo que no por ser muy frecuente está en absoluto justificado ni aporta solución alguna.

  Sartre sentenció hace ya muchos años que la Historia contemporánea de esta parte del mundo «no es un relato de furor escrito por un idiota», y su afirmación resulta cada vez más acertada e ilustrativa. Por el contrario, son extraordinariamente listos la inmensa mayoría de quienes la cuentan y quienes la escriben. No hay motivo alguno de sorpresa, como vengo afirmando desde hace tiempo, y solamente pueden sorprenderse quienes confunden el acontecimiento, el suceso, con la sucesión. Lamentablemente, muchos de quienes así piensan son considerados analistas. Y lo que es aún peor: otros tantos se llaman historiadores. El resultado es claro: ni analizan de verdad ni hacen Historia.

Certeza es, por ejemplo, que la guerra contra Irak y la ocupación del país no han traído nada auténticamente positivo y esperanzador: al revés, han añadido más desolación a la ya existente, más terror al que ya había, más odio al que estaba sofocado, muchas más dudas e inquietudes sobre el futuro, no sólo de este país, sino de toda la zona, que las que ya se venían acumulando desde antiguo.

Para muchos, todo esto es enormemente esperanzador y beneficioso porque asegurará finalmente el triunfo de la civilización sobre la barbarie.

Evidentemente, para quienes así piensan y ejecutan hay una y única forma de civilización, la que dicen ser suya, y todo lo que no se ajuste totalmente a ese modelo es barbarie. Eso sí: suelen ser entusiastas defensores, al tiempo, de la pluralidad, de la diferenciación y de la convivencia entre las culturas. Cómo lo concilian es un misterio.

Certeza es también que el reciente asesinato del jeque Ahmed Yasin no es sólo prueba irrefutable de que el aparato sionista israelí sigue practicando el terrorismo de Estado como, cuando, donde y contra quien le da la gana, sino que se supera en la ejecución del mismo, pudiendo hacerlo de forma aún más cobarde y brutal. Certeza es asimismo, entre tantas otras, que el mundo árabeislámico, y de forma muy particular esa zona mencionada, se encuentra en una encrucijada cada vez más siniestra y pavorosa. Que los cambios resultan en él también cada vez más urgentes y necesarios no lo duda ni lo discute nadie. Pero, ¿cómo conseguirlos? La conclusión es tremenda y apabullante: ni ellos hacen mucho para soltarse de esa espantosa pesadilla y telaraña ni nadie tampoco les presta la ayuda real, necesaria y suficiente para que así se produzca. En estas certezas, y muchas otras, se originan las incertidumbres. No, no se trata de un relato de furor escrito por un idiota.

El reciente aplazamiento de la Cumbre Árabe convocada en Túnez puede parecer un ejemplo claro de esta situación. Lo es, indudablemente, pero no tanto. En realidad, las cumbres árabes casi nunca han sido el instrumento de cohesión y de interacción que ese mundo necesita, y han ido siguiendo un indudable proceso de deterioro y de ineficacia crecientes. El nuevo fracaso se veía venir. Bastaba con echar un vistazo a editoriales y comentarios que venían apareciendo en la prensa árabe más autorizada para advertir de inmediato las muchas reservas existentes acerca de su convocatoria y desarrollo y de los enormes riesgos y desafíos a los que se enfrentaba. Como mucho, y extremando seguramente la buena disposición y el optimismo, se consideraba que seguía estando entre las buenas maneras y la eficacia. Era una cumbre determinante, sin duda alguna, pero había también quien la calificaba de cumbre del gran desconcierto. No faltaban tampoco quienes, sencilla y rotundamente, consideraban que era totalmente inútil y no serviría  absolutamente para nada. Los dos elementos que más se jugaban en el envite, dejando aparte el país anfitrión, eran Egipto y la Liga de los Estados Árabes.

En un mundo tan carente de instituciones y organismos interrelacionados e  integradores como lo es el mundo árabe, la existencia de una organización como la Liga podía resultar una aportación sumamente positiva, eficaz y esperanzadora. No se ha reparado ni reflexionado suficiente y objetivamente sobre lo que es una lamentable paradoja y una indudable realidad: la gran escasez de organismos e instrumentos de acción interárabes superiores. La Liga podía serlo, pero no lo es en absoluto. Los grandes lastres y carencias presentes ya desde su misma fundación no han hecho sino crecer y extenderse más con el paso del tiempo. Carente de capacidad ejecutiva, es un organismo encorsetado por la burocracia, la dependencia económica y su naturaleza estrictamente consultiva. Kedourie afirmó en su día que se trataba de «un dispositivo diseñado no tanto para conseguir la unidad árabe como para mantener a los llamados estados árabes en su sitio, convenientemente alejados los unos de los otros», y es una afirmación irrebatible, en numerosas ocasiones comprobada.

Ya nadie discute que la Liga Árabe ha de ser radicalmente reformada, y la Cumbre, aplazada de momento, podría haber sido una buena ocasión para iniciar al menos la discusión sobre esas necesarias y urgentes reformas. Pero, no nos engañemos: si la empresa se aborda en algún momento con decisión y franqueza, resultará extraordinariamente difícil y complicada y puede quedar reducida también a mera retórica diplomática y pirotecnia oral más o menos agresiva. Entrar aquí en este punto resulta absolutamente disparatado, y por ello lo menciono estrictamente. Conviene leer al respecto un reciente artículo de Alá al Aarayi, en el que mantiene la conveniencia de la creación de una Liga Popular competidora con la actual Liga de Estados Árabes, y sustitutoria de ésta. Como dice el autor, reformar la actual Liga supone reformar los propios regímenes árabes, y ninguno de sus dirigentes está dispuesto a hacerlo.

Egipto ha reaccionado de inmediato porque se jugaba mucho en el empeño. No sólo la Administración egipcia, sino quizás aún más el presidente Mubarak. Quien era consciente, entre otras cosas, de que las petromonarquías veían cada vez con más reservas la celebración de la Cumbre, y de forma muy especial Arabia Saudí. En realidad, se trata de la nueva manifestación de una vieja tensión sorda e intensa actuante en toda la zona y que ha planteado numerosos conflictos, aunque se hable poco de ella y se evite casi siempre entrar en su análisis, interpretación y valoración.

Es también innegable el viento general reformista que sacude al mundo árabe estos últimos tiempos, progresivamente incrementado y parece que gustosamente aceptado por una mayoría dirigente e intelectual, aunque no se sepa aún muy bien si no deja de ser tal aceptación, en muchos casos, un mero gesto formal, carente de sinceridad, disposición y voluntad real de conseguirlo. Coincide ahora con ese gran proyecto que la Administración estadounidense tiene ultimado y que será sometido próximamente a consideración: el del Gran Oriente Medio. Son muchos los que opinan, con fundamento, que lo hará, obviamente, para su mayor y más garantizado beneficio en la zona, desde el trampolín de Irak, que no deja de debatirse -y esto se dice desde posiciones que no tienen nada de antiamericanismo- entre constituir una plataforma americana para apoderarse definitivamente de la región o un balcón de porvenir árabe democrático. En todo caso, son también numerosos quienes consideran que no se trata sino de una nueva trampa-conjura. Son legión quienes piensan que las únicas reformas posibles serán aquéllas que los propios dirigentes incompetentes y serviles promuevan, y serán, naturalmente, para mantenerse en el poder aparentemente legitimados. En tal circunstancia, no faltan quienes propugnan la revuelta civil.

Dificilísima la posición de Egipto, quizás insostenible, en esta coyuntura. Ser el adalid de la moderación asegura una doble acusación y una doble oposición: por una parte, ser tachado de correa de transmisión de los planteamientos e intereses estadounidenses; por otra parte, irritar al mandamás norteamericano si éste considera que la moderación resulta perjudicial para esos planteamientos e intereses.

Un intelectual bahrainí ha afirmado hace poco que si los árabes se hubiesen reformado desde dentro, no tendría que haber intervenido los otros. No le falta razón, aunque sea una culpabilización unilateral y, por ello mismo, parcialmente excesiva e injusta.

Pedro Martínez Montavez es arabista y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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