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____________________________________ Dos
novelas sudanesas Tratado
de la migración al norte
y El huevo del avestruz Juan
Goytisolo Más
vale tarde que nunca. La traducción española de la novela del escritor sudanés
Táyyeb Sáleh (1929) aparece cuando ésta ha cumplido ya su papel de ariete en
la irrupción de lo que hoy entendemos por modernidad en la novela árabe. El
Tratado de la migración al norte, publicada por vez primera en 1969, se ha
convertido, en razón de la escasa obra del autor en los últimos treinta años,
en otro Pedro Páramo: un punto de referencia indispensable y único. El
regreso del narrador, un funcionario sudanés educado en Londres, a su aldea
natal a orillas del Nilo no es la mera y habitual celebración del universo de
la niñez. A la superficie de esta historia de un reencuentro aflora otra mucho
más turbadora y compleja en la persona de un extraño afincado en el pueblo, el
enigmático y atrayente Mustafá Said, cuyo pasado, revelado súbita y
fragmentariamente, se entreteje poco a poco con la del narrador. Novela de
rupturas y cambio de locutores: tan pronto «vemos» a Mustafá Saíd desde
fuera como le escuchamos cuando asume el relato y expone a saltos su prodigiosa
carrera universitaria en la Inglaterra de los años veinte y su condena a siete
años de cárcel por el asesinato de su mujer, Jean Morris. Las revelaciones del
desconocido, su decisión de nombrar al narrador su ejecutor testamentario y
confiarle el cuidado de su nueva esposa y la tutoría de sus dos hijos anticipan
su desaparición brusca: su oscuro ahogamiento en una crecida del río. Pero
Mustafá Saíd no abandona la escena: su voz cubre la del narrador, vuelve hacia
su vida de intelectual socialista encumbrado a los círculos políticos y
literarios londinenses y de sañudo y cínico cazador de mujeres a quienes
empuja a la muerte sin escrúpulo alguno. El deseo de una emancipación política
de su país del yugo británico se acompaña con un afán de conquista y
destrucción de cuantas jóvenes se cruzan en su camino, no como consecuencia de
una división de la personalidad a lo Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, sino de un yo
compuesto, múltiple y heterogéneo, nudo de contradicciones creado por “el
choque de civilizaciones” no sólo distintas, sino a menudo opuestas. Esta
ambigüedad del personaje cifra a fin de cuentas la del colonizado, sometido
intelectualmente a la superioridad del vencedor, pero reacio vitalmente a la
misma. El
mayor logro de la novela de Táyyeb Sáleh estriba en su propósito de asumir
dicha antinomia sin imponer solución alguna. Decía el novelista Scott
Fitzgerald que el sello de la inteligencia consiste en su capacidad de fijarse
en dos ideas opuestas sin perder por ello la aptitud de funcionar. La novela,
desde Cervantes, es el territorio de la duda. Contrariamente a los relatos filosóficos
u obras de tesis, el Quijote no puede ser rebatido. Lo mismo acaece con el
Tratado de la migración al norte: la dialéctica colonizador / colonizado actúa
en el interior de la misma, pero el autor no se decanta por uno ni por otro. La
fascinación de Mustafá Saíd en el narrador es la ejercida por un álter ego
cuyas potencialidades creativas y destructoras se desenvuelven y conjugan
conforme a una lógica que suspende, en el ámbito del relato, cualquier juicio
moral. Cuando la espiral narrativa se cierra con el episodio del matrimonio
forzado de la viuda del desaparecido con un viejo del pueblo y el asesinato de
éste por ella, seguido de su suicidio, el autor compendia en una visión poliédrica,
a partir de diferentes prismas, los ciclos de violencia que regularmente sacuden
y arruinan su bello y malhadado país. Táyyeb Sáleh no es por fortuna un
predicador ni un panfletista bien intencionado: su novela no demuestra otra cosa
que el talento del autor para enhestarla al nivel de la más exigente
modernidad. El huevo avestruz, del también sudanés
Rauf M. Basta (1939), no existiría tal vez sin la atrevida e innovadora creación
de su antecesor. Novela compuesta de numerosos elementos autobiográficos
perfectamente integrados en la trama gracias a un hábil juego literario de
rupturas espacio-temporales, El huevo del avestruz constituye un caso aparte en
la novela árabe de nuestros días. Su libre expresión del tema sexual -la
descripción pormenorizada de la larga lista de aventuras y escarceos del
narrador con mujeres árabes y europeas en el lecho de todas las batallas-
guarda alguna semejanza con la otra excelente novela española ésta, de Ramón
Buenaventura (El año que viene en Tánger, Alfaguara, Madrid, 1998). La de Rauf
M. Basta, editada en Londres, tropezó de entrada con el fariseísmo y mojigatería
de la crítica árabe que, como en España en tiempos aún recientes, expresa su
hostilidad mediante el silencio. Dicha tentativa de ocultación no obsta a que
el lector árabe o no árabe que cale en ella disfrute de un relato lleno de estímulo
e interés en el que las frecuentes escenas de celo y coito no incurren en
ninguna vulgaridad ni chalaneo comercial como suele ocurrir en nuestras tierras.
Asistimos
así, en Sáleh como en Basta, a una inversión del papel de los actores. A las
experiencias sexuales en África de una extensa nómina de novelistas europeos
(de Flaubert a Gide, de Wilde a Tony Duvert), los autores del Tratado de la
migración al norte y El huevo del avestruz contraponen la de dos africanos
mestizos de negro y árabe con bellas y seductoras europeas de todas las clases
sociales. El cuerpo del colonizado se venga y juega al conquistador. La
fascinación que nos descubren es complementaria y simétrica a la europea: el
espejo en el que nos vemos reflejados. Tampoco
Raúl M. Basta incide en moraleja ni mensaje algunos: su crítica, siempre implícita,
abarca por igual al árabe y al burócrata; rompe los tabúes políticos y
religiosos de sus compatriotas; inventa un territorio -el de la escritura- en el
que las experiencias, choques y contrastes se suman en lugar de restarse. La
tentación de borrar el pasado para edificar el mito conduce a la ruina y a la
opresión. ¿No son las culturas, todas las culturas, una enriquecedora y porosa
superposición de estratos? |
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