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Panorámica de
Damasco
Tomás Alcoverro
Mundoarabe.org, 7/05/2005
No sé a la velocidad en que gira este restaurante de la "Estrella de oro" en el
undécimo piso del "Hotel Cham" que descubre muy lentamente el paisaje de Damasco
desde el parque del Clunb militar "Wadi", la calle Salhie, el monte Qasium
acribillado de lucecitas, rematado por el palacio del Pueblo, residencia
presidencial, la cúpula del parlamento, la gran fachada blanca y despejada del
Banco Central, los innumerables minaretes iluminados, hasta la brillante
aparicion de la gran mezquita de los Oemeyas, o el ostentoso y flamante
rascacielos del "Four seasosns" que rompe este esplendido parnorama.
Si no fuese por la altiva mezquita de los Omeyas que se impone sobre una gran
parte del caserío de esta ciudad que presume de ser la "más antigua del mundo",
la metrópoli no guardaría ninguna de sus señas de identidad labradas por el
tiempo. Vulgares inmuebles, avenidas y las calles bien trazadas con un tráfico
ruidoso y endemoniado, -¡ay, qué sería de los automovilistas del Oriente si no
tuviesen una bocina con la que exhibir su infantil imapaciencia y ejercer su
exacerbado individualismo!-, modernos puentes sobre el río, pasos elevados para
los urbanos peatones, trazan su paisaje.
El río Barada formó este oasis en la frontera del desierto. En la época de los
Fatimidas, Damasco no sólo era una gran capital sino, tambien, el jardín del
mundo. Al Muhallabi AL Bahanassi escribió en el siglo X que "el valle de las
violetas de seis kilómetros de largo atravesdo por el Barada estaba
completamente cubierto de un bosque de cipreses tan tupido que raramente los
rayos de sol llegaban a la tierra. Todo el campo estaba lleno de violetas de
portentosa belleza". Hay en Damasco múltiples variedades de rosas, amarillas de
oro, negras, amarillas pálidas y otras cuyos pétalos tienen un color diferente
en cada lado. Durante años el ministro del Ejército, Mustafa Tlass, mecenas de
las letras, sufragó un premio de poesía llamado la "Rosa de Damasco".
Es muy discutida la etimologia de "Dimask" -Damasco- nombre de origen arameo que
quiere decir "la abundante en aguas". En los textos biblicos se la menciona con
tres variantes: Damask, Dumask y Damusk. Hoy los árabes la llaman también Ach
Cham. Fueron hallados vestigios -tabletas de tierra- que prueban que esta ciudad
vive desde tres mil años antes de la era cristiana. En el norte de Siria, Alepo
reivindica la gloria de ser "la ciudad más antigua del mundo".
Ha sido el agua del Barada, que es más un aprendiz de río que un río caudaloso,
la que distribuida en brazos y canales, el fundamento de la metrópoli de los
Omeyas. La antigua Damasco aprovechó su última gota de agua. Mi amigo el
profesor Mikel de Epalza me contaba, hace muchos años, paseando por el oasis de
la Guta cada vez más por las construcciones, como el plano de la ciudad -la
formación de sus barrios, el ejercicio de los diferentes oficios artesanos- fue
trazado; se hizo posible gracias a esta tupida red subterránea. El brazo del
Barada más a flor de tierra, el que tenía a su vera la vieja carrera de Beirut.
Oculto por los edificios, disimulado por los árboles, apenas se entrevé desde al
alto resturante giratorio del hotel.
Recuerdo que con Mikel de Epalza discutíamos del mito y de la realidad, de la
gloria pasada y de la situación presente de los pueblos árabes. Quizá sea en
Siria, quizá sea en Damasco, capital de antiguos imperios desmantelados, el
lugar más propicio del Oriente Medio para meditar sobre su decadencia.
Acabada la época otomana cuando en 1918 empieza el mandato francés, se ahonda la
división de la ciudad. Alrededor de la población amurallada con sus mezquitas,
sus madrasas, o escuelas coránicas, sus bazares y sus tortuosas callejuelas
sobre las que prorrumpen las 'mucharabie' o secretos balcones de celosías, se
abrieron barrios nuevos de casas modernas como el de ABu Rumane.
Damasco no es sólo la gran mezquita de los Omeyas donde se guardan los restos de
San Juan Baurtista, ni la famosa calle Larga que va de una a otra parte de la
muralla con los recuerdos de la conversión de San Pablo, ni el zoco Hamedie en
el que se venden muebles con inscrustaciones de nácar o de marfil, alformbras
persas, joyas, brocados, telas, vasos o jarrones de vidrio soplado y mil objetos
precisos y vulgares, ni las rinconadas en las que a veces hay asnos con alforjas
rebosantes de frutas del ejido, ni las tumbas de los santones venerados en todo
el Islam, ni la grácil estación del Hedjaz, edificada por el arquitecto español
de Aranda.
La capital de Siria es una poblacion de alrededor de cinco millones de
habitantes que inunda el oasis de la Guta, y asciende por las peladas laderas
del monte Qasium, donde antañoo los kurdos se habían asentado, derramándose por
su extensa periferia de suburbios. En un cuarto de siglo Damasco ha cambiado de
rostro cobrando el aspecto de una populosa metropoli árabe.
La ciudad que siempre fue con su aire medieval y provinciano -la recuerdo al
principio de la década de los setenta con sólo sus hoteles Omeyad, Semíramis,
Qatans...- se ha convertido en una poblacion como tantas, en las que sus
habitantes tienen que enfrentarse con las dificultades cotidianas, la falta de
viviendas, la escasez del trabajo, que hasta ahora gracias a la presencia siria
en El Libano habia encontrado una salida para docenas de miles de sus
trabajadores que fueron a ganar su pan en el vecino país, la penuria del
trasnporte publico. En lo que si ha avanzado la ciudad es en suz servicios
telefónicos y de internet. La estrecha vigilacnia de los 'mokabarats', o policia
secreta del régimen, hace, según sus habitantes, que "sea la ciudad más segura
del mundo".
Me gusta deambular de noche por los vacíos, a veces tétricos zocos cubiertos de
Hamadie, por las callejuelas desiertas de los aledaños de la gran mezquita.
Cerca de la mezquita de los Omeyas hay uno de los antiguos baños turcos que fue
restaurado hace una década. Es el 'Hamman' -baños en árabe- de 'Nuredin'. Sorber
sentado en uno de sus divanes, envuelto en limpísimas toallas en la gran sala de
reposo, bajo la alta cúpula, una tacita de té, después del rito secular de los
masajes es un placer. Un poeta árabe escribió en el siglo XII estos versos
dedicados a estos antigunos baños. "Tu Hamman, amigo mío, es digno de alabanzas.
Nunca habia visto un paraíso tan abrasador, como el infierno".
Fuente: La Vanguardia 30/04/2005