De Barcelona a
Bagdad
Mundoarabe.org

De
Barcelona a Bagdad
Los
bombardeos de la aviación italiana sobre Barcelona durante la Guerra Civil
inauguraron, ahora hace 65 años, la cruel estrategia bélica de castigo sistemático
e indiscriminado de la población. Fue la primera gran ciudad del mundo
aterrorizada desde el aire. Todavía hoy, el cielo puede ser infierno.
Xavier
Montanyá
Desde la Primera Guerra Mundial, el
incremento en las guerras de víctimas civiles indefensas ha ido brutalmente en
aumento. El combate entre estados, entre ejércitos, cara a cara, ha ido dando
paso a otras técnicas mucho más inhumanas, si cabe, de vencer en un conflicto.
¿Cómo derrotar al enemigo, cómo sembrar el terror y minar su moral y sus
recursos vitales, ahorrando el mayor número de bajas en el propio ejército?
Bombardeando. Parecía más práctico, fácil y limpio destruir la retaguardia
del enemigo que desmoralizar la propia, perdiendo vidas militares en el frente
de batalla.
El cielo se convirtió en el mejor aliado de los guerreros. El bombardeo aéreo,
a principios del siglo pasado, era el sistema ideal para someter y aterrorizar a
los pueblos colonizados sin arriesgar demasiado. Pero un día se empezó a
utilizar en Europa: en Gernika, en Madrid, en Lleida, en Barcelona... en aquel
campo de pruebas que fue la guerra civil española. Se inventó la guerra total.
Occidente supo entonces que sus ciudades también podían ser destruidas como
las del Tercer Mundo. Desde este momento, y a pesar de las leyes que intentaron
controlarlo, todos los estados trabajaron para aumentar su potencial asesino y
esquivar la legislación internacional. Y lo pusieron en práctica. Después de
Barcelona, sucedió en Londres, Dresde, Hamburgo, Berlín, Tokio, Hiroshima,
Corea, Vietnam, Bagdad, Belgrado, Kabul... ¿de nuevo en Bagdad?
Barcelona es la primera gran ciudad de la historia universal que fue bombardeada
de forma masiva y continuada durante casi tres años. Las aviaciones italiana y
alemana, con base en la isla de Mallorca, la bombardearon casi doscientas veces,
causando entre 2.500 y 3.000 muertos. La ofensiva más grave se produjo entre el
16 y el 18 de marzo de 1938. Hubo casi 1.000 muertos. Los ataques contra la
población civil se prolongaron hasta el 25 de enero de 1939, el día antes de
la llegada de las tropas fascistas a la ciudad. Entraron paseando.
El hambre y los bombardeos habían dejado exhaustos a sus habitantes. Durante
tres años, los barceloneses habían tenido que improvisar un sistema de defensa
pasiva llevada a cabo por mujeres, niños y mayores. Ellos habían sufrido el pánico
y la destrucción del terror aéreo. Pero, ¿cómo se vivieron aquellos
bombardeos?
Los aullidos de los perros eran el primer síntoma de que los aviones se
acercaban. Aún no había radares. Luego sonaban las sirenas de alarma y la
radio comunicaba: “Atenció, barcelonins! Hi ha perill de bombardeig, aneu amb
calma i serenitat als vostres refugis, que la Generalitat de Catalunya vetlla
per vosaltres”. En un minuto había que estar en los refugios. Unos corrían,
en camisón, en bata, con lo puesto. Algunos llevaban criaturas en brazos,
otros, pequeñas pertenencias que querían salvar. La gente se agolpaba, como
ratas, en los refugios antiaéreos, en las estaciones de metro, con mantas, con
lo que podían. También los había que preferían esperar estoicamente en sus
casas, ocultos bajo los colchones o apiñados en la habitación más segura, la
más interior, la que tuviera menos aberturas. Temían no llegar a tiempo,
estaban hartos de correr, quedaban paralizados por el pánico, y optaban por
confiar en la suerte. Los niños se escapaban y subían a los terrados de las
casas para ver el espectáculo que había en el cielo, los bombarderos, las
explosiones, el humo, el fuego, los reflectores, los ataques de los antiaéreos...
La guerra en directo.
Llegó
a haber 1.365 refugios, construidos en su mayoría por los vecinos. En su
interior, la gente se organizaba lo mejor que podía. Algunos tenían su propio
banco, como en las iglesias, con el nombre de la familia, lavabos, alacenas y
botiquín. Se prohibía fumar, llevar armas, dejar solos a los niños, y hacer
comentarios de política y de religión, para mantener la seguridad y el orden.
La ciudad quedaba a oscuras. Una tenue luz eléctrica o faroles de petróleo
iluminaban estas galerías subterráneas para que la oscuridad no contribuyera a
multiplicar el pánico. Llovían bombas sobre la ciudad. La impotencia y la
indefensión alimentaban la incertidumbre y el miedo por la suerte de los que
estaban fuera, por los destrozos de las bombas en sus hogares, por el futuro.
Cuando se perdía en la lejanía el ruido de los aviones, se oían los últimos
disparos de los antiaéreos y se apagaban los reflectores que iluminaban el
cielo. Se percibía, entonces, un silencio pesado, momentáneo, que no tardaba
en ser atravesado por las sirenas de las ambulancias. La radio emitía otro
comunicado: “La Generalitat vetlla per vosaltres, ja ha passat el perill, ja
no hi ha perill, ja podeu tornar a les vostres llars, amb calma i tranquil·litat
perquè la Generalitat vetlla per vosaltres”.
En el exterior, la desolación. Las brigadas de desescombro, los voluntarios,
los bomberos y las ambulancias recogían heridos y muertos despedazados. Se
encontraban extremidades humanas en los árboles, intestinos en los balcones,
cadáveres decapitados... La consternación por la tragedia humana invadía toda
la ciudad. La gente acudía a los hospitales en busca de sus familiares, heridos
o muertos. No todos eran identificables. Algunos desaparecieron para siempre. En
un pabellón de Montjuïc, se acumulaban objetos, muebles, documentos
personales, todo aquello que se había encontrado entre las ruinas. Hasta allí
acudían, sonámbulos, muchos ciudadanos, persiguiendo el rastro de lo que habían
sido.
Los bombardeos de Barcelona ocuparon las primeras páginas de los periódicos de
todo el mundo. Se alzaron voces de indignación que intentaban evitar estas catástrofes
en el futuro. Cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt, presidente
de Estados Unidos, lanzó un llamamiento para que “bajo ningún concepto se
bombardease desde el aire a poblaciones civiles o ciudades indefensas”. A
pesar de ello, se hizo. Churchill y Hitler pusieron sus escuadras de bombarderos
en acción. Las víctimas se multiplicaron escalofriantemente. 40.000 ciudadanos
británicos morían en 1940 a causa de los bombardeos nazis. En Hamburgo, en una
sola noche, la del 27 de julio de 1943, murieron más de 50.000 personas. La RAF
británica lanzó sobre la ciudad una auténtica tormenta de fuego que destrozó
a la gente en las calles, en sus casas, en los refugios. Luego fue Dresde:
100.000 muertos. Y Berlín, Tokio, Hiroshima, Corea, Vietnam... Sucedió también
en Bagdad, donde puede volver a suceder.
Negar
la evidencia
En un macabro ejercicio para eludir la legislación internacional, cuando se
ataca objetivos militares, las víctimas civiles han pasado a llamarse “daños
colaterales”. Se sigue masacrando a los indefensos, engañando, tergiversando
la verdad. Negando la evidencia. Franco quiso hacer creer que Gernika había
sido destruida por el ejército republicano. Desde entonces, la mentira, oculta
bajo el manto de los secretos de Estado, la materia reservada y la manipulación
de la información es un ingrediente fundamental de las guerras.
La desinformación se une al fracaso de las leyes internacionales y la débil
operatividad de los organismos que las deben mantener, lo que provoca una
escalada de violencia, de exterminio, de genocidio. Crímenes contra la
humanidad que nunca serán juzgados. Por “colaterales” o porque se cometen
en nombre de Dios y contra el “terrorismo”. Las bombas de hoy, sofisticadas,
“inteligentes”, vuelven a tener una misión civilizadora, como cuando había
que mantener a raya a los “infieles” de las colonias. Mientras tanto,
Estados Unidos ha anunciado que sobre Iraq lloverán hasta 500 misiles al día.
Xavier
Montanyà es periodista y guionista de televisión especializado en investigación
histórica. Premio Octavi Pellissa 2002 por un proyecto de libro reportaje sobre
el secuestro en 1961 del buque portugués “Santamaría”, llevado a cabo por
opositores a las dictaduras de Franco y Salazar ...
*
La Vanguardia.

Mundoarabe.org