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_____________________________________________ Las
torturas en Irak Carlos
Nadal Mundoarabe.org,
1 de junio de 2004 Vino
luego aquello de derribar al tirano, cuya captura ciertamente vimos con
satisfacción. Y se añadió que la finalidad de la guerra era dar a los iraquíes
la libertad y la democracia. La teoría de la guerra preventiva no se aguantaba,
pero sí parecía valer el derecho unilateral a colocar a una nación
independiente y soberana bajo tutela para tan nobles fines. Ocurre
sin embargo que ha habido graves imprevistos. Los 135.000 soldados
norteamericanos y los alrededor de 10.000 británicos que están sobre el
terreno saben muy bien que nada ha salido como era de esperar. Son buena muestra
de esto los asedios de Faluya y Nayaf. En la primera de estas ciudades, miles de
suníes han cerrado el paso a las tropas norteamericanas. Y en la segunda los
partidarios del líder chií Moqtada Al Sadr se han hecho fuertes al amparo de
la tumba sacra de Ali. En
principio parecía que los norteamericanos tenían atrapados por fin a sus
enemigos. Y comenzaron ataques aéreos y por tierra durísimos contra Faluya que
ocasionaron centenares de muertos y heridos y mucha destrucción. Aunque luego
comprendieron que arrasar la ciudad difundiría en el país y en el mundo una
repercusión de desastroso efecto. Hubo una tregua. Y la maniobra de hacer
entrar en la localidad a unidades recompuestas del Ejército del régimen caído.
Con la insólita decisión de ponerlas bajo el mando de un general de Sadam
Husein que apareció con su uniforme y sus galones intactos. Como hubo denuncias
de que el personaje no era ropa limpia, fue sustituido por otro general, al
parecer, menos comprometedor. Mientras
tanto, entrar violentamente en Nayaf es como para pensárselo dos veces, porque
profanar la ciudad santa podría tener un efecto devastador entre la población
chií y en general en todo el mundo árabe y musulmán. La jugada sigue, pues, a
la hora de escribir estas líneas, en tablas. En
la Casa Blanca habían dicho que la ocupación y la democratización de Irak
provocarían el efecto dominó sobre toda el área llamada del Gran Oriente
Medio, desde Palestina a Pakistán. Actualmente no se puede descartar que ocurra
justamente todo lo contrario. Basta recordar los repetidos atentados terroristas
en Arabia Saudí y el que hubo en Siria. En
este deslizamiento imparable hacia la adversidad surge de pronto un asunto que
admite ser calificado de tenebroso. Las revelaciones de sometimiento a torturas
a prisioneros iraquíes por parte de norteamericanos en la mismísima cárcel
donde los esbirros del dictador Sadam Husein se refocilaban en iguales
ejercicios de sadismo delictivo. La aberración instala su presencia obscena en
el centro de la atención mundial. Y
ahí ya todo se pone del revés. Una onda de indignación y de estupor sobrecoge
al mundo. Alcanza a gran parte de la opinión, los congresistas, la prensa
norteamericana. Se extiende con redoblado odio entre millones de árabes y
musulmanes en general. No hay para menos cuando quien se suponía que iba a
terminar la vesania de la tiranía la aplica a su vez con malsana complacencia
ante el dolor y la vejación ajenos. Y surge la sospecha de que no se trata de
casos aislados. Se piensa en Afganistán, Guantánamo y hasta en alguna otra
base militar fuera o dentro del mismo territorio de Estados Unidos. Aparece
inevitablemente la búsqueda de responsabilidades. La conveniencia de establecer
hasta qué nivel hay que conducirla. Si es aceptable reducirla a los ejecutores
de las torturas, a sus mandos inmediatos. O ir más arriba. A mandos de alta
graduación. ¿Y en el aspecto político? El secretario de Defensa Rumsfeld está
en la diana. Un escalón más y se llega al despacho Oval de la Casa Blanca. En
Washington el escándalo ha estallado. Hasta congresistas republicanos levantan
la voz exigiendo aclaraciones. El asunto pasa a comisiones parlamentarias.
McCain, senador republicano de Arizona, respetado “héroe” que fue en
Vietnam, pide la dimisión de Rumsfeld y denuncia errores y omisiones en toda la
cadena de mando. El mismo secretario de Estado Colin Powell recuerda la matanza
de My Lai, en Vietnam, donde el honor del Ejército norteamericano quedó
mancillado. En
los despachos oficiales, el tenebroso asunto circulaba ya desde hace tres meses.
Pero ha salido a la luz pública por una revelación periodística. Esta retención
de una información de tanta gravedad crea una nube de sospechas sobre las
instancias supremas del poder. Algo
no va por la vía recta. Pero hay más. Y tal vez sea peor. El comportamiento
abominable de los torturadores cabe situarlo en la línea de los orígenes de la
guerra de Irak, en la manera como se inició y se ha desarrollado
posteriormente. Los soldados no fueron allí con alguna motivación de noble
sentido nacional. Y le han faltado al Ejército las oportunas, claras
directrices políticas. Imprescindibles por aquello de que la guerra es algo
demasiado serio para dejarlo en manos de los militares. La
invasión de Irak se llevó a cabo como un puro acto de fuerza y va marcada con
este estigma como si todo valiese. Dibuja sus contornos alarmantes un
comportamiento sin límites entre lo propio y lo impropio. Y así han saltado
todos los fusibles reguladores de lo que incluso en estado de excepción puede o
no hacerse. El
hecho, por ejemplo, de que no sólo haya militares implicados, ni siquiera sean
únicamente agentes de la CIA los comprometidos en los actos de tortura sino
también individuos al servicio de empresas privadas dedicados a tareas
paramilitares, mercenarios en el peor sentido de la palabra, agrava la
ilegalidad del delito. ¿Ante quién son responsables? La
privatización llevada a estos extremos crea un estado de indefensión personal,
de invalidez de los derechos más elementales. Es la cesión inaceptable de la
responsabilidad por parte del Estado. De un Estado que, además, hace esta
renuncia de su obligación en algo de tanta trascendencia como ocupar
militarmente un país extranjero y mantenerlo indebidamente bajo tutela. Bush dice que lo ocurrido “no representa a los Estados Unidos que yo conozco”. Lo malo es que sí puede representar al que él trata más de cerca. Y es de esperar que los acreditados reflejos democráticos del resto del país funcionen adecuadamente para poner las cosas en su sitio. ________________________________________ |
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