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Las torturas en Irak

Carlos Nadal

Mundoarabe.org, 1 de junio de 2004
Desdichada la hora en que los “cerebros” que rodean a Bush planearon la invasión de Irak. Malhadada la orden que el presidente dio de atacar contra viento y marea, por encima de obstáculos legales y con la disconformidad de algunos de los principales aliados. Malos comienzos, malos finales, se dice. No sabemos cómo terminará el gigantesco embrollo que la Casa Blanca ha provocado en Irak. Pero el desarrollo de los acontecimientos al cumplirse un año de que Bush diera por terminada la guerra da un balance desastroso. Todos los motivos que sucesivamente se presentaron para justificar la acción militar han ido mostrando una cara totalmente distinta. No hace falta a estas alturas recordar lo de las armas de destrucción masiva o los vínculos del régimen de Sadam Husein con el terrorismo islamista, argumentos todos que la realidad ha desmentido plenamente, pero que, en cambio, han destapado intenciones torcidas de los gobiernos de Washington y Londres para que la guerra pareciera justificada y legítima.

 Vino luego aquello de derribar al tirano, cuya captura ciertamente vimos con satisfacción. Y se añadió que la finalidad de la guerra era dar a los iraquíes la libertad y la democracia. La teoría de la guerra preventiva no se aguantaba, pero sí parecía valer el derecho unilateral a colocar a una nación independiente y soberana bajo tutela para tan nobles fines.

Ocurre sin embargo que ha habido graves imprevistos. Los 135.000 soldados norteamericanos y los alrededor de 10.000 británicos que están sobre el terreno saben muy bien que nada ha salido como era de esperar. Son buena muestra de esto los asedios de Faluya y Nayaf. En la primera de estas ciudades, miles de suníes han cerrado el paso a las tropas norteamericanas. Y en la segunda los partidarios del líder chií Moqtada Al Sadr se han hecho fuertes al amparo de la tumba sacra de Ali.

En principio parecía que los norteamericanos tenían atrapados por fin a sus enemigos. Y comenzaron ataques aéreos y por tierra durísimos contra Faluya que ocasionaron centenares de muertos y heridos y mucha destrucción. Aunque luego comprendieron que arrasar la ciudad difundiría en el país y en el mundo una repercusión de desastroso efecto. Hubo una tregua. Y la maniobra de hacer entrar en la localidad a unidades recompuestas del Ejército del régimen caído. Con la insólita decisión de ponerlas bajo el mando de un general de Sadam Husein que apareció con su uniforme y sus galones intactos. Como hubo denuncias de que el personaje no era ropa limpia, fue sustituido por otro general, al parecer, menos comprometedor.

Mientras tanto, entrar violentamente en Nayaf es como para pensárselo dos veces, porque profanar la ciudad santa podría tener un efecto devastador entre la población chií y en general en todo el mundo árabe y musulmán. La jugada sigue, pues, a la hora de escribir estas líneas, en tablas.

En la Casa Blanca habían dicho que la ocupación y la democratización de Irak provocarían el efecto dominó sobre toda el área llamada del Gran Oriente Medio, desde Palestina a Pakistán. Actualmente no se puede descartar que ocurra justamente todo lo contrario. Basta recordar los repetidos atentados terroristas en Arabia Saudí y el que hubo en Siria.

En este deslizamiento imparable hacia la adversidad surge de pronto un asunto que admite ser calificado de tenebroso. Las revelaciones de sometimiento a torturas a prisioneros iraquíes por parte de norteamericanos en la mismísima cárcel donde los esbirros del dictador Sadam Husein se refocilaban en iguales ejercicios de sadismo delictivo. La aberración instala su presencia obscena en el centro de la atención mundial.

Y ahí ya todo se pone del revés. Una onda de indignación y de estupor sobrecoge al mundo. Alcanza a gran parte de la opinión, los congresistas, la prensa norteamericana. Se extiende con redoblado odio entre millones de árabes y musulmanes en general. No hay para menos cuando quien se suponía que iba a terminar la vesania de la tiranía la aplica a su vez con malsana complacencia ante el dolor y la vejación ajenos. Y surge la sospecha de que no se trata de casos aislados. Se piensa en Afganistán, Guantánamo y hasta en alguna otra base militar fuera o dentro del mismo territorio de Estados Unidos.

Aparece inevitablemente la búsqueda de responsabilidades. La conveniencia de establecer hasta qué nivel hay que conducirla. Si es aceptable reducirla a los ejecutores de las torturas, a sus mandos inmediatos. O ir más arriba. A mandos de alta graduación. ¿Y en el aspecto político? El secretario de Defensa Rumsfeld está en la diana. Un escalón más y se llega al despacho Oval de la Casa Blanca. En Washington el escándalo ha estallado. Hasta congresistas republicanos levantan la voz exigiendo aclaraciones. El asunto pasa a comisiones parlamentarias. McCain, senador republicano de Arizona, respetado “héroe” que fue en Vietnam, pide la dimisión de Rumsfeld y denuncia errores y omisiones en toda la cadena de mando. El mismo secretario de Estado Colin Powell recuerda la matanza de My Lai, en Vietnam, donde el honor del Ejército norteamericano quedó mancillado.

En los despachos oficiales, el tenebroso asunto circulaba ya desde hace tres meses. Pero ha salido a la luz pública por una revelación periodística. Esta retención de una información de tanta gravedad crea una nube de sospechas sobre las instancias supremas del poder.

Algo no va por la vía recta. Pero hay más. Y tal vez sea peor. El comportamiento abominable de los torturadores cabe situarlo en la línea de los orígenes de la guerra de Irak, en la manera como se inició y se ha desarrollado posteriormente. Los soldados no fueron allí con alguna motivación de noble sentido nacional. Y le han faltado al Ejército las oportunas, claras directrices políticas. Imprescindibles por aquello de que la guerra es algo demasiado serio para dejarlo en manos de los militares.

La invasión de Irak se llevó a cabo como un puro acto de fuerza y va marcada con este estigma como si todo valiese. Dibuja sus contornos alarmantes un comportamiento sin límites entre lo propio y lo impropio. Y así han saltado todos los fusibles reguladores de lo que incluso en estado de excepción puede o no hacerse.

 El hecho, por ejemplo, de que no sólo haya militares implicados, ni siquiera sean únicamente agentes de la CIA los comprometidos en los actos de tortura sino también individuos al servicio de empresas privadas dedicados a tareas paramilitares, mercenarios en el peor sentido de la palabra, agrava la ilegalidad del delito. ¿Ante quién son responsables?

La privatización llevada a estos extremos crea un estado de indefensión personal, de invalidez de los derechos más elementales. Es la cesión inaceptable de la responsabilidad por parte del Estado. De un Estado que, además, hace esta renuncia de su obligación en algo de tanta trascendencia como ocupar militarmente un país extranjero y mantenerlo indebidamente bajo tutela.

Bush dice que lo ocurrido “no representa a los Estados Unidos que yo conozco”. Lo malo es que sí puede representar al que él trata más de cerca. Y es de esperar que los acreditados reflejos democráticos del resto del país funcionen adecuadamente para poner las cosas en su sitio. 

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