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Irak: Hacia una verdadera transición

Marawan Bishara*


La detención de Sadam Husein no justifica la guerra ni tampoco facilitará el camino hacia la paz y la estabilidad política bajo la ocupación estadounidense. En el mejor de los casos señala el final de una dictadura que ha durado un cuarto de siglo, pero también despeja la vía hacia otra época impredecible y violenta si sigue la presencia de los invasores en el país.

En todo caso, su humillante detención ha puesto fin a la mitología de Sadam y la invención occidental sobre lo que representaba, el estadista imprevisible, el maniaco suicida provisto de armas de destrucción masiva, el constructor de la ciudad secreta bajo Bagdad, la principal amenaza para la seguridad del mundo…etc

 El auténtico Sadam ha resultado ser un dictador calculador e incluso pragmático que atacó Irán para proteger su autoridad suní (y complacer a Estados Unidos), se rindió a las fuerzas aliadas tras retirarse de Kuwait para prolongar su dominio y se deshizo de las armas de destrucción masiva para proteger su régimen. El sábado, Sadam, como todos sus compinches, se rindió a las fuerzas invasoras estadounidenses para salvar el pellejo.

El antiguo líder iraquí fue tanto un síntoma como un factor definitorio del Irak moderno. Apartarlo de la escena de la política y la seguridad desatará antiguos odios y abrirá la caja de Pandora política y étnica sellada por el régimen totalitario.

Durante ese cuarto de siglo de gobierno sangriento, Sadam moldeó Irak a imagen y semejanza de su régimen. Reforzó su hegemonía por medio de dos procesos principales. La despolitización del partido Baaz gobernante y la sustitución de su ideología por un complejo sistema de lealtades étnicas, tribales e individuales en torno al culto a su persona. También “desbaasizó” el Ejército iraquí eliminando la influencia directa que pudiera tener entre los militares. En su lugar creó la Guardia Republicana y las Fuerzas Especiales, unos cuerpos leales que impuso como ejército especial del régimen por encima del Ejército del país. Estados Unidos tendrá que vérselas ahora con aquellos a los que invitó a su lado y con aquellos a los que apartó.

 No será fácil hacer desaparecer el sistema de clientelismo tribal y militar creado por Sadam y que incluye a decenas, cuando no cientos, de miles de iraquíes (sobre todo, suníes). La captura desmoralizará a algunos, y otros sentirán que la lucha se vuelve inútil sin él; pero la presencia de la ocupación extranjera acabará alimentando de nuevo la resistencia. Más importantes son los millones de nacionalistas iraquíes alejados por la dirección de Sadam en el partido y los cientos de miles de militantes baazistas mantenidos a distancia por los militares. Estos iraquíes no serán menos hostiles y problemáticos ante la presencia colonial estadounidense que el propio Sadam.

El régimen de Sadam fue también reflejo de un país difícil. Irak, un país incondicionalmente nacionalista con una historia amarga y sangrienta, está tan unido contra las potencias extranjeras como separado por divisiones étnicas. En ausencia de la hegemonía de Sadam, la polarización étnica resultará tan letal como la aversión del país ante el dominio extranjero.

A ojos de muchos iraquíes, la eliminación de Sadam elimina también las razones para la permanencia de las fuerzas de ocupación. Su paciencia se puede medir con un reloj de cocina.

Sadam deja un vacío político que permitirá la aparición tras él de un prolongado conflicto político entre suníes y chiías. Un conflicto que se convertirá en una sangrienta guerra civil si Estados Unidos continúa iraquizando su fuerza de ocupación uniendo milicias chiías y kurdas en el nuevo Ejército nacional dedicado a combatir la resistencia mayoritariamente suní de las regiones centrales del país. Peor aún, si las fuerzas invasoras imponen un nuevo federalismo en el Irak post-Sadam, veremos estallar la guerra civil y la limpieza étnica; sobre todo en torno a Bagdad, donde viven dos millones de chiías en medio de la población suní.

A medio y largo plazo, Estados Unidos descubrirá que los chiías, que constituyen el 60 por ciento de la población, representan el reto más temible a su política en Irak. El objetivo declarado de sus representantes mayoritariamente religiosos –gobernar el país y dar forma a su constitución– no puede estar más lejos de las intenciones de Estados Unidos y los suníes iraquíes.

La desaparición del dictador significa que los ayatolás iraquíes apoyados por Irán ya no deben temer que el enfrentamiento con las fuerzas de ocupación haga renacer el régimen de Sadam. Por el contrario, cabe esperar que se muestren más abiertos en su oposición a los dictados estadounidenses y más combativos en relación con el futuro del gobierno iraquí.

Estas y otras dinámicas acabarán pronto con el nuevo optimismo infundado, como ocurrió con la euforia posbélica. Acabar con el régimen de Sadam no se traduce de modo necesario en la llegada de la democracia y de la libertad. Puede ocurrir que Irak se hunda en el caos.

Como de costumbre, el primer ministro Tony Blair ha ofrecido la imagen más madura de la coalición al pedir a Washington que evite el triunfalismo y al hacer un llamamiento a los baazistas para que dejen atrás el pasado. También ha invitado a los suníes iraquíes para que se unan a las víctimas de Sadam Husein en la construcción de un nuevo Irak.

Es muy improbable que esto ocurra si Washington y Londres no ceden sus poderes al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La justificación anglo-estadounidense de la guerra –librar a Irak de Sadam y de armas de destrucción masiva– ha quedado satisfecha. Su presencia no puede sino agravar la situación.

Sólo la cesión de los poderes a la ONU para acelerar la marcha hacia una verdadera transición, podría contribuir a aliviar las tensiones bélicas, a estabilizar la situación de la seguridad y a mejorar la atmósfera política con la muy necesitada participación de países europeos y árabes que dé un impulso a la búsqueda de la paz en Irak.

Marwan Bishara: profesor de la Universidad Norteamericana de París y autor de “Palestine/Israel: Peace or apartheid” (Zed Press).

Editor Ahmed Hijazi
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