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_______________________________________ La
confesión del torturador
Eduardo
Galeano
Mundoarabe.org 21 de julio de 2004
En
cambio, el sistema de poder confiesa su verdadera identidad a través de las
torturas que inflige. En las cámaras de tormento, los que mandan se arrancan la
máscara. Así
ocurre en Irak, pongamos por caso. Para apoderarse de Irak a pesar de los iraquíes
y contra los iraquíes, las tropas de ocupación actúan con realismo: predican
la democracia y la libertad y practican la tortura y el crimen. Quien quiere el
fin, quiere los medios. ¿O acaso alguien puede creer que existe otra manera de
robar un país? Lo
demás es puro teatro: las ceremonias, las declaraciones, los discursos, las
promesas y la transferencia de la soberanía, que pasa de Estados Unidos a
Estados Unidos. Ocurre
que el poder no dice lo que dice. Por ejemplo: cuando dice "terrorismo en
Irak", en muchos casos debería decir: "resistencia nacional contra la
ocupación extranjera". Cuando
se publicaron las fotos y estalló el escándalo, las cumbres del poder político
y militar cantaron a coro los salmos de su autoabsolución: •
"Son casos aislados"; •
"Son casos patológicos"; •
"Son unas cuantas manzanas podridas"; •
"Son perversos que deshonran el uniforme". Como
de costumbre, el asesino ha echado la culpa al cuchillo. Pero
esos soldados o policías que enloquecen al prisionero disparándole descargas
de electricidad, o sumergiéndole la cabeza en la mierda, o partiéndole el culo,
no son más que instrumentos: funcionarios que se ganan el sueldo cumpliendo su
tarea en horario de oficina. Algunos trabajan a desgana y otros meten fervor,
como esas entusiastas señoritas que se han fotografiado mientras humillaban a
sus torturados iraquíes y los exhibían como trofeos de cacería. Pero todos,
los apáticos y los fervorosos, son burócratas del dolor que actúan al
servicio de una gigantesca máquina de picar carne humana. ¿Locos? ¿Perversos?
Puede ser; pero la coartada patológica no absuelve al poder imperial que
necesita la tortura para asegurar y ampliar sus dominios, porque ese poder está
mucho más loco y es mucho más perverso que los instrumentos que utiliza. Y
nada tiene de anormal que un poder atrozmente injusto utilice métodos atroces
para perpetuarse. *** Nada
tiene de anormal, tampoco, que esos métodos atroces no se llamen por su nombre. Europa
sabe que donde manda capitán no manda marinero. La declaración de la Unión
Europea contra las torturas en Irak no mencionó la palabra tortura. Esa
desagradable expresión fue sustituida por la palabra "abusos". Bush y
Blair hablaron de "errores". Los periodistas de la CNN y de otros
medios masivos no pudieron utilizar la palabra prohibida. Años
antes, para que los prisioneros palestinos fueran legalmente triturados, la
Suprema Corte de Israel había autorizado "las presiones físicas
moderadas". Los cursos de torturas que desde hace mucho tiempo reciben los
oficiales latinoamericanos en la Escuela de las Américas se denominan "técnicas
de interrogatorios". En Uruguay, que fue campeón mundial en la materia
durante los años de la dictadura militar, las torturas se llamaban, y se llaman
todavía, "apremios ilegales". Según
Amnistía Internacional, la venta de aparatos de tortura en el mundo es un
brillante negocio para unas cuantas empresas privadas de Estados Unidos,
Alemania, Taiwán, Francia y otros países, pero esos productos industriales son
"medios de autodefensa" o "material de control de la
delincuencia". *** En
cambio, sí mencionaron la palabra tortura, con todas sus letras, los
encuestadores que interrogaron a la población de Estados Unidos en el año
2001, poco después del derrumbe de las torres de Nueva York. Y casi la mitad de
la población, el 45 por ciento, contestó que la tortura no le parecía mal
"si se aplica contra los terroristas que se niegan a decir lo que
saben". Seis
años antes, sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido torturar al terrorista
Timothy McVeigh cuando se negó a dar los nombres de sus cómplices. La bomba
que McVeigh puso en Oklahoma mató a 168 personas, incluyendo muchas mujeres y
niños, pero él era blanco, no era musulmán y había sido condecorado en la
primera guerra de Irak, donde aprendió a cocinar puré de gente. *** Contra
el terrorismo, todo vale. Lo ha proclamado el presidente Bush, en mil ocasiones;
y lo ha repetido el eco Blair. Ambos continúan brindando por el éxito de sus
cruzadas. Siguen diciendo: "El mundo es ahora un lugar mucho más
seguro", mientras el mundo estalla y cada día la violencia genera más
violencia y más y más. *** Guantánamo
es el símbolo del mundo que nos espera. Seiscientos sospechosos, algunos
menores de edad, languidecen en ese campo de concentración. No tienen ningún
derecho. Ninguna ley los ampara. No tienen abogados, ni procesos, ni condenas.
Nadie sabe nada de ellos, ellos no saben nada de nadie. Sobreviven en una base
naval que Estados Unidos usurpó a Cuba. Se supone que son terroristas. Si son o
no son es un detalle que no tiene la menor importancia. Allí
fue donde el general Ricardo Sánchez ensayó treinta y dos formas de tortura,
llamadas "tácticas de presión e intimidación", que luego implantó
en las prisiones de Irak. *** Desde
el derrumbe de las torres de Nueva York, la tortura viene recibiendo numerosos
elogios. Se ha desencadenado un bombardeo de opiniones jurídicas y periodísticas
abierta o veladamente favorables a este método institucional de violencia,
aunque nunca, o casi nunca, lo llaman como se llama. Estas apologías de la
infamia, que provienen del poder, o de fuentes cercanas, sostienen que la
tortura es legítima para defender a la población desamparada ante las amenazas
que acechan, porque hay medios de lucha de moralidad dudosa que resultan
inevitables contra los inescrupulosos asesinos que practican el terrorismo y lo
promueven y que jamás dicen la verdad. Pero, si así fuera, ¿a quiénes habría que torturar? ¿Quiénes son los hombres que más han mentido en este siglo XXI? ¿Quiénes son los que más inocentes han matado, sin ningún escrúpulo, en sus guerras terroristas de Afganistán y de Irak? ¿Quiénes son los que más han contribuido a la multiplicación del terrorismo en el mundo? *** Ahora
abundan los sorprendidos y los indignados, pero la tortura no fue utilizada por
error ni por casualidad contra la población iraquí. Las tropas de ocupación
la emplearon como era costumbre, por órdenes muy superiores, a sabiendas de lo
que hacían y de para qué lo hacían. ¿Para
qué? No hay ninguna prueba de que la tortura haya servido nunca para evitar ni
un solo atentado terrorista. En el caso de Irak, ni siquiera ha sido útil para
capturar a ninguno de los prófugos importantes. El más, Sadam Husein, no cayó
gracias a la tortura sino gracias al dinero que compró a un soplón. La
tortura arranca informaciones de escasa utilidad y confesiones de improbable
veracidad. Y sin embargo, es eficaz. Por eso se ha aplicado y se continúa
aplicando: lo que es eficaz es bueno, según los valores que rigen al mundo. La
tortura es eficaz para castigar herejías y humillar dignidades, y sobre todo es
eficaz para sembrar el miedo. Bien lo sabían los monjes de la Santa Inquisición
y bien lo saben los jefes guerreros de las aventuras imperiales de nuestro
tiempo: el poder no emplea la tortura para proteger a la población, sino para
aterrorizarla. ¿Será
tan eficaz como el poder cree que es? |
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