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____________________________________ La
condición árabe Edward
Said Tengo la impresión de que muchos árabes sienten hoy que lo que ha ocurrido en Irak en los dos meses pasados es poco menos que una catástrofe. Cierto, el régimen de Sadam Husein era despreciable y merecía ser derrocado. También es verdadera la sensación de rabia que muchos experimentan ante la estrafalaria crueldad y despotismo de ese régimen, y el terrible sufrimiento del pueblo iraquí. Parece haber poca duda de que muchos gobiernos e individuos se coludieron para mantener a Husein en el poder, mirando hacia otro lado mientras hacían negocios con él. Con todo, lo que dio a Washington licencia para bombardear el país y destruir su gobierno no fue un derecho moral ni un argumento racional, sino el poderío militar. Después de apoyar durante años al régimen baazista de Irak y a Husein, Estados Unidos y Gran Bretaña se arrogaron el derecho de negar su propia complicidad con ese régimen despótico y luego decretar que estaban librando a Irak de su odiada tiranía. Y lo que parece haber surgido en el país, tanto durante como después de la ilegítima guerra contra el pueblo y la civilización que constituyen la esencia de Irak, representa una grave amenaza al pueblo árabe como un todo.
Haría falta ser tonto para argumentar
que el nacionalismo y la separación doctrinaria de los estados árabes
individuales, trátese de Egipto, Siria, Kuwait o Jordania, son mejores y tienen
una realidad política más útil que algún esquema de cooperación ínter-arábiga
en las esferas económicas, políticas y culturales. Cierto, no veo necesidad de
una integración total, pero cualquier forma de cooperación y planificación
provechosa sería mejor que las malhadadas cumbres que han desfigurado nuestra
vida nacional, por ejemplo durante la crisis de Irak. Todo árabe se hace la
misma pregunta que cualquier extranjero: ¿por qué los árabes nunca unen sus
recursos para luchar por causas que al menos oficialmente afirman apoyar, en las
cuales, en el caso de los palestinos, su pueblo cree de manera activa, de hecho
apasionada? No perderé tiempo en justificar los
abusos, miopías, desperdicios, represiones y crueldades que se han cometido en
aras de promover el nacionalismo árabe. El saldo no es favorable. Sin embargo,
quiero afirmar categóricamente que desde principios del siglo XX jamás han
podido lograr su independencia colectiva, en todo o en parte, precisamente a
causa de los designios de potencias extranjeras respecto de la importancia
estratégica y cultural de sus territorios. Hoy ningún Estado árabe es libre
de disponer de sus recursos como desee, ni de adoptar posiciones que representen
sus intereses individuales, en especial si esos intereses parecen amenazar las
políticas de Washington. En los más de 50 años transcurridos desde que
Estados Unidos asumió el dominio mundial, y más después del fin de la guerra
fría, ha ejercido una política hacia Medio Oriente basada exclusivamente en
dos principios: la defensa de Israel y el libre flujo del petróleo, y ambos se
oponen directamente al nacionalismo árabe. En todas las formas significativas,
con pocas excepciones, la política estadounidense ha sido de abierta y
despreciativa hostilidad hacia las aspiraciones del pueblo árabe, pese a lo
cual, desde la declinación de Nasser, ha tenido pocos opositores entre los
gobernantes árabes, quienes se han plegado a todo lo que se les exige. Durante periodos de la más extrema
presión sobre uno u otro de ellos (por ejemplo la invasión israelí de Líbano,
en 1982, o las sanciones contra Irak que fueron diseñadas para debilitar al
pueblo y al Estado como un todo, los bombardeos de Libia y Sudán, las amenazas
contra Siria, la presión sobre Arabia Saudita), la debilidad colectiva ha sido
poco menos que abrumadora. Ni su enorme poder económico colectivo ni la
voluntad de su pueblo han motivado a los estados árabes a intentar el menor
gesto de desafío. La política de dividir e imperar ha prosperado porque cada
gobierno tiene miedo de que si le hace frente pueda causar daño a su relación
bilateral con Estados Unidos. Esta consideración ha tenido prioridad sobre
cualquier contingencia, por urgente que sea. Algunos gobiernos dependen de la
ayuda económica de Washington, otros de su protección militar. Todos, sin
embargo, han llegado a la conclusión de que no confían unos en otros mucho más
de lo que se preocupan por el bienestar de su pueblo (lo cual equivale a decir
que se preocupan muy poco), y prefieren el odio y desprecio de los
estadounidenses, que han empeorado su trato a los estados árabes conforme ha
crecido la arrogancia que les da ser la única superpotencia mundial. De hecho,
es notable que los países árabes han estado mucho más dispuestos a combatir
entre sí que a enfrentar a los verdaderos agresores del exterior. El resultado, después de la invasión
a Irak, es una nación árabe gravemente desmoralizada, aplastada y derrotada,
menos capaz de hacer nada excepto doblegarse a los anunciados planes
estadounidenses de llevar a cabo todo tipo de esfuerzos para redibujar el
mapa de Levante como mejor convenga a sus propios intereses y obviamente a los
de Israel. Ni siquiera ese designio grandioso ha recibido hasta ahora la más
vaga respuesta colectiva de los países árabes, que parecen esperar estáticos
que algo nuevo ocurra en tanto Bush, Rumsfeld y Powell pasan de una amenaza a un
proyecto, una visita, un desaire, un bombardeo o un anuncio unilateral. Lo que
vuelve particularmente irritante todo este asunto es que en tanto los árabes
han aceptado por completo el mapa de ruta estadounidense (o del cuarteto), que
parece salido de algún delirio de Bush, los israelíes se han reservado con
frialdad cualquier aquiescencia al respecto. ¿Qué sentirá un palestino al
observar a un líder de segunda clase como Abu Mazen, que siempre ha sido un
subordinado fiel de Arafat, abrazar a Powell y a los estadounidenses, cuando
hasta para el niño más pequeño es evidente que el mapa de ruta está diseñado
para a) estimular una guerra civil palestina y b) orillar a Palestina a
transigir con las exigencias estadounidenses e israelíes de "reforma"
a cambio de prácticamente nada? ¿Cuánto más vamos a hundirnos todavía?. En
cuanto a los planes de Washington hacia Irak, ahora ha quedado del todo claro
que va a ocurrir nada menos que una ocupación colonial de viejo cuño, como la
de Israel a partir de 1967. La idea de imponer en Irak una democracia estilo
estadounidense significa alinear al país con la política de Washington, es
decir, un tratado de paz con Israel, mercados petroleros que dejen ganancias a
los estadounidenses y un mínimo de orden civil que no permita ni una oposición
verdadera ni una auténtica construcción de instituciones. Tal vez incluso la
idea sea convertir a Irak en lo que fue Líbano durante la guerra civil. No
estoy seguro, pero veamos un ejemplo de la planificación que se lleva a cabo:
en fecha reciente la prensa estadounidense anunció que Noah Feldman, de 32 años,
profesor adjunto de derecho en la Universidad de Nueva York, sería el encargado
de redactar la nueva constitución iraquí. En todas las notas de los medios
referentes a este importante nombramiento se mencionó que Feldman es brillante
experto en derecho islámico, que estudia árabe desde los 15 años y fue
educado como judío ortodoxo. Pero jamás ha ejercido la abogacía en el mundo
árabe, nunca ha estado en el país cuya constitución redactará ni parece
tener conocimiento práctico de la situación de posguerra. Vaya escupitajo al
rostro no sólo de Irak, sino de las legiones de mentes jurídicas árabes y
musulmanas que pudieron haber llevado a cabo una tarea perfectamente aceptable
al servicio del futuro iraquí. Pero no, Estados Unidos quiere que la realice un
joven inexperto, de modo que después pueda decir: "le dimos a Irak su
nueva democracia". El resentimiento es tan denso que se puede cortar con
navaja. Lo más desmoralizador es la patente
impotencia de los árabes a la vista de todo esto, y no sólo porque no se haya
invertido esfuerzo alguno en preparar una respuesta colectiva. Para quien como
yo reflexione sobre la situación desde el exterior, resulta asombroso que en
este momento de crisis no se haya tenido noticia de algún llamado de apoyo de
los gobernantes a su pueblo ante lo que necesariamente debe verse como una
amenaza a la nación colectiva. Los militares estadounidenses no han ocultado
que planean un cambio radical en el mundo árabe, el cual pueden imponer por la
fuerza de las armas porque es muy poco lo que se les resiste. Más aún, la idea
parece ser nada menos que destruir de una vez por todas la unidad subyacente del
pueblo árabe, transformar sin remedio los fundamentos de su vida y sus
aspiraciones. Yo hubiera creído que una alianza sin
precedentes entre los gobernantes y el pueblo árabe representaba la única
posible forma de contener semejante despliegue de poderío. Pero es evidente que
eso requeriría el compromiso de cada gobierno árabe de abrirse a la sociedad y
a su pueblo, dejarlo entrar, derribar todas las medidas represivas de seguridad
para crear una oposición organizada al nuevo imperialismo. Una nación empujada
por la fuerza a la guerra, o un pueblo silenciado y reprimido, jamás se
levantarán en semejante ocasión. Lo que necesitamos son sociedades árabes
liberadas del estado de sitio entre gobernantes y gobernados que ellas mismas se
han impuesto. ¿Por qué no instaurar en cambio la democracia en defensa de la
libertad y la autodeterminación? ¿Por qué no decir "queremos que todo
ciudadano esté dispuesto a movilizarse en un frente común contra un enemigo
común"? Necesitamos que todas las fuerzas intelectuales y políticas se
unan a nosotros contra el propósito imperial de rediseñar nuestras vidas sin
nuestro consentimiento. ¿Por qué dejar la resistencia a los extremistas y
desesperados atacantes suicidas?. Como
digresión, podría mencionar aquí que cuando leí el informe de la ONU sobre
desarrollo humano en el mundo árabe me consternó ver el poco aprecio que se
hizo en él de la intervención imperialista y el profundo y prolongado efecto
que ha tenido. Cierto, no creo que todos nuestros problemas vengan del exterior,
pero tampoco querría decir que todos fueron creados por nosotros. El contexto
histórico y la fragmentación política han desempeñado un papel muy
importante, al cual dicho informe presta muy poca atención. La ausencia de
democracia es en parte resultado de alianzas entre los poderes occidentales y
regímenes o partidos minoritarios, no porque los árabes no tengan interés en
la democracia, sino porque ésta ha sido vista como amenaza por varios actores
del drama. Además, ¿por qué adoptar la fórmula estadounidense de la
democracia (por lo común un eufemismo del libre mercado y del escaso interés
por el mejoramiento humano y los servicios sociales) como si fuera la única?
Este es un tema que requiere un debate mucho mayor, para el cual no tengo tiempo
aquí. Así que volvamos al punto principal. Consideremos cuánto más efectiva habría
sido la posición palestina frente al embate de Washington y Tel Aviv si se
hubiera dado una muestra de unidad en vez de una vergonzosa rebatiña por los
puestos en la delegación que se entrevistaría con Powell. En el curso de los años
no he podido entender por qué los líderes palestinos han sido incapaces de
desarrollar una estrategia unificada para oponerse a la ocupación y no ver
desviado su curso hacia uno u otro plan Marshall, Tenet o del cuarteto. ¿Por qué
no decir a todos los palestinos: nos enfrentamos a un enemigo cuyos designios
hacia nuestras tierras y vidas son bien conocidos y deben ser combatidos por
todos nosotros juntos? El problema de raíz, y no sólo en Palestina, es esa
separación entre gobernantes y gobernados que es uno de los efectos
distorsionantes del imperialismo, ese miedo esencial a la participación democrática,
como si el exceso de libertad pudiera hacer perder a la elite colonial
gobernante algo del favor de la autoridad imperial. El resultado es no sólo la
ausencia de una verdadera movilización de todos en la lucha común, sino la
perpetuación de la fragmentación y la mezquina pugna de facciones. Tal como
están las cosas, hay en el mundo demasiados ciudadanos árabes que no se
involucran ni participan. Querámoslo o no, el pueblo árabe
enfrenta hoy un ataque mayúsculo a su porvenir por un poder imperial, Estados
Unidos, que actúa en concierto con Israel, para pacificarnos, someternos y por
último reducirnos a un puñado de señoríos cuya primera lealtad es no a su
pueblo, sino a la gran superpotencia (y a su subrogado local). No entender que
éste es el conflicto que dará forma a nuestra zona durante las décadas por
venir es caer en ceguera voluntaria. Lo que necesitamos ahora es romper las
cadenas de hierro que sujetan a las sociedades árabes y las mantienen
convertidas en hoscos conglomerados de gente desconfiada, líderes inseguros e
intelectuales alienados. Esta es una crisis sin precedente; se requieren, por
tanto, medios sin precedente para enfrentarla. El primer paso es darnos cuenta
de la magnitud del problema, y después salir a enfrentar lo que nos reduce a la
rabia impotente y la reacción marginal, condición que de ninguna forma debemos
aceptar. La alternativa a tan poco atractiva condición encierra una esperanza
considerablemente mayor. ©
2003, Edward W. Said |
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