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____________________________ Un
tirapiedras llamado Said Reinaldo
Spitaletta Parecería
raro que un intelectual (el término se ha envilecido) tirara piedras. En julio
de 2000, a Edward Said se le vio arrojándolas contra soldados israelíes desde
la frontera del Líbano. Claro. No sólo era un tirapiedras, como se cree que
son todos los palestinos, sino uno de los pensadores y críticos más rigurosos,
un independiente, que fustigó el poder y a sus detentadores. Y
sí. Era un intelectual, aunque el concepto se haya desvalorizado. Interesado
por la política, la literatura, la música, la filosofía, la historia, Said,
como diría el director y pianista argentino-israelí, Daniel Barenboim, con
quien compartió el Príncipe de Asturias de la Concordia, "tenía una
inusual comprensión del espíritu humano, y del ser humano". Qué
tirapiedras tan especial. Siempre puso en evidencia la historia de sufrimiento y
de desposesión palestina, vapuleó a dirigentes israelíes, como Ariel Sharon y
su criminalidad, pero también cuestionó la "corrupción y maldad" de
Yasser Arafat. Said, un tipo extraño, que luchó con su dialéctica para que a
los pelados palestinos de la piedra en la mano se les viera como héroes cual si
fueran la renovada imagen de Davides contra Goliat, y no como, debido a la
propaganda y la desinformación, los ven en Estados Unidos: como agresores. Ah,
pasa muy corrientemente, incluso en Colombia, que a las víctimas se las
transmuta en victimarios. En
un reciente ensayo, titulado Propaganda y guerra, Said escribió que "los
palestinos no son vistos ni en los términos de una historia que les es propia,
ni en los términos de una imagen humana con la cual la gente pudiese fácilmente
identificarse. Tan exitosa ha sido la propaganda israelí que parecería que los
palestinos realmente tienen pocas, si es que alguna, connotaciones positivas. Se
encuentran casi totalmente deshumanizados". Said,
un iconoclasta, o, de otro modo, un perturbador, también fue radical en cuanto
a no negociar la ocupación israelí de los territorios palestinos. Y de la
denuncia pasó a la acción: apoyó las dos Intifadas. Proclamó, como
alternativa a la lucha armada, movilizaciones de las masas palestinas y la
desobediencia civil como métodos de acción para expulsar a los invasores. Al
pueblo palestino, según él, le falta una verdadera dirigencia. A Arafat, al
que calificó de corrupto y autócrata, lo azotó muchas veces: "Estoy
cansado de su actitud de desprecio hacia su pueblo, y de su glacial
imperturbabilidad autocrática, su incapacidad de escuchar o tomar a otros en
serio", escribió. Arafat prohibió sus libros en los territorios ocupados. Said,
residente en Estados Unidos, fue difamado muchas veces por judíos
norteamericanos, que lo acusaron de antisemitismo. Quizá porque no podían
tolerar a un brillante cuestionador de las políticas de agresión de Israel y a
un estudioso defensor de su pueblo palestino ocupado. Y también porque ya es
una abominable costumbre la de calificar de "antisemita" a los que
critiquen las tropelías de los "halcones" israelíes. Edward
Said murió de leucemia el 25 de septiembre último. Recientemente, su hija,
Najla, escribió: "En sus últimos días mi padre lloró abiertamente por
Palestina y por su pérdida de claridad y energía para escribir, escribir y
escribir. Desde su cama me animaba: "continúa la lucha, continúa...
supera tus pequeñas diferencias con tus colegas y escribe y actúa y continúa,
continúa sin cesar. Está en tus manos". Said
era un ave rara. Necesaria. Un pensador que apedreaba los abusos del poder, y
defendía, frente al imperialismo y sus aliados, el derecho a la libertad y la
autonomía de los pueblos. _________________________________ |