No
hay rastro de
ningún Dios en
las polvorientas
calles de Imbaba,
un humilde
barrio cairota
de edificios
destartalados y
poblado por
infernales "tok
tok", vehículos
de tres ruedas y
carrocería
ligera. Imbaba
es un confín
demasiado
inmundo para
hallar en su
páramo la gracia
de Yavé y Alá.
Puede incluso
que no existan
cuitas divinas
en los
enfrentamientos
entre musulmanes
y coptos que en
la madrugada del
pasado domingo
se cobraron la
vida de 12
personas y
dejaron 232
heridos.
El móvil de los
incidentes de
Imbaba podría
ser más profano.
La batalla de
cócteles
Molotov, piedras
y disparos que
suspendió el
ánimo de sus
vecinos carece
aún de autoría
cierta. La
atención está
puesta en los
salafistas,
defensores de un
islamismo
ultraconservador,
y en los restos
del régimen
depuesto, que
tratan de minar
la revolución.
Un rosario de
arrestos
El Consejo
Supremo de las
Fuerzas Armadas,
que gobierna el
país desde la
salida de Hosni
Mubarak,
advirtió el
domingo que
respondería con
"mano de
hierro". Su puño
se deja ver en
el séquito de
uniformados que
custodia las
iglesias de
Imbaba o en el
rosario diario
de detenciones.
El domingo 190
personas fueron
arrestadas
acusadas de
incitar a la
revuelta. Al día
siguiente, el
ejército detuvo
a 23
sospechosos,
entre ellos, el
marido de la
mujer que, según
el runrún
popular,
permanecía
raptada en el
templo.
Ayer la policía
detuvo a otros
16 individuos.
Las
investigaciones
preliminares
publicadas por
la prensa local
indican que un
empresario copto
ligado al
disuelto Partido
Nacional
Democrático
(PND) – el
partido de
Mubarak - fue
uno de los
primeros en
disparar. Y
apuntan a varios
miembros de la
formación
disuelta como
autores del
incendio del
templo dedicado
a la Virgen
María, cuya
rehabilitación
los militares
han prometido
concluir en 10
días.
Tres meses
después de su
caída, el último
faraón y sus
acólitos aún se
creen
imprescindibles.
La revolución
necesitó para
triunfar 18
jornadas pero el
yugo de la
dictadura y su
legado
envenenado
todavía sojuzga
a los egipcios.
Según el
prestigioso
periodista árabe
Mohamed
Hassanein Heikal,
el sangriento
choque de Imbaba
"va más allá de
la lucha
sectaria".
El estado de
confusión que
acecha la
transición está
relacionado con
"la persistencia
de los restos
del antiguo
régimen, los
delincuentes
excarcelados
deliberadamente
y los flujos de
elementos
extremistas con
atuendo
religioso, de
necesidades
básicas
insatisfechas y
de la corrupción
denunciada
diariamente en
las portadas de
los periódicos y
a través de las
ondas y la
pantalla. Todo
se entrecruza
para producir un
estado de
ansiedad que
busca puntos de
vulnerabilidad
por los que
escapar".
En el barrio de
Imbaba, un
distrito
devastado por la
pobreza, la
ignorancia y los
sueños rotos, el
vecino Faruk
Haridi, de 65
años, sostiene
que "los autores
son jóvenes del
ex régimen que
tratan de
sabotear la
revolución del
25 de enero".
"Musulmanes y
coptos nos
queremos",
agrega sentado a
las puertas de
su comercio,
sito a escasos
metros de la
iglesia de la
Virgen María,
devorada por el
fuego.
Unidad nacional
contra la
violencia
La geografía de
este distrito de
la capital fue
propiedad en los
noventa del
grupo islamista
Al Gama al
Islamiya, que
impuso una
suerte de
república
islámica. El
desafío al
régimen de
Mubarak acabó en
diciembre de
1992, cuando
14.000 agentes
tomaron Imbaba y
sofocaron la
rebelión. "La
quema de
iglesias y el
ataque a los
cristianos eran
diarios",
recuerda un cura
copto que
administra una
parroquia
próxima al
epicentro del
último incidente
sectario.
"Musulmanes y
coptos somos una
mano" gritaron
el lunes los
vecinos del
barrio. Su
proclama atrona
diariamente
entre los
cientos de
manifestantes
que se agolpan
alrededor de la
sede de la
radiotelevisión
pública, en el
centro de El
Cairo. "Había
más seguridad y
menos ataques en
tiempos de
Mubarak",
denuncia Wael
Sabri, de 31
años.
Los golpes
amargos a la
transición han
hecho que los
fieles de ambos
credos convoquen
para este
viernes una
protesta en
Tahrir. Confían
en que el
regreso a la
venerada plaza
redima al país
de los
estertores de la
violencia
interreligiosa.
En un callejón
de Imbaba, el
sacerdote copto
ruega en voz
alta: "Creemos
en el cambio.
Hay que combatir
la sangre con la
libertad y la
paz".