___________________________
El enigma de la
Casa Blanca
Juan Goytisolo
Cuando se despertó,
conforme a sus costumbres, a la ceja del alba, el Presidente se aseguró de que
las previsiones meteorológicas eran exactas: cielo despejado, temperaturas algo
elevadas respecto a la estación. Después de asearse, se recogió unos minutos
en el despacho donde su secretario depositaba en una bandeja el Pensamiento del
Día, escrito por su consejero espiritual preferido. El de aquella benigna mañana
de otoño refutaba las afirmaciones de un descreído sobre la armonía del
Universo: "Sólo Dios mantiene su equilibrio velando por el orden perfecto
de las rotaciones astrales. Sin Él, las estrellas toparían unas con otras y
andarían a trompadas". La profundidad de la máxima le impresionó y la
repitió entre sí hasta memorizarla. A continuación, atravesó los salones
desiertos y se dirigió al portal en el que recibía a los dignatarios
extranjeros a fin de cumplir el rito de su paseo con Leslie.
El perrito solía madrugar
también y le aguardaba impaciente, moviendo el rabo. Al verle, brincaba en
torno a él y expresaba su alegría de vivir con ladridos retozones y carreras
traviesas. Pero aquella mañana funesta, Leslie no apareció. ¿Se habría
quedado dormido después de su programada visita al instituto canino en donde
desfogaba semanalmente sus ardores con alguna pupila en celo? Se encaminó a la
perrera, situada en la linde del bosquecillo por el que acostumbraba a
corretear. Leslie se hallaba tumbado junto a la entrada y, al divisarle,
se alzó y lo examinó sin manifestar contento alguno. Al revés, bajó el rabo,
enderezó las orejas, gruñó y prorrumpió en los ladridos que reservaba de
ordinario para los desconocidos. En vano palmeó, chascó la lengua, silbó los
primeros compases del himno y se inclinó para acariciarle el lomo. Leslie le
enseñó los dientes, acentuó sus gruñidos y amagó morderle. Luego ladró,
ladró y ladró.
¿Qué podía haberle ocurrido? El Presidente se enjugó el sudor y telefoneó
al jefe de jardineros, con quien Leslie hacía buenas migas. La acogida
irascible se repitió. Tampoco el ama de llaves, que lo había mimado desde que
era un
cachorrillo, obtuvo
un recibimiento mejor. El grupo permanecía perplejo ante la cólera creciente
del chucho, sin saber a qué santo encomendarse. ¿Le habría mordido un perro
rabioso? Imposible, juraba el jefe de la seguridad presidencial: ningún animal
ni humano habían penetrado en el recinto. El peluquero de Leslie, su
veterinario de cabecera, el servicio doméstico, los guardias, todo el personal
de plantilla, asistían consternados al espectáculo. El Presidente decidió
informar a la Primera Dama. Tal vez ella...
El chasco fue total. Leslie
intentó clavar sus dientes en la mano que pretendía amasarlo. Los asesores
presidenciales y el consejero espiritual compartían su desolación. ¿Se
trataba de una enajenación pasajera, de un trastorno mental transitorio, de un
desdoblamiento síquico provocado por alguna droga introducida aposta en su
dieta selecta? Los primeros análisis lo desmintieron: no había huella de virus
ni droga algunos. El mal que aquejaba a Leslie era más insidioso e
indetectable que las armas químicas y bacteriológicas, el tan temido recurso
por los terroristas a los microorganismos de la viruela o el ántrax. ¿Una
irradiación por láser u otro instrumento agresivo de precisión escalofriante?
La idea de un posible adoctrinamiento o hipnosis por control remoto ganó
adeptos. ¿De qué habían servido, en efecto, los sistemas ópticos de
vigilancia, el circuito de cámaras fijas, las vallas de seguridad con sensores
acústicos, el personal altamente especializado, toda esa costosa e inútil
ingeniería disuasiva?.
El temor a que el dominio
del cerebro canino se extendiera a la mente humana y provocara un trastrueque
similar les hizo estremecer de pánico. ¿Qué ocurriría si el Presidente, sus
asesores y la Primera Dama se despertaran un día con el síndrome de un
derrumbe moral inducido a distancia y proclamaran una perfecta comunión de
ideas con los terroristas internacionales a los que supuestamente combatían?.
Los asesores presidenciales
aconsejaban que se sometiera a Leslie a un conjunto de pruebas medico-psíquicas
como medida previa a todo plan de defensa. En consecuencia, decidieron
proyectarle una serie de diapositivas en la sala en la que el Presidente y su
esposa visionaban sus películas favoritas, a fin de registrar sus reacciones.
Empezaron con unas imágenes
de los líderes de la vieja Europa, y el rictus de enfado de Leslie cedió
paso a una expresión afable de simpatía y aprobación. Cuando apareció en la
pantalla el Trío de las Azores, la mansedumbre y satisfacción desaparecieron:
gruñó, enseñó los dientes y ladró hasta asfixiarse, presa de un convulsivo
ataque de histeria. Las diapositivas del malvado de las Montañas Blancas y del
déspota del bigote fueron acogidas, al contrario, con pequeños brincos de júbilo,
y hubo que sujetarlo para que no se precipitara a su encuentro con cariños y
arrumacos.
El Presidente convocó de
inmediato el Consejo Nacional de Seguridad. Había que peinar a fondo el banco
de datos de la totalidad del personal cercano a Leslie o que hubiera
podido tener acceso a él -el peluquero, el veterinario de cabecera, el ama de
llaves, el servicio doméstico, los jardineros, los guardias-, con el objeto de
escrutar su origen étnico, lecturas, ideas, posibles conexiones con el enemigo.
Luego envió un correo electrónico a los responsables de Defensa con
instrucciones de conservar los elementos materiales que pudieran estar
relacionados con la investigación: llamadas telefónicas, agendas, cartas,
documentos. Paralelamente, la Agencia entró en acción. Unas horas más tarde
le presentaron los primeros y alarmantes indicios: ¡ciento ochenta versiones
electrónicas de un informe con las anotaciones de un topo asiduo de los
lugares! Los mensajes contenían numerosas referencias a Leslie, sus
gustos y hábitos, así como un plan detallado de los jardines de la Casa Blanca
con la indicación del punto exacto de la perrera. La mayoría de los correos
estaban escritos en árabe, farsi, urdu y otros idiomas de identificación más
ardua, como el uzbeco, el azerí y varios dialectos afganos y norcaucásicos.
Los traductores de la Agencia esclarecían el enrevesado babel sin descanso.
Nadie durmió aquella noche
en el recinto del palacio presidencial: las luces permanecieron encendidas. Los
debates fueron duros, aunque sin llegar, como se dijo, a enfrentamientos
personales. ¿Qué actitud adoptar ante aquel repetido e imperdonable fallo de
los servicios de inteligencia, que agravaría aún la desconfianza del
electorado y arreciaría las críticas a sus descuidos y falta de previsión
razonable? ¿Ocultarlo, y exponerse así al peligro de filtraciones mortíferas
a la prensa? ¿O bien dirigirse de forma solemne a la nación con un discurso
dramático sobre lo acaecido y la brusca amenaza de un nuevo tipo, imperceptible
y sutil, que se cernía sobre los ciudadanos? Conforme a lo que se divulgó
confidencialmente, se impuso la segunda opción. A los gastos exorbitantes del
Escudo Antimisiles y las guerras preventivas había que agregar los de un
sistema de protección contra la perturbación mental inducida a distancia, de
un coste ingente y abrumador. Pero, ¿cómo convencer a un electorado receloso,
después de dos años y pico de horrores, sustos y desengaños, de rascarse
todavía los bolsillos?
Las discusiones prosiguen
en secreto y se ignora de momento el resultado. Quedaba Leslie: ¿qué
hacer con él entre tanto? ¿Difundir el vídeo acusatorio de su reacción
amistosa a la vista de los tibios de la vieja Europa y sus
manifestaciones de alborozo ante el terrorista internacional número uno y el
fanfarrón de los mostachos? ¿Intentar una reeducación pluridisciplinar a
cargo de una comisión de científicos, psicólogos y exorcistas? ¿Enviarlo
también a Guantánamo?.
Creemos saber que falleció:
de muerte natural, según unos, y por inyección letal o irradiación remota,
según otros; de acuerdo ambos, como quiera que sea, en la necesidad de suprimir
a un testigo molesto y de asegurarse la buena gestión del caso.