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Especial 11 de septiembre Edward Said Choque
de ignorancias En el número de Foreign
Affairs aparecido en la primavera de 1993, se publicó un artículo de Samuel
Huntington con el título de "The Clash of Civilizations?" (¿El
choque de las civilizaciones?) y de inmediato atrajo atención y múltiples
reacciones. Puesto que el artículo pretendía compartir con los estadunidenses
una tesis original en torno a "la nueva fase" de la política mundial
después de la guerra fría, los términos de la argumentación de Huntington
parecían amplios, audaces, incluso visionarios. En la mira tenía a sus rivales
-las filas de planificadores de políticas públicas, los teóricos como Francis
Fukuyama y sus teorías del fin del la historia, pero también las legiones que
celebraban el advenimiento del globalismo, el tribalismo y el desvanecimiento
del Estado. Pero ellos, concedía, habían entendido algunos aspectos de este
nuevo periodo. Huntington estaba por anunciar el "aspecto crucial, de hecho
central" de lo que "debía ser una política global en los años
venideros". Sin dudarlo enfatizó: "Es
mi hipótesis que la fuente fundamental de conflicto en este nuevo mundo no será
primordialmente ideológica ni económica. Las grandes divergencias entre la
humanidad y la fuente dominante de conflicto serán culturales. Las
naciones-Estado continuarán siendo poderosos actores de los asuntos mundiales,
pero los conflictos principales de política global ocurrirán entre las
naciones y grupos de diferentes civilizaciones. El choque de las civilizaciones
dominará la política mundial. Las líneas de quiebre entre las civilizaciones
serán los frentes de batalla del futuro (p. 22)." La
mayor parte de los argumentos volcados en las subsecuentes páginas de su texto
se apoyaban en la vaga noción de algo que Huntington denominaba "la
identidad de la civilización", y "las interacciones entre siete u
ocho [sic] civilizaciones principales". De éstas, el conflicto entre dos
de ellas, Islam y Occidente, recibía la tajada del león de sus atenciones.
Sumergido en esta beligerante forma de pensamiento, se apoyaba centralmente en
un artículo, aparecido en 1990, del veterano orientalista Bernard Lewis, cuyos
colores ideológicos son manifiestos desde el título: "Las raíces de la
rabia musulmana". En su texto y en el de Lewis se impulsaba con temeridad
la personificación de entidades enormes en términos de "el
Occidente" y "el Islam", como si asuntos tan complicados como la
identidad y la cultura existieran en un mundo de caricatura donde Popeye y Bluto
se vapulean sin misericordia, y donde el pugilista más experto siempre le gana
la mano a su adversario. Ciertamente, ni Huntington ni Lewis invierten mucho
tiempo en la dinámica o la pluralidad internas de toda civilización, ni en el
hecho de que el reto principal de casi todas las culturas modernas estribe en la
definición o interpretación de cada cultura; tampoco en la posibilidad, poco
atractiva para ellos, de que haya mucha demagogia e ignorancia ramplona en la
presunción de hablar por toda una civilización o una religión. No, el
Occidente es el Occidente y el Islam es el Islam. El reto de los planificadores
occidentales de políticas públicas, dice Huntington, es asegurarse de que
Occidente se haga más fuerte y mantenga a raya a todos los otros, en particular
al Islam. Preocupa
más que Huntington suponga que su perspectiva -esa de revisar el mundo desde
una percha que esté por encima de los apegos ordinarios y las lealtades
ocultas- es la correcta, como si todos los demás anduvieran por las ramas
buscando respuestas que él ya encontró. De hecho, Huntington es un ideólogo,
alguien que quiere convertir a "las civilizaciones" y "las
identidades" en algo que no son: entidades cerradas, selladas, que se
purgaron de las miriadas de corrientes y contracorrientes que animan la historia
humana, aquellas que por muchos siglos han hecho posible que la historia no sea
sólo una de guerras religiosas o de conquista imperial, sino también una de
intercambio, fertilización mutua y confianza compartida. Esta historia
invisible es ignorada en la premura de resaltar la guerra, constreñida y
comprimida ridículamente, que en "El choque de las civilizaciones" se
argumenta como realidad. Cuando en 1996 publicó su libro, con el mismo título,
intentó conferirle a sus argumentos algo más de sutileza, y lo llenó con
muchas, muchas notas a pie de página; por desgracia, lo único que logró fue
confundirse, demostrar lo torpe que era como escritor y lo poco elegante que era
como pensador. El paradigma básico de Occidente contra el resto (reformulando
la oposición propia de una guerra fría) se mantuvo incólume y aparece, a
veces con insidia, a veces implícito, en la discusión que siguió a los
terribles sucesos del 11 de septiembre. El
ataque suicida, patológicamente motivado, horrendo asesinato de masas
cuidadosamente planeado por un grupo de militantes perturbados, se ha convertido
en confirmación de las tesis de Huntington. En vez de tomarlo como es -la
"gran idea" [uso el término sueltamente] de una bandita de fanáticos
enloquecidos con propósitos criminales-, las grandes luminarias (de Benazir
Bhutto, ex primera ministra paquistaní, al primer ministro italiano Silvio
Berlusconi) han pontificado en torno a los problemas del Islam y, en el caso de
Berlusconi, han usado a Huntington para despotricar afirmando la superioridad de
Occidente -cómo "nosotros" tenemos a Mozart y Miguel Angel y ellos
no. (Días después se disculpó a medias por insultar al "Islam"). Pero,
¿por qué no se han buscado paralelismos, seguramente menos espectaculares en
su destructividad, entre Osama Bin Laden y sus seguidores, y cultos como la rama
de los davidianos o los discípulos del reverendo Jones en Guyana o el Aun japonés?
[llenen por favor cualquier detalle faltante]. Incluso el semanario británico
The Economist, normalmente sobrio, en su número de septiembre 22-28, no puede
resistirse a la vasta generalización y ensalza a Huntington, de forma bastante
extravagante, por sus "crueles y arrasadoras, y no obstante agudas"
observaciones acerca del Islam. "Hoy", afirma el semanario con
solemnidad impropia, Huntington escribe que "los miles de millones de
musulmanes en el mundo están convencidos de la superioridad de su cultura, y se
obsesionan por la inferioridad de su poder". ¿Habrá encuestado a 100
indonesios, 200 marroquíes, 500 egipcios y 50 bosnios? Aunque así fuera, ¿qué
clase de muestra es esa? Son
incontables los editoriales en los diarios y revistas de América y Europa que
le añaden a este vocabulario de gigantismo y apocalipsis; no son editoriales
diseñados para edificar al lector, sino para inflamarlo con pasión indignada
como miembro de "Occidente" y decirle lo que hay que hacer. Surgen los
combatientes autodesignados, particularmente en Estados Unidos, que con retórica
al estilo Churchill proclaman una guerra contra quienes los odian, los destruyen
y los despojan, mientras conceden escasa atención a las complejas historias que
desafían tal reduccionismo y que se cuelan de un territorio a otro, en un
proceso que sobrepasa todas las fronteras -aquellas que supuestamente nos
separan en campos armados. Este
es el problema con etiquetas tan poco constructivas como Islam u Occidente: nos
dan pistas falsas y nos oscurecen el pensamiento cuando intentamos hallar
sentido en una realidad desordenada que no podemos encasillar ni amarrar así
nomás. Recuerdo haber sido interrumpido por un hombre que se levantó entre el
público de una conferencia que impartí en la West Bank University, en 1994, y
que comenzó a atacar mis ideas por "occidentales", tan contrarias a
las estrictamente islámicas que él profesaba. "Por qué usa usted saco y
corbata", fue la primera réplica simplista que se le ocurrió, "eso
también es occidental". Se sentó después con una sonrisa apenada en el
rostro, pero recordé este incidente cuando comenzó a fluir información de cómo
se las habían ingeniado los terroristas del 11 de septiembre para obtener los
detalles técnicos requeridos para perpetrar los homicidios en el World Trade
Center y el Pentágono, y para maniobrar los aviones que usaron. ¿Dónde traza
uno la línea entre la tecnología "occidental" y, como declarara
Berlusconi, "la incapacidad islámica para ser parte de la
modernidad"? No se
puede, por supuesto, pero finalmente me quejo de lo inadecuadas que son las
etiquetas, las generalizaciones, las aseveraciones culturales. A cierto nivel,
las pasiones primitivas y el know-how sofisticado convergen para darle visos de
realidad a una frontera fortificada ya no sólo entre "Occidente" e
"Islam" sino entre pasado y presente, entre ellos y nosotros, por no
hablar de los propios conceptos de identidad y nacionalidad en torno a los
cuales existe un desacuerdo y un debate interminables. La decisión unilateral
que nos lanzó a trazar rayas en la arena, emprender cruzadas, oponer el mal con
nuestro bien, extirpar el terrorismo y -como dice Paul Wolfowitz con su
vocabulario nihilista- finiquitar las naciones por completo, no facilita la
lectura de esas supuestas entidades. Nos dice en cambio que es mucho más fácil
hacer declaraciones belicosas con el propósito de movilizar pasiones colectivas
que reflexionar, examinar, analizar aquello con lo que lidiamos en realidad, la
interconexión de innumerables vidas, las"nuestras" y las de
"ellos". En
una serie de tres artículos notables -publicados entre enero y marzo de 1999 en
Dawn, uno de los semanarios más respetados de Pakistán-, el fallecido Eqbal
Ahmad, escribiendo para un público musulmán, analizó lo que denominaba las raíces
de la derecha religiosa y se lanzó acremente contra las mutilaciones promovidas
por tiranos absolutistas y fanáticos cuya obsesión por regular la conducta de
las personas hace que "el orden islámico se reduzca a un código penal,
despojado de su humanismo, su estética, sus búsquedas intelectuales y su
devoción espiritual". Esto "entraña la afirmación absoluta de uno
de los aspectos de la religión, generalmente descontextualizado, en contra de
todos los otros. Un fenómeno que distorsiona la religión, rompe las bases de
la tradición y sesga el proceso político donde quiera que se despliega".
Como ejemplo pertinente de esta ruptura de las bases tradicionales, Ahmad
presenta primero el rico y complejo significado pluralista del término jihad, y
luego se centra en demostrar que en el confinamiento actual del término -guerra
indiscriminada contra los supuestos enemigos-, es imposible "reconocer
[...] la religión, la sociedad, la cultura o la política islámicas como las
han vivido y experimentado por siglos los musulmanes". Los islamitas
modernos, concluye Ahmad, están "preocupados por el poder, no por el alma;
por movilizar al pueblo con propósitos políticos y no por compartir y aliviar
sus sufrimientos y aspiraciones. El suyo es un programa muy limitado y constreñido
en tiempo". Lo que agrava la situación es que en los universos del
discurso "judío" y "cristiano" hay un celo y una distorsión
semejantes. Fue
Conrad, con más fuerza que cualquiera de sus lectores de finales del siglo xix,
quien imaginó, quien entendió que las distinciones entre el Londres civilizado
y "el corazón de las tinieblas" se colapsaban muy rápido en
situaciones extremas, y que las alturas de la civilización europea podían
revertirse instantáneamente a prácticas bárbaras, sin preparación o transición.
Fue también Conrad, en El agente secreto, publicado en 1907, quien describió
la final degradación moral del terrorista y la propensión del terrorismo hacia
abstracciones como "la ciencia pura" (y por extensión hacia el
"Islam" o el "Occidente"). Porque
hay ligas, mucho más cercanas de lo que supondríamos, entre civilizaciones
aparentemente enfrentadas y, como lo han mostrado tanto Freud como Nietzsche, el
tráfico entre fronteras cuidadosamente mantenidas, incluso vigiladas, es con
frecuencia bastante fácil. Pero resulta entonces que tales ideas fluidas,
plenas de ambigüedad y escepticismo, en torno a nociones a las que nos
aferramos, no nos proporcionan una guía práctica y pertinente para situaciones
a las que ahora nos enfrentamos, y resurgen los bandos tranquilizadores de lucha
(una cruzada, el bien contra el mal, la libertad contra el miedo, etcétera)
extraídos de la oposición entre Islam y Occidente, al modo de Huntington, de
la que el discurso oficial sacó su vocabulario en los primeros días después
del 11 de sptiembre. Desde entonces, ese discurso se ha morigerado notablemente,
pero a juzgar por el flujo constante de acciones y palabras de odio dirigidas
contra los árabes, los musulmanes y los indis de todo el país -más los
reportes de los esfuerzos por hacer cumplir la ley-, se mantiene el paradigma. Una
razón adicional para su persistencia es la perturbadora presencia de musulmanes
por toda Europa y Estados Unidos. Piensen en las poblaciones de Francia, Italia,
España, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, incluso Suecia, y estarán de
acuerdo en que el Islam ya no está en los bordes de Occidente, sino en el
centro. ¿Pero por qué amenaza tanto su presencia? Sepultada en la cultura
colectiva está la memoria de las primeras grandes conquistas del Islam árabe,
iniciadas en el siglo vii, que -como anotó el célebre historiador belga Henri
Pirenne en su crucial libro Mohammed et Charlemagne, aparecido en 1939-, hizo añicos
de una vez por todas y para siempre la antigua unidad del Mediterráneo, destruyó
la síntesis cristiano-romana y dio paso a una nueva civilización dominada por
los poderes del norte (Alemania y la Francia carolingia), cuya misión, parece
decirnos, fue reanimar la defensa de "Occidente" contra sus enemigos
histórico-culturales. Lo que Pirenne deja fuera, caray, es que, para crear esta
nueva línea de defensa, Occidente recurrió al humanismo, la ciencia, la
filosofía, la sociología y la historiografía del Islam, que ya se habían
interpuesto entre el mundo de Carlomagno y la antigüedad clásica. Islam está
dentro desde el principio, como lo reconoció Dante, gran enemigo de Mahoma, al
poner al Profeta en el corazón de su Infierno. Está
también el persistente legado del monoteísmo mismo, las religiones abrahámicas,
como lo ha puesto correctamente Louis Massignon. Empezando por el judaísmo y la
cristiandad, cada uno es un sucesor perseguido por el fantasma de lo que vino
antes: para los musulmanes Islam satisface y culmina la línea de una profecía.
No
existe aún una historia decente o una desmistificación de la contienda de
tantos ángulos en la que se hallan estos tres seguidores -ninguno de los cuales
implica un campo unificado o monolítico- del más celoso de todos los dioses,
pese a que su sangrienta convergencia moderna en Palestina nos proporcione un
rico ejemplo secular de todo lo que permanece irreconciliable entre ellos. No
sorprende entonces que musulmanes y cristianos hablen con demasiada facilidad de
cruzadas o jihads, pasando por alto, ambos, la presencia judaica; a veces con
sublime indiferencia. Tales planes, dice Eqbal Ahmad, son "muy
tranquilizadores para los hombres y mujeres que se hallan varados enmedio [...]
entre las aguas profundas de la tradición y la modernidad". Pero todos nadamos esas aguas, por igual occidentales y
musulmanes. Y ya que las aguas son parte del océano de la historia, es fútil
tratar de ararlas o de levantar barreras entre ellas. Estos son tiempos de tensión,
pero es mejor pensarlos en términos de comunidades con poder o sin él, en términos
de la política secular de razón e ignorancia, y de principios universales de
justicia o injusticia, que vagar en busca de vastas abstracciones que nos pueden
brindar satisfacción momentánea pero muy poco autoconocimiento y análisis
informado. La tesis de "el choque de las civilizaciones" es un señuelo
como "la guerra de los mundos", más para reforzar el orgullo
autodefensivo que para entender de manera crítica la enloquecedora
interdependencia de nuestros tiempos. |
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