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Especial 11 de septiembre
Lo que todo podemos ver
Michael
Berger
Lo que todos podemos ver con nuestros propios ojos contradice total y rotundamente la versión oficial del suceso. Hay una explosión a ras de suelo que daña el primer piso del ala noroeste del edificio del Pentágono, provocando un incendio y el posterior derrumbe de los pisos superiores en un radio de pocas decenas de metros. Una explosión que no se corresponde a la de un impacto de un Boeing 757-200, un gigante de casi 48 metros de largo, 14 metros de altura y 38 metros de envergadura, con un peso cercano a las 100 toneladas, cargado con 50.000 litros de queroseno, que tendría que haberse lanzado en picado contra el suelo. Porque, según el lugar del presunto impacto, la explosión se produjo a ras de suelo, de tal manera que no afectó a los pisos superiores del edificio que resultan intactos en el momento de la explosión y, porque a menos de 150 metros del presunto lugar del impacto se alzan unas farolas que impiden alcanzar el edificio con vuelo rasante. Pero lo más asombroso de esta patraña es que no hay ni rastro del presunto avión ni restos del mismo. Ni en fotos ni en video alguno, incluido el que propagó el pasado 8 de marzo la CNN, la cadena amiga.
Es tan evidente la impostura y tan burda que no podemos menos que preguntarnos con asombro por qué no se atreve casi nadie a denunciarlo. Dejemos que respondan a esa pregunta los psicólogos de masas y los expertos en propaganda. Preguntémonos ahora qué supone rechazar la versión oficial del atentado contra el Pentágono. Supone, nada más y nada menos, que el Gobierno de los Estados Unidos de América miente. Que miente a los familiares de las víctimas, al pueblo americano y a todo el mundo. Y esa mentira atroz, infame, espantosa, nos hiela la sangre. Porque si son capaces de mentir así, todo lo que nos han contado sobre el 11 de septiembre no merece ya ningún crédito. Porque, ¿si no fue un avión, y no lo fue, el que provocó la explosión del Pentágono, ¿qué fue capaz de burlar toda la seguridad del recinto militar más protegido del mundo la mañana de máxima alerta del siglo?. La respuesta a esa pregunta pone de manifiesto la verdadera realidad del acontecimiento y nos proporciona la clave para interpretar la partitura de los hechos. La cuestión es si tendremos la suficiente valentía de aceptar la terrible y espantosa verdad, la verdad que provoca vértigo y escalofríos, la verdad que destruye nuestras cómodas convicciones sobre la democracia americana. Porque es el miedo a reconocer que la Bestia pueda tener una cara tan familiar y entrañable lo que nos deja paralizados, sin aliento, y nos persuade a aceptar ansiosamente el calmante de la historia oficial. O eso, o la clandestinidad, la amenaza del ántrax, los asesinatos legales de la CIA, los juicios militares sin pruebas ni testigos, y si no basta, la Bomba Atómica. Porque tendrán que negarlo todo y silenciar toda disidencia. Porque ya no hay marcha atrás. Bush lo ha dicho bien claro: Es el Juicio Final.
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