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Especial 11 septiembre ¿Terrorismo o guerra entre las corporaciones financieras? Víctor Ego Ducrot -Le
aseguro que sé lo suficiente. Quizá más de los que debiera. Es
probable que todos aquellos que querramos analizar con seriedad lo que está
sucediendo en el mundo a partir de los ataques terroristas a las Torres Gemelas
y al Pentágono, nos sintamos un poco parecidos al señor Weaver, el personaje
principal de la novela A conspirancy of paper, del norteamericano David
Liss. Editada en español en junio de este año, el libro de Liss cuenta las
alternativas protagonizadas por un investigador privado de la Londres de fines
del siglo XVIII. El señor Weaver se propone aclarar dos crímenes que parecen
inconexos entre sí pero que resultan ser ambos consecuencia de una de las
primeras especulaciones bursátiles que acontecieron en la capital del imperio
británico. Es
muy probable que la tarea esté por encima de nuestras habilidades. Sin embargo,
existen datos a partir de los cuales es posible comenzar a trabajar. I. Los
atentados del 11 de septiembre pasado obligan a dos preguntas: ¿Quién? y ¿Por
qué? Allí están las claves de tanta hojarasca comunicacional, de tanto
simplismo interpretativo, de tantos intentos de respuestas fáciles, de tanta
pirotecnia política y de tantos aprestos bélicos de tanta o más amoralidad
que los que se dicen querer combatir. Porque las dudas y reflexiones que se leerán
a continuación hablan de eso sobre lo que nadie quiere hablar: dicen que,
aunque se declame y jure lo contrario, las muertes del 11 de septiembre, así
como las otras tantas muertes que vienen multiplicándose a lo largo de los años,
no le quitan el sueño a los dueños del poder mundial. Las
víctimas de los atentados del 11 de septiembre aún desgarraban con sus gritos
de espanto, cuando el establishment político y mediático ya tenía elaborado
su juicio y condena: fue un ataque islámico, decían; fue obra del terrorista
Osama ben-Laden, y no tenían ni tienen, al 20 de septiembre, ninguna prueba
fehaciente de que ello haya sido así. Por supuesto que Israel no demoró en
sumarse al coro, reanudó sus ataques a los territorios palestinos y su jefe político
no escatimó en provocaciones. "Israel tiene a su propio Ben-Laden y se
llama Yasser Arafat", largó muy suelto de cuerpo. Con el correr de las
horas, el simplismo fundamentalista del presidente George W. Bush fue resquebrajándose
y Tel Aviv tuvo que dar marcha atrás: aceptó el cese del fuego propuesto por
Arafat. Sin
incurrir en teorías conspirativas ni mucho menos en engendros tales como que
los atentados fueron obras de una facción interna de los Estados Unidos -política,
militar o económica- que lucha por el poder, ¿por qué no ponderar la
posibilidad de que estos hechos se inscriban en un marco mucho más complejo que
el que se pretende presentar, signado por disputas en torno del dominio de áreas
estratégicas en materia energética y, muy especialmente, por un nuevo tipo de
guerra entre las distintas facciones del corporativismo financiero global, todos
fenómenos de compleja comprensión? El
26 de febrero de 1998, convocado para analizar la situación de entonces en el
Golfo Pérsico, cuando la ONU salió a hacer gestiones para frenar un bombardeo
norteamericano sobre Irak, quien escribe publicó un artículo en el diario La
Nación, de Buenos Aires, en el que decía: Patrick Howie, de la organización
especializada en asuntos energéticos The Dismal Scientist, de los Estados
Unidos, reveló que, para Washington, la mejor opción consiste en que Irak siga
fuera del mercado mundial de proveedores de petróleo porque la cuota que le
correspondía a ese país antes de la Guerra del Golfo, en 1991, pasó a manos
de Arabia Saudita y de Kuwait, los dos principales aliados de la Casa Blanca y
de Gran Bretaña en la región. Según datos de la OPEP, más del 82 por ciento
del petróleo que importan los Estados Unidos proviene de Arabia Saudita (...)
Detrás del escenario visible se mueven los hilos de la puja petrolera.
En
octubre del año último, las empresas francesas Total y Elf tuvieron
conversaciones adelantadas con las autoridades de Bagdad, tendientes a concretar
suculentas inversiones en dos centros estratégicos. (...) Cuando Washington
amenazó a París con sanciones y litigios por los acuerdos de inversión que
las mismas ELF y Total habían hecho en Irán -país vetado por Estados Unidos
por sus supuestas actividades terroristas- los diplomáticos de Jacques Chirac
respondieron con su oposición a la salida militar que Clinton propone para
Irak. Respecto
de Rusia, la cuestión corre por carriles parecidos. La empresa estatal Gazprom
está asociada a los emprendimientos de Total y de Elf en Irán. Pero lo que más
molesta a los norteamericanos es cómo las autoridades de Moscú intentan
utilizar sus alianzas con Teherán y Bagdad para cerrar sus pinzas petroleras
sobre un territorio que incluye las regiones productoras del Cáucaso y de Asia
Central. En
septiembre del 2001, aquellas mismas empresas integran el conglomerado de
intereses corporativos enfrentados en torno a la apropiación y explotación de
las principales reservas gasíferas del planeta y a la construcción del
gasoducto que podrá proveer de energía barata al mercado de la Unión Europea.
El escenario de esos intereses es nada menos que el territorio de Afganistán. Arabia
Saudita sigue siendo el principal aliado de Estados Unidos en el mundo del
Islam. Una de las familias más ricas de ese país del Golfo participa en las
propiedades accionarias de seis empresas radicadas en los Estados Unidos y que
aparecen en los registros de proveedores del Pentágono; una de esas empresas es
Iridium, especializada en telefonía satelital; Iridium es proveedora también
de la red de aeropuertos norteamericanos. Los principales accionistas de Iridium
son miembros de la familia Ben-Laden; su presidente es hermano del terrorista más
buscado por el gobierno de los Estados Unidos, y su directorio contó con el
apoyo de Washington cuando intentó ganar, en Brasil, una licitación para la
compra de sistemas de radar y monitoreo informático del Amazonas. A
principios de la década del ´90 las autoridades financieras norteamericanas
lanzaron una operación en profundidad para que buena parte de los capitales de
origen saudita que habían ingresado en la titularidad compartida de bancos
norteamericanos tradicionales fuesen adquiridos por accionistas norteamericanos.
La operación llegó a "buen puerto", pero en la Reserva Federal es vox
populi que muchos de esos compradores no árabes no son más que simples
testaferros. Se sabe, porque los norteamericanos lo ha reconocido, que la
organización Talibán y el propio Osama ben-Laden fueron creaciones de
Washington durante los últimos años de la Guerra Fría. Pero lo que no se sabe
tanto, aunque la inteligencia francesa se encarga de difundirlo cada vez que
puede -porque París terminó perdiendo influencia en Africa- es que la mayor
parte de las organizaciones armadas del fundamentalismo islámico también
fueron creaciones de los Estados Unidos, con el soporte financiero de Arabia
Saudita. Así sucedió en Argelia, en Sudán, en Egipto e incluso entre los
palestinos, para socavar, en este último caso, el poder de representación de
la OLP y de Yasser Arafat. II. ¿No
aparecen acaso elementos suficientes para comenzar a pensar que el conflicto de
Medio Oriente y las relaciones aparentemente conflictivas de Estados Unidos con
el Islam corren más por los sórdidos caminos secretos de la pujas financieras
y económicas internacionales que por las pistas de los enfrentamientos
nacionales y sociales conforme se conocieron a lo largo de toda la modernidad? Si
se recuerda, en la década del '30 del siglo XX, en su afán por dominar lo que
consideraban entonces como principal reserva petrolera de América latina, las
empresas norteamericanas más representativas del sector, con la familia
Rockfeller a la cabeza, no dudaron en fogonear y financiar la llamada Guerra del
Chaco entre Paraguay y Bolivia. ¿Por qué hoy los intereses de cualquier
corporación multinacional no podrían contemplar aquello que desde la
modernidad suena a imposible, es decir por qué no podrían recurrir a un
atentado como el del 11 de septiembre último, sobre todo si lo que está en
juego es el dominio de buena parte de la economía del siglo XXI? Debe
de tenerse en cuenta, entre otras cosas, que entre los principales asesores de
las empresas norteamericanas que pujan contra sus colegas rusas y de la Unión
Europea por los gasoductos de Afganistán figuran George Bush padre y Henry
Kissinger. Este último es uno de los principales teóricos de la nueva doctrina
militar de los Estados Unidos, para la cual el enfrentamiento entre Occidente y
el Islam es la principal hipótesis de conflicto bélico para las primeras décadas
de este siglo. A
esta altura de los acontecimientos es lícito decir que los atentados de Nueva
York y Washington podrían formar parte de una guerra que parece no ser otra
cosa que un enfrentamiento intercorporativo financiero y económico global. Como
ilustración del párrafo anterior baste la cita de un artículo aparecido el 18
de septiembre último en el diario La Nación de Buenos Aires: (...) Las
autoridades financieras alemanas, japonesas y norteamericanas confirmaron ayer
que investigan una serie de extrañas operaciones bursátiles concretadas días
antes de los ataques que conmocionaron al mundo.(...) La voz de alarma fue dada
en Frankfurt, donde los operadores recordaron con sospecha la caída en hasta el
15 % del valor de las acciones de Munich-Re, la compañía aseguradora más
grande del mundo, la semana anterior a la tragedia. (...) Uno de los datos que más
intrigan a las autoridades es que la reaseguradora suiza Swiss Re y la francesa
Axa también hayan experimentado bruscas caídas en las jornadas previas a los
atentados. Esto es algo rarísimo, ya que su sector es lo que se considera un
"título defensivo", es decir que suele mantenerse firme cuando los
mercados entran en un período de baja. (...) De acuerdo con el diario Corriere
della Sera, el multimillonario Osama ben-Laden está acostumbrado a especular en
los mercados bursátiles e incluso trató hace unos años a un agente de
negocios de Milán para que concretara sus transacciones. Gracias a él es que
habría realizado inversiones en Luxemburgo, Zurich, Montecarlo y en Chipre.
(...) Informaciones
procedentes de Nueva York dos días después de los atentados sostenían que los
montos totales de seguros a pagar como consecuencia de los ataques a los Torres
Gemelas podrían llegar a los 30.000 millones de dólares, lo que significaría
un verdadero crash para el sector. Por consiguiente, cualquier inversor en
papeles del rubro seguros hubiese querido retirarse antes de los ataques del 11
de septiembre, y si las acciones de las aseguradoras y de las reaseguradoras más
grandes cayeron, como dice La Nación, en un 15 por ciento como promedio, ello sólo
pudo ser posible si alguna fuente calificada avisó con tiempo suficiente, para
poner a los inversores en conocimiento de que algo catastrófico estaba por
suceder. Y esas filtraciones de información solamente pueden tener lugar en los
escritorios más importantes del mercado bursátil internacional, es decir entre
las grandes agencias especializadas y entre los grandes bancos de inversión,
los mismos que manejan la suerte de las economías de los países
subdesarrollados, eufemísticamente llamados mercados emergentes. La
humanidad esta siendo testigo de un nuevo tipo de guerra, en la que los
verdaderos protagonistas son los principales agentes del capitalismo corporativo
financiero del siglo XXI, lo que equivale a decir que son los dueños del poder
mundial que trabajan en las penumbra de grandes discursos políticos e ideológicos. Mientras
las acciones de las aseguradoras bajaban "inexplicablemente", las de
las petroleras trepaban en la misma proporción, y siguen trepando a una semana
de los atentados. En ese mismo sentido cabe recordar que a los pocos minutos de
ser golpeadas la Torres Gemelas, el precio del barril de crudo llegaba a un
precio impensable veinticuatro horas antes: 30 dólares por unidad. A
la vez que recomendaban vender papeles del sector seguros, los mismos agentes
bursátiles y los bancos de inversión sugerían comprar acciones del sector
petrolero. Así, "todo el mundo" contento, los inversores, porque
ganaron millones en cuestión de días y los asesores (es decir, los agentes
bursátiles y la banca de inversión) porque vieron aumentar sus comisiones. Y
todo porque en las mesas del gran poder financiero global sabían lo que iba a
suceder; y si sabían lo que iba a suceder por qué no pensar que también
pueden ser capaces de hacer que ello suceda. El paso de la complicidad necesaria
a la autoría es muy breve, muy estrecho. Cuando
los informantes desde Wall Street anunciaron el lunes 17 que la bolsa de Nueva
York reabría con la peor caída de su historia, no estaban haciendo otra cosa
que mentir o por lo menos tergiversando lo hechos, pues cayeron todas las
acciones no pertenecientes a los sectores que integran la economía del complejo
industrial-militar de los Estados Unidos. En el resto de las grandes bolsas del
mundo sucedió algo parecido; repuntaron los papeles de las empresas directa o
indirectamente vinculadas al negocio de la guerra. Llegaríamos así a una
conclusión aterradora: los salvajes atentados del 11 de septiembre último
pudieron haber sido sólo simples aunque macabras operaciones de los mercados
financieros y bursátiles internacionales. Los
aviones de pasajeros como misiles estratégicos son las nuevas armas creadas a
la perfección para este nuevo tipo de guerra terrorista. Las conflagraciones
mundiales que se registraron en el siglo XX eran visibles, se trataban de
ocupaciones y defensas de territorios y de recursos tangibles; esta nueva
guerra, que más que generales necesita de expertos en finanzas, requiere
asimismo del sigilo y del disimulo del terrorismo como técnica militar, con
tropas no identificadas, escurridizas y mimetizables entre la población civil.
Por eso, en vez de misiles, en esta guerra se usan aviones de pasajeros en pleno
vuelo. Si
aceptamos lo dicho hasta aquí, aunque sea como hipótesis, resulta comprensible
la confusión que se produjo cuando el Congreso de los Estados Unidos, la Casa
Blanca y el Consejo de se Seguridad de la ONU aparecieron convalidando una
guerra que no tenía enemigo identificado.
Sucedió
que el stablishment mundial reaccionó con las herramientas del pasado inmediato
-en el que los contenciosos políticos y militares funcionaban a partir de
naciones estados- sin darse cuenta de que el "enemigo" estaba en casa,
que el enemigo es el mismo poder económico y financiero que lo sustenta, que le
paga y que, hasta ahora, lo necesitaba para vivir. Todo indica que el
corporativismo financiero global decidió hacerse cargo de la situación, sin la
intermediación de instituciones políticas del pasado.
La
consigna de estos tiempos de principios de siglo parece ser todo el poder a los
bancos, aunque al viejo stablishment le resultó más fácil no pensar y,
gracias a la CNN, crear nuevas brujas y nuevas Inquisiciones. Resulta más fácil
echarle la culpa al mundo islámico, al nuevo Satán, que pensar hacia dónde ha
derivado este orden internacional injusto; y todo porque si se animaran a pensar
en ello no verían otra alternativa que modificarlo, y eso no les conviene. Los
que braman contra el terrorismo son los que viven de los verdaderos terroristas. III. En
su libro El color del dinero (un ensayo periodístico sobre el lavado de
dinero y sus consecuencias), publicado por el Grupo Editorial Norma, en
Buenos Aires, en 1999, el autor de este artículo demuestra que los paraísos
fiscales y las complejas operaciones que se esconden detrás de la denominación
lavado de dinero, no son otra cosa que creaciones del modelo capitalista
mundial, concebidas durante los orígenes mismos del sistema y perfeccionadas a
lo largo del tiempo. En
ese libro queda demostrado también que sin la coexistencia de los dos tipos de
riquezas -la blanca o legal y la negra o ilegal- el desarrollo capitalista no
hubiera sido posible y que las grandes lavadoras de dinero se encuentran en el
corazón mismo del sistema financiero legal. Ahora
bien, siguiendo el razonamiento y las pruebas de carácter periodístico que
ofrece ese libro, se puede afirmar que este nuevo tipo de guerra terrorista -que
poco tiene que ver con la lucha armada de las organizaciones revolucionarias de
los años '60 y '70- servirá como la más perfecta lavadora de dinero negro de
toda la historia. Al menos eso es lo que parecen demostrar los atentados del 11
de septiembre pasado. Es
altamente probable que la economía norteamericana, y por consiguiente la economía
global capitalista, vivan un breve período signado por la recesión y tal vez
por la falta de liquidez inmediata en los circuitos financieros. En primer
lugar, la Reserva Federal y el conjunto de bancos centrales del G-7 se verá
obligado a liberar los 40.000 millones de dólares que el Congreso
norteamericano puso a disposición de la Casa Blanca, y los 120.000 millones con
que se comprometió el G-7. Hay
que tener en cuenta también que a los costos y a las pérdidas inmediatas
ocasionadas por los atentados habrá que sumar el valor global de la parálisis
temporal y de la desacelaración que sufrirán algunos sectores de la economía,
por no recordar otra vez el crash financiero del área seguros. Las fábricas de
aviones civiles norteamericanas ya anunciaron despidos; las empresas aéreas
reconocieron caídas promedio del 50 % en sus ventas, lo que las llevó a
pedirles al gobierno federal una ayuda estimada en los 24.000 millones de dólares,
e importantes sectores de los servicios, como hotelería y gastronomía, han
anunciado disminuciones en los puestos de trabajo. Todas estas cuentas en rojo
se recuperarán a corto plazo con el auge de otros sectores, como el petrolero,
el de las telecomunicaciones y el del complejo bélico industrial de Occidente. Sin
embargo, a corto plazo, la banca mundial no cuenta con esas sumas en efectivo en
sus circuitos legales; en ese sentido hay que tener presente que, según los
servicios de inteligencia de la Secretaría del Tesoro de los Estados Unidos, sólo
el 8 por ciento de la masa dineraria que circula por el mundo es contante y
sonante; el resto son asientos electrónicos y en microchips. Los bancos -y sus
clientes, por supuesto, entre ellos los tenedores de dineros provenientes de
todo tipo de ilícitos, como la evasión fiscal, el contrabando y el narcotráfico-
tiene la oportunidad de su historia para movilizar los fondos que necesitan
desde sus sucursales off shore de los paraísos fiscales hacia sus casas
centrales, concretando así la operación de lavado más gigantesca de todos los
tiempos, pues la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro de los Estados
Unidos están obligados a hacer la vista gorda. Aunque
la CNN y toda las usinas comunicacionales y de inteligencia del stablishment
digan otra cosa, el mundo se encuentra ante un fenómeno de nuevo tipo: para
asegurar y multiplicar el funcionamiento del capitalismo global, las
corporaciones financieras no han tenido otro remedio que recurrir a la guerra,
por supuesto a una nueva forma de guerra, que es la del terrorismo que convierte
en posible lo que parecía imposible. Los
principales responsables e instigadores de los ataques terroristas del 11 de
septiembre pasado serían entonces los mismos que controlan las deudas externas
de los países en desarrollo, serían los mismos que día a día difunden los índices
de riesgo país (un argumento de manipulación política de neto corte
terrorista), serían los mismos que, en América latina por lo menos, han
instalado a sus empleados de categoría (casi todos economistas formados en los
Estados Unidos) en los ministerios de economía, desde donde pretenden
reemplazar el concepto de ciudadanía por el de mercado. Hasta
los episodios más trágicos siempre dejan una enseñanza. Que las muertes del
11 de septiembre pasado sirvan entonces para reflexionar sobre lo siguiente: los
tan nombrados mercados -es decir, el capitalismo corporativo del siglo XXI, esa
nueva forma de fascismo- son capaces de hacer cualquier cosa, incluso volar las
Torres Gemelas y parte del Pentágono, pues lo único que les importa es la
consolidación y el incremento de la renta financiera global. IV. Más
allá de lo dicho hasta ahora, los hechos del 11 de septiembre pasado provocaron
dos fenómenos de análisis teórico absolutamente novedosos. El
primero tiene que ver con los Estados Unidos en sí mismo y se refiere al
quiebre definitivo del sentimiento de invulnerabilidad que reinaba en la
sociedad norteamericana; y el segundo es de carácter global y de imprevisibles
consecuencias: estalló por los aires uno de los conceptos políticos y
militares más importantes de la modernidad, el que clasificaba a algunos hechos
como posibles y a otros como imposibles. Si
la sociedad norteamericana se sabe ahora vulnerable quizá se ponga a pensar más
seriamente -y sería lo deseable- en torno de su papel en el mundo durante todo
el siglo XX y lo poco que va del XXI. En ese sentido, los norteamericanos están
encerrados en una alternativa de hierro: oyen al pensador Noam Chomsky cuando
dice que es hora de que Washington revea su política exterior y al ex
presidente Bill Clinton cuando afirma que Estados Unidos es un "acumulador
de odios", o se dejan llevar por el actual jefe de Estado, George W. Bush
cuando vocifera que se trata de una guerra entre el bien y el mal y que él
encarna, por supuesto, el liderazgo del bien. Si
los norteamericanos optan por la primera posibilidad quizá se dé un paso
adelante en el camino que necesita recorrer el mundo para construir un orden
internacional más justo. En cambio, si optan por la segunda, no estarán
haciendo otra cosa que darle una vuelta de tuerca al pensamiento talibán,
porque en realidad no se ve mucha diferencia metodológica entre los dichos de
Bush y las proclamas que surgen de una lectura extremista y por cierto
tergiversada de la guerra santa del Islam. Respecto
de la desarticulación de los conceptos de lo posible y lo imposible, quizá sea
útil recordar que lo sucedido el 11 de septiembre último no estuvo presente ni
en la mente más calenturienta del antiyanquismo tradicional, pues, y ateniéndonos
a las primeras informaciones que dieron los servicios de inteligencia y de
seguridad norteamericanos, el presidente de la primera potencia del orbe y
comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas de la historia fue
puesto en fuga por un grupo de sujetos armados con cuchillos y cortaplumas. Desde
el punto de vista militar, quedó demostrado que hubo quienes fueron capaces de
desarrollar la técnica kamikaze hasta límites hasta ahora insospechados, pues
la carencia de misiles estratégicos fue suplida por la utilización de aviones
de pasajeros en vuelos de cabotaje dentro del territorio elegido como objetivo
del ataque. Impensable, imposible, pero real. Ese
estallido conceptual debería alarmar no sólo al poder norteamericano sino
también a todos los poderes que se construyen y sustentan a partir de la
exclusión de países en el concierto internacional y de grupos sociales
mayoritarios en los respectivos órdenes domésticos. Y ese sentido de alarma
debería ser racional y razonable, a favor de una revisión del orden
internacional y social injusto y no sólo para ver cómo se refuerza la
seguridad del orden establecido; de lo contrario, la espiral de violencia
terrorista irá en aumento. Y es Estados Unidos el que primero debe apelar a la
razón y la razonabilidad, porque es Estados Unidos, según palabras de su
anterior presidente, la más grande máquina acumuladora de odios. Ese
estallido conceptual debe ser considerado con seriedad en los países en
desarrollo. ¿Qué sucedería en el mundo, por ejemplo, si esas naciones
endeudadas y ancladas en el imposibilismo fatalista que se cacarea desde los
centros del poder financiero mundial se diesen cuenta de que hay otras formar
posibles de desarrollo, independiente y que desconozca una deuda externa global
que sólo fue buen negocio para la banca acreedora? ¿Por qué no? Si lo que
parecía imposible resulta que sí lo es. Por
supuesto que el mundo acaba de sufrir una escalada de amoralidad -no hay causa
que justifique ni siquiera una muerte-, pero esa amoralidad hace mucho que marca
a fuego al quehacer de la política internacional, al ejercicio del poder político,
económico y militar. La ONU informó que el bloqueo impuesto a Irak hace diez años
provocó la muerte de medio millón de niños de ese país, y, como todos saben,
la cuenta de inmoralidades cometidas por Estados Unidos contra los pueblos de
Africa, de Asia y de América latina, siempre en ejercicio de ideales democráticos
y en defensa de la libertad de mercados, sería sencillamente interminable. Lo
dicho hasta aquí no debe ser entendido como justificación de los atentados del
11 de septiembre pasado, pero sí como alerta ante las tantas declamaciones de
indignación moral, que, hechas en nombre de una ética parcial, han inundado
los medios de comunicación para evitar la reflexión. Los atentados contra
Nueva York y Washington deber ser considerados como lo que fueron, como ataques
a los símbolos del poder financiero y militar del imperio. V. Pocas
horas después del atentando y ante la sorpresa de cualquier ser inteligente, el
presidente Bush dijo que las fuerzas armadas y de seguridad garantizaban la vida
de los norteamericanos. Acababan de atacar el Pentágono y la Torres Gemelas en
un acto terrorista que arrojó varios miles de víctimas mortales. El complejo
de inteligencia, seguridad y defensa más caro y extenso del orbe no pudo prever
ni evitar lo ocurrido el 11 de septiembre, pero sí estuvo en condiciones, en
menos de 24 horas, de determinar un sospechoso principal -el saudita Osama
ben-Laden- y de decir, como lo hizo el FBI, que contaba ya con incontables
pistas para la investigación. Desde
el principio se trató de afirmaciones poco creíbles y si algo faltaba para
concluir que Washington comenzaba a tomarle el pelo al planeta a través de la
CNN, ello apareció cuando las policías de Alemania y de la Unión Europea
informaron que sus investigaciones en torno de la llamada pista alemana estaban
cada vez más lejos de Osama ben- Laden. La
CNN es una cadena privada que comparte satélites con el Pentágono y que a
mediados de la década del '90 coordinó horarios con las fuerzas
norteamericanas de invasión a Somalia para que los marines tocasen tierra
africana a la hora del principal telediario de la jornada. La CNN tuvo la casi
exclusividad de la Guerra de Golfo porque compartió sus canales de transmisión
con el alto mando de las tropas aliadas. Para desacreditar a los palestinos en
el conflicto de Medio Oriente, y, sometiéndose a una operación de la Mosad,
habría fraguado las imágenes televisivas que mostraban a un grupo de
palestinos festejando en las calles los atentados contra Nueva York y
Washington. El
gobierno norteamericano califica a Ben-Laden de "principal
sospechoso", no ofrece pruebas, pero moviliza a la ONU y a la OTAN con la
intención -lograda, por cierto- de obtener un paraguas político para el
lanzamiento de su maquinaria militar contra individuos y estados que no
identifica. También logra que el Congreso le otorgue las mismas facultades que
la Casa Blanca obtuvo cuando se involucró directamente en la Segunda Guerra
Mundial, pero esta vez sin enemigos determinados. Para
combatir a un grupo de fanáticos asesinos, el presidente Bush dice que se trata
de una lucha entre el bien y el mal; que todo aquel que no esté con Estados
Unidos está contra los Estados Unidos y que, por consiguiente, será pasible de
persecución y castigo. Pocos días después afirma que la respuesta será
devastadora para que el mundo comprenda que Estados Unidos sigue siendo la
primera potencia del planeta. Los
diarios The New York Times y The Washington Post publican columnas
de análisis en las que no se descartan que los Estados Unidos deban recurrir a
métodos de terrorismo de estado, como los son conspiraciones en terceros países
y asesinatos de lideres políticos. A la vez que la CIA informa que volverá a
reclutar delincuentes para que se encarguen de "tareas especiales",
encuestas publicadas en los principales diarios del país demuestran que la
campaña propagandística de Washington logró su cometido: cerca del 70 por
ciento de los norteamericanos estaría de acuerdo con el asesinato político en
defensa de su seguridad. En
ese sentido debería recordarse que Washington tiene mucha experiencia en ese
tipo de prácticas: el derrocamiento de Salvador Allende en Chile, la creación
de los Contras nicaragüenses, las invasiones a Panamá, a Granada y a Santo
Domingo, el golpe contra Jacobo Arbenz en Guatemala, la frustrada invasión a
Cuba en Playa Girón, las decenas de atentados que planificó contra Fidel
Castro y los incontables sabotajes contra intereses cubanos, cometidos dentro y
fuera del territorio de ese país. Y acaban de ser citados sólo algunos de los
ejemplos que tuvieron escenarios latinoamericanos. Es
muy probable, por no decir casi seguro, que Estados Unidos termine lanzando sus
armas contra Afganistán o contra algún otro país calificado de enemigo o de
sospechoso, pero a la hora del cierre de este artículo -el jueves 20 de
septiembre-, a una semana de los atentados, Washington comienza a tener síntomas
de aislamiento: la solidaridad manifestada por la casi totalidad de los países
del mundo difícilmente pueda traducirse en apoyo incondicional si la salida
adoptada por los norteamericanos es la anunciada hasta este momento. En
declaraciones reservadas -y no tan reservadas también, como fue la del
presidente francés, Jacques Chirac- sus principales socios de la OTAN guardan
al menos preocupación por el tono que eligió darle la administración Bush al
conflicto.
Fue
Chirac el encargado de decirle a Bush, en su cara y en Washington, que Francia
es un país soberano y como tal analizará cuáles son los mejores métodos para
enfrentar al terrorismo. Y fue Tony Blair, primer ministro del principal aliado
estratégico de los Estados Unidos, quien le recomendó al actual ocupante de la
Casa Blanca que hace falta mesura y prudencia. Bush
ya le había puesto nombre al ataque que se aprestaría a lanzar contra Afganistán;
lo bautizó con un nombre fundamentalista: Justicia Infinita, aunque bien pudo
haberse llamado Guerra Santa. ¿Triunfará acaso la versión western del mundo,
muy al gusto de los Estados Unidos? Mientras tanto, la verdadera guerra
terrorista, la que libran las distintas facciones del corporativismo financiero
global, ya está en marcha y sus primeras grandes batallas fueron libradas en
Nueva York y en Washington. ______________________ |
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