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Irak
Esperando
a los bárbaros José
Steinsleger La
comunidad internacional (nuevo gentilicio de Estados Unidos) habla de guerra
contra Irak. ¿Cuál guerra? Tras la que sostuvo y perdió con Irán (1980-88,
aproximadamente 500 mil muertos iraquíes) y la del Golfo (1991, 100 mil ataques
aéreos que en 42 días arrojaron 940 mil proyectiles con uranio empobrecido
y causaron entre 150 y 200 mil muertos, en su mayoría civiles) a la fecha (10
mil ataques más de "rutina") el pueblo iraquí fue arrojado a las
tinieblas de las auténticas "mil y una noches". En
el decenio pasado, un millón de iraquíes fallecieron por hambre o falta de
medicamentos; 570 mil eran niños (ONU, 1997; UNICEF, 1999). Vastas zonas del
sur de Irak fueron sembradas con 300 toneladas métricas de desechos
radioactivos. ¿Qué dijo la ONU acerca de las 250 mil personas (incluyendo
miles de veteranos estadounidenses y británicos) afectadas por el uranio empobrecido
y el aumento de los nacidos con cáncer y malformaciones? Nada.
La ONU nada dijo porque su comité de sanciones (es decir, la "comunidad
internacional") no permite la importación de remedios oncológicos que
contienen "...restos de sustancias radioisotópicas", o sea, que son
"material nuclear". A
mediados del siglo XIII, ante la mirada complaciente de los turcos selyúcidas y
el reino cristiano de Jerusalén, los mongoles de Timur Lang, El Cojo,
también conocido como el sanguinario Tamerlán, invadieron Mesopotamia y
pintaron el río Tigris de rojo con la sangre de 800 mil habitantes de Bagdad. A
modo de escudos humanos, los sobrevivientes enviaron a Timur un millar de
niños para enternecerle. El Tamerlán los aplastó con las patas de sus
caballos y luego emparedó a 2 mil prisioneros vivos que sirvieron de material
de construcción de unas torres que edificó en los lindes de la ciudad. Ante
las murallas de Bagdad, los mongoles erigieron 120 pirámides de cráneos que se
pudrieron al sol, formando un círculo de huesos. El Tamerlán jugaba en las
ligas mayores de la historia. Así, el encierro del sultán turco Bayaceto I, El
Rayo, en una jaula donde el bárbaro lo dejó morir de hambre y sed (1402)
fue tomado de ejemplo por el ejército de Estados Unidos en la base militar de
Guantánamo, donde bajo el sol caribeño mantiene en jaulas de metal a 650
supuestos terroristas que fueron capturados en Afganistán. El
mítico Lawrence de Arabia (inventor junto a Winston Churchill del "reino
de Irak", 1920) escribió un informe al Foreign Office diciendo que debía
verse a Irak "como estabilizador potencial del Islam frente al oscurantismo
religioso de Arabia Saudita" (1935). ¿Entonces por qué los catecúmenos
de la "libertad" anhelan destruir a un país que en comparación con
la monarquía saudí sería ultra-progresista? Revisemos
la nómina de los países que integran la Liga Árabe. De 23 naciones, Irak y
Palestina son las únicas que luchan frontalmente contra el imperialismo. Y es
que en asuntos de guerra no hay "buenos" o "malos", sino
causas justas o injustas. Irak representa una causa patrióticamente justa y
Estados Unidos apoya militarmente al modernísimo Israel y al régimen feudal
saudí, que fomenta el odio en las mezquitas de todo el Islam y financia el
terrorismo de la secta wahabita, a la que pertenecen ex soldados de la CIA como
Bin Laden, que en Sadam Husein ven la encarnación del ateísmo y el mal.
Con
la asesoría "técnica" de la CIA y el Mossad israelí, los wahabitas
devastaron Argelia y Afganistán. Son enemigos de cualquier giro de los árabes
hacia la modernidad y totalmente funcionales a los intereses petroleros de la
ultraderecha cristiana que en 2001 tomó el poder en Washington, luego del
fraude electoral en Florida. No.
No es la "guerra" ni cuán malo es Sadam lo que se discute. En
realidad, salvo el cuento de las "armas de destrucción masiva", que
"aún" no aparecen, nada se discute. Porque en la jerga diplomática
"aún" quiere decir que existen. Y si no, da igual. Los bárbaros
aprietan el paso y lo que viene no es la guerra, sino el asalto final al país
que diseñó su bandera con los colores de las naciones que desempeñaron un
papel en su lucha de liberación. Durante
300 años (siglos viii-xi), Bagdad irradió el refinamiento de la cultura arábigo-pérsica,
que alcanzó su máximo esplendor con la dinastía abasí (califas descendientes
de Abas, tío de Mahoma). De Bagdad partieron las caravanas de camellos que
transportaron los clásicos del pensamiento grecolatino (salvados de la
biblioteca de Alejandría) y los médicos que en España lucharon siglos a brazo
partido para que los cristianos abandonasen el horror al agua y el baño, educándolos
en normas elementales de higiene. Recorriendo
las calles de Bagdad a mediados de 1940, el francés Jacques Soubrier, autor de
un libro de viajes que se llama Monjes y bandidos (Espasa Calpe, col.
Austral, Madrid 1949), preguntó al guía con desdén: "¿Por
qué hace tanto calor en esta condenada ciudad?" El guía respondió: "Para que maduren los dátiles".
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