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Falluja sin partisanos

Xavier Bru de Sala

Mundoarabe.org, 27/11/2004
Falluja sin Falluja, podría haber titulado también, porque para limpiar una ciudad de trescientos mil habitantes de sus menos de dos mil combatientes ha habido que acabar con ella. No hay hospitales, mezquitas, ni edificios públicos, suministros y servicios básicos de agua o luz. La operación que ha convertido Falluja en un montón de ruinas es de algún modo el equivalente del napalm en Vietnam, pero con una importante diferencia orográfica, la que va de la selva y el arrozal al desierto, del país escondite al país al descubierto. Por lo que en un principio bastaría, si tanto horror es soportable para el mundo, con desertizar las cuatro o cinco ciudades y los escasos barrios resistentes para controlar Irak. Sabido es que el guerrillero encuentra su refugio en la naturaleza menos penetrable y entre la población que le protege, por lo que los únicos lugares donde no puede subsistir son en el mar y su equivalente en tierra, el desierto como lugar carente de refugio.

Pero no se puede desertizar un país con casi veinte millones de habitantes, con grandes ríos que propiciaron el florecer de las primeras civilizaciones urbanas, matando sólo a unos pocos miles de sus ciudadanos. La escalada militar norteamericana, con los altos niveles de destrucción que conlleva, corre el doble riesgo de encender mucho más los ánimos de los árabes, así como de levantar nuevas oleadas de protestas, no sólo en Europa sino también en Estados Unidos. No parece soportable que para ocupar un país haya que destruirlo y diezmarlo. Si el nivel de represalia a la resistencia interior sobrepasa los límites de la escaramuza, el atentado, si el objetivo de acabar con las zonas fuera de control sólo se consigue convirtiéndolas en no zonas, el resultado puede ser aún peor para las fuerzas ocupantes. No pocos Irakuíes en principio dispuestos a ver a los norteamericanos como soportables, y hasta beneficiosos para sus intereses, les ven ahora como una amenaza total. Para ellos, perder esa guerra equivale cada vez más al fin de su propio país, de sus costumbres, creencias, modos de vida y hasta posibilidades de supervivencia.

Carl Schmitt es autor de una muy sólida teoría según la cual, en la guerra moderna, el partisano siempre tiene las de ganar (Teoria del partisà, L´Esfera dels Llibres). El factor telúrico -liberación de la propia tierra- sumado al ideológico -necesidad de destrucción total del enemigo como requisito indispensable- es crucial en la resolución de los conflictos armados del siglo XX. Hasta el momento, quienes los han tenido a su favor no han perdido, a pesar de ser a menudo los más débiles, los peor armados, etcétera. La primera guerra en la que el combatiente irregular sustituyó al ejército regular vencido fue la de España contra Napoleón. Como en ella, en todas las siguientes el factor partisano ha estado en primer o en segundo plano, pero también ha sido crucial la ayuda y la coyuntura internacional (Inglaterra con España en las guerras napoleónicas). Lo que para el invasor, o la potencia colonial, es una guerra en cierto modo de salón, donde no se juega demasiado, para el ocupado la alternativa está entre el todo y la nada. Aunque sea en mayor o menor parte una cuestión de convencimiento, opera en no pocas ocasiones como factor decisivo. Según Schmitt, en todas, y de modo creciente. En las guerras revolucionarias y en las de liberación gana quien posee la capacidad efectiva de tipificar al adversario como enemigo total, contra el que vale todo y al que es imprescindible destruir. Quien tiene enfrente un enemigo revolucionario y de liberación al mismo tiempo, como en China, pierde siempre, concluye la teoría de Schmitt, que no olvida las transferencias tecnológicas y hasta predice, cuarenta años atrás, la posibilidad de partisanos con armamento nuclear.

Es el momento de leer a Schmitt.

No tanto para discutirle si en Rusia y en China la estrategia de la retirada permanente no fue mucho más decisiva de lo que corresponde a su teoría, como para comprobar hasta qué punto el convencimiento absoluto del lado del combatiente irregular, combinado con la voluntad sólo relativa del mejor armado, es un factor compensatorio de las diferencias organizativas y tecnológicas del segundo. En otras palabras, y sintiendo entrar en el terreno de la espantosa frialdad del lenguaje de los teóricos de la guerra, está por ver si la teoría de Schmitt funcionará también en Irak, si el siglo XXI ha dejado atrás la época del partisanismo como elemento crucial para vencer una guerra.

No se trata de apostar, sino de confirmar y reafirmar, por un lado, que la invasión de Irak no debió de producirse (a menos que estuviera seguida de una anunciada retirada inmediata), y de averiguar por otro quién posee el mayor grado de convencimiento a la hora de fijar el mal absoluto en el enemigo y la necesidad de su destrucción (para los árabes, salida americana de Irak) como imprescindible para la propia supervivencia. Ganará quien crea que se juega más.

Fuente: La Vanguardia.

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