Las
características
de la ropa, las
tradiciones de
la indumentaria
y del arreglo,
constituyen las
formas de
originalidad más
evidente, es
decir, las más
inmediatamente
perceptibles de
una sociedad.
Los diversos
tipos de
sociedad se
conocen, en
primer lugar, a
través del
vestido, por los
reportajes y los
documentos
fotográficos y
por las
películas
cinematográficas.
La pertenencia a
una área
cultural
determinada se
manifiesta,
frecuentemente,
por las
tradiciones
indumentarias de
sus miembros.
Por ejemplo, los
turistas se
fijan de
inmediato, en el
velo con que se
cubren las
mujeres del
mundo islámico.
Durante mucho
tiempo se puede
ignorar que un
musulmán no
consume carne de
cerdo ni bebidas
alcohólicas,
pero el velo de
la mujer se
muestra con tal
insistencia que,
en general, es
suficiente para
caracterizar a
la sociedad
musulmana.
En el Occidente
musulmán, el
velo forma parte
de las
tradiciones del
vestuario de las
sociedades
nacionales
tunecinas,
argelina,
marroquí y libia.
Para el turista,
el velo
caracteriza a la
vez a la
sociedad
argelina y a su
componente
femenino. Por el
contrario, en el
hombre argelino
podemos
encontrar
modificaciones
regionales
menores: fez en
los centros
urbanos,
turbantes y
chilabas en el
campo. El
vestido
masculino admite
cierto margen de
variación, un
mínimo de
heterogeneidad.
La mujer, vista
a través de su
velo blanco,
unifica la
percepción que
se tiene de la
sociedad
femenino en
Argelia.
Es evidente que
nos encontramos
ante un uniforme
que no tolera
ninguna
modificación,
ninguna
variante. Hay un
fenómeno que
vale la pena
recordar.
Durante la lucha
del pueblo
marroquí contra
los
colonialistas
españoles y
franceses y,
principalmente,
en las ciudades,
el velo negro se
impuso sobre el
blanco. Al nivel
de los sistemas
de
significación,
es importante
subrayar que el
negro nunca ha
expresado duelo
o aflicción
entre la
sociedad
musulmana
marroquí.
Significo una
aptitud de
lucha: la
adopción del
negro respondía
al deseo de
presionar
simbólicamente
al ocupante, por
lo tanto de
escoger sus
propios
símbolos.
El velo o haik
(versión magrebí
del hiÿab o
chador) define
con precisión a
la sociedad
argelina.
Podemos quedar
indecisos y
perplejos ante
una niña, pero
la incertidumbre
desaparece en el
momento de la
pubertad. Con el
velo las cosas
se precisan y
ordenan. La
mujer argelina
es, a los ojos
del observador
europeo, “la que
se esconde
detrás del
velo”.
Veremos que ese
velo, uno de los
elementos de la
tradición global
del atuendo
tradicional de
los musulmanes,
se convirtió en
motivo de una
batalla
grandiosa en
ocasión de la
cual las fuerzas
de ocupación
movilizaron sus
recursos más
poderosos y
diversos, y el
colonizado
desplegó una
sorprendente
fuerza de
inercia. La
sociedad
colonial, tomada
en su conjunto,
con sus valores,
sus líneas de
fuerza y su
filosofía,
reacciona de
manera bastante
homogénea frente
al velo. Antes
de 1954, y más
exactamente
después de los
años 1930-1935,
se libró el
combate
decisivo. Los
responsables de
la
administración
francesa en
Argelia,
empeñados en la
destrucción de
la originalidad
del pueblo,
encargados por
el poder de
intentar a
cualquier precio
la
desintegración
de las formas de
existencia
susceptibles de
evocar una
realidad
nacional,
aplicaron el
máximo de sus
esfuerzos para
destruir la
costumbre del
velo,
interpretada
para el caso
como símbolo del
status de la
mujer argelina.
Esa posición no
fue consecuencia
de una intuición
fortuita. Con
apoyo en los
análisis de los
sociólogos y
etnólogos, los
especialistas en
los llamados
asuntos
indígenas y los
responsables de
las secciones
árabes,
coordinaron su
trabajo. En un
primer nivel, se
manipulo simple
y llanamente la
famosa fórmula:
“conquistemos a
las mujeres y el
resto se nos
dará por
añadidura”. Esta
racionalización
se contenta
simplemente con
revestirse de
una apariencia
científica al
utilizar los
“descubrimientos”
de los
sociólogos.
Entre las “cosas
incomprensibles”
del mundo
colonial, se
mencionaba
frecuentemente
el caso de la
mujer argelina.
Los estudios de
sociólogos,
islamólogos y
juristas,
abundan en
consideraciones
sobre la mujer
argelina.
Descrita a veces
como esclava del
hombre, o como
soberana
incontestada del
hogar, el status
de la mujer
argelina ha
intrigado a los
teóricos. Otros,
igualmente
autorizados,
afirman que la
mujer argelina
“sueña con
liberarse”, pero
que un
patriarcado
retrógrado y
sanguinario se
opone a ese
deseo legítimo.
La lectura de
los últimos
debates de la
Asamblea
Nacional
Francesa indica
la importancia
que se atribuye
al conocimiento
articulado del
“problema”. La
mayoría de
quienes
intervinieron en
la discusión
evocó el drama
de la argelina y
reclamaron su
solución.
Agregaron que
este era el
único medio de
desarmar la
rebelión. Es un
hecho constante
que los
intelectuales
colonialistas
transforman el
sistema colonial
en un “caso
sociológico”.
Este país, se
afirma, exigía,
solicitaba la
conquista. Así,
para invocar un
ejemplo célebre,
se ha descrito
un pretendido
complejo de
dependencia de
Madagascar.
Se dice que la
mujer argelina
es “inaccesible,
ambivalente, con
ingredientes
masoquistas”, y
se aportan
hechos concretos
para demostrar
estas
características.
La verdad es que
el estudio de un
pueblo ocupado,
sometido
militarmente a
una dominación
implacable,
exige garantías
que sólo
difícilmente se
reúnen. No sólo
se ha ocupado el
suelo, los
puertos y los
aeródromos. El
colonialismo
francés se ha
instalado en el
centro mismo del
individuo
argelino y ha
emprendido un
trabajo
sostenido de
“pulimento”, de
divorcio de sí
mismo, de
mutilación
racionalmente
perseguida.
No existe la
ocupación de la
tierra junto a
la independencia
de las personas,
Es la totalidad
del país, su
historia, su
pulso cotidiano
los que han sido
negados,
desfigurados,
con la esperanza
de una
definitiva
anulación. En
estas
condiciones, la
respiración del
individuo es una
respiración que
se espía,
ocupada. Es una
respiración de
combate. A
partir de este
momento, los
valores reales
de los ocupados
pasan muy pronto
a existir
clandestinamente.
Frente al
ocupante, el
ocupado aprende
a esconder, a
ser astuto. Al
escándalo de la
ocupación
militar, opone
el escando del
aislamiento. Es
mentira todo
encuentro del
ocupado con el
ocupante.
Por debajo de la
organización
patriarcal de la
sociedad
argelina, los
especialistas
describen la
estructura de un
matriarcado. La
sociedad
musulmana ha
sido presentada
frecuentemente
por los
occidentales
como una
sociedad de la
exterioridad,
del formalismo,
del personaje.
La mujer
musulmana,
intermediarias
entre las
fuerzas oscuras
y el grupo,
parece entonces
cobrar una
importancia
primordial.
Detrás del
patriarcado
visible y
manifiesto, se
afirma la
existencia, más
radical, de un
matriarcado de
base. El papel
de la mujer, el
de la abuela, el
de la tía, el de
la “anciana”, es
inventariado y
precisado.
En aquel
momento, la
administración
colonial pudo
definir una
doctrina
precisa: “si
deseamos atacar
a la sociedad
argelina en su
contexto más
profundo, en su
capacidad de
resistencia,
debemos en
primer termino
conquistar a las
mujeres; es
preciso que
vayamos a
buscarlas detrás
del velos en que
se esconden, en
las casas donde
las oculta el
hombre”. La
situación de la
mujer es lo que
desde aquel
momento se
convierte en un
objetivo de la
acción. La
administración
dominante se
propone defender
solamente a la
mujer humillada,
eliminada,
enclaustrada...
Se describen las
posibilidades
inmensas de la
mujer,
desgraciadamente
transformadas
por el hombre
argelino en un
objeto inerte,
devaluado y
hasta
deshumanizado.
El
comportamiento
del argelino es
denunciado
enérgicamente y
comparados con
las costumbres
medievales y
bárbaras. Con
una ciencia
infinita, se
lleva a cabo la
requisitoria
tipo contra el
argelino sádico
y vampiro en su
actitud hacia
las mujeres. El
ocupante acumula
sobre la vida
familiar del
argelino un
conjunto de
juicios,
apreciaciones y
consideraciones;
multiplica las
anécdotas y los
ejemplos
edificantes,
intentando así
encerrar al
argelino en
círculo de
culpabilidad.
Las asociaciones
de ayudas y
solidaridad con
las mujeres
argelinas se
multiplican. Las
lamentaciones se
organizan.
“Queremos
avergonzar al
argelino por la
suerte que le
impone a la
mujer”. Es el
periodo de
efervescencia y
puesta en
práctica de una
técnica de
infiltración que
arroja jaurías
de trabajadores
sociales e
impulsoras de
obras de
beneficencia a
los barrios
musulmanes.
Primero se
intenta el
abordaje de las
mujeres
indigentes y
hambrientas. A
cada kilo de
sémola
distribuida, se
añade una dosis
de indignación
contra el velo y
el encierro. A
la indignación
siguen los
consejos
prácticos. Se
invita a la
mujer argelina a
jugar “un papel
fundamental,
capital” en la
transformación
de su destino.
Se las incita a
rechazar una
sujeción
religiosa y se
describe el
papel inmenso
que están
llamadas ha
desempeñar. La
administración
colonial
invierte sumas
importantes en
ese combate.
Después de
afirmar que la
mujer represente
el pivote de la
sociedad
argelina, se
despliegan todos
los esfuerzos
para
controlarla. Se
asegura que el
argelino
permanecerá
inmóvil, que
resistirá a la
empresa de
destrucción
cultural llevada
a cabo por el
ocupante, que se
opondrá a la
asimilación en
tanto la mujer
no modifique su
conducta. En el
programa
colonialista, la
mujer esta
encargada de la
misión histórica
de desviar y
empujar al
hombre argelino.
Convertir a la
mujer, ganarla
para los valores
extranjeros,
arrancarla de su
situación es a
la vez
conquistar un
poder real sobre
el hombre y
utilizar medios
prácticos y
eficaces para
destruir la
cultura
argelina.
Todavía hoy, en
1959, el sueño
de la
domesticación
total de la
sociedad
argelina, con
ayuda de las
“mujeres sin
velos y
cómplices del
ocupante”, no ha
dejado de
preocupar a los
responsables
políticos de la
colonización.
Los argelinos,
por su parte,
son blanco de
las críticas de
sus camaradas
europeos, o más
oficialmente de
sus patrones. No
hay un solo
trabajador
europeo que, en
las relaciones
interpersonales
del lugar del
trabajo, del
taller o la
oficina, no le
haya formulado
al argelino las
cuestiones
rituales: “¿tu
mujer usa el
velo? ¿Por qué
no te decides a
vivir a la
europea?...”
Los empresarios
europeos no se
contentan con la
actitud
interrogativa o
la infiltración
circunstancial.
Sino que emplean
“maniobras de
apache” para
acorralar al
argelino,
exigiéndole
decisiones
penosas. Con
motivo de una
fiesta europea
de Navidad o Año
Nuevo, o
simplemente una
reunión interior
de la empresa,
el patrón invita
al empleado
argelino y a su
mujer. La
invitación no es
colectiva. Cada
argelino es
llamado a la
oficina del
director y se le
invita
personalmente a
venir con “su
pequeña
familia”. La
empresa es una
gran familia,
entonces será
mal vista que
algunos vengan
sin sus esposas,
¿usted comprende
no es cierto?. A
veces el
argelino pasa
por momentos
difíciles frente
a esta presión.
Acudir con su
mujer significa
que esta
derrotado,
significa
“prostituir a su
mujer”,
exhibirla,
abandonar una
modalidad de
resistencia. Por
otro lado, ir
solo significa
negarse a
satisfacer los
deseos del
patrón y
exponerse a
quedarse sin
empleo. Aquí
estudiamos un
caso elegido al
azar, el
desarrollo de
las emboscadas
que el europeo
le tiende al
argelino para
acorralarlo y
obligarlo a
personalizar, a
declarar: “mi
mujer es algo a
parte y no
vendrá”, o a
traicionar:
“puesto que
desea verla aquí
estará”; el
carácter sádico
y perverso de
estas ligas y
relaciones,
mostraría
indirectamente,
al nivel
psicológico, la
tragedia de la
situación
colonial, el
enfrentamiento
de los dos
sistemas, la
epopeya de la
sociedad
colonizada con
sus formas
específicas de
existencia,
frente a la
hidra
colonialista.
Esta agresividad
es mucho más
intensa respecto
al intelectual
argelino. El
fallah (el
campesino
argelino),
“esclavo pasivo
de un grupo
rígido”, merece
cierta
indulgencia de
juicio por parte
del
conquistador.
Por el
contrario, el
abogado y el
médico son
denunciados con
un vigor
excepcional.
Estos
intelectuales,
que mantienen a
sus mujeres en
un “estado de
semiesclavitud”,
se ven
literalmente
fulminados por
la opinión
pública. La
sociedad
colonial se
levanta
enérgicamente
contra este
aislamiento de
la mujer
argelino. Hay
inquietud y
preocupación por
esas
desgraciadas y
condenadas “a
hacer niños”,
enclaustradas y
prohibidas.
Los
racionamientos
racistas se
aplican con
particular
facilidad al
intelectual
argelino. Se
dirá: “por
médico que sea
sigue siendo
árabe”...
“volvedle a su
naturaleza y de
nuevo galopará
por el
desierto”... Los
ejemplos de este
racismo pueden
multiplicarse
indefinidamente.
En las grandes
reuniones es muy
común escuchas a
algún europeo
que confiesa
agriamente no
haber visto
jamás a la mujer
de una argelino
a quien
frecuenta hace
veinte años. A
un nivel de
compresión más
difuso, pero
altamente
revelado,
encontramos la
afirmación
amarga de que
“trabajamos en
vano”... de que
“el Islam no
abandona su
presa”.
Al presentar al
argelino como
una presa que se
disputan con
igual ferocidad
el Islam y
Francia
occidental, se
revelan con toda
claridad las
intenciones del
ocupante, su
filosofía y
política. Esto
significa, en
efecto, que el
ocupante
descontento con
sus fracasos,
presenta de
manera
simplificada y
peyorativa el
sistema de
valores que le
sirve al ocupado
para ocuparse a
sus innumerables
ofensivas. Lo
que significa
voluntad de
singularización,
preocupación por
mantener
intactos algunos
jirones de la
existencia
nacional y
religiosa, se
identifica con
actitudes
mágicas o
fanáticas. Esta
repulsa del
conquistador
asume, según las
circunstancias o
los tipos de
situación
colonial, formas
originales. Las
fuerzas de
ocupación, al
aplicar
intensamente su
acción
psicológica
sobre el velo de
la mujer
musulmana, es
evidente que
cosecharon
algunos
resultados. A
veces ocurrió
que se “salvara”
una mujer que,
simbólicamente,
se quitó el
velo. Estas
mujeres-test con
el rostro
desnudo y el
cuerpo libre,
circulan ahora
como moneda
corriente en la
sociedad europea
de Argelia.
Alrededor de
dichas mujeres
reina una
atmósfera de
iniciación. Los
europeos,
sobreexcitados
por su victoria
y en una espacie
de trance que se
apodera de
ellos, evocan
los fenómenos
psicológicos de
la conversión.
Los responsables
del poder,
después de cada
éxito, refuerzan
su confianza en
la mujer
argelina como
soporte de la
penetración
occidental en la
sociedad
autóctona. Cada
velo que cae
descubre a los
colonialistas
horizontales
hasta hoy
prohibidos, y
les muestra, por
otra parte, la
carne argelina
desnuda. La
agresividad del
ocupante, y por
lo tanto sus
esperanzas, se
multiplica
después de cada
rostro
descubierto.
Cada nueva mujer
argelina que
abandona el velo
anuncia al
invasor una
sociedad
argelina cuyo
sistema de
defensa están en
vías de
dislocación,
abiertos y
desfondados.
Cada velo que
cae, cada cuerpo
que se libera de
la sumisión
tradicional al
haik, cada
rostro que se
ofrece a la
mirada audaz e
impaciente del
ocupante,
expresa
negativamente
que Argelia
empieza a
renegar de sí
misma y que
acepta la
violación del
colonizador. La
sociedad
argelina, con
cada velo
abandonado,
parece aceptar
el ingreso a la
escuela del amo
y decidir la
transformación
de sus
costumbres bajo
la dirección y
el patrocinio
del ocupante.
Hemos visto de
qué manera
perciben el
significado del
velo la sociedad
colonial, y
hemos trazado la
dinámica de los
esfuerzos para
combatirlo en
tanto intuición,
así como las
resistencias de
la sociedad
colonizada. Al
nivel de
individuo, del
europeo
particular,
puede ser
interesante
estudiar la
multitud de
reacciones
surgidas por la
existencia del
velo, es decir,
por la manera
original que
tiene la mujer
musulmana de
estar presente o
ausente. En un
europeo no
comprometido
directamente en
esta obra de
conversión ¿que
reacciones
pueden
registrarse?
La actitud
dominante parece
ser la de un
exotismo
romántico
fuertemente
teñido de
sensualidad. En
primer lugar, el
velo disimula la
belleza. En los
tranvías, en los
trenes, una
trenza de
caballo, una
porción de
frente,
anunciadoras de
un rostro
“enloquecedor”,
alimentan y
refuerzan la
convicción del
europeo en su
actitud
irracional: la
mujer musulmana
es la reina de
las mujeres. Sin
embargo, también
existe en el
europeo la
cristalización
de la
agresividad, de
una violencia
tensa frente a
la mujer
musulmana.
Despojar de su
velo a esta
mujer es exhibir
la belleza,
desnuda su
secreto, rompe
su resistencia,
hacerla
disponible para
la aventura.
Ocultar su
rostro significa
disimular su
secreto,
provocar un
mundo de
misterio y
ocultamiento, el
europeo sitúa en
un nivel muy
complejo su
relación con la
mujer musulmana.
Quisiera tener
esa mujer a su
alcance y
convertirla en
un eventual
objeto de
posesión.
Esta mujer que
ve sin ser vista
frustra al
colonizador. No
hay
reciprocidad.
Ella no se
exhibe, no se
da, no se
ofrece. El
argelino,
respecto a la
mujer argelina,
tiene en
conjunto una
actitud clara.
No la ve.
Incluso existe
la voluntad
permanente de no
observar al
perfil femenino,
de no poner
atención a las
mujeres. No hay
en el argelino,
en una calle o
en un camino,
esta conducta
del encuentro
intersexual que
se desarrolla a
nivel de la
mirada, de la
prestancia, de
la musculatura,
de los
diferentes
comportamientos
turbados a que
nos tiene
acostumbrados la
fenomenología
del encuentro.
El europeo,
frente a la
mujer musulmana,
desea ver. Y
reacciona de
manera agresiva
ante este límite
que se pone a su
percepción.
También aquí la
frustración y la
agresividad
evolucionan en
perfecta
armonía. La
agresividad
estalla, ante
todo, en
actitudes
estructuralmente
ambivalentes y
en el material
onírico que
indiferentemente
descubrimos en
el europeo
normal o víctima
de
perturbaciones
neuropáticas.
Las mujeres
europeas
resuelven el
conflicto con
mucha menos
preocupación.
Afirman
perentoriamente
que no se
disimula lo que
es bello, e
interpreten este
hábito extraño
como una
voluntad “muy
femenina” de
disimular las
imperfecciones.
Y comparan la
estrategia de la
europea que
tiene por objeto
corregir,
embellecer,
poner de relieve
(la estética, el
peinado, la
moda) con la de
la mujer
musulmana, que
prefiere cubrir,
esconder,
cultivar la duda
y el deseo del
hombre.
La historia de
la conquista
francesa en
Argelia, se
relata la
irrupción de las
tropas en las
ciudades, la
confiscación de
los bienes y la
violación de las
mujeres, el
saqueo de un
país, ha
contribuido al
nacimiento y a
la
cristalización
de la misma
imagen dinámica.
La evolución de
la libertad que
se concede al
sadismo del
conquistador, a
su erotismo,
crea, al nivel
de los estratos
psicológicos del
ocupante,
fallas, zonas
fecundas de
donde pueden
surgir a la vez
conductas
oníricas y en
ciertos casos
comportamientos
criminales.
Así, la
violación de la
mujer musulmana
en el sueño de
un europeo, está
precedida
siempre por el
desgarramiento
del velo.
Asistimos a una
doble
desfloración.
Cada vez que el
europeo se
encuentra a la
mujer musulmana
en sus sueños
eróticos, se
manifiestan las
particularidades
de sus
relaciones con
la sociedad
colonizada. Sus
sueños no se
desenvuelven ni
en el mismo plan
erótico, ni al
mismo ritmo de
los que se
refieren a la
europea. Con la
mujer musulmana,
no hay conquista
progresiva,
revelación
recíproca, sino
una acción
súbita con el
máximo de
violencia,
posesión,
violación, casi
asesinato. El
acto reviste una
brutalidad y un
sadismo casi
neurótico,
incluso en el
europeo normal.
Por otra parte,
la brutalidad y
el sadismo se
subrayan por la
actitud
atemorizada de
la mujer
musulmana. En el
sueño, la
mujer-victima
grita, se debate
como una
alimaña, y
desfalleciente y
desvanecida, es
penetrada,
desgarrada. La
agresividad del
europeo se
manifiesta
igualmente en
sus
consideraciones
sobre la
normalidad de la
mujer musulmana.
Su timidez y su
reserva se
transforman,
según las leyes
superficiales de
la psicología
conflictiva, en
lo contrario, y
entonces la
mujer musulmana
será la
hipócrita,
perversa, y
hasta
auténticamente
ninfómana.
Hemos visto que
la estrategia
colonial de la
disgregación de
la sociedad
argelina, al
nivel de los
individuos,
concede un lugar
de privilegio a
la mujer
musulmana. El
encarnizamiento
del
colonialista,
sus métodos de
lucha, es
natural que
provoquen en el
colonizado
actitudes de
reacción. Frente
a la violencia
del ocupante, el
colonizado está
obligado a
definir su
posición de
principio frente
a un elemento
tradicionalmente
inerte de la
configuración
cultural
autóctona.
El afán rabioso
del colonialista
por despojar de
su velo a la
mujer musulmana,
y su decisión de
ganar a toda
costa la
victoria del
velo, provocan
la respuesta del
autóctono. Aquí,
encontramos una
de las leyes de
la sicología de
la colonización.
En un primer
momento, la
acción y los
proyectos del
ocupante
determinan los
centros de
resistencia en
torno a los
cuales se
organiza la
voluntad de
afirmación de un
pueblo.
El blanco era el
negro. Pero es
el negro quien
crea la
negritud. A la
defensiva
colonialista
sobre el velo.
Lo que era un
elemento
diferenciado en
un conjunto
homogéneo,
adquiere un
carácter tabú;
la actitud de
las argelinas
frente al velo
se interprete
como una actitud
global frente a
la ocupación
extranjera. El
colonizado
frente a la
acción del
colonialista en
tal y cual
sector
determinado, la
afectividad
inversa del
conquistador en
su trabajo
pedagógico, en
sus ruegos, en
sus amenazas,
dejen alrededor
del elemento
privilegiado un
verdadero
universo de
resistencia.
Resistir al
ocupante en este
terreno preciso
significa
infligirse una
derrota
espectacular, y
sobre todo
mantener la
“coexistencia”
dentro de sus
dimensiones de
conflicto y
guerra latente.
Es alimentar una
atmósfera de paz
armada.
La argelina como
sus hermanos,
había montado
minuciosamente
los mecanismos
de defensa que
le permiten hoy
desempeñar un
papel capital en
la lucha
liberadora. Pero
todavía será
necesario
aprender una
nueva técnica:
llevar bajo el
velo un objeto
pesado, “muy
peligroso de
manipular”, y
dar la impresión
de tener las
manos libres,
que no hay nada
bajo el velo
sino una pobre
mujer o una
joven
insignificante.
No se trata sólo
de cubrirse con
el velo. Es
preciso adoptar
un tal “aire de
Fátima” que
tranquilice al
soldado porque
“esta no es
capaz de hacer
nada”. Es bien
difícil. Además,
están los
policías que
interpelan a
escasos metros
una mujer con
velo que no
parece
particularmente
sospechosa. Y
está la bomba;
por la expresión
patética del
responsable
sabemos que se
trata de eso, o
de la bolsa de
granadas,
ligadas al
cuerpo por un
sistema de
cordones y
correas. Porque
las manos deben
quedar libres,
para exhibirlas
desnudas, para
presentarlas
humildes y
sencillamente a
los militares
para que no
busquen más.
Mostrar las
manos vacías y
aparentemente
móviles y libres
es el signo que
desarma al
soldado enemigo.
Ahora bien, el
invasor ha sido
avisado y en las
calles se
presenta el
cuadro clásico
de las mujeres
argelinas
detenidas contra
los muros, sobre
cuyos cuerpos se
deslizan
incansablemente
los famosos
detectores
magnéticos
llamados
popularmente
“sartenes”.
Todas las
mujeres con
velo, todas las
argelinas son
sospechosas. No
hay
discriminación.
Es el período
durante el cual
los hombres, las
mujeres, los
niños, todo el
pueblo argelino
vive a la vez su
unidad, su
vocación
nacional y el
crisol de la
nueva sociedad
argelina.
Ignorando o
simulando
ignorar esta
nueva conducta,
el colonialismo
francés reinicia
el 13 de mayo de
1959 su clásica
campaña de
occidentalización
de la mujer
argelina.
Muchachas del
servicio
doméstico
amenazadas con
perder su
trabajo, pobre
mujeres
arrancadas de
sus hogares son
conducidas a la
plaza pública y
despojadas
simbólicamente
de sus velos al
grito de: “¡Viva
Argelia
francesa!”.
Espontáneamente
y sin consignas,
las mujeres
argelinas, que
desde hace
tiempo
abandonaron el
velo, vuelven a
usar el haik,
afirmando así
que no es verdad
que la mujer se
libera por una
simple
invitación de
Francia y del
general De
Gaulle. El
colonialismo
quiere que todo
emane de él.
Pero la
tendencia
psicológica
dominante del
colonizador es
la de
endurecerse
frente a
cualquier
invitación del
conquistador.
Desde el 13 de
mayo se vuelve a
usar el velo,
pero
definitivamente
despojado de su
dimensión
exclusivamente
tradicional.
Existe, por lo
tanto, un
dinamismo
histórico del
velo que se
percibe en forma
muy concreta, en
el desarrollo de
la colonización
de Argelia. Al
principio, el
velo es un
mecanismo de
resistencia,
pero para el
grupo social
continúa
fuertemente
arraigado. Se
usa por
tradición, pero
también porque
el ocupante
quiere desvelar
a Argelia. Lo
que había sido
preocupación de
conducir al
fracaso las
ofensivas
psicológicas o
políticas del
ocupante, se
convierte en
medio, en
instrumento. El
velo ayuda a la
argelina para
responder a los
nuevos
interrogantes
planteados por
la lucha.
El amor ardiente
de la mujer
musulmana por su
hogar no es una
limitación del
universo. No es
odio al sol, a
las calles o a
los
espectáculos. No
es una fuga del
mundo. En
condiciones
normales, debe
existir una
doble corriente
entre la familia
y el conjunto
social. El hogar
funda la verdad
social, pero la
sociedad
autentifica y
legitima a la
familia. La
estructura
colonial es la
negación misma
de esta
recíproca
justificación.
La mujer
argelina, al
restringirse, al
elegir una forma
de existencia
limitada en el
espacio,
afianzaba su
conciencia de
lucha y se
preparaba para
el combate. En
este encerrarse
en el hogar,
acompañado de la
negación de una
estructura
impuesta; este
repliegue sobre
el núcleo
fecundo que
representa una
existencia
recogida pero
coherente,
constituyó
durante mucho
tiempo la fuerza
fundamental del
ocupado. Sólo la
mujer, con
ayudas de
técnicas
concientes,
puede iniciar la
articulación de
ciertos
dispositivos. Lo
esencial es que
el ocupante se
estrelle contra
un frente
unificado. De
ahí el carácter
esclerótico que
debe resistir la
tradición.
En realidad, la
efervescencia y
el espíritu
revolucionario
son alimentados
en el hogar por
la mujer
musulmana. Y es
que la guerra
revolucionaria
no es una guerra
de hombres. No
es una guerra
con fuerzas en
activos y con
reservas. La
guerra
revolucionaria,
tal como la
lleva a cabo el
pueblo argelino,
es una guerra
total en la que
la mujer no se
limita a tejer o
a llorar a sus
mártires. La
mujer musulmana
está en el
corazón del
combate.
Detenida,
torturada,
violada,
abatida, es un
testimonio
viviente de la
violencia del
ocupante y de su
inhumanidad.
Enfermera,
agente de
enlace,
combatiente; en
cualquier caso
es un testigo de
la profundidad y
de la densidad
de la lucha. El
lugar de la
mujer musulmana
en la sociedad
argelina se
afirma con tal
vehemencia que
es fácil
explicarse la
turbación del
ocupante. Sucede
que la sociedad
argelina no es
una sociedad sin
mujeres que se
había descrito
tan
minuciosamente
en Europa. A
nuestro lado,
nuestras
hermanas
musulmanas
destruyen cada
día más los
dispositivos
enemigos y
liquidan
definitivamente
las viejas
mitificaciones.
Fuente:
Sociología de
una revolución,
publicado en
México. Frantz
Fanon.