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______________________________________________________________ Magia del incienso
Fátima Mernissi*
Magia del incienso era su título y la escena me
era conocida: era el harén familiar de Fez en 1958. Las tres adolescentes con
los pies pintados con henna, cuyo sueño celebraba el cuadro, envueltas en una
sábana cualquiera, sobre una alfombra, a un palmo del brasero donde expiraba el
último trozo de incienso, eran mis primas después de la vigilia de 'Achoura.
Efectivamente, eran Chama, Malika y Sakina, mis primas un año mayores que yo,
adolescentes precoces que repetían clandestinamente las palabras
mágicas del Qbul, ritual de
seducción reservado en principio a las mujeres casadas. Estas últimas, es decir,
mi madre y las mujeres de mis tíos, se engalanaban como princesas y volaban
hacia la azotea antes de que apareciese la luna de la fiesta de 'Achoura,
armadas con braseros incandescentes en los que echaban gri-gri disimulado con un
poco de incienso, mientras salmodiaban públicamente la fórmula-poema (rubi) que
embruja a los maridos para siempre. En cuanto mi madre terminaba de recitar el
rubi (poema inventado por las mujeres) en la azotea, fijos sus ojos en la luna y
sus manos tejiendo trampas imaginarias alrededor del jawi que ardía en el
brasero, unos djinns poderosos se movilizaban para vigilar a mi pobre padre,
ajeno a cuanto ocurría.
A causa de los ritos mágicos, nuestro vecino, el
cadí Chaui, que impartía un curso en la prestigiosa Universidad de Kairuán,
prohibía sencillamente a sus tres mujeres que celebrasen la 'Achoura. Y como
sabía, como todos los maridos Fassies , que las esposas no obedecen nunca a su
dueño, tomaba la precaución de cerrar él mismo la puerta de la azotea con doble
llave unos días antes de la fiesta.
- "Y ¿cómo se puede practicar el sihr [magia] sin
una azotea encalada donde una luna subversiva inunde con su luz turbia los
sueños de las mujeres?", constataba mi abuela Yasmina escandalizada por la
rigidez del cadí.
- "Uno de estos días" -le contestaban a coro Chama,
Malika y Sakina, que contaban con la abuela para aprender las fórmulas mágicas-,
"el cadí va a prohibir a sus dóciles mujeres que respiren".
Dos viernes antes de 'Achoura, unos vendedores a
lomo de burro invadían el barrio y llamaban a las puertas cuando se habían
marchado los hombres para vender a las mujeres bkhour, preciosa mezcla de
inciensos para quemar, empezando por el jawi y el fasukh. Yo aborrecía el olor
de este último, pero como estaba decidida a seducir al planeta, me pegaba al
brasero para aprender 'al-Isti'dad, término Sufi que repetía Sidi Soussi, el
Fquih favorito de la abuela Yasmina. "Isti'dad", explicaba a las mujeres que lo
visitaban, "es la preparación que hay que recibir: tú no recibes nada de la vida
si no aclaras primero tu deseo. Luego, debes concentrarte en la búsqueda". El
deseo mío estaba clarísimo: el planeta a mis pies. Y voy a armarme de jawi y de
fasukh para seducir a los profesores que deben darme los diplomas y al hombre
con el que me quiero casar.
Décadas más tarde, cuando vine a Rabat
oficialmente para estudiar Derecho en la Universidad Mohammed V, descubrí los
secretos del jawi y del fasukh al encontrar una maravilla que fue mi libro de
cabecera: La farmacopea marroquí tradicional: medicina árabe antigua y saberes
populares, de Jamal Ballakhdar. Fasukh, explicaba el libro, quiere decir
literalmente el que deshace los sortilegios, y añadía que "es el nombre dado a
la goma-resina que segrega la planta" que tiene por nombre latino Ferula
communis o férula, o también falso hinojo. Bellakhdar afirma que Marruecos está
mundialmente reconocido como productor de esta sustancia mágica: "Fasukh... es
el producto comercial más conocido bajo el nombre de goma amoniaco de Marruecos.
Esta antigua sustancia es conocida en todas partes, hasta en la India, y sirve
para designar la droga que viene de Marruecos". En cuanto a jawi o benjuí, está
lejos de ser made in Morocco, explica Bellakhdar: "Es una abreviación de al-luban
al Jawi..., incienso, perfume de Jawa". Y termina recordando que es el nombre
que lleva esta resina aromática en todo el mundo musulmán. Leyendo el libro de
Jamal Bellakhdar, me di cuenta de que estaba lejos de ser la única fan de estos
productos y que sus consumidores se contaban, desde hace siglos, por millones a
través del mundo musulmán.
Pero volviendo a la fiesta de 'Achoura que traían
a mi memoria los cuadros de la exposición, y sobre todo los que invocaban el
trance y las danzas espontáneas, el cadí Chaoui, que era un fino psicólogo, no
dejaba de recordar a todas las mujeres de la calle de Salaj, en cuanto aparecía
el primer vendedor de incienso, que la definición de la palabra sihr dada en el
siglo XIII por Ibn Manzhur, el autor del diccionario Lissan al arab (La lengua
de los árabes), está muy clara en cuanto a su naturaleza criminal: "El sihr
transforma el odio en amor... y, en ese sentido, es una traición...". El sihr es
una actividad peligrosa, según Ibn Manzhur, "porque pervierte la naturaleza
propia de las cosas... Transforma la mentira en su realidad. Os hace imaginar
cosas que no existen".
Inútil decirles que yo bebía las palabras del cadí
Chaoui y aprendía de memoría a Ibn Manzhur porque sólo soñaba con una cosa:
dominar los sortilegios durante la luna llena de 'Achoura. Semanas antes de que
llegara, yo trepaba detrás de Chama, Malika y Sakina por las escaleras de
azulejos verdes de la gran casa familiar, para evitar que se me escapasen
echando el cerrojo de la puerta de la azotea. Porque yo sabía que habían
escamoteado algo de jawi y de fasukh, cuando Yasmina declaró que le habían
robado su reserva. ¡Ser la sehara de la calle Salaj era mi sueño! Y ¿por qué
no?, me decía, con la ayuda de los estudios puedo concursar para el puesto de la
sehara más poderosa del reino.
¡Qué magnífica profesión, me repetía secretamente,
una vez en la Facultad de Mohammed V en Rabat, observando atentamente los ciclos
de la luna: transformar a todos los que me detestan, o, peor aún, a los
indiferentes para los que ni siquiera existo, en enamorados perdidos, quemando
un poco de jawi y de fasukh en una azotea inundada de luna! La idea de seducir
al mundo y a los seres, teniendo a la luna por cómplice, no me abandonó nunca;
de ahí el delicioso viaje en el tiempo hacia el harén de mi infancia, provocado
por los cuadros de la exposición de Rachid Sebti.
En el siglo X, el historiador Mas'udi, que había
prometido al principio de su libro Muruj ad-Dahab hablarnos de cuanto había
visto con sus propios ojos a lo largo de sus viajes, estaba maravillado, después
de su visita a China, por la importancia dada a los artistas. "Los habitantes de
ese imperio son, de entre las criaturas de Dios, los más hábiles con sus manos
en la pintura y en las demás artes. Ninguna otra nación podría superarlos
cualquiera que fuese la tarea. Cuando un chino ha hecho con sus manos un trabajo
que él cree inimitable, lo lleva al palacio del rey con la esperanza de recibir
una recompensa por su obra maestra. El rey ordena de inmediato que esa obra
quede expuesta en palacio durante un año, y si durante ese tiempo nadie le
encuentra ningún defecto, el rey concede al autor una recompensa y lo admite
entre sus artistas. Pero si descubren un defecto en la obra, el autor queda
despedido sin gratificación".
Según el consejo de Mas'udi, propongo lo siguiente: si nadie se queja de las pinturas de Rachid Sebti, que se envíe una delegación diplomática al Reino de Bélgica, porque allí vive el artista, para intentar seducir al rey con un poco de jawi y de fasukh si fuese necesario, y que acepte restituirnos a nuestro artista, aunque sólo fuese a tiempo parcial durante el verano, para que ayude a las señoras de cierta edad, como yo, que viven en el Reino de Marruecos a reencontrar su adolescencia.
*Fátima Mernissi: Es escritora marroquí.
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