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Bush apagado

Rafael Ramos*

  George W. Bush se presentó ayer en Londres como el gran apóstol de la libertad, la paz y la democracia, autorizado por los dioses a utilizar su “fuerza benigna” con moderación allí donde sea imposible forjar un consenso. Pero a pesar de tan noble mensaje, el presidente norteamericano se encontró muy solo detrás de las murallas doradas del palacio de Buckingham, reacio a salir a la calle para no escuchar los gritos de protesta por su polémica visión del mundo.

 La visita de Estado a Gran Bretaña habría sido en circunstancias más propicias un desfile glorioso tras la victoria en Irak, pero las más de 400 bajas mortales sufridas por EE.UU. han hecho imposible cualquier triunfalismo. La estancia de Bush ofrece más bien un contraste entre las palabras y los hechos, entre el lenguaje de la superpotencia y el de los manifestantes, entre el prisma norteamericano y el europeo.

 En un discurso ante la plana mayor de la política y la diplomacia londinense en el Banqueting Hall de Westminster, Bush proclamó que la caída de Sadam Husein justifica de por sí la guerra (de la ausencia de armas de destrucción masiva ya no habla nadie, no sea que la gente se acuerde de que fueron el pretexto del ataque), y que la gran misión del siglo XXI es ayudar a que los pueblos islámicos se conviertan a la democracia.

George W. Bush, el visitante más impopular que pisa el Reino Unido en mucho tiempo, ofreció esa retórica patriótica y triunfalista con la que apela desde el 11-S a los votantes norteamericanos menos sofisticados, pero que le resulta tan difícil de vender en Europa. “Estados Unidos –manifestó– no va a retroceder, el diablo está a la vista y lo afrontaremos con los ojos bien abiertos”.

En realidad basta hurgar un poco en la intervención de Bush y en todo el contexto de su viaje británico para toparse de lleno con los síntomas del fracaso de Irak y las contradicciones de la estrategia global de EE.UU. Detrás de frases rimbombantes como la “alianza de valores en defensa de la libertad y la democracia” se encuentra una urgencia por hallar la salida al pantanal tenebroso de la ocupación que amenaza con poner en peligro la reelección del presidente el año que viene.

George W. Bush definió los cinco pilares de su política exterior: utilizar las alianzas internacionales siempre que sea posible, recurrir con moderación a la fuerza cuando no tenga otra manera de defender sus intereses, extender la democracia por el mundo, hacer frente a los tiranos y buscar la estabilidad. El titular de la Casa Blanca, atemperado por la dura realidad iraquí, no ridiculizó esta vez a la ONU ni se metió con Francia ni Alemania; por el contrario, dijo entender sus “razones de principio” para oponerse a la guerra, “aunque con las buenas intenciones no basta”. Pero entre la perspectiva de Washington y la europea sigue interponiéndose un mar de diferencias.

 Puede que los “neocons” y su “cruzada democratizadora” por todo el Oriente Medio ya no estén tan de moda como hace unos meses, pero Bush ha venido a Londres con serias reservas sobre la actitud de unos aliados europeos que entre todos juntos sólo gastan en defensa un 40% de lo que invierte EE.UU., critican la “actitud imperial” pero son incapaces de intervenir en su propio patio trasero (los Balcanes), son más propalestinos que proisraelíes y consideran la protección del Tío Sam un derecho adquirido.

La otra cara de la moneda no es mucho más halagüeña. Con excepción de dirigentes como Blair, Aznar y Berlusconi, la mayoría de los europeos ve en Bush la personificación del poder por el poder, el líder de una hiperpotencia que establece reglas del juego diferentes para sí y para los demás, con derecho a imponer aranceles al acero al mismo tiempo que hace profesión de fe en el libre comercio, que no aplica la convención de Ginebra a los presos de Guantánamo, ignora el protocolo de Kioto y boicotea el Tribunal Penal Internacional, pero siempre con la bandera de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

La visita de Bush a Londres, por mucho que su amigo Tony Blair haya hecho una coreografía de musical de Broadway, ha magnificado las diferencias entre EE.UU. y Europa, y entre la visión imperial y la antiglobalización. El líder republicano habló de “la guerra global contra el terrorismo” y la “revolución democrática en el mundo musulmán”. Los manifestantes recordaron que Washington subvenciona a sus granjeros mientras obliga a los de Honduras y Gabón a levantar sus tarifas, y a partir de ahí propone una relación de “libre comercio” que empobrece más y más al Tercer Mundo. Que impone con asistencia del FMI “programas estructurales de ajuste” que son una expresión del capitalismo más extrema que la aplicada jamás en EE.UU. Que ignora el peligro del calentamiento de la atmósfera para estar a buenas con el “lobby” del automóvil.

Bush quiere y necesita ahora la ayuda de la Unión Europea y las instituciones internacionales para pagar la reconstrucción iraquí y empezar a marcharse dignamente antes de las elecciones de noviembre del año que viene, y de ahí que su discurso haya incorporado notas de un multilateralismo pausado y más de boquilla que de corazón. Pero en el fondo sigue creyendo en el derecho de EE.UU. a hacer las cosas a su manera, por la fuerza si es necesario, sin más límite que el interés nacional y la actitud de sus votantes.

El presidente no entonó ningún mea culpa sobre Irak, aunque sí reconoció el fracaso de “décadas de política sobre Oriente Medio ignorando la opresión de sus dictadores” (muchos de ellos instalados por Londres y Washington, como Sadam Husein). Y aunque su llamamiento a un “Estado palestino viable con líderes de verdad” fue aplaudido, Bush no indicó estar dispuesto a alejarse de Sharon e impulsar de verdad la “hoja de ruta”.

Bush ni siquiera ha tenido el detalle de llevar un regalo político al anfitrión que le ofrece cama y comida, además de haber sacrificado buena parte de su popularidad con tal de ser su amigo. No hay todavía acuerdo sobre los presos británicos en Guantánamo y los aranceles al acero europeo continúan en vigor. El presidente sigue siendo el mismo de siempre, sobre Kioto y el TPI, la guerra comercial y la guerra de verdad, los pobres y los ricos. La única diferencia es que tiene prisa por irse de Irak, y que el resto del mundo pague parte de la cuenta.

* Corresponsal de la Vanguardia en Londres.

Editor Ahmed Hijazi
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