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II Extracto de libro de Nancy Lolas
La tía Faride Llega
a Chile en 1912, dos años después de mi padre y de su esposo. Es bajita,
gordita, de pelo corto y crespo. Habla con mucho acento árabe. Le gusta
conversar conmigo y contarme cosas. A veces las mismas. Me
cuenta que arriba primero a Argentina, a Buenos Aires. Tiene 15 años, trae
consigo a su primer hijo, Elías, de un año y la acompañan dos primas de su
misma edad. Como han enviado una carta y creen que reencontrarse es tan
sencillo, viajan a Mendoza donde permanecen esperando que su marido las vaya a
buscar. Lo que ella ignora es que su esposo trabaja en Curanilahue y la carta ha
sido enviada a San Felipe. Prácticamente son niñas aún, y es la primera vez
que dejan su aldea natal. Desconocen las distancias, idiomas y otros países. Sólo
saben que han cruzado el gran mar. Viven
las tres en una pieza que arriendan hasta que se les acaba el dinero que traen.
Los últimos días, desesperadas, envían otra carta avisando que viajarán por
su cuenta a Chile. Casi sin dinero, lo único que pueden comprar son unos trozos
de carne que les asan de favor unos panaderos españoles, también inmigrantes. Como
les resulta imposible obtener noticias de Chile, contratan a un arriero para que
las cruce la Cordillera. Le entregan como pago anticipado el único objeto de
valor que les queda: un broche de oro recuerdo de su matrimonio. El arriero se
compromete a llevarlas hasta la ciudad de Los Andes, en territorio chileno. Son
tres días a lomo de mula, sin ropa adecuada ni alimentos para el niño. En las
noches no duermen por el frío y el temor a que el hombre las abandone en esas
montañas tan grandes y desconocidas o a que les dé muerte en ese lugar tan
lejano y diferente a su patria. Antes
de llegar a Los Andes, apenas cruzan la frontera, sombrero en mano, las espera
mi padre. El niño está morado. Ella piensa que se ha envenenado, pero ha sido
el efecto del aire y del sol en la montaña. Viajan
a Curanilahue donde se reencuentra con su esposo y permanecen allí por varios años
sin mantener contacto con mi padre. Este continúa viviendo en San Felipe en un
“cité” que rentan por poco dinero varias familias paisanas. Entre todos
contratan una señora que ha venido del Sur en busca de trabajo. Cuando
muchos años después, viviendo ella en Santiago, vengo de San Felipe a su casa,
acostumbra rememorar historias pasadas. Que tuvo siete niños, que conocía a
muy poca gente pues estaba siempre cuidando a sus hijos. Cuando el menor de
ellos cae en un canal que corre al fondo del patio y se ahoga, su esposo se
enferma de lo que ella llama “la enfermedad del pensamiento”. Dice que se
sienta por días y días, sin comer ni hablar, hasta que fallece. Luego de la
muerte de su esposo e hijo menor y con seis niños pequeños, permanece sola y
sin contactos. Mientras
tanto, en la casa donde vivía mi padre en San Felipe, un día se cae un pequeño
y la empleada que lo recoge lo santigua en árabe. Mi padre, que presencia la
escena, se asombra y le pregunta. Ella le cuenta que ha trabajado con una señora
palestina que al fallecer su esposo y quedar sola con muchos niños se vio en la
necesidad de despedirla. De ese modo mi padre viaja a reencontrarla por segunda
vez y se vienen todos a Panquehue. En
estas visitas acostumbra decirme que yo no sabía como era mi padre, que era muy
chica. Que para ella fue más que un hermano. Se habían criado juntos en
Palestina jugando en un mismo patio ya que los padres de ambos eran hermanos. La
primera vez que puedo visitar aquel patio en Palestina –75 años después–
con mi mente alucinada, recorro cada rincón esperando ver algún juguete o
pelota; busco entre las ranuras del muro empedrado queriendo encontrar algún
papelito olvidado; repaso cada muro esperando ver algún dibujo o tan sólo
algunos rayados de niño. Obviamente, no hay nada. Sólo un gran pino que guarda
celosamente lo que ha visto. Cuando
de niña vengo a su casa en Gran Avenida, con sus manos blanditas, suaves y
llenas de cariño acostumbraba poner en mi plato los mejores trozos de fruta que
ella misma mondaba. En ese entonces me impacta –más que lo que ella me cuenta– lo
grande que es Santiago y sus luces de neón. Al regresar a San Felipe –y visto
desde el bus– todo es chato, plano, cuadrado y oscuro. La Gran Avenida con sus
luces, bullicio, gente y calles anchas y llenas de movimiento, es el primer
mundo que me asombra. ¿Volver? Entre
clase y clase de idioma árabe, don Pedro, nuestro profesor, nos cuenta de vez
en cuando, algunas vivencias de su pasado en su media lengua. En
esos días lejanos me cuesta entender lo que relata, ya que me parece tan ajeno
a mi realidad. Sus relatos son aterradores; les arrebatan todos sus sembrados y
todo el combustible en invierno. Cuando ya no tienen nada qué entregar, les
sacan los marcos de puertas y ventanas para hacer fuego. Los hombres se van de
las casas y se esconden en cuevas en las montañas, ya que de otro modo el ejército
otomano los lleva al frente de batalla como “carne de cañón”. Aquellas
familias que pueden y logran hacerlo, envían a sus hijos a América, como a él.
Después no vuelve a saber nunca más de los suyos. Ahora,
a los 60 años, desea ir, pero tiene mucho temor al regreso. Duda en viajar, el
miedo lo paraliza, mas, agrega que si no lo hace hoy una parte muy importante de
su vida quedará truncada. Éramos amigos –Yo les prendía la luz –me cuenta Yamil, con
una mezcla de orgullo y pena en su voz–. Yo era un niño y ellos, como judíos,
no podían hacer nada el día sábado. Como éramos vecinos, a mis padres les
daba pena verlos sentados a oscuras y me mandaban a mí, que era chico, a
prenderles la luz. Éramos amigos. No había diferencia entre ellos y nosotros.
Éramos todos palestinos, sólo que nosotros cristianos y ellos, judíos. Los
problemas empezaron mucho después. |
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