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Elecciones en Irak

Una oportunidad confusa.

Ahmed Hijazy

 Mundoarabe.org, 26/01/2004
El caos en Irak debería poner sobre aviso a los que no se hayan enterado. Las barbaridades y violación cometidas por la ocupación, además de los atentados indiscriminados contra los iraquíes, son el gran peligro que amenaza la unidad y la convivencia entre los iraquíes. Las elecciones no son un riesgo por sí mismas, sino una posible oportunidad que pueda abrir el camino hacia el fin de la ocupación y la recuperación de la soberanía usurpada mediante una guerra inmoral.

 ¿Por qué creemos que estas elecciones podrían ser viables para cambiar la situación caótica en la que los ocupantes y los vandálicos de Al-Qaeda han metido el país? Es fácil ver, si tenemos memoria, que estas elecciones no son las mismas que los ocupantes habían propuesto a mediados de 2004. El objetivo que tienen las elecciones previstas para este fin de semana es totalmente distinto al que los ocupantes habían querido lograr cuando fijaron una fecha para la celebración de las mismas. Incluso, el mecanismo electoral y las instituciones para las que se convocan las elecciones no son lo que deseaban los angloamericanos a finales de junio del año pasado. Los cambios de planes, mecanismos y objetivos se han producido gracias a las exigencias de una gran parte del espectro político, social y espiritual en Irak que, entre otras muchas cosas, acondicionó su participación al fin que se pretende de las mismas y las competencias de las futuras autoridades que saldrán elegidas.

Es necesario recordar cómo fue el plan angloamericano para las elecciones, lo cual nos ayudará a entender la diferencia que tenía aquel plan de elecciones con las actualmente convocadas.

El proyecto de los ocupantes consistía en la celebración de asambleas tribales que elegirían a sus representantes para formar una parte de una Asamblea Nacional, es decir, una asamblea mitad elegida en sufragio tribal y otra mitad designada por las fuerzas de ocupación. Esta asamblea designaría al futuro Gobierno iraquí, cuya principal tarea será la elaboración de una ley provisional. El papel de la Asamblea Nacional según el plan de los invasores no fue otra cosa que el de elegir a este futuro gobierno en coordinación con las fuerzas de ocupación. En ningún momento se mencionó la celebración de elecciones directas, ni el papel legislativo de dicha Asamblea e, incluso, las autoridades de ocupación podían oponerse a cualquier nombramiento propuesto por parte de la Asamblea Nacional.

En las actuales elecciones podemos decir, con convencimiento, que hay muchas cosas en juego y en esto reside su importancia. El mecanismo electoral es un sufragio universal al que están llamados todos los iraquíes, aunque la situación en tres ciudades impedirá el desarrollo de la jornada electoral. Los iraquíes elegirán una Asamblea Nacional sin designación alguna por parte de las fuerzas ocupantes. Las tareas de dicha asamblea serán: la formación de un gobierno iraquí; la elaboración de una constitución permanente para Irak y sustituir al gobierno marioneta impuesto por los invasores. El futuro gobierno tendrá la voluntad y la oportunidad de proyectar un verdadero proceso de transición que ponga fin a la ocupación militar. Teniendo esta realidad en cuenta, se puede pensar en todos los escenarios posibles tras las elecciones, incluido, el más esperado por los observadores: un gobierno formado, mayoritariamente, por la Alianza Iraquí Unida, vista con bastantes recelos por parte de la Administración norteamericana.  

Lamentablemente, la resistencia, que ante todo es legítima, no ha podido todavía construirse como alternativa política para hacer frente a la ocupación, pues carece de un apoyo popular serio. Su inclusión en el proceso transitorio debería ser una tarea urgente para el futuro gobierno iraquí. La participación de la resistencia en un efectivo proceso transitorio es la única alternativa posible para acabar con el caos y, lo más importante, unir los esfuerzos necesarios para presionar a los ocupantes. Si de verdad se pretende reconstruir la unidad iraquí y derrotar a los que pretenden provocar una mayor división étnica entre las distintas comunidades del país, hay que abrir una vía de negociación con la resistencia y escuchar sus reivindicaciones. La unidad iraquí ha sufrido tanto daño a raíz del caos sembrado por los invasores y un sinfín de elementos ajenos a la causa iraquí, que no tienen otra preocupación que la de ajustar sus cuentas con el imperio en un territorio devastado tras tres guerras y una larga dictadura que no supo salir de su laberinto hasta su caída mediante una invasión inmoral e ilegítima.

 Confusión, enemigos y ajuste de cuentas 

¿Cómo se puede responder ante una situación como las elecciones programadas para finales de este mes? Es fácil rechazarlas de entrada, amparándonos en la cómoda y sencilla teoría de derrotar a los invasores y luego arreglar la casa entre todos. Es fácil decir, aunque la realidad demuestra lo contrario, que las elecciones traerán a un gobierno igual de títere como el que tenemos hoy en Bagdad.

La reflexión objetiva sobre la resistencia iraquí y su programación política ha de tener en cuenta que no todo lo que reluce es oro. El enorme caos que reina en Irak nos tiene que llamar a la sensatez, porque no todas las bombas son resistencia, ni todos los actos vandálicos servirán la causa iraquí. Muchas acciones dirigidas contra los iraquíes, con la justificación de que son colaboracionistas, no son más que un fanatismo religioso, infantilismo político y violencia barata. Durante el mes de enero, 280 iraquíes han perdido la vida a manos de los vandálicos y los ocupantes, mientras las fuerzas de ocupación han sufrido tan sólo 16 bajas. Merece la pena escuchar a los iraquíes de a pie y sus condenas contra cualquier atentado dirigido contra la propia población autóctona que, entre otras muchas dificultades cotidianas, se ve obligada a aguantar tanto la represión y los crímenes de los ocupantes como los actos sanguinarios de unos grupos ajenos a todo lo que representa Irak y su larga tradición de convivencia étnica. Los actos de Al-Qaeda no defieren mucho de los de Estados Unidos y sus vasallos en el país invadido. Y a estas alturas del desconcierto hay que reconocer que de la mano de Al-Qaeda no vendrá ningún Irak estable, libre, democrático y unificado. 

El renacimiento del colonialismo clásico

Al optar por la vía confesional para formar el gobierno interino iraquí, Estados Unidos puso la base de su futuro proyecto de dominación permanente del país, siguiendo (como hacía el imperio británico hace nada más que sesenta años) la regla de “divide y vencerás”. Desde la invasión de Irak, el proyecto colonial estadounidense ha tenido clara la necesidad de fomentar los recelos entre las etnias del país árabe, y curiosamente, aplicando la misma política seguida por la dictadura de Sadam Husein, con el fin de mantener un control permanente sobre la población iraquí.

Desde la puesta en marcha de los preparativos del proceso electoral, los estadounidenses hicieron todo lo posible para conservar la presión sobre la comunidad iraquí sunita, incluso no vacilaron a la hora de perpetuar su crimen detestable al invadir, a sangre y fuego, la ciudad de Faluya. Esta represión contra la comunidad sunita ha tenido como fin impedir el acercamiento de posturas entre los sunitas y los chiís de cara a las elecciones. Esta política significa que EE.UU. considera la posible unidad política iraquí como una amenaza contra sus planes para permanecer en el país ocupado. A pesar de los pasos dados por EE.UU. en esta dirección, su táctica no ha tenido un gran éxito. La lista de la Alianza Iraquí Unida, auspiciada por la máxima guía espiritual iraquí, Ali Al-Sistani, ha podido convencer a gran parte de de la comunidad suní para sumarse a esta candidatura. 

En la estrategia de división étnica EE.UU. coincide con Al-Qaeda que ha declarado su propia guerra contra la comunidad iraquí chií. Así podemos ver a los norteamericanos y sus aliados bombardear y masacrar a los sunitas, mientras los terroristas de Al-Qaeda hacen lo propio contra los chiíes. Este modelo colonial que (beneficiado curiosamente por los actos de los fanáticos de Al-Qaeda) prepara el terreno para una futura guerra civil, nos hace recordar la política seguida por Estados Unidos en Afganistán, tras la caída de la Unión Soviética, que hundió el país en una guerra civil devastadora que no ha acabado todavía.

Las elecciones una oportunidad, pero...

 Es cierto lo que dijo la Liga Árabe al afirmar que el boicot de las elecciones es un peligro para el futuro de Irak. La experiencia política árabe ha demostrado que los interminables boicots ejercidos a lo largo de los últimos cincuenta años en varios terrenos políticos, no han hecho más que aumentar el número de oportunidades perdidas en el escenario político árabe. Lo mismo podría pasar en Irak si algún partido político o comunidad confesional llega al día 30 de enero pensando que su boicot tendrá eficacia a la hora de participar en la decisión sobre el futuro de Irak. La autoexclusión no es la alternativa para protestar contra algo que no ha nacido todavía.  

 A pesar del aumento de la violencia (contra iraquíes y no contra los ocupantes) en el país, las actividades que se están llevando acabo en relación con las elecciones demuestran que existe una gran oportunidad para convertir las elecciones en un referéndum contra la ocupación y por un gobierno leal, cuya principal tarea será la recuperación de la soberanía nacional. La retirada de unos 41 candidatos por estar amenazados durante la campaña electoral y las intimidaciones absurdas de Al-Qaeda, no reflejan la gran movida que se vive en el país en torno a las elecciones. Los números hablan por sí solos; 11 listas electorales; 84 partidos políticos con candidatos, 27 independientes, nueve alianzas políticas y 111 bloques sociales y tribales. En números estamos hablando de un total de más de 7.500 candidatos.

 Los pronósticos que hablan con total seguridad sobre una victoria contundente de la lista de la Alianza Iraquí Unida, llevan a pensar que el proceso no será lo que Estados Unidos y sus aliados desean. La comunidad chií y sus aliados no ven con buenos ojos la ocupación, ni va a ser fácil la convivencia entre un gobierno formado por esta Alianza y las fuerzas de ocupación. Por eso, y con razón, podemos decir que las elecciones servirán, en primer lugar, para echar a un gobierno títere como el de Alaui y, desde luego, poner las bases para un proceso transitorio que, amparado por el resultado de las urnas, podría concluir con el fin de la ocupación y la recuperación de la soberanía. Será un proceso largo, costosos y, quizás, doloroso, pero es el único viable en Irak.    

Ni clérigos ni amenazas.

Los opositores a las elecciones en Irak suelen justificar su oposición alegando la celebración de éstas bajo la sombra de los ocupantes; el temor a convertir el país en una nueva república iraní encabezada por los clérigos chiís; la violencia ciega que tiene como objetivo más a los iraquíes que a los ocupantes y la ausencia de condiciones de libertad de movimiento para celebrarlas con normalidad.

Ahora bien, hay que afirmar que sólo un gobierno amparado por el resultado de las urnas será capaz de llevar un proceso transitorio que culmina con el fin de la ocupación. Es de sobra decir que con el gobierno de Alaui no iremos a ninguna parte, todo seguirá en su sitio si no se agrava a peor. El temor a una nueva republica iraní encabezada por los clérigos chiíes está infundado. Los que promueven este temor suelen pertenecer principalmente a dos colectivos: el primero, son aquellos partidarios del antiguo régimen, el segundo, son la mayoría de los partidos políticos que apoyaron la invasión del país y temen quedarse sin nada a la hora de participar en el poder según el resultado de las urnas. Por eso cabe aclarar que la Alianza Iraquí Unida está formada por 275 candidatos, la mayoría liberales, laicos y partidarios del fin de la ocupación del país. En esta larga lista sólo existen diez figuras religiosas. Entre los primero diez de la lista electoral, nueve candidatos son personas laicas y nacionalistas, que siempre han vivido en Irak y fueron encarcelados en numerosas ocasiones.

La violencia, por su parte, es un problema para el desarrollo de las elecciones, pero no por eso se puede restar importancia al proceso electoral. La violencia es una realidad cotidiana que permanecerá mientras permanezca la ocupación. La ausencia de libertades es un problema añadido, pero sabemos que no es la tarea de la ocupación construir la democracia en el país, ni figura entre sus planes la entrega del poder a quien no desea. Simplemente, los iraquíes disponen de una oportunidad para tener un gobierno elegido y no impuesto, y de éste se espera una transición hacia la soberanía y un ejercicio leal del poder. 

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Editor Ahmed Hijazi
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