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Al-Hakim: el diálogo frente a la libanización y el reaccionismo

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El asesinato del líder iraquí Mohammad Baqr Al-Hakim, en el atentado perpetrado ayer con un coche bomba frente al mausoleo de Alí en la ciudad santa de Nayaf, es el peor de los síntomas de la posguerra en Irak. La muerte del líder de la facción musulmana chií, junto a otros 80 fieles de los miles que asistían al oficio religioso del viernes, día sagrado del Islam, confirma la teoría de que las guerras se sabe cuando empiezan pero nunca cuándo ni cómo acaban. Baqr Al-Hakim no es un líder iraquí cualquiera. Su muerte demuestra que la invasión ilegal de Irak no ha hecho más que deteriorar la situación en la que se encuentra el pueblo iraquí.

 

Este asesinato manifiesta que las fuerzas militares de ocupación son las primeras responsables de la desestabilización del país. La destrucción, la muerte, la sangre derramada y la inseguridad que reina en Irak desvelan las verdaderas pretensiones de los invasores que no dejaron de mentir hablando de la pacificación de Oriente Próximo antes de iniciar la guerra de colonización. Las escenas de muerte que azotan Irak desde la entrada ilegal de los invasores en la capital del país señalan claramente que los principales promotores del terrorismo en Oriente Próximo son los Estados Unidos y sus vasallos.

 

Los asesinos de Al-Hakim, como los que asesinaron a decenas de iraquíes en la sede de la ONU y frente a la Embajada jordana de Bagdad, comparten, si es que al final no se demuestra que son los mismos, un idéntico objetivo: impedir por la fuerza un futuro estable, pacífico y democrático para Irak.  En ambos casos emplearon el mismo medio, el coche bomba, y sus víctimas tenían en común una situación de indefensión similar[1]. La ONU renunció a la protección de las tropas norteamericanas para dejar claro que no formaba parte de las fuerzas de ocupación. Esto, aunque en la practica política la ONU había legitimado de forma indirecta la presencia colonial angloamericana y las demás fuerzas coloniales de los vasallos de Bush en Irak[2].

Al-Hakim por su parte, logró que las fuerzas coloniales no entrasen en la ciudad santa de Nayaf, donde se encuentra la tumba del Imam (imán) Alí, yerno del Profeta, por respeto a las tradiciones de la escuela chií. En Nayaf, una ciudad iraquí de un millón y medio de habitantes, no existen ni el estado de sitio que imponen las fuerzas coloniales estadounidenses en Bagdad y en las demás ciudades iraquíes, ni los ilegales puestos de control militar angloamericanos en las cercanías de la ciudad.

La muerte de Al-Hakim marca un punto de inflexión en el Irak invadido y devastado por la maquinaria militar occidental. Su desaparición deja a la mayoría de los iraquíes sin uno de sus líderes con mayor clarividencia política y cuya moderación y paciencia frente a las barbaridades de los invasores habían sido claves en estos últimos meses. Al-Hakim pertenecía a una familia de luchadores que pagaron con sus vidas el precio de la oposición al régimen desaparecido. Nada menos que 26 miembros de su familia, entre ellos seis de sus hermanos fueron asesinados por la policía secreta del régimen.

El líder iraquí asesinado fue encarcelado y torturado por el régimen baaszista durante los años setenta. Un año después de la llegada de Sadam Husein al poder tuvo que refugiarse en el país vecino, Irán. Ahí fundó el Consejo Supremo de la Revolución Islámica (CSRII). Al regresar a Irak tras 23 años de exilio fue recibido por decenas de miles de iraquíes. En 1991, tras la aventura de Sadam en Kuwait y el fracaso de la misma, los seguidores de Al-Hakim cruzaron la frontera para participar en el levantamiento popular iraquí contra el régimen. Este levantamiento popular fue ahogado con sangre y fuego por las fuerzas de la dictadura. La represión fue brutal, como ha destapado el descubrimiento de las fosas comunes tras la aventura kuwaití y cuya memoria está aún viva entre los iraquíes.

Al-Hakim se distanció en sus declaraciones de cualquier pretensión de crear un Estado teocrático en Irak. El líder iraquí quería que se celebrasen elecciones libres y soñaba con un modelo iraquí democrático que representaba a todo el pueblo de Irak sin libanización. Hace meses había declarado a varios medios de comunicación: “No quiero un gobierno de sectas como en El Líbano, ni tampoco como el de Irán”[3].

A pesar de las presiones de los reaccionistas y las de los colonizadores, Al-Hakim mantuvo una línea política clarísima, llamando al diálogo frente a los que desean la libanización de Irak, y a la paciencia frente a los que prefieren aplicar las recetas fascistas “cuando peor mejor”. En sus discursos pronunciados ante decenas de miles de iraquíes siempre llamó al dialogo, a la solidaridad, a la unidad de los iraquíes, y criticó a los que pretenden dividir el pueblo en etnias y clanes para llegar a la libanización del país, cosa que, de haberse materializado, facilitaría el control perpetuo del país por parte de los ocupantes y empujaría a los iraquíes hacia la guerra civil.

No es nada nuevo decir que la política colonial estadounidense en Irak es similar a la política israelí. Cuando este país invadió El Líbano, apoyó a sectores minoritarios y aumentó el rencor y los enfrentamientos entre las comunidades, asesinando a los líderes de unos y otros para, más tarde, atribuir el asesinato al adversario político, empujando, así, al enfrentamiento total entre los componentes de la sociedad.

El carácter dialogante de Al-Hakim no ha gustado a los estadounidenses a los que no dejó de considerar ocupantes y colonizadores, aunque siempre pedía paciencia y lucha pacífica para expulsarlos del país[4]. Por eso los yanquis habían atacado el periódico oficial del CSRI varias veces, también registraron las oficinas de la formación política de Al-Hakim y detuvieron a sus militantes en un intento fracasado que pretendía provocar al Consejo Supremo de la Revolución para abandonar sus posturas pacíficas, unificadoras y dialogantes.

En los últimos días de su vida el líder iraquí criticó duramente a las fuerzas de ocupación, acusándoles de aumentar el caos y la devastación en el país. En su último discurso, el viernes 29 de agosto, responsabilizó a las autoridades de ocupación encabezadas por Estados Unidos y los seguidores de Sadam por el aumento de la violencia y la destrucción, pidiendo elecciones libres inmediatas para adelantar el fin de la presencia ilegal de las fuerzas coloniales en Irak.

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[1] El País.

[2] Le Monde

[3] El País.

[4] Al-Jazeera.

 

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