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Tras múltiples crímenes de los invasores sobrevino el asesinato de estadounidenses

Robert Fisk

La mañana de este viernes estoy sentado en una casa de Bagdad con un anciano y su hija, que lloran a su adorado hijo y hermano, respectivamente, quien fue asesinado por soldados estadounidenses. Ahora se podría preguntar por qué no escribo sobre Fallujah y las atrocidades ocurridas allí hace tres días: el cruel y atroz asesinato de cuatro estadounidenses que fueron sacados a rastras de sus camionetas deportivas, mientras imploraban por su vida, y a los cuales quemaron, mutilaron y arrastraron por las calles de esa peligrosa ciudad y después los colgaron desnudos -lo que quedaba de los cuerpos- de un ruinoso puente ferroviario de construcción inglesa sobre el río Eufrates.

La respuesta es simple. El procónsul estadounidense Paul Bremen calificó esas muertes de "bárbaras e inexcusables". Tenía razón. Pero no eran inexplicables.

El anciano se llama Abdul Aziz al-Amairi, su hija se llama Sundus y el hombre asesinado era un periodista, un camarógrafo de noticias cuyos sesos vi esparcidos en el asiento trasero del automóvil en el que él, Abdul Aziz, y su compañero reportero, Alí al-Khatib, fueron muertos a tiros por soldados estadounidenses hace unas dos semanas. Como yo casi perdí la vida en la frontera afgana en diciembre de 2001, pongo especial interés en esas personas y en su destino. Eran periodistas.

Así pues, he aquí algunos hechos. Hace dos jueves, un cohete se estrelló en un hotel del sur de Bagdad. El nuevo canal de noticias Arabiya envió a su equipo a cubrir la nota. Los dos Alís llegaron con su chofer, Abu Mariam, a la escena del ataque, estacionaron su coche a 250 metros y se acercaron a hablar con los soldados estadounidenses que custodiaban la calle. Les dijeron que podían filmar, pero no hacer tomas directas de los estadounidenses frente al edificio. Completaron su reporte, volvieron a su coche KIA, de fabricación sudcoreana, y se dispusieron a partir.

Pero entonces un hombre de 67 años de edad, llamado Tariq Abdul-Ghani, se acercó en su Volvo por la calle hacia el retén estadounidense, sin darse cuenta de que había algo raro. Cruzó entre fuego graneado de los soldados. Sus familiares -con los que tuve una larga charla- dicen que recibió 36 impactos de bala. El Volvo se estrelló contra uno de los vehículos estadounidenses. Tariq, cuya viuda e hijo son ciudadanos suecos, dice que no pudo ver el retén estadounidense.

Los dos reporteros y su chofer, Abu Mariam, estaban a 120 metros. He recorrido esa distancia tanto con Abu Mariam como con el abogado del canal Arabiya, Ahmad al-Abadi. Hasta detuvimos el tráfico en Bagdad para verificar la distancia. Alí al-Khatib a-Hashimi, el reportero, dijo a Abu Mariam que no siguiera al Volvo, sino que diera vuelta en U y partiera en dirección opuesta.

El chofer obedeció. "Cruzamos el camellón y comenzamos a alejarnos de los estadounidenses", relata. "Habíamos avanzado un poco cuando unas balas dieron en el KIA. Entraron por el parabrisas trasero; al camarógrafo le dieron en la cabeza, y luego Alí al-Khatib, el reportero, reclinó de pronto la cabeza en mi hombro y dijo mi nombre. Di vuelta a la derecha. Nuestros compañeros árabes me llamaron por teléfono para preguntar qué pasaba. Les dije: 'Maldita sea, tengo que encontrar un hospital, no sé dónde está el más cercano'. Los llevé al hospital Ibn al-Nafis. Cuando llegamos, Alí al-Amairi ya estaba muerto. El otro Alí murió al día siguiente".

Otros tres civiles han perecido en el Irak "liberado". El canal Arabiya respondió con furia. Exigió una investigación y colocó en su oficina principal en Bagdad carteles de duelo, uno de los cuales expresaba: "condenamos el crimen de asesinar a periodistas".

Al principio los estadounidenses sostuvieron que no podían haber matado al reportero y al camarógrafo. A ambos los mataron de un solo tiro en la cabeza. ¿Cómo era posible que los soldados tuvieran tanto tino desde tan lejos? Buen punto.

Así pues, con el hijo del chofer del Volvo, Alí Tariq al-Hashimi, visité el cuartel de policía, en el que deseaba denunciar la muerte de su padre. El mayor de la policía iraquí que atendía el cuartel Mesbah se mostró cortés, comprensivo y nos mostró los documentos del caso al hijo del chofer y a mí. Entre ellos había un papel que señalaba que un tal capitán Robert Scheetz, de la primera división blindada, había arreglado la transferencia de los restos del padre a sus deudos. El hijo pidió ver el auto y su contenido. Hay que pedírselo a los estadounidenses, le respondieron.

"Fui a la base de Estados Unidos en el palacio presidencial", me contó. "Me dijeron que no podían devolverme el auto. Pregunté por la cartera de mi padre, su dinero, su reloj de pulsera y su anillo. El soldado estaba al teléfono y me dijo: "debes olvidarte del coche, ¿para qué lo quieres?" Le dije que quería ponerlo en el jardín como símbolo de la muerte de mi padre. Se mostró amable. Agachó la cabeza, me estrechó la mano y me dijo cuánto lo sentía. Luego me dijo que no podía darme la cartera ni el reloj ni el anillo. ¿Por qué no?

Aún más perturbadoras fueron las palabras del mayor de la estación de policía. Me dijo que poco después del incidente habían ido soldados estadounidense y habían estrellado el parabrisas trasero del Volvo, para que no quedaran huellas de los impactos de bala. Dijo que rasgaron con navajas la llanta de refacción, que obstruía en parte el parabrisas trasero, "para ver si había explosivos en ella". Y sí, el parabrisas estaba hecho pedazos. De manera horripilante los sesos de Alí al-Amairi seguían en el asiento trasero, cubiertos de moscas. Pero yo me subí al vehículo y conté nueve disparos que atravesaron los asientos traseros y dieron en el parabrisas delantero.

Unos días después, los estadounidenses salieron con una nueva versión de la matanza. El Volvo se había acercado a gran velocidad al retén, los soldados creyeron que los atacaban, abrieron fuego y algunas de sus balas debieron haber dado en el auto de los periodistas que se alejaba en dirección opuesta. Los militares no sabían quién disparó a los comunicadores. Los estadounidenses aceptaron la responsabilidad, pero dijeron que no fue un acto deliberado.

Pero hay un problema. Los periodistas cruzaron el camellón porque el Volvo era el blanco. No dieron la vuelta antes de los balazos. Entonces, ¿cómo podían haber sido alcanzados por los mismos disparos que mataron al anciano Tariq Abdul-Ghani, quien ya había muerto cuando ellos decidieron marcharse? ¿Y por qué los soldados destruyeron el parabrisas trasero del vehículo de la televisora horas después, siendo que los orificios de bala hubieran probado cuántos disparos se hicieron al auto? Yo marqué con un lápiz los nueve disparos que hallé.

Volvamos a la sala familiar donde me encontraba esta mañana. El viejo Abdul-Aziz lloraba y su hija -Sundus, la hermana de Alí el camarógrafo- gemía también. "Los estadounidenses vinieron a liberarnos... y mataron a nuestro Alí." La última vez que lo vieron aseguró que estaba bien, pero luego se regresó de la puerta y le dijo a su padre que lo abrazara, y lo besó tres veces. Llamó unos minutos antes de que saliera a su última misión. Dijo que estaría bien.

Otras tres familias -buenos y decentes iraquíes, educados y creyentes en la misma libertad y democracia en las que los occidentales creemos- ahora están indignadas contra los ocupantes estadounidenses. "Sólo tenía un hermano y los estadounidenses se lo llevaron... ¿de dónde voy a sacar otro?", lloraba la joven.

Alí al-Amairi era casado y no tenía hijos. Su compañero reportero tenía apenas cuatro meses de casado. Su viuda está embarazada. El chofer del Volvo, Abdul Ghani, deja una viuda, un hijo y tres hijas. Todos me invitaron a tomar té y me manifestaron su afecto con expresiones de paz y amor. Y todos detestan la ocupación y a los soldados estadounidenses.

No, no creo que esto justifique la barbarie en Fallujah. Pero entiendo la rabia insaciable que estos parientes iraquíes sienten. Los estadounidenses, después de todo, mataron a tres perdiodistas occidentales el 9 de abril del año pasado, y pocos meses después a un camarógrafo afuera de la prisión Abu Ghoreib, y luego a un camarógrafo de la ABC en Fallujah, la semana pasada. Y los dos Alís el mes pasado.

"Lamentamos la muerte accidental de los empleados de Arabiya", dijo esta semana el ejército estadounidense. Y eso fue todo. ¿Qué más pueden decir? Tal vez, como escribí después de las muertes de inocentes en Bosnia, hace 12 años, debí haber terminado cada uno de mis reportes con la palabra: "¡Cuidado!"

© The Independent – La Jornada

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