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Irak: Un banquete
de negocios y corrupción

Naomi Klein*

La reconstrucción de Irak es una estafa proteccionista, un New Deal neoconservador que transfiere fondos públicos ilimitados –en contratos, préstamos y seguros– a firmas privadas, y, por si fuera poco, hace a un lado la competencia extranjera bajo el disfraz de la “seguridad nacional”.
La autora asistió a un encuentro de 400 empresarios –ávidos de obtener una tajada del jugoso negocio en Irak– y representantes de la Autoridad Provisional de la Coalición, USAID, Halliburton y miembros del Consejo de Gobierno iraquí, entre otros, y comprobó que los días de la fiebre del oro se desvanecieron. Las ganancias serán enormes, sí, pero sólo para unos cuantos. A costa de los iraquíes o de los contribuyentes estadounidenses. Aunque queda una pregunta en el aire: ¿por qué ninguna de las grandes compañías de seguros quiere entrar al jugoso pastel?

Son las 8:40 de la mañana y el salón del hotel Sheraton truena con el sonido de explosivos de plástico chocando contra metal. No, no es el Sheraton de Bagdad, es el de Arlington, Virginia. Y no se trata de un verdadero ataque terrorista, sino de uno hipotético. La pantalla al frente del cuarto transmite un anuncio de “receptáculos de basura resistentes a las bombas”.

Este bote de basura es tan resistente, nos dicen, que puede contener un estallido de explosivo C4. Y su fabricante está convencido de que si le dan la oportunidad, estos cachorros se venderán como pan caliente en Bagdad –en estaciones de autobuses, cuarteles militares y, sí, en los hoteles de lujo. Están disponibles en verde cazador, morado fortuneberry y cobre windswept.

Esto es Reconstruyendo Irak 2, un encuentro de 400 hombres de negocios con la cosquilla de participar en un pedazo de la acción de la reconstrucción iraquí. Están aquí para conocer a los que reparten el efectivo, en particular los 18.6 mil millones de dólares en contratos que serán otorgados en los próximos dos meses a las compañías de los países “compañeros de coalición”.

Las personas que hay que conocer por acá son las de la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA, por sus siglas en inglés) y su nueva oficina de Administración de Programas, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, la Agencia Internacional de Desarrollo de Estados Unidos (USAID), Halliburton, Bechtel y los miembros del consejo gobernante interino de Irak. Todos estos actores están en el programa de conferencias y se les ha prometido a los delegados empresariales que tendrán una oportunidad de arrinconarlos en “recesos de trabajo en red” programados.

Hasta el momento ha habido docenas de shows comerciales sobre oportunidades de negocios creados por el diezmo de Irak; tienen lugar en salones de hoteles, desde Londres hasta Amman. Sin duda, en las primeras conferencias latía una especie de euforia provocada por el dinero en efectivo, euforia que no se había visto desde los mareadores días previos al derrumbe de los dot-coms.

Pero pronto se hace evidente que algo no anda bien en Reconstruyendo Irak 2. Seguro, los organizadores parlotean sobre cómo “los costos de reconstrucción no militares podrían ser de unos 500 mil millones de dólares” y que esto es “el mayor esfuerzo gubernamental de reconstrucción desde que los estadounidenses ayudaron a rehacer Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial”.

Sin embargo, para el público bajo en cafeína, que mira no muy convencido los botes de basura que explotan, el ambiente es más de parca determinación que de fiebre de oro. Las pláticas mareadoras sobre las oportunidades de mercado son remplazadas por sobrias discusiones sobre seguros de muerte súbita; la emoción por el dinero fácil gubernamental cedió el paso a la controversia sobre las firmas extranjeras a las que dejan fuera del proceso de licitación; la exuberancia de las leyes de inversión ultraliberales del jefe de la CPA, Paul Bremer, ha sido atemperada por los temores de que esas leyes podrían ser revocadas por un gobierno iraquí electo de forma directa.

En el ojo del toro

En Reconstruyendo Irak 2, llevado a cabo los pasados 3 y 4 de diciembre, parece que finalmente la comunidad inversionista se dio cuenta de que Irak no es sólo un “emocionante mercado emergente”; también es un país al borde de una guerra civil.

Los iraquíes protestan contra los despidos en las agencias del Estado y cada vez más se escuchan exigencias de elecciones generales. Va quedando más claro que la convicción preguerra de la Casa Blanca, de que los iraquíes darían la bienvenida a la transformación de su país en un Estado de ensueño de libre mercado, puede haber estado tan fuera del blanco como su predicción de que recibirían a los soldados estadounidenses con flores y caramelos.

Le menciono a un delegado que el miedo parece estar empañando el espíritu capitalista. “El mejor tiempo para invertir es cuando aún hay sangre en el suelo”, asegura. “¿Irá a Irak?”, le pregunto. “¿Yo? No, no le podría hacer eso a mi familia.”

Al parecer, seguía impresionado por la actuación de esa tarde del ex integrante de la CIA, John MacGaffin, quien arengó al público como un sargento de Hollywood. “¡Somos blancos fáciles!”, vociferó. “Estamos en el ojo del toro.... ¡deben poner la seguridad en el centro de la operación!” Afortunadamente para nosotros, la compañía de MacGaffin, AKE Group, ofrece soluciones integrales de contraterrorismo, desde una armadura personal hasta evacuaciones de emergencia.

Youssef Sleiman, director gerente de Iniciativas Iraquíes de la Harris Corporation, tiene un punto de vista empresarial semejante respecto de la violencia. Sí, los helicópteros se caen, pero “para cada helicóptero que cae, habrá reaprovisionamiento”.

Comienzo a notar que muchos de los delegados en Reconstruyendo Irak 2 tienen una imagen parecida: cortes de cabello estilo militar con oscuros trajes de negocios. El gurú de esta pandilla es Robert Dees, general de división jubilado y recién alquilado a los militares para encabezar la división de “estrategias de defensa” de Microsoft.

Dees le dice al público que reconstruir Irak tiene un significado especial para él porque él fue uno de los que lo rompió. “Mi corazón y mi alma están en esto porque fui uno de los principales planeadores de la invasión”, dice con orgullo. Microsoft está ayudando a desarrollar un “e-gobierno” en Irak, lo cual, admite Dees, es un poco adelantado, ya que no hay un “g-gobierno” en Irak –ni líneas telefónicas que funcionen.

No importa. Microsoft está determinada en ser de las primeras. De hecho, la compañía tiene una relación tan cercana con el consejo de gobierno iraquí que uno de sus ejecutivos, Haythum Auda, fue el traductor oficial del ministro de Trabajo y Asuntos Sociales del consejo, Sami Azara Al-Ma’jun, durante la conferencia. “No sentimos odio hacia las fuerzas de la coalición”, dice Al-Ma’jum, a través de Auda. “Las fuerzas destructivas son menores y esto va a terminar pronto... ¡siéntanse confiados en reconstruir Irak!”

El negocio del riesgo

Los ponentes en un panel sobre cómo “manejar los riesgos” tienen un mensaje diferente: ten miedo de reconstruir Irak, mucho miedo. Al contrario de los presentadores anteriores, su preocupación no son los obvios riesgos físicos, sino los potenciales económicos. Se trata de los corredores de seguros, los parcos cosechadores de la fiebre de oro de Irak.

Resulta que hay un importante impedimento en el valiente plan de Paul Bremer de subastar Irak mientras todavía está bajo ocupación: las compañías de seguros no se la creen. Hasta hace poco, la pregunta de quién aseguraría a las multinacionales en Irak no había sido apremiante. Los principales contratistas de la reconstrucción, como Bechtel, estaban cubiertos por el USAID de los “riesgos inusualmente peligrosos” con los que topasen. Y el trabajo del oleoducto de Halliburton está cubierto por una ley expedida por Bush el 22 de mayo, que indemniza a toda la industria petrolera de “cualquier incautación, juicio, decreto, reapropiación, fallo, embargo u otro proceso judicial”.

Pero ahora que las licitaciones de las empresas estatales de Irak comenzaron, y que los bancos extranjeros están listos para abrir sucursales en Bagdad, de pronto, el tema de los seguros es apremiante. Muchos de los ponentes admiten que los riesgos económicos de entrar a Irak sin cobertura son enormes: las empresas privatizadas podrían ser renacionalizadas, se podrían restablecer las reglas de propiedad extranjera y podrían romperse los contratos firmados con la CPA.

Normalmente, las multinacionales se protegen contra esto adquiriendo un seguro de “riesgo político”. Antes de obtener el puesto más alto en Irak, éste era el negocio de Bremer –vender seguros de riesgo político, expropiación y terrorismo en Marsh & McLennan Companies, la mayor correduría de seguros del mundo–. Sin embargo, en Irak, Bremer no advirtió el volátil clima de negocios, tan volátil que los aseguradores privados –incluso sus viejos colegas en Marsh & McLennan– simplemente no quieren asumir el riesgo. El Irak de Bremer, sin duda, no se puede asegurar.

“La industria aseguradora nunca había estado expuesta de esta manera”, le dijo R. Taylor Hoskins, vicepresidente de la aseguradora Rutherford International, a los delegados, en tono de disculpa. Steven Sadler, director gerente y presidente de Marsh Industry Practices, una división de la antigua compañía de Bremer, está aún más decaído. “No busques en Irak una solución a los seguros. El interés es muy, muy, muy limitado”.

Claro que Bremer sabía que Irak no estaba listo para ser asegurado: cuando firmó la Orden 39, que abría buena parte de la economía iraquí a la propiedad extranjera, la industria aseguradora estuvo específicamente excluida. Le pregunto a Sadler, un clon de Bremer con cabello peinado hacia atrás y una corbata roja brillante, si le parecía extraño que un ex ejecutivo de Marsh & McLennan pudiera no haber advertido la necesidad de los inversionistas de tener un seguro antes de entrar a una zona de guerra. “Bueno”, respondió, “tiene que pensar en muchas cosas”. O quizá simplemente tiene mejor información.

Cuando el ánimo de Reconstruyendo Irak 2 no podía hundirse más, subió al podio Michael Lempres, vicepresidente de seguros de la Overseas Private Investment Corporation (OPIC). Con una confianza ausente de las anteriores intervenciones traumáticas, anunció que los inversionistas se podían relajar: el Tío Sam los va a proteger.

Una agencia gubernamental estadunidense, la OPIC, provee préstamos y seguros a compañías estadounidenses que invierten en el extranjero. Y si bien Lempres coincidió con los anteriores ponentes en que los riesgos en Irak son “extraordinarios e inusuales”, también dice que “la OPIC es diferente. No existimos primordialmente para generar ganancia”. En vez de eso, la OPIC existe para “apoyar la política exterior estadunidense”. Y debido a que convertir a Irak en una zona de libre comercio es una meta importante para Bush, la OPIC estará ahí para echarle la mano. Horas antes, el presidente Bush había firmado una legislación que provee “de realces al programa de seguro de riesgo político de la agencia”, según un boletín de prensa de la OPIC.

Armado con este claro mandato político, Lempres anunció que “abría las puertas del negocio” de la agencia en Irak, y ofreció financiamiento y aseguramiento, incluyendo el más riesgoso de todos los seguros: el riesgo político. “Esta es una prioridad para nosotros”, dijo Lempres. “Queremos hacer todo lo que podamos para alentar la inversión estadunidense en Irak.”

La noticia, hasta ahora no reportada, parece tomar por sorpresa hasta a los delegados de más alto nivel. Tras su presentación, Julie Martin, una especialista de Marsh & McLennan, se acerca a Lempres.

“¿Es cierto?”, pregunta.

Lempres afirma con la cabeza. “Nuestros abogados están listos” para actuar.

“Estoy impresionada”, dice Martin. “¿Están listos? ¿No importa quién sea el gobierno?”

“Estamos listos”, responde Lempres. “Si hay una expro [piación] el 3 de enero, estamos listos. No sé qué vamos a hacer si alguien invierte mil millones de dólares en un oleoducto y hay una expro”. Lempres no parece estar demasiado preocupado por estas posibles expros, pero es una cuestión seria. Según su mandato oficial, la OPIC “es autosustentable y no tiene un costo neto para los contribuyentes”.

Pero Lempres admite que los riesgos políticos en Irak son “extraordinarios”. Si un nuevo gobierno iraquí expropia y re-regula, la OPIC podría verse obligada a compensar a docenas de empresas estadounidenses por miles de millones de dólares en inversiones y ganancias perdidas, posiblemente decenas de miles de millones. ¿Qué sucedería entonces?

Negocios y corrupción

Esa noche, en un coctel de recepción patrocinado por Microsoft en el Salón Galaxy, Robert Dees nos conmina “a trabajar en red a favor del pueblo iraquí”. Yo sigo órdenes y le pregunto a Lempres sobre qué sucedería si “el pueblo iraquí” decide retomar su economía de manos de las firmas estadounidenses que él tan generosamente ha asegurado.

¿Quién saca del apuro a la OPIC? “En teoría –dice–, la Tesorería estadunidense nos respalda”. O sea, los contribuyentes estadounidenses. Sí, ellos de nuevo: la misma gente que ya le pagó a Halliburton, Bechtel y los demás para que pudieran hacer un gran negocio de la reconstrucción en Irak, tendrán que pagar a estas compañías de nuevo, esta vez para compensar sus pérdidas. Si bien las enormes ganancias hechas en Irak son estrictamente privadas, resulta que todo el riesgo lo carga el público.

Para las firmas no estadounidenses, el anuncio de OPIC es todo menos reconfortante: debido a que sólo las compañías estadounidenses son candidatas de su seguro, y los aseguradores privados no le quieren entrar, ¿cómo pueden competir? La respuesta es que probablemente no puedan. Algunos países quizá decidan crear un programa equivalente al de la OPIC en Irak. Pero a corto plazo, el gobierno estadunidense no sólo ha impedido que las compañías de “socios que no son de la coalición” compitan con las empresas estadounidenses por los contratos, también se ha asegurado de que las firmas extranjeras a las que se permite competir lo hagan con enormes desventajas.

La reconstrucción de Irak emerge como una extendida estafa proteccionista, un New Deal neoconservador que transfiere fondos públicos ilimitados –en contratos, préstamos y seguros– a firmas privadas, y, por si fuera poco, hasta se deshace de la competencia extranjera, bajo el disfraz de la “seguridad nacional”. Irónicamente, a estas firmas se les otorga este bienestar corporativo para que puedan aprovechar las leyes impuestas por la CPA, que sistemáticamente desmantelan a la industria iraquí de todas sus protecciones, desde las tarifas a la importación hasta los límites a la propiedad extranjera.

Michael Fleisher, cabeza del desarrollo del sector privado para la CPA, explicó recientemente a un grupo de empresarios iraquíes por qué estas protecciones tuvieron que ser removidas. “Los negocios protegidos nunca, nunca se vuelven competitivos”, dijo. Rápido, que alguien le diga a la OPIC y Paul Wolfowitz.

El tema de los dobles estándares estadounidenses sale de nuevo a colación cuando un representante de la CPA sube al podio. Un consejero legal de Bremer, Carole Basri, tiene un mensaje sencillo: la reconstrucción es saboteada por la corrupción iraquí. “Mi temor es que la corrupción será el motivo de la caída [de ese país]”, dice ominosamente, y culpa del problema a “la brecha de conocimiento de 35 años” en Irak que ha provocado que los iraquíes “no sepan sobre los actuales estándares de contabilidad y las ideas sobre la anticorrupción”. Los inversionistas extranjeros, dice, deben comprometerse con la “educación, con subir a la gente a los estándares mundiales”.

Es difícil imaginar a qué estándares mundiales se refiere, o quién educará. ¿Halliburton, con sus escándalos de contabilidad en casa y su escandaloso y excesivo cobro de la gasolina en Irak? ¿La CPA, con sus dos funcionarios bajo investigación por aceptar sobornos y por la inexistente vigilancia fiscal? En el último día de Reconstruyendo Irak 2, el titular principal de nuestras copias complementarias de The Financial Times (patrocinador de la conferencia) es: “Boeing vinculado al fondo de inversión de Perle”. Quizá Richard Perle –quien apoyó la venta del avión recargador de conbustible, de Boeing, con un costo de 18 mil millones de dólares, y sacó 20 millones de dólares de esta empresa para su fondo de inversión– puede enseñarle a los políticos iraquíes a dejar de pedir “comisiones” a cambio de contratos.

Para los expatriados iraquíes que se encuentran en el público resulta difícil escuchar la conferencia de Basri. “Seamos honestos”, dice Ed Kubba, consultor y miembro de la mesa directiva de la Cámara de Comercio Americana-Iraquí, “no sé dónde está la línea entre negocios y corrupción”. Señala compañías estadounidenses que subcontratan enormes trabajos de reconstrucción, pagados por los contribuyentes, por una fracción de lo que les están pagando, y luego se embolsan la diferencia. “Si tomas 10 millones de dólares del gobierno estadunidense y subcontratas el trabajo a los iraquíes por un cuarto de millón, ¿se trata de negocios o corrupción?”

Este fue el tipo de preguntas incómodas a las que se enfrentó George Sigalos, director de Relaciones Gubernamentales de Halliburton KBR. En la jerarquía de la reconstrucción iraquí, Halliburton es el rey, y Sigalos está sentado en el escenario, con su anillo lleno de joyas y sus mancuernas de oro, representando su papel. Pero los siervos se comienzan a inquietar, y el cuarto pronto se convierte en un grupo de ayuda mutua de potenciales subcontratistas plantados.

“Señor Sigalos, ¿qué tendremos que hacer para obtener algunos subcontratos?”

“Señor Sigalos, ¿cuándo van a contratar iraquíes para la administración y liderazgo?”

“Tengo una pregunta para el señor Sigalos, ¿qué sugiere para cuando el ejército dice: ‘Vayan con Halliburton’ y no hay respuesta de Halliburton?”

Sigalos pacientemente les dice que registren sus compañías en la página electrónica de Halliburton. Cuando los interrogadores responden que ya lo hicieron y que aún no han recibido respuesta, Sigalos los invita a “que se acerquen a él al final”.

La escena del final es parte sesión de autógrafos de celebridades y parte motín. Sigalos es rodeado por al menos 50 hombres, quienes se codean para inundar al vicepresidente de Halliburton con CD-ROM, planes de negocios y currículums. Cuando Sigalos descubre un pin de Volvo, se ve aliviado. “¡Volvo! Conozco Volvo. Envíame algo sobre lo que puedes lograr en la región”. Pero a los pequeños actores anónimos que pagaron sus entradas de 985 dólares, que están aquí para vender generadores portátiles y paneles de control eléctrico, una vez más les dicen que “se registren en la oficina de adquisiciones”. Se están amasando fortunas en Irak, pero parece que éstas están fuera del alcance de todos, menos de unos pocos elegidos.

La próxima sesión está comenzando y Sigalos tiene que apresurarse. Los siervos vagan entre los mostradores de vidrio a prueba de golpes y basureros resistentes a bombas, acariciando la rojiblanca tarjeta de presentación de Sigalos, con cara de preocupación.

  Redacción: Masiosare. Fuentes: The CIA World Factbook, BBC, Naciones Unidas, “Un país hipotecado para siempre” y “La gran hipocresía”, de Naomi Klein (Masiosare, 09/11/03 y 21/12/03); “Reconstruction’s bottom line”, de Herbert Docena, Asia Times Online, 26/12/03)

(Traducción: Tania Molina Ramírez. Una versión de este artículo fue publicado en The Nation, www.thenation.com y la Jornada de México)

Editor Ahmed Hijazi
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