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MUNDO ARABE.ORG Curso "Islam y Mundo Árabe"
 


 

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A favor del Islam

Xavier Mas Xaxás


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El Jyllands-Posten publicó en septiembre doce viñetas de Mahoma y la violencia anti occidental se ha desatado ahora, cinco meses después, en varios países musulmanes, como Siria, Afganistán, Irán y Líbano. Que un diario danés sea capaz de provocar tanta tensión en lugares tan lejanos y a tan largo plazo demuestra la extrema eficacia de los revolucionarios islámicos. No hay duda de la gran fuerza política del Islam, capaz de promover una revolución internacional contra Occidente. Es un problema capital de nuestro tiempo y lo será durante muchos años.

No soy un experto en el Islam, ni en la historia de las religiones, pero he hecho mis deberes para escribir este Hilo. He leído varios artículos de fondo y, especialmente, un libro de Reza Aslan, un profesor iraní que enseña en la Universidad de Berkeley. Se titula No God but God: The origins, evolution and future of Islam (No Dios sino Dios: los orígenes, evolución y futuro del Islam). Quería evitar al máximo la superficialidad generalizada en torno a la vieja pregunta de siempre, formulada estos días por la mayoría de analistas occidentales: "¿Por qué nos odian?". El interrogante demuestra bastante ignorancia del pasado y bastante soberbia del presente. El resultado es una acumulación de tópicos y errores que reducen la actualidad a un choque de civilizaciones y a la falsa certeza de que el Islam político está en manos de un fanatismo de corte fascista.

La opinión del Occidente cristiano sobre el Oriente musulmán está dominada por el pesimismo de dos intelectuales mediáticos: Samuel Huntington y Bernarnd Lewis. La única solución que ofrecen al entendimiento pasa, necesariamente, por los ideales occidentales de democracia, derechos humanos y secularización: El enfrentamiento se acabará tan pronto como los países islámicos se unan a los principios de la Ilustración, concentren la religión en la esfera privada de las personas y acepten una separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Occidente no contempla otra vía a la modernidad que no pase por aquí.

Como nada de esto es previsible que ocurra, no hay más futuro que la violencia, y en este escenario cualquier detalle -como una caricatura de Mahoma con una bomba en el turbante en un diario danés- hace saltar la chispa y Al Jazeera rebota a medio mundo las imágenes de asaltos a embajadas y quema de banderas.

Ante crisis como la actual, Bush, Blair y tantos otros dirigentes occidentales distinguen entre el musulmán bueno y el musulmán malo. Blair, que alardea de haber leído tres veces el Corán, critica a los fundamentalistas de realizar "una lectura perversa" de las Escrituras.

Planteado en estos términos, el conflicto no es político sino teológico. No se trata de que los revolucionarios islámicos en armas contra Occidente hayan optado por una "mala política", una política perjudicial a los intereses occidentales, sino que han incurrido en una mala práctica de su religión, en una interpretación muy selectiva del libro sagrado. Creo que el error es fundamental porque subvalora la revuelta como arma para alcanzar un fin político deliberado y demuestra la superioridad con la que las democracias cristianas han mirado a los países musulmanes desde la Edad Media hasta hoy. La ideología de las cruzadas está muy arraigada en la psicología colectiva de Occidente. Los musulmanes, para las personas dominadas por estas ideas, son, en su mayoría, unos bárbaros sanguinarios que adoran a un falso profeta. Cristianos fundamentalistas como Jerry Falwell y Pat Robertson, con millones de seguidores en Estados Unidos, aseguran que Mahoma es un terrorista.

 Esta corriente de opinión, que con más o menos matices, domina en Occidente y acentúa la incomprensión. No sirve, por ejemplo, para explicar ciertos progresos en países musulmanes. ¿Cómo es posible que a la islámica Malasia le vayan mejor las cosas que a la budista Tailandia? ¿Por qué Turquía, Indonesia y Bangladesh tienen regímenes más democráticos y abiertos que bastantes de sus vecinos? Los más de cien millones de musulmanes que hay en India son decisivos en cada elección y confían en Estados Unidos para solucionar la soberanía de Cachemira. En el Irán del sha sólo el 28% de las mujeres sabía leer y escribir. Veinte años después, en 1996, el régimen teocrático de los ayatolas, el mismo que restringe al máximo las libertades de las mujeres, ha aumentado hasta el 80% su nivel de alfabetización. ¿Cómo es posible que en la secular Turquía, con un pie dentro de la Unión Europea, cada día haya más niñas que prefieran ir con velo? ¿Cómo se explica el auge de Hamas en Palestina y de Hezbollah en Líbano? ¿Por qué los taliban vuelvan a controlar amplias zonas de Afganistán? ¿Cómo es posible que Irán, con la clase media más amplia y próspera del mundo islámico, haya elegido democráticamente a un presidente tan radical que hable de aniquilar Israel y conseguir la bomba atómica?

Es, precisamente, en Irán y en el triunfo de la revolución islámica donde encontramos algunas respuestas a estos interrogantes.

El sha industrializó el país. El progreso económico llevó a muchas familias del campo a la ciudad, y allí se encontraron con dificultades que no estaban preparadas para superar. La vida se les hizo mucho más dura. Estaban desubicadas, con referencias sociales que no entendían ni aprobaban. Su refugio natural fue el Islam, que durante cientos de años había regulado la vida cotidiana, así como las relaciones familiares y sociales. Jomeini demostró por primera vez que es posible, a través del Islam, transformar el descontento, la frustración y el odio de millones de personas en una fuerza política imparable. Para él y sus seguidores, el sacrificio y el martirio se convirtieron en instrumentos políticos legitimados por el Corán para luchar contra dirigentes déspotas y corruptos legitimados por Occidente, que los defendía como modernizadores y secularizadores. Saddam Hussein fue uno de ellos. Hasta tiene la llave de la ciudad de Detroit, donde reside la mayor comunidad musulmana de EE.UU.

El Islam tanto es religión como comunidad y un error muy común en Occidente es con ver esta dualidad. El Islam es una forma de vida, una identidad nacional, una civilización. De ahí su fuerza para movilizar a cientos de millones de personas. Lo demostró Jomeini el Irán de 1979 y también Estados Unidos al respaldar la primera jihad de alcance mundial en la historia del islam.

Al invadir Afganistán por intereses estratégicos y económicos en 1979, en plena guerra fría, la Unión Soviética intentó modernizar una sociedad feudal, que veía atrasada y lastrada por el Islam. La revuelta de los líderes locales fue apoyada por Arabia Saudí -Ossama Bin Laden, en particular-, Pakistán y EE.UU. Fue la lucha contra la URSS la que alumbró el sentimiento entre los musulmanes de pertenecer a una comunidad internacional, la mítica umma. Esta guerra logró lo que el panarabismo de los años 50, liderado por Nasser, no había conseguido. El enemigo del Islam quedó definido con toda claridad: era Occidente, tanto el capitalista como el comunista, porque representaba una civilización materialista e imperialista.

El enfrentamiento era imparable. El Islam político había encontrado un instrumento clave para sus intereses: la violencia, el terror.

A diferencia de tantos otros movimientos de liberación, el origen del Islam político no es violento. Nació a mediados del siglo XIX, impulsado por las elites musulmanas educadas en Occidente, que se sentían impotentes frente al imperialismo europeo. Vieron claro que el interés civilizador de Occidente consistía sólo en el dominio político y económico del territorio con ayuda de un poderoso ejército. Ocurrió en Oriente Próximo y también en el subcontinente indio. Se planteó entonces un debate dentro del Islam que todavía dura: ¿Hay que romper todo contacto con Occidente o es necesario aprender todo lo que Occidente tiene de útil para poder derrotarlo con sus mismas armas?

La descolonización de Oriente Próximo después de la Segunda Guerra Mundial no supuso ningún respiro para las naciones árabes. Francia y el Reino Unido fueron sustituidas por Estados Unidos como potencia hegemónica. Necesitaba petróleo seguro a bajo precio, es decir, un escenario estable y leal: Israel, por un lado, Saddam por otro, el sha en Irán y el integrismo waabita de los Saud en Arabia Saudí.

Fue ante el ejemplo de alianzas contra natura como estas que en los años 80 y sobretodo en Egipto surgió una nueva elite más politizada y mejor educada, más consciente, al fin y al cabo, del papel interpretado por Occidente en Oriente Próximo. Estos líderes fueron capaces de vehicular contra EE.UU. la frustración que sufría la población por las penurias económicas, que ellos achacaban a la mala gestión de los regímenes corruptos apoyados por Washington.

Este liderazgo cuenta cada día con más apoyos políticos. Los Hermanos Musulmanes avanzan en Egipto, lo mismo que Hezbollah en Líbano y Hamas en Palestina. Irak, mientras tanto, va camino de convertirse en una república islámica chiita amparada por Irán.

Son las urnas en cada uno de estos países las que marcan el camino, y en Occidente nos sorprende. Nos extraña que el peso de la religión en las sociedades musulmanas. Nos olvidamos, claro está, del creciente peso de la religión en nuestros propios sistemas políticos. En EE.UU. es imposible ser elegido para ningún cargo público sin demostrar una sólida fe cristiana. En España, la Iglesia católica ha participado en masivas manifestaciones políticas contra avances sociales como la reforma educativa y los matrimonios entre homosexuales. En Francia, Holanda, Dinamarca, Austria e Italia ganan fuerza los partidos ultra conservadores con una fuerte dosis de cristianismo en sus ideologías.


Al Occidente que presume de secularizado pero que no lo es tanto llegan, mientras tanto, imanes de Oriente dispuestos a controlar la comunidad islámica de un barrio, una ciudad. Su misión es garantizar que esa comunidad viva de acuerdo con los principios del Islam. Las democracias occidentales temen a estos líderes religiosos porque, por encima de todo, predican que la ley de Dios está por encima del estado de Derecho, y lo hacen con una autoridad y una fuerza que arrinconan a los pocos y cada vez menos influyentes intelectuales musulmanes que trataban de impulsar las ideas de la Ilustración. Estos imanes ofrecen a los musulmanes europeos y estadounidenses una nueva autoridad moral y religiosa en un entorno secularizado y hostil. Así se impone, por tanto, el tradicionalismo y la resistencia. Ni un chiste es tolerado.

Control y supervisión son otras críticas comunes al Islam, donde el interés de la comunidad está siempre por encima del interés del individuo. Esta jerarquía, aplicada a rajatabla, impide respetar las libertades individuales y los derechos humanos. No hay libertad de expresión que valga cuando está en juego el honor del Profeta.

También las democracias occidentales, sin embargo, controlan de forma creciente a sus ciudadanos, coartando sus libertades fundamentales. En Estados Unidos, por ejemplo, la USPatriot Act rebaja sustancialmente los derechos civiles en aras de la seguridad colectiva.

Esta radicalización hacia los extremos autoritarios que experimenta Estados Unidos deslegitima su misión en Irak y, de rebote, refuerza la desconfianza del mundo islámico hacia Occidente, hacia su democracia y su secularismo. La resistencia iraquí, por ejemplo, la mantienen viva aquellas personas que entienden que una democracia de corte occidental en su país favorecerá más a EE.UU. que a ellos mismos.

El futuro del Islam, sin embargo, no ha de ser tan negro como el presente. Lo afirma Aslan en su libro y a su optimismo nos agarramos.

Hay musulmanes que intentan reconciliar sus valores religiosos con las realidades del mundo moderno. También es cierto que hay musulmanes que, frente a la modernidad, reaccionan de forma contraria, es decir, reafirmando, a veces con fanatismo, los fundamentos de su fe.

Este pulso no está claro cómo se resolverá. De momento, parece que los integristas ganan terreno. A unos y otros, sin embargo, y este es el punto esencial, les interesa que el Islam mantenga su marcado carácter político. Los conservadores lo necesitan para instaurar repúblicas islámicas, mientras que los reformistas lo necesitan para alumbrar una democracia islámica, que nada deba a Occidente y que sea reflejo de las primeras enseñanzas del Profeta.

Mahoma creó una sociedad igualitaria donde el respeto a la mujer, por ejemplo, era fundamental, así como a los cristianos y los judíos. Durante los dos primeros siglos del Islam, entre el VII y el IX, los musulmanes leían el Corán junto a la Torá. La abogada iraní Shirin Ebadi, premio Nóbel de la Paz, afirma que “Dios nos ha creado iguales. Al luchar por un trato igualitario, hacemos lo que Dios quiere que hagamos.”

Si la democracia tiene algún futuro en el Islam, afirma Aslan, deberá ser sobre las tradiciones y valores del Islam. “Un estado democrático puede establecerse sobre cualquier marco moral siempre y cuando el pluralismo se mantenga como fuente de su legitimidad”. Todas las democracias occidentales tienen una base moral y casi todas, además, unos antecedentes religiosos.

 El escritor británico egipcio Ahdaf Soueif considera que “los ideales de justicia social, servicio público e igualdad, identificados en los tiempos modernos con Occidente, se encuentran en el Corán y las tradiciones del Profeta”. La democracia islámica no tiene, sin embargo, que ser teocrática. Basta con siente las bases para preservar estos ideales.

Hoy estamos muy lejos de alcanzar esta meta. La reconciliación entre la visión tradicionalista de la sharia y la visión reformista, que permitiría adecuarla a la democracia y los derechos humanos, parece imposible.

Por eso es tan importante entablar diálogos honestos con el Islam. Por eso creo que fue un error imperdonable que las autoridades danesas no atendieran las peticiones de la comunidad islámica en Dinamarca para hablar. El sólido orgullo nacionalista danés fue, en este caso, una seria desventaja. No se trataba de renunciar a las libertades adquiridas, sino de ponernos en la piel del otro, y esto es algo que no hacemos, aunque sepamos que es imprescindible.

¿Por qué ha fallado el proceso de Barcelona? ¿Por qué en diez años de pretendido diálogo inter mediterráneo no se ha conseguido nada? ¿Por qué no somos capaces de ver más allá de las imágenes que repiten las cadenas de noticias, responsables, en gran parte, del odio colectivo?

Hay una profunda incomunicación, y el discurso de las libertades que tanto gusta a los occidentales para reafirmar su falsa identidad superior no ayuda a solventarla. Despreciando a los barbudos y a las mujeres con velo, afirmando en una radio sí y otra también que no hay cultura islámica que valga la pena, no hacemos más que hundirnos en la ignorancia que alimentará una confrontación de proporciones insospechadas.

Fuente: La Vanguardia

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