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RECORRIDO CORTO DE DIFICULTAD MEDIA
POR LA PLAZA DE JEMA’ EL FNA
Brigitte Vasallo
(Pincha las imágenes para aumentar)

MUNDO ARABE.ORG
Cuando decimos, como dicen los libros de viajes
y las guías turísticas, y los mapas y los documentales, que Marrakech tiene una
plaza llamada Jema’ el Fna, inducimos, por peripecias involuntarias del
lenguaje, a error. En Marrakech se da un hecho llamado Jema' el Fna que desde
hace siglos concurre sobre un retazo de terreno robado a la ciudad, a la
circulación, a la construcción desenfrenada
de
espacios escriturables públicos y privados y ambos, sitio y hecho, han acabado
confundiendo los nombres hasta hacerlo uno mismo. Como sitio la plaza no es
nada; como hecho es subversivo.
El sitio: es un solar abierto en
pleno bullicio de calles abigarradas y sobre explotadas de la medina antigua de
Marrakech, sin ningún tipo de mobiliario, sin encuadres, sin aceras que la
separen de la calzada, sin iluminación artificial… nada más que un pedazo de
vacío asfaltado observado a distancia prudencial por edificios emblemáticos no
desde el punto de vista arquitectónico o urbanístico, sino imponentes desde la
metáfora: la Banque du Maroc, Correos, la Sûreté Nationale, el Club Med y
anunciada a lo lejos (anunciada que no presidida como se pretende, pues son de
una independencia amable), por la majestuosa Koutubia. En el sitio de Jema' el
Fna podemos incluir la estación de taxis en una esquina, los cafés que la
rodean, los restaurantes cochambrosos que la ocupan llegada la noche. El
centenar de carritos de zumo de naranja y frutos secos marcan una línea que
algunos quisieran ver como frontera de la plaza siendo sólo otro de los
infinitos dibujos que pueden trazarse en ella. Ése es el sitio, el que los
turistas apresados, bienintencionados, condicionados por las lecturas previas al
viaje, reducidos a ellas, fotografían. Pero cualquier foto tomada en Jema' el
Fna es una foto frustrada a Jema' el Fna, pues ninguna película (animada o
inanimada) puede ir más allá del árbol que configura un bosque momentáneo,
irrepetible y, como tal, huidizo.
El
hecho: en la extensión constructiva-destructiva de la ciudad (urbanizada,
pensada, decidida, diseñada, controlada, canalizada), en el conjunto de tierra
socializada, de espacio comprable y vendible, en un emplazamiento no marginal ni
periférico sino en su centro codiciado, se crea, desde la momentaneidad
espontánea, un lugar habitado por la voz y la presencia. Un lugar de
trasgresión, de subversión no codificada, sin manifiesto fundacional ni
pantomima más allá de la propia pantomima, sin pretensión otra que la de estar
allí en aquel instante. En el hecho-Jema' el Fna todo es irrisorio, y
todo/todos/toda/todas son/somos objeto de una burla descarnada a la que
contribuimos el burlador y el burlado en igualdad de condiciones; su espiral
engulle a todo aquél que se asome aún sin saber que está asomado, es un mundo al
revés que es mundo al derecho en el que los bufones, delincuentes de poca monta,
prostitutas sin burdel, limpiabotas, aguadores, artesanillos, curanderos,
vendedores ambulantes de baratijas invendibles, liantes, se mezclan con sabios,
turistas, entendidos, burgueses de allende los mares, señoras de hermosa virtud,
doncellas, directores de cine de alto intelecto para, a deshonra de los
múltiples movimientos revolucionarios venidos y por venir, colocarlos en círculo
(advierto: no en fila, no en líneas, no en grupos) alrededor del artista sin
peana: del travestido descarnado e impío, del faquir místico, del cantante
afónico y arrítmico, del cuenta cuentos (advierto: no escritor, no poeta, no
creador, no intelectual), del milagrero, del cómico.
Al hecho de Jema' el Fna no se
va: se hace. No se decide, sino que se aparece allí y en ese aparecer se empieza
a formar parte del todo.¿Qué menos intencionado que el grupo de turistas no
llegados sino llevados a la plaza sin saber ni qué ni por qué? Pero llegan y
son:
la plaza-hecho los hace: los coge, los arrastra, los desviste de turista, los
viste de aguador, les cuelga serpientes del cuello, les pide dinero ( que dan) y
aún, a las buenas mozas, les exige un beso al más sucio del grupo como recuerdo
de Marrakech: el negocio para los aguadores (para los encantadores de
serpientes, para los gnawas…), la aventura exótica para el turista, el circo
para el que pasea, para el que mira y todo el conjunto el teatro, la vida. El
cómico que escoge al primero que se sienta a escucharlo como objeto de burla
absoluta, y esta burla atrae al siguiente, y la música se une, y la halqa se
agranda y cada nuevo llegado recibe su paliza, ¡y pobre del que conteste!, pero
contestan, sí, porque la alegría de la carcajada es más fuerte que el dolor del
orgullo. Y el cuenta cuentos sentado en el suelo (advierto: en Jema' el Fna
sólo he visto una tarima, que es la que usan los hombretones vestidos de
bailarina para hacer aún más jaleo) con la gilaba raída y toda las historias
guardadas en él.
Que en tiempos de televisión,
radio, video, Internet, cine, bares un grupo de gente variopinto se siente en el
suelo alrededor de un hombrecillo que habla historias por el simple beneficio
de disfrutarlas en aquel instante concreto en que pasaban por allí es
subversivo.
Que este acto de comunicación pura y dura entre el uno y los otros, en la que
los otros intervienen libremente cuando quieren y de formas inesperadas, se dé
de manera espontánea sobre el asfalto de un solar a pocos metros del vetustísimo
edificio de Correos, del Bloque de Cemento de la Comunicación, es
revolucionario. Que ante el enorme Banque du Maroc con todo lo que representa se
dé esta forma de comercio primaria, espontánea, voluntaria entre el público y
el ilusionista, que a través de los siglos ( pues la perdurabilidad es el
primer milagro del hecho espontáneo) ningún sistema bancario haya logrado
recuperarlo para sí, es esperanzador. Que ante la todopoderosa Sureté Nationale,
ante el edificio de alargadas sombras del Ministerio del Interior marroquí,
entre el poder de la porra y el poder divino que representa la mezquita (que,
paradójicamente, se encuentra enfrente, una vez salvado el intervalo de la
plaza), se den las formas más esperpénticas de transformismo, transexualismo,
homosexualidad chirriante, prostitución callejera, obvia y literalmente velada
(las famosas prostitutas cubiertas que tantos desubicados han confundido con
fundamentalistas islámicas!), es .... Falta ya de adjetivos que expresen toda mi
devoción por esta plaza sólo me queda el recurso del pleonasmo: todo esto es
Jema' el Fna.
Se dan situaciones de belleza
desnuda en otros lugares. Pero aquí la belleza procrea, recrea, se reproduce,
perdura cambiando de
rostro,
cruda, real y exultante.
Los extranjeros tratamos de explicarla. Los marrakxís no la
explican. Sólo nosotros nacimos sin ella. Mas la plaza no es un invento marrakxí,
no les pertenece (aunque les honra): es un de los lugares naturales del ser
humano, un punto de encuentro no modificado por otro poder que el del ser y el
estar. Un lugar innato que los demás perdimos en algún punto del camino.
Acabo con la voz prestada de los
halaqis, con un preludio y una invitación:
En nombre
del Santo patrón de Marrakech
Sidi bel Abbas
Imperturbable Protector de la
ciudad
que no encuentra descanso
hasta que todos sus hijos
ya sean de aquí,
ya sean de fuera
han
encontrado cobijo.
***
¡Venid a ver la ciudad,
despoblada de dinero
tomada por
la locura!
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