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En la cabeza de Sadam

Tahar Ben Jelloun

Mundoarabe.org 4 de julio de 2004

Como en la película Cómo ser John Malkovich, he logrado penetrar en la cabeza de Sadam en la misma víspera de su comparecencia ante un tribunal Irakuí. Lo que he podido averiguar resulta aún más pavoroso que las penalidades que el dictador infligió a su pueblo. He aquí el relato de mi hallazgo.

“Qué torpe tengo hoy la cabeza... Ni mi ánimo ni mi mente consiguen abandonar la estancia, de modo que no logro imaginarme lo que sucede en el exterior. En realidad, no pasa nada. Gente que muere. Gente que mata. Y la vida sigue. Pero ¿qué puedo decir de mí mismo? ¿Continúo, yo? Pienso, pero mis pensamientos giran en redondo para acabar estrellándose contra los tabiques de mi cráneo. Mi cabeza ha crecido y, aunque vacía, la sigo sintiendo torpe sobre mis hombros. Renuncio a dirigir la vista atrás. Sería una tortura que mis enemigos desearían que practicara en mi soledad. No, no he sido, no he sido nunca: ¡soy Sadam Husein, el traicionado, el que siempre persiguió el bien de su pueblo, el que se arriesgó para que Irak fuera un país digno, orgulloso de sí mismo y próspero. ¡Quieren juzgarme! Pero ¿qué daño he hecho? ¿Qué ha hecho Sadam para estar encerrado ahora entre cuatro paredes? ¿Qué se me reprocha? ¿Haber dicho la verdad? ¿Haber desafiado a los potentados kuwaitíes? Ahora bien, ¡pero si todos los árabes piensan como yo! Lo que pasa es que ninguno de sus dirigentes tiene el coraje suficiente como para pasar a la acción. Por mi parte, lo he hecho. Y he aquí que, en lugar de apoyarme y darme los parabienes, se confabulan todos contra mí, convirtiéndome en el enemigo más monstruoso y dantesco del planeta. Y, por lo que atañe a mi pueblo, lo han reducido al hambre y la miseria. Pero el pueblo me quería. Dicen que me temía, pero en realidad me quería. ¡Y dicen que me he beneficiado del embargo! ¡Naturalmente que me he aprovechado de él! No hubieran debido imponérnoslo. Cientos de miles de niños murieron como consecuencia de él. ¡Yo lo sabía y no hacía nada para que se viera lo bárbaro y cruel que es Occidente!

 “El 16 de marzo de 1988, el día en que ordené gasear a los kurdos en Halabja, me limitaba a responder al secreto deseo de los Irakuíes y posiblemente de los turcos; no hacía más que anticiparme a sus deseos. Fui el fiel servidor de mi pueblo. ¡Vaya!, oigo que la gente se ríe. ¿Hay alguien ahí? ¿A qué vienen esas risas? No estoy bromeando. Pero lo cierto es que los kurdos amenazaban la unidad del país. Trataban de fracturar el país, así que yo les aplasté antes a ellos. Eso es todo. Cuando se gobierna un país no hay sentimientos que valgan. Ésa es mi fuerza y mi verdad. No conozco la duda ni la vacilación. Cuando he de zanjar una cuestión, la zanjo. Es exactamente lo mismo que hizo en 1982 mi amigo enemigo, Hafez El Assad, que envió la fuerza aérea a Hama, donde se habían congregado varios millares de islamistas opuestos a su régimen. En una sola noche resolvió la papeleta. Mató tanto como yo y a él en cambio no se le ha importunado. ¿Y el hermano Gaddafi? Fue acusado de poner bombas en aviones comerciales; ha resarcido económicamente a las familias de las víctimas y se le ha perdonado todo.

“Por mi parte, nunca me he propuesto nada importante sin que mis amigos norteamericanos, alemanes y franceses estuvieran al corriente. ¿Me preguntan sobre la guerra contra Irán? Los norteamericanos me dieron luz verde y me vendieron toneladas de armas. El gas y los aviones con los que gaseé Halabja provenían de fábricas francesas y alemanas. ¿Sobre la guerra de Kuwait? El embajador norteamericano estaba conforme. ¿Qué quieren, entonces? ¿No soy bueno para ellos? ¿Me he convertido en el enemigo de la humanidad? ¡Quieren juzgarme por crímenes contra la humanidad! Pero ¿qué humanidad? Soy una víctima, un hombre traicionado, un chivo expiatorio. He matado a mis oponentes con mis propias manos. ¡Eso sí que es ser valiente! Los demás dirigentes árabes optan por hacer desaparecer a sus oponentes y luego ordenan a la policía que les busque... Por lo que a mí respecta, soy sincero y franco. No soy ni un demócrata ni un ingenuo. El hombre es malo. Sólo comprende el poder de la fuerza. Créanme, soy buen conocedor del alma humana, sé de qué pasta está forjada y de lo que es capaz. Los Irakuíes son duros y severos y les gusta que les gobierne un dirigente severo. Es nuestra historia desde el término de la monarquía, resuelta al modo Irakuí, es decir, con sangre. Yo soy inocente, soy una víctima de la doblez norteamericana. Mi juicio no será un juicio justo. Para que lo fuera habría que juzgar a todos los dirigentes árabes, a ambos Bush –padre e hijo–, a las Naciones Unidas, a Chalabi, a Alaui, a muertos y a vivos, a todos, a todos...”.

Sadam se ha puesto a aullar y dar alaridos, exigiendo que se le proporcione un arma para matar a quienes le han traicionado. Con los ojos inyectados de cólera echa espumarajos por la boca, cae al suelo y se retuerce convulso como si sufriera una crisis de epilepsia. Se pone a delirar. La locura se ha apoderado de su persona.

He abandonado el interior de este cráneo presa de la náusea y la repulsión. He sentido deseos de vomitar. Tal es la maldición que se ha abatido sobre esta región del mundo en que se suceden las dictaduras, engendrando nuevos monstruos que se avivan y crecen con presteza para que los árabes se instalen por largo tiempo en la decadencia y la miseria.

TAHAR BEN JELLOUN: Escritor franco-marroquí. Premio Goncourt 1987. La Vanguardia . Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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