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_______________________________________ La Argelia
de Henri Alleg Miguel
Urbano Rodrigues Mundoarabe.org, 10 de agosto de 2004 Dos
amigos -el sociólogo brasileño Florestan Fernandes y el escritor francés
Henri Alleg- me parecen hoy cual paradigmas del eticismo revolucionario. Ambos,
por la falta de ambición y el sentido de la fraternidad, han ejemplificado para
mí un tipo de humanismo en vía de extinción. Conocí
a Henri Alleg solo en 1986, en Bulgaria, durante un congreso internacional de
periodistas. No podía entonces imaginar que la empatía intelectual surgida en
aquellos días sería el prólogo de una identificación poco común, por la
profundidad, en los terrenos ideológico y humano. Para
Alleg la existencia no tendría significado sin el combate permanente por la
revolución social, como infinito absoluto. Los
años vividos en Argelia -un cuarto de siglo- hicieron de él protagonista de
una saga que fue ahora recordada en un filme bellísimo de Jean Pierre Lledo (distribution@visiongroupe.com) Henri
Alleg es simultáneamente el héroe de las leyendas hechas realidad y el anti- héroe,
por su aversión al protagonismo. En
los años 50 fue director del diario «Alger Republicain», el único que en
Argelia --por su línea editorial y la composición étnica del colectivo--,
rechazaba la lógica del sistema colonial. En
el libro «La Grande Aventure d'Alger Republicain» --que debería figurar entre
las obras estudiadas en todas las facultades de periodismo del mundo--, Alleg
evocó, transcurridas décadas, el combate del colectivo del mítico periódico
que asumió el desafío condensado en el título del filme. Fue una lucha épica
la tentativa de concretar un sueño que la historia frustró. Ellos eran jóvenes,
valientes, no temían perseguir el imposible aparente. Creían en una Argelia
fraterna, que fuera la patria de cuantos allí vivían: árabes, bereberes,
franceses. El
tema del filme es precisamente ese: la fraternidad procurada por el equipo de «Alger
Republicain». En él predominaban comunistas, pero no todos eran miembros del
PC argelino, perseguido con ferocidad por el gobierno de la colonia, enmascarada
de parcela de Francia. Todo
es en apariencia muy sencillo en esta película dolorosa pero estimulante, con
escenas que empujan al espectador a un universo de tragedia griega, invitándolo
a bajar a las raíces de la condición humana. Es
el regreso de Alleg a los escenarios donde se desarrolló la batalla de «Alger
Republicain» lo que provoca el choque emocional. En el muelle del puerto, al
bajar de un navío, es aguardado por los antiguos compañeros, los
sobrevivientes del colectivo. La
visita a la siniestra prisión de Argel -la Barberrousse- y a las salas donde
Henri fue torturado con requintes de barbarie, trae a la memoria crímenes que
la Francia oficial de la V república insiste en minimizar o negar. El
periódico fue cerrado en 1955, Henri pasó a la clandestinidad, y lo prendieron
y torturaron en 1957 los paracaidistas del general Massu. Los
acontecimientos sometieron el héroe no héroe a la prueba mayor de su vida. En
un libro punzante -«La Question»- describió como quizás ningún otro
escritor de nuestra época, el mundo monstruoso de la tortura. Henri
escribió en la prisión y el libro salió de su cárcel hoja por hoja. Resistió
a todo, incluso al pentotal, el pasmoso «suero de la verdad». Cuando
«La Question» -es la palabra usada por los oficiales de Massu para designar la
tortura- apareció en las librerías, la emoción fue enorme. Tan amplia que,
Roger Martin du Gard y Francois Mauriac, Premios Nobel, y Jean Paul Sartre y
Gabriel Marcel, tomaron posición en un manifiesto al pueblo francés que alcanzó
repercusión mundial. El ejército de Francia estaba imitando a la Gestapo de
Hitler. El
libro fue aprehendido, pero el objetivo fue alcanzado. Ese extraordinario
documento contribuyó a apresurar el fin de la guerra en Argelia. «La Question»,
traducido en muchos países, fue también editado por partidos revolucionarios
en la clandestinidad, que presentaban como ejemplo el comportamiento de Alleg
bajo la tortura. De
Argel informan que el filme, en su presentación en aquella capital, fue
aclamado por las 600 personas que llenaban una sala en que estaban presentes el
ministro de cultura y numerosos embajadores. En
esta época de cobardía, de profunda crisis de civilización, de abyectas
guerras preventivas, de genocidios inseparables de la gula insaciable del
capital, cuando un sistema de poder monstruoso asume los contornos fascizantes
de un IV Reich, el combate de Henri Alleg reconforta. La obra del escritor -tal
como su vida- es un himno a la solidaridad entre los hombres. La lucha del
revolucionario irradia un maravilloso mensaje de confianza y esperanza. Fuente:
resistir.info La
Habana,Traducción de Marla Muñoz |
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