Artículo
Mundo Árabe

La
mala conciencia del sionismo
Joel
Kovel
Traducción:
Manuel Talens
Empezaré
formulando sin tapujos unas cuantas preguntas, tan duras como la situación
actual en Israel/Palestina. ¿Cómo han podido los judíos, asociados desde
tiempos primitivos con el sufrimiento y con elevados principios morales,
identificarse con un estado-nación aborrecido en todo el mundo por la opresión
que ejerce sobre un pueblo autóctono subyugado? ¿Por qué una mayoría
sustancial de judíos ha escogido desafiar la opinión del mundo al
solidarizarse con un Estado que, en lo esencial, ha convertido las tierras que
ocupa en un enorme campo de concentración y ha empujado a sus moradores a
cometer actos tan espantosos como los atentados suicidas? ¿Por qué la sociedad
sionista, enfurecida contra el terrorismo, se olvida de que tres de sus primeros
ministros de los últimos veinte años –Beguin, Shamir y Sharon– están
considerados como antiguos terroristas y autores de grandes carnicerías? ¿Y
por qué estas palabras que acabo de escribir –junto con las de otros judíos
que critican Israel– serán recibidas con rencor y amargas quejas por los
sionistas, que las tacharán de ‘autofóbicas’ y ‘antisemitas’? ¿Por qué
los sionistas no ven o, para ser más exactos, por qué ven pero niegan la
brutal realidad que ha promovido dicho Estado?
El
empleo del concepto de ‘negación’ (denial)
señala la necesidad de un tratamiento psicológico de la comunidad sionista.
Pero en asuntos de esta categoría, la psicología es sólo un aspecto de un
todo mayor, que incluye hechos inflexibles como el de la ocupación por la
fuerza de territorios reivindicados por quienes los habitaban en otros tiempos.
Es evidente que los fenómenos de conciencia se procesan de manera subjetiva.
Pero ni se originan en la mente ni se limitan a los pensamientos y a los
sentimientos. La conciencia es, también, algo objetivo y está vinculada con
otras nociones, como la justicia y la ley, que existen fuera del deseo de
cualquier individuo. La conciencia es, asimismo, colectiva y pertenece a los
hechos realizados por el grupo en cuyo conjunto se desarrolla. Podríamos decir
que estos fenómenos de grupo se organizan en ‘universos éticos’, en los
cuales confluyen la historia, la mitología y los comportamientos individuales
para formar un todo mayor. Dichos universos éticos pueden ser en sí mismos
universales cuando el todo incluye a otros seres, considerados como partes
integrantes de una humanidad común (o, en el caso de las criaturas no humanas,
de la naturaleza); o bien, tal como suele suceder con frecuencia, pueden
asimismo formar un todo en ausencia de virtudes morales.
Pues
bien, en la actual situación de Israel/Palestina, esa humanidad común está
negada, ya que el Otro carece de reconocimiento y la ley no es igual para todos,
pues hay dos varas de medir. En los esquemas mentales de este jaez, que han
mancillado la historia desde el principio y constituyen uno de los mayores
impedimentos para lograr un mundo mejor, reina la ley del talión y se tolera la
violencia contra el Otro, pero se demoniza al mismo tiempo la que proviene del
Otro. Al igual que en los ámbitos de la materia y la antimateria, cada uno de
estos universos éticos se encuentra emparejado con su adversario, pero ese
doble reflejo especular no implica una equivalencia ética y en su resolución
hay que aplicar las reglas de la justicia. En este caso, no debería caber duda
alguna de que los auténticos culpables son quienes desposeyeron a otros y
ocuparon ilegalmente sus territorios nacionales. Esto no significa que debamos
excusar las salvajadas que palestinos o árabes han cometido durante la lucha
–lo cual sería una negación de lo ético–, pero proporciona un contexto
para comprender el conflicto de manera más profunda y nos obliga a estudiar con
un cuidado especial la curiosa situación de los judíos. A pesar de las
innumerables variantes entre las diversas fracciones del judaísmo, hubo fuerzas
históricas únicas que contribuyeron a dar forma a un dilema común y
representaron un papel fundamental en el nacimiento del sionismo.
Existía
la creencia de que los judíos tienen un mejor criterio, de que son
mejores. El hecho de haber sufrido persecución y de vivir eternamente en los márgenes
de Europa, supuestamente hizo que los judíos alcanzaran un mayor desarrollo
moral. Puedo decirlo por experiencia propia, ya que de niño me hicieron sentir
que era superior por el hecho de pertenecer a un pueblo más inteligente y con
mayor ética que los no judíos que nos rodeaban. Nosotros, los judíos, éramos
la excepción de la historia.
Hay
un mito que prestó coherencia a esta certeza a lo largo de los siglos y que dio
lugar a la identidad judía: se trata del ‘Pacto’ existente –una suerte de
tratado preferencial– entre los judíos y Dios. How Odd of God to Choose the Jews [Es de admirar que Dios eligiese a
los judíos], era el título de un libro de mis años de estudiante en la
escuela ortodoxa. Uno se sentía
imbuido de manera inequívoca por el Ser Supremo y se consideraba superior a los
meros goyim *. Las
implicaciones escasamente éticas de esta actitud y el rencoroso desprecio que a
menudo la acompañaba –uno casi podía escuchar el escupitajo golpeando el
suelo al pronunciar la palabra goyim–
estaban mitigadas por el hecho de que los judíos hablaban desde la posición de
víctimas. La excepción judía era una suerte de redención que anulaba los
siglos de aislamiento forzado en guetos, la ausencia de derechos tan elementales
como el de la posesión de tierra y el haber sido zaheridos, masacrados y
expulsados, y no digamos ya la ignominia de vivir constantemente en la
encrucijada del sistema racista del antisemitismo.
La
convivencia con el antisemitismo, incluso cuando su violencia era latente,
contribuyó a incrementar tanto la conciencia íntima del carácter judío como
su extrema susceptibilidad. Pocos judíos son capaces de evitar por completo el
miedo visceral inherente al legado del judaísmo: un redoble acusador con
augurios de pogrom. El judío vive todavía inmerso en el hecho de que su pueblo
ha sido durante siglos el chivo expiatorio de la Europa cristiana: seguimos
soportando sobre nuestras espaldas la infamia de haber matado a Cristo y de ser
responsables de los fracasos de la cristiandad; fueron los usureros judíos
quienes destruyeron la comunidad medieval, no los propietarios ni los barones;
los judíos fueron los causantes de la miseria del pueblo ruso, no el zar. Los
judíos, de maneras demasiado cuantiosas para que las enumeremos aquí, pagaron
por los crímenes de Occidente y por la traición de sus ideales. La peculiar
exaltación de considerarse a sí mismos el pueblo elegido es tanto el efecto
como, en cierto modo, la causa de la persecución antisemita: nos odian, pero
somos mejores que ellos; y nos odian porque
somos mejores que ellos. La excepción reforzó el carácter tribal impuesto a
los judíos y el carácter tribal está relacionado con el antisemitismo,
incluso si ambos son antitéticos.
De
esta matriz surgió una gran variedad de maneras de ser judío, que incluían,
en especial para los judíos de la diáspora europea occidental, la posibilidad
de asimilarse o de permanecer al margen de las sociedades donde vivían. Algunos
judíos, por supuesto, abrazaron la protección tribal como defensa contra un
mundo duro y acusador. Otros, en cambio, adquirieron las habilidades pecuniarias
que se le habían endosado al judaísmo mucho antes de que el capitalismo se
convirtiera en el orden dominante y, una vez que el capital ocupó el centro del
escenario, las desarrollaron hasta convertirse en genios de las finanzas. En
Occidente, algunos judíos vieron en los grandes ideales de universalidad y de
Ilustración una manera de trascender el agobiante papel tribal que se les había
impuesto. Tras haber sido perseguidos, tras haber carecido de los derechos más
elementales a la autodeterminación que el resto de los mortales poseía, los
judíos de este tipo adoptaron los ideales de los derechos humanos universales,
surgidos de la Ilustración, y se convirtieron en paladines de la emancipación.
Y
entonces, a finales del siglo XIX, la antigua promesa del Pacto adquirió la
forma de una verdadera Tierra Prometida. Israel ofreció a los judíos europeos
la oportunidad material de equilibrar las tensiones existentes entre la tribu y
la Ilustración. Empujado por el auge del antisemitismo que precedió y
proporcionó su horrible estímulo al Tercer Reich, Israel se convirtió en el
hogar de la tribu, en el lugar seguro donde los judíos podrían ser judíos. Al
mismo tiempo, ofreció a los que se identificaban con la Ilustración la
posibilidad de demostrar su competencia en los modos liberales occidentales
(incluido el socialismo). De esta manera, nació un proyecto que buscaba
combinar y sintetizar los avanzados valores democráticos occidentales y los
valores tribales.
Los
sionistas tomaron de Occidente los valores de la democracia liberal, pero también
los objetivos, las prácticas y la mentalidad del imperialismo que a menudo
acompañaban a ésta. En apariencia, la convergencia entre espíritu tribal e
imperialismo parecía combinar con éxito los diversos impulsos del proyecto
sionista. Desde el momento de los primeros asentamientos judíos en Palestina,
una mentalidad imperialista permitió que los sionistas racionalizaran de buena
gana la expulsión de los palestinos autóctonos, amparados en el principio de
una misión civilizadora, entremezclada con el repertorio completo de prejuicios
orientales.
La
lealtad del sionismo a la modernidad le permitió asimismo alcanzar un alto
grado de competencia tecnológica y de habilidad organizativa. Durante los años
del Yishuv –asentamiento–, esto se hizo patente en la manera con que los
sionistas superaron a los pueblos autóctonos en cualquier actividad, y ello
pese a la enorme superioridad numérica de estos últimos. Más tarde, durante
las guerras que dieron lugar al estado de Israel y las que llevó a cabo dicho
estado, su mayor capacidad organizativa y militar convirtió a Israel en un
gigante regional, guiado, además, por la ley del talión del tribalismo y la
reducción racista del adversario.
Durante
cierto tiempo resultó fácil simpatizar con un estado judío y pasar por alto
sus tendencias imperialistas, en especial en el período crucial de finales de
los cuarenta, cuando la realidad del Holocausto surgió como un recordatorio
diabólico de la vulnerabilidad judía frente a las maldades de la denominada
Civilización Occidental. Recuerdo el júbilo y la esperanza que sentí a mis
doce años al saber que, por fin, íbamos a tener ‘nuestro estado’, y soy
consciente de hasta qué punto los judíos que me rodeaban compartían dicho
sentimiento.
Pero
ni siquiera el hecho de comprender o de simpatizar puede anular la certeza de
que, al adentrarse en este camino, el sionismo estableció el escenario –a la
manera de Esquilo o Eurípides– que ha dado lugar a la tragedia actual. Y esto
tiene mucho que ver con el hecho de que la noción de un estado democrático judío,
a pesar de su atractivo, es tanto una imposibilidad lógica como una trampa.
Parece mentira que un pueblo tan sofisticado tenga tantos problemas a la hora de
entender la imposibilidad inherente a su noción de una Tierra Prometida: una
democracia que funciona sólo para unos pocos no puede existir, por la razón
elemental de que el estado democrático moderno se define por su universalidad.
Los
estados-nación de la modernidad surgieron de la incómoda síntesis de dos
conceptos: la nación, que encarna la historia vivida, sensorial, territorial y
mítica de un pueblo, y el estado, que es el órgano superior que regula una
sociedad y –tal como señaló Max Weber– posee la capacidad de ejercer la
violencia legítima. En su forma premoderna y no democrática, el estado-nación
pudo adoptar directamente la voluntad de un grupo nacional particular. En tales
circunstancias, el grupo mayoritario que controlaba la nación controlaba el
poder del estado. En la práctica, se trataba de una mezcla de reyes y aristócratas
que ejercían el dominio directo territorial, junto con los teócratas de la
clase religiosa, que controlaban la producción simbólica y mitopoética. La
legalidad de los estados premodernos adquirió forma entre el derecho divino de
los reyes y los poderes territoriales del clero.
El
estado-nación ‘democrático’ fue una mutación de este arreglo, forjado
para acomodar el poder de las clases capitalistas recién surgidas, pero también
para hacer progresar la noción de un derecho humano universal, el exaltante
ideal de que todos los seres humanos nacen iguales y libres ante la ley. La
historia posterior a esta formación política revela, en toda su fragilidad,
las tensiones inherentes al discontinuo desarrollo de los derechos humanos. Pero
no deberíamos olvidar que nuestros anhelos de un mundo que supere las venganzas
personales y el poder arbitrario de sus gobernantes depende del refuerzo y del
desarrollo de la noción del derecho humano universal. La legitimidad de los
estados-nación modernos –la legitimidad de la propia justicia– se basa en
este derecho. Por supuesto, no todos los estados-nación democráticos son
justos en la práctica ni funcionan necesariamente según los derechos humanos
universales que profesan. Estados Unidos, Canadá, Australia y África del Sur
son sólo algunos de los muchos ejemplos de estados-nación democráticos
nacidos de la violencia. No obstante, los diversos horrores que marcaron la
historia de estos países no les han impedido ofrecer una participación total
en el gobierno a aquellos grupos sociales previamente esclavizados, expulsados o
exterminados mientras se gestaba el estado-nación. Por ello, Ben Nighthorse
Campbell, un indio estadounidense, hoy es senador, y Colin Powell y Condoleezza
Rice, descendientes de esclavos africanos, dirigen la política exterior de
EE.UU. (no es necesario añadir que de manera muy cordial para con Israel) y algún
día podrían ser presidentes.
Nada
de esto niega el racismo que impide cumplir sus promesas al estado democrático
moderno. Pero existe una gran diferencia entre un estado que no logra cumplir su
contrato social debido a una historia saturada de racismo y otro en el que el
racismo surge del propio contrato social, como ha sido el caso del estado de
asentamientos coloniales de Israel, que pretende ser al mismo tiempo democrático
y organizado de manera étnica, por y para el pueblo judío. En dicho contexto,
el racismo es no solamente un atavismo histórico, sino un rasgo completamente
normal, en perpetuo crecimiento, del panorama político. La existencia de un
estado instituido explícitamente para un pueblo no cesa de reducir y de hacer
mofa de los aspectos emancipadores del sionismo. El sionismo, en pocas palabras,
se basa en una imposibilidad y quien vive en él y forma parte de él vive en el
error.
En
otras instancias de estados surgidos de asentamientos coloniales, la promesa
democrática confiere legitimidad, por muy hipotecada que esté. En el caso de
Israel, la lógica del estado etnocrático impide la democracia auténtica y le
niega legitimidad. Toda la propaganda que describe a Israel como ‘la única
democracia del Oriente Próximo’ y cosas por el estilo es falsa, por muchas
instituciones magníficas que posea o por muchas migajas que se les echen a los
árabes que tienen permiso para vivir dentro de sus fronteras. Esto se puede
probar de muchas maneras, pero ninguna mejor que la incapacidad de Israel para
redactar una Constitución con una Carta de Derechos.
Tal
como sabemos, hay muchos estados en el mundo moderno que se proclaman servidores
de un pueblo y que, en muchos aspectos, son lugares más desagradables que
Israel, lo cual incluye algunos de los estados islámicos, tales como Pakistán
o Arabia Saudita. Pero ninguno de ellos presume, como hace Israel, de la
extravagante afirmación de encarnar las ventajas de la modernidad democrática.
Por ello, uno no espera nada –y nada obtiene– de Pakistán o de Arabia
Saudita desde el punto de vista del derecho democrático; en cambio, Israel se
debate en las contradicciones impuestas por el hecho de asociar rasgos de la
democracia liberal en el interior de una misión tribal, fundamentalmente
premoderna.
En
Israel, la excepcionalidad judía es el catalizador de la horrible disolución
de las facultades éticas y, por extensión, del universo ético completo que
polariza el pensamiento sionista. Pues el pueblo elegido de Dios, con su magnánima
identidad obtenida con tanto sufrimiento, por definición no puede caer en la
violencia racista. ‘Nosotros no somos capaces de hacer eso’, dice el
sionista, cuando, de hecho, son precisamente los sionistas quienes lo están
haciendo. El resultado inevitable es la fractura psicológica, que expulsa fuera
de campo los actos que uno comete. De manera subjetiva esto significa que las
diversas facultades de la conciencia, del deseo y de la conducta se desintegran
y prosiguen su desarrollo por caminos separados. Debido a ello, bajo de su
fachada de virtud excepcional, el sionismo carece de dialéctica interna y de
posibilidades de corrección. El Pacto se convierte en una licencia que da
derecho a dominar, en vez de en una obligación de progreso moral. Por lo tanto,
el sionismo no puede crecer; sólo puede repetir sus crímenes y degenerarse
cada vez más. Únicamente un pueblo que aspira a estar tan alto puede caer tan
bajo.
Tales
efectos, adicionados, producen la ‘mala conciencia’ existente dentro del
sionismo. Aquí, la maldad se refiere a las consecuencias del odio, que es el
primer afecto en surgir de la fractura entre las normas elevadas de la promesa
divina y los imperativos del tribalismo y del imperialismo. Los resultados
inevitables son una susceptibilidad hipertrofiada y una negación de la
responsabilidad. La incapacidad de considerar a los palestinos como seres
humanos completos y con derechos humanos equivalentes aguijonea la conciencia,
pero el dolor sufre un proceso de inversión y surge en forma de odio contra
quienes nos recuerdan la traición: los propios palestinos y aquellos que
denuncian las contradicciones del sionismo, en especial si son judíos. Incapaz
de tolerar la crítica, la mala conciencia convierte de inmediato la negación
en proyección. El ‘nosotros no somos capaces de hacer eso’ se convierte en
‘son ellos quienes lo hacen’ y esto empeora el racismo, la violencia y la
gravedad del sistema de desigualdad ante la ley. Por ello, el ‘judío que se
odia a sí mismo’ es una imagen especular de un sionismo incapaz de hacer
introspección. Es la pantalla en donde se puede proyectar la mala conciencia.
Es una culpabilidad imposible de trascender y de convertirse en una concienciación
o en una enmienda verdadera, y que se revuelve como acusación persecutoria y
agresión renovada.
La
mala conciencia del sionismo no puede distinguir entre la auténtica crítica y
los delirios especulares del antisemitismo que yace en las profundidades de
nuestra civilización y que ahora se despierta debido a la crisis actual. Ambos
son amenazas, si bien la crítica progresista es más eficaz, puesto que se
opone a la realidad concreta de Israel y, al diferenciar entre judaísmo y
sionismo, busca la propia transformación; el antisemitismo, al considerar lo
judío de manera abstracta y al demonizarlo con conceptos como el del ‘dinero
judío’ o el de las ‘conspiraciones judías’, yerra el tiro. Por su parte,
el sionismo utiliza el antisemitismo como un cubo de basura en el que arroja
cualquier oposición y como semilla de miedos capaz de fusionar a los judíos.
Esto no significa que se deba olvidar la amenaza que plantea el antisemitismo ni
que debamos abandonar la lucha contra él. Pero la necesidad más perentoria
consiste en desarrollar una perspectiva genuinamente crítica sin dejarse
arrastrar por quienes confunden los reproches al estado de Israel con el
antisemitismo. En conciencia, no es posible condenar el antisemitismo si se
apoya a Israel, porque es Israel quien necesita un cambio fundamental si
queremos que el mundo salga de esta pesadilla.
No
es éste el lugar para analizar en qué consistiría dicho cambio, pero sí
podemos formular cuál ha de ser el principio conductor. Al crear Israel como
refugio y patria de los judíos después de siglos de persecución y, en
especial, al hacer el pacto faustiano con el imperialismo, los judíos que
optaron por el sionismo negaron sufrimientos anteriores y convirtieron en fuerza
su debilidad. Pero dicha fuerza, basada en el dominio, en la opresión y en la
expulsión de otros, es inútil. El sionismo negó lo que se les había hecho a
los judíos, pero no logró negar la propia negación y, por ello, repitió el
pasado con una nueva serie de máscaras. Si alguien lo duda, que se fije en las
opresiones que la cristiandad impuso a los judíos al recluirlos en guetos, al
negarles derechos tan elementales como el de la posesión de la tierra, al
zaherirlos, masacrarlos, expulsarlos y someterlos a un sistema racista, y que se
pregunte si no es eso mismo lo que el sionismo ha impuesto a los palestinos, con
la única diferencia –que vale la pena señalar– de las condiciones del
racismo.
Nunca es demasiado tarde para cambiar las cosas y un número nada desdeñable de
personas de buena voluntad avanzan ya en esa dirección, en medio de grandes
dificultades. Pero sería irresponsable restarle importancia a la sombría
realidad de que el viaje está condicionado por el hecho de que el núcleo del
problema es el propio sionismo y su hipótesis de que es posible tener un estado
democrático para un solo pueblo en particular. Mientras esta idea perdure, esa
antigua tierra denominada Palestina o Israel seguirá supurando contradicciones
venenosas. Y como resulta imposible imaginar que Israel –un estado no democrático
o incluso fascista– es una mejora, llegamos a la sobria conclusión de que la
base sobre la cual asentar una paz justa y duradera en la región pasa por una
nueva definición de la excepcionalidad judía. Son muchas las implicaciones que
están en juego y es necesario ponerse a la tarea. Pero ha llegado la hora de
que el pueblo judío regrese a su lucha por la universalidad.