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_____________________________________________________________________ LA MORERA
Said
Alami
Nunca desprecio una ocasión que pueda
permitirme un trago de una felicidad que casi se nos ha vuelto prohibida de
mayores, salvo a hurtadillas...y en momentos esporádicos como este en el que mi
mirada posó, después de tan larga separación, sobre mi amada morera que a lo
largo de los últimos veinticinco años había ocupado en mi mente un lugar
privilegiado al lado de aquellos rostros que iluminaron cual estrellas el cielo
de mi lejana infancia. Años que desvanecieron de repente...en un
instante...cuando me quedé quieto, con la vista clavada en la morera, como si
estuviera en el umbral del pasado, con la infancia extendida delante de mi,
pletórica y olorosa, cual almizcle. Tantas veces, a lo largo de esos años, había
alimentado la esperanza de conseguir una cesta de moras, o siquiera una sola
mora, sin haber logrado nunca ni una cosa ni la otra.
En aquél período de mi vida solía buscar
también otro árbol de los que caracterizan a Palestina, el almendro, al que
también había perdido el rastro desde que mi familia se trasladó a vivir en el
Golfo, sin haberlo podido localizar a lo largo de los años que pasé allí. Las
tertulias de mi familia en las noches del Golfo giraban tanto en torno a las
moras y almendras, como en torno a Lidda y Ramla y a las riquezas de aquella
tierra
Pasados aquellos años en el Golfo me
encontré, boquiabierto, contemplando la costa mediterránea con sus aguas azules
que se extendían ante mí hasta el horizonte donde imaginaba la costa de
Palestina recibiendo sus olas calurosamente, mientras que a mis espaldas se
extendían los campos de almendros valencianos, en la tierra de nuestros
descendientes españoles.
Allí, en mi soledad, apiñé un montoncito de
almendras verdes sobre la misa de mi cuarto, embargado por una felicidad que
inundaba mi corazón. Pedí algo de sal a la casera quien al saber lo que me
proponía hacer fue presa del pánico y me suplicó por Dios que no comiera
aquellas almendras.. En vano intenté convencerla de que la almendra verde es
inocente de lo que se la atribuía de malos atributos y falsos adjetivos en el
país de los españoles en el que yo era un recién llegado. Pero aquella mujer
hizo caso omiso de mis palabras pasando a calificarme de imprudente mientras
innumeraba una y otra vez los nefastos efectos que las almendras verdes tienen
para la salud, como si se tratara, en su opinión, de una especia de planta
venenosa.
Yo creía que la malvada temía por mi y por mi
salud, cuando de pronto me dijo, desistiendo ya de intentar convencerme, que me
vaya a comer aquellas almendras fuera de su casa ya que no quería tener ninguna
responsabilidad en caso de que alguna desgracia me ocurriera.
Desde aquél día, esta escena se repitió con
decenas de españoles siempre que me veían comiendo almendras verdes o me oían
hablar de ellas con pasión, pues estos españoles tienen unas extrañísimas
creencias de las que no se salvan ni las almendras verdes a pesar de ser este
fruto una de las características principales de su generosa tierra.
Traía a la memoria la historia de mi
reencuentro con el almendro mientras me postraba con auténtica veneración ante
la morera. Y desde aquél día en el que hallé el almendro perseveré en la
búsqueda de la morera, dado que ambos árboles formaban sendas marcas muy
definidas que quedaron grabadas en mi corazón desde los tiempos de la infancia,
con su inocencia y alegría. Por más que me olvide de las cosas, nunca olvidará
lo feliz que me sentí al haberme encontrado de nuevo con el almendro, en los
campos de Valencia, que tanto parecen a los de Palestina, sea por su naturaleza
o por sus frutos.
Mi felicidad entonces no se reducía tan solo
al hecho de haberme encontrado con el almendro tras años de alejamiento, sino
que era debida también a que yo, con mis propias manos, recogía las almendras
de aquellas ramas a las que me había acostumbrado desde mi más tierna infancia,
por lo que parecía que mi felicidad se debía al reencuentro con un íntimo amigo
tras un largo alejamiento. Aquél día, con los almendros rodeándome por doquier,
me acordé de cierto día en el que me hallaba en compañía de un grupo de mis
congéneres a los pies del monte Yerzim, en Nablus, en un campo de almendros que
se hallaba al sur de la ciudad, entre el monte y la carretera que llegaba hasta
el cruce de carreteras de Wadi Al Badan-Jerusalén. Corríamos más veloces que el
viento mientras las piedras y los insultos que nos lanzaba el guarda de la finca
no dejaban de perseguirnos en un intento de impedir que acabáramos con las
almendras verdes de los que estaban cargados aquellos árboles. Una vez a salvo
de las garras del guarda formamos un círculo alrededor de un buen montón de
almendras que engullimos entre risas y burlas de aquél pobre hombre con quien
esa escena se repetía a diario cada primavera.
En cuanto a la morera, había perdido yo la
esperanza de encontrarla en las zonas que conocí en el país de los españoles a
lo largo de los últimos 20 años. Muchas veces me aseguraban conocidos míos
españoles que las moreras existían en ese o aquél lugar, para que, una vez
trasladado a aquellos lugares, a veces soportando largos viajes, me percataba de
que en realidad aquellas personas no comprendían lo que son las moras ni las
habían visto en su vida. En España existe una especie de arbusto que dan un
fruto parecido a la mora, o quizás se trate de moras envilecidas, alabado sea
Dios que no permitiría nunca que las moras sean envilecidas. La mora es
inconfundible ... es aquel fruto blando de forma ovalada, de color blanco o rojo
tirando a negro, del tamaño de una almendra grande, su tacto es delicado a pesar
de tener una superficie rugosa, y cuando se pone en la boca se desvanece sin
dificultad en su interior impregnándola de un sabor dulce.
Repetí esta descripción a oídos de los
españoles una y otra vez, encontrando que algunos no habían oído hablar de ello
nunca ni había visto algo parecido y que otros me indicaban aquellos lugares
donde encontraba una planta llamada en español “frambuesa” o otra a la que se la
llama “mora” siendo los dos frutos tan parecidos a la mora como el mono al
hombre. En cuanto a los copartícipes de la condición de extraños de entre los
palestinos y de sus vecinos árabes, todos se ponían de acuerdo, cuando les
preguntaba, en que las moras no existían en el Paraíso Perdido a pesar de que
la Historia cuenta que los árabes introdujeron las moras en España y crearon en
ella la industria de la seda.
Hasta que un día, no hace mucho tiempo,
metido en una conversación con un amigo libanés, le conté, muy orgulloso, mis
idas y venidas entre unos pocos almendros en las afueras de Madrid. Luego le
expresé mi desolación por mi fracaso hasta aquél momento en encontrar la
morera. Entonces el hombre exclamó:
- Claro que hay moreras.
No daba crédito a mis oídos. Sabía a ciencia
cierta que aquel hombre sabía perfectamente y al detalle todo lo relacionado
con los frutos de la tierra en nuestros países, por lo que le pregunté
impaciente:
- ¿Que dices?.
El hombre insistió y repitió hablando en su
dulce dialecto, mientras pavoneaba orgulloso del hecho de que todas mis
esperanzas pendían de él:
- Hay muchas moreras.
Volví a dudar de la veracidad de sus
palabras, a pesar de que procedía de la zona más genuina del campo del norte
libanés, y le pregunté agotada mi paciencia:
- ¿Donde?.
Mi amigo mi explicó entonces que las moreras
se encuentran en un lugar cerca del pueblo de Aldea del Fresno, cerca de Madrid,
al oeste de la ciudad. Yo conocía bien esa zona y no me sorprendió el hecho de
que allí hubiera moreras. Incluso las había buscado allí, hacía largo tiempo,
sin resultado, por un sentimiento que me embargaba cada vez que visitaba, para
el esparcimiento, aquella zona conocida por sus huertos y bellos paisajes.
Mi amigo, unas dos décadas mayor que yo, se
puso a darme una conferencia sobre las moras. Me explicó como su aldea solía
vivir, igual que muchas aldeas en su alrededor, hasta el final de la Segunda
Guerra Mundial, principalmente gracias a la producción de la seda, criando
gusanos de seda sobre las hojas de las moreras. Hasta que terminó diciendo,
dejando de pavonearse, y dirigiéndose a mi calurosamente, con sus ojos brillando
con una luz extraña, producto de los recuerdos, lo que me hizo pensar que se
trataba de un halo de luz venido del tiempo de su lejana infancia cuando los
montes del Líbano eran un paraíso y un prodigio:
- En la carretera que lleva a Aldea del
Fresno, unos kilómetros antes de llegar al pueblo, se yerguen las moreras a
ambos lados de la carretera. Vimos a esos árboles dos amigos míos y yo, por pura
casualidad, mientras recorríamos la zona en coche, por lo que nos detuvimos y
nos bajamos a toda prisa sin dar crédito a nuestros ojos. El suelo, debajo de
los árboles, estaba cubierto de moras. Los árboles, algunos estaban cargados de
moras
Una amplia sonrisa se dibujó en los labios de
mi amigo, quien agregó:
- Empezamos a coger moras del suelo y
comerlas con la voracidad propia de unos trastornados mentales...comimos
tanto...comimos tanto...hasta que ya no sabíamos que hacer con las moras. Mis
dos acompañantes no habían visto las moras desde hacía largos años mientras que
yo no las había visto desde el estallido de la guerra civil en nuestro país
dejando desde entonces de viajar allí, a la espera de una solución. Y mientras
llenábamos nuestras tripas de moras polvorientas por la tierra del camino, con
los coches
pasando a nuestro lado y sus pasajeros
mirándonos con suma extrañeza, los tres nos lanzamos a contar nuestros recuerdos
relacionados con las moras en Líbano, sin que ninguno de nosotros estuviera
escuchando lo que decían los otros dos, pues los tres nos afanábamos intentando
llegar, saltando, a las moras que pendían de las ramas inferiores.
No aguanté más e impaciente le pregunté
nuevamente, aun a sabiendas de que mi insistencia sin duda le iba a molestar:
- ¿ Pero estás seguro de que eran moras?.
Entonces su sonrisa desapareció, y con el
mismo acento que no le había abandonado en más de 30 años de residencia en
Europa:
- Maldito sea este chico... por supuesto que
eran moras... por supuesto... ¿es que no conocemos las moras, compadre?.
Apacigüé su ánimo hasta que recuperó su
sonrisa, mientras me había tranquilizado respecto a la veracidad de sus
palabras. Así, acordamos esperar al mes de julio, fecha en la que se inicia la
temporada de las moras, para irnos a aquella carretera mágica. Dos meses nos
separaban de aquella cita, período que pasamos, cada vez que nos encontramos,
hablando de acerca de la aproximación de la feliz fecha.
Siempre que hablábamos del tema su rostro
adquiría el semblante de grandeza, como si fuera Cristóbal Colón acabando de
descubrir un nuevo continente. Él también esperaba la temporada de las moras
con fuerte anhelo, del que una vez me dijo que parecía al anhelo que sentían
los aldeanos del campo libanés cuando pasaban el año a la espera de la temporada
de la seda por lo que les aportaba de ingresos, especialmente después de
inventar las paracaídas y del amplio uso que tuvieron durante la Segunda Guerra
Mundial, pues aquél invento hizo crecer sus ingresos gracias al gusano de la
seda.
Pronto pasaron los dos meses... y llegó el
momento del encuentro... y heme aquí ante el árbol de la infancia. Levanté mis
ojos hacia sus frondosas ramas que me parecían brazos extendidos hacia mi para
abrazarme con ansia y cariño...exactamente como solía comportarse conmigo hacía
muchos años. Veía el cielo a través de sus hojas sobre las cuales tracé los
tiempos más dulces de mi vida, cuando de pronto el color azul se fundió en el
verde, y las moras blancas se tornaron estrellas que destellaban con un
esplendor
fascinante. En aquellos momentos en los que
mi mente se había fugado de mi mundo presente llegaron a mis oídos los gritos de
unos niños y las risas de unos chavales. Y oí entre ellos a un niño que llamaba
a sus congéneres por sus nombres, en el fragor de sus juegos... Basem...Rasem...Esmat...Hisham...Nazif...
y divisé sobre las ramas altas de las moreras unos diablillos con pantalones
caquis y cabellos despeinados y polvorientos, con toda la felicidad del mundo
reflejada en sus ojos...¿y cómo no, si estaban, a escasos metros de sus casas,
regocijándose en el regazo de las moreras... que con sus hojas les protegían del
resplandor del sol nablusí... y que le obsequiaban con estos frutos prodigiosos
que a ellos les parecían míticos.
Al instante siguiente les divisé bajándose al
suelo y corriendo hacía otro árbol... contar hasta diez y luego lanzarse a la
carrera hacía una tercera morera por la que trepaban apresuradamente... subirse
hasta sus ramas entrelazadas... lanzándose de una rama a otra, como monos a
veces y como pajarillos otras. Incluso les divisé, en plena fuga mental,
colgándose de las ramas entrelazadas, trasladándose a través de estas ramas,
con gran destreza, de una morera a otra, sin necesidad alguna de bajarse al
suelo y con todo el orgullo del mundo en su resplandecientes semblantes,
lanzando algunos de ellos, de vez en cuando, gritos imitando al grito de Tarzán
de los monos, como lo conocían por el cine.
Más tarde les atisbé sacudiendo las ramas de
las moreras haciendo que sus frutos, blancos, granates y negros, se precipitaran
en gran cantidad sobre la hierba del suelo, apresurándose a zamparlas, alegres,
con mucho alboroto y una sorprendente energía. Y me di cuenta que entre ellos
había chavales que estaban recogiendo en sus pañuelos lo que podían de moras
para llevarlas a casa, donde quizás sus madres, conformes, les den palmaditas en
la espalda y no les castigaran por llevar los pantalones manchados de moras
granates por haberse revolcado, en el fragor de sus juegos, encima de las moras
que cubren el suelo.
Balbuceé mientras las lágrimas agitaban en
mis ojos ... Basem... Rasem... Esmat...Hisham ...y me acordé de la desgracia que
se abatió sobre y como algunos otros fueron dispersados y desterrados por el
mundo, ellos que no se separaban excepto en sueño. Allí está Esmat, al cabo de
tantos años, trastornado mentalmente desde que su hermano mayor perdiera la
vida en la batalla de Al-Karamah, en 1968.
Y dentro de su desgracia la suerte de Esmat
fue misericordiosa comparándose con el destino al que fue a parar Hisham quien
un soldado israelí mató en Nablus... tal vez cerca de aquellas moreras...
mientras participaba en una manifestación contra los ocupantes que continuaban
ensuciando aquella pura tierra.
Las dolorosas imágenes se irrumpían en mi
mente a la velocidad de rayo, trayéndome a la memoria algunos de los destinos en
los que acabaron unos cuantos compañeros de infancia y los que nunca se nos
podían pasar por la mente cuando jugábamos debajo de aquellas misericordiosas
moreras. En cuanto al resto de aquellos amigos... de los que mi alma creció
abrazada a las suyas ... nunca volví a saber nada de ellos desde que nos
separamos hacía más de cuarto de siglo.
Contra mi voluntad las lágrimas fluyeron de
mis ojos... miré al suelo debajo de los árboles encontrando cientos de moras...
los gritos de mis congéneres empezaron a retumbar en mis oídos, elevándose cada
vez con más fuerza, con gran estruendo...entonces me alejé de la morera alzando
la vista hacia ella con temor... cuando aparecía ante mi cual madre
indignada...los gritos y los chillidos se tornaron insoportables para mi
oído...me quedé clavado en mi sitio absolutamente atónito ante lo que
presenciaba sobre sus ramas y debajo de su extendida sombra. No cogí ni una
sola mora. Sentí que aquél árbol se había convertido en el símbolo de lo más
querido que habían tocado mis manos y habían visto mis ojos. El cuarto de siglo
transcurrido desde mi que me separé de la morera la había convertido en un
sagrado monumento... y hasta en el mausoleo de mi infancia. Tomé con mi amigo el camino de regreso a Madrid, envueltos en un silencio que yo procuraba disipar de vez en cuando repitiendo en voz alta:
-No...ya no sabemos lo que son las moras,
amigo mío.
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