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 Libro: El ataque contra la razón
La 'yihad' de Bush

Albert Al Gore

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Hace más de 60 años, en plena II Guerra Mundial, el juez Robert Jackson escribió: "Si existe alguna estrella en nuestra constelación constitucional, es que ningún funcionario, grande o pequeño, pueda prescribir lo que es ortodoxo en política, nacionalismo, religión u otros temas de opinión". Sus palabras no son menos ciertas hoy.

Cualquier intento de cualquier Gobierno oficial de Estados Unidos de usurpar el derecho divino es, por consiguiente, una blasfemia. El Gobierno, en el proyecto estadounidense, carece de derechos divinos. Su autoridad moral se deriva de la integridad de sus procesos deliberativos y de nuestra propia participación en dichos procesos. El poder que le otorgan los gobernados ha de ceñirse a la letra de la ley. Como escribió John Adams en Massachusetts, somos "un Gobierno de leyes, no de hombres".

La separación de la Iglesia y el Estado se basó no sólo en las ideas de los padres fundadores sobre el miedo, la fe y la razón, sino también en su conocimiento de la naturaleza del poder. (...)

El sistema inmunológico de la democracia estadounidense ha funcionado con más eficacia cuando los ciudadanos de la nación tuvieron mayores oportunidades de examinar "cada hecho, cada opinión" ante el tribunal de la razón. Si bien jamás ha existido una época en que el sistema funcionara a la perfección, hemos triunfado más como nación cuando se han podido discutir con mayor libertad las opciones que se abrían ante nosotros. Sin embargo, nuestra buena disposición y competencia como ciudadanos para desempeñar un papel fundamental se ha puesto en duda. Nuestra capacidad de llevar a cabo un análisis racional ya no es lo que era. La verdad es que leer y escribir ya no son tan importantes a la hora de interactuar con el mundo como antes. (...)

El descubrimiento de que nuestro Gobierno había torturado de manera rutinaria y cruel a prisioneros (y continuaba haciéndolo obedeciendo a una política oficial) provocó escasas protestas, aunque amenaza los valores y la autoridad moral de Estados Unidos en el mundo. De manera similar, la revelación de que la rama ejecutiva había espiado masivamente a los ciudadanos estadounidenses, sin respetar el imperativo constitucional de obtener mandatos judiciales (y continuaba haciéndolo), provocó tan escasa controversia que el Congreso aprobó la legislación y consolidó la práctica. No obstante, esta acción amenazaba la integridad de la Declaración de Derechos, que es la esencia del don de Estados Unidos a la historia de la humanidad.

Al mismo tiempo se empujó a la mayoría de los ciudadanos a aprobar y respaldar de buen grado la invasión de un país que no nos había atacado y que no suponía ninguna amenaza para nosotros. Poca oposición se expresó al repliegue de las tropas estadounidenses y otros recursos bélicos en la persecución de terroristas que sí nos atacaban y sí suponían un peligro inminente.

¿Cómo hemos podido llegar a estar tan confundidos sobre la diferencia entre las amenazas reales y las amenazas ilusorias? ¿Estamos acaso exhibiendo el tipo de reacción irresponsable y vaga ante los peligros que acechan a la república, que consigue incapacitarnos para apoyar el buen funcionamiento del Gobierno constitucional estadounidense? Y aunque no estén de acuerdo conmigo sobre mis conclusiones acerca de las decisiones tomadas por la Administración, ¿no habría sido mejor habernos involucrado en un debate claro y abierto acerca del tema?

Al presentar la invasión de Irak como el frente central de una lucha épica entre el bien y el mal, el presidente Bush intentó disfrazar su política de declarar una guerra sin provocaciones previas de fe religiosa. Estados Unidos se había quedado en estado de estupor debido a la ferocidad y magnitud de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. El temor a más atentados, y la intensa ira que sentíamos todos contra aquellos que habían matado a nuestros compatriotas, provocó que nuestro país deseara seguir el liderazgo de nuestro presidente y atacar los objetivos que él eligiera.

Al principio envió tropas a Afganistán para atacar a los terroristas y destruir sus bases. Pero poco después, Bush empezó a desviar los deseos de venganza de la nación de Osama Bin Laden a Sadam Husein. Ofreció a los estadounidenses una forma de abrirse paso entre las complejidades de la política exterior, a base de dividir todas las naciones del mundo en dos categorías: "O estáis con nosotros o contra nosotros". Incluyó a Irak en "el eje del mal" y presentó pruebas falsas de que Husein había intentado fabricar armas atómicas. Por ironías del destino, los otros dos miembros de ese eje (Irán y Corea del Norte) han dedicado los últimos seis años a desarrollar sendos programas de armas nucleares.

Mucho antes de que empezara a preparar la guerra contra Irak, Bush ya había anunciado que su enemigo era el mal. El día después del 11-S, Bush anunció: "Se va a librar una batalla monumental entre el bien y el mal, pero el bien vencerá". Dos días después, yo estaba sentado entre el público de la catedral Nacional cuando Bush proclamó que "su responsabilidad ante la historia" era "librar al mundo del mal". Aquel día pensé que la mayor parte del discurso del presidente era excelente, y así se lo dije. Pero recuerdo que me quedé atónito ante la grandiosidad y desmesura de su extraña e inquietante afirmación de que podía "librar al mundo del mal".

¿De veras?

La semana siguiente, al dirigirse a una sesión conjunta del Congreso, Bush dijo que Dios había previsto el resultado del conflicto en el que nos íbamos a enzarzar porque "libertad y miedo, justicia y crueldad, siempre han estado en guerra, y sabemos que Dios no es neutral en dicha contienda".

Como han observado otros, la visión de Bush de su política en el contexto de un conflicto fatídico espiritual entre el bien y el mal no se ajusta a la doctrina cristiana. Se parece más a la antigua herejía cristiana llamada maniqueísmo (rechazada por la cristiandad hace más de mil años), cuyo propósito era dividir toda la realidad en dos sencillas categorías: el bien absoluto y el mal absoluto.

La sencillez siempre es más atractiva que la complejidad, y la fe siempre es más consoladora que la duda. Tanto la fe religiosa como las explicaciones exentas de complicaciones del mundo se valoran mucho más en épocas de gran temor. Además, en épocas de gran incertidumbre y angustia pública, cualquier líder que combine una política simplista con afirmaciones de que sigue los mandatos de Dios se escapará con más facilidad de preguntas difíciles basadas en las deficiencias lógicas de sus argumentaciones.

Hay muchas personas en ambos partidos políticos a quienes preocupa sobremanera la inquietante relación del presidente Bush con la razón, su desprecio a los datos reales y su falta de curiosidad por cualquier nueva información capaz de conducir a una comprensión más profunda de los problemas y las tácticas que ha de afrontar en nombre de nuestro pueblo.

No obstante, la gente que le ve y oye en la televisión interpreta a veces la falta de curiosidad de Bush y su aparente inmunidad a la duda como prueba de la fuerza de sus convicciones, aunque esta misma falta de flexibilidad (ese testarudo rechazo a tomar en consideración opiniones alternativas o pruebas contradictorias) supone un peligro gravísimo para nuestro país.

Por la misma razón, la simplicidad de los pronunciamientos de Bush suele malinterpretarse como prueba de que ha llegado hasta el fondo de un problema complejo, cuando en realidad lo cierto es lo contrario: suele expresar su rechazo a adentrarse en complejidades. Y eso es muy preocupante en un mundo en que los desafíos a los que se enfrenta Estados Unidos son muy complejos y exigen análisis rigurosos, prolongados y disciplinados.

Sin embargo, no recuerdo ni un solo periódico, comentarista o líder político que cuestionara la afirmación del presidente de que el objetivo de nuestra nación era "librar al mundo del mal". Además, casi nadie cuestionó la ridícula lógica que utilizaron el presidente y el vicepresidente para relacionar a Osama Bin Laden con Sadam Husein. (...)

La Administración de Bush demuestra una y otra vez su falta de respeto por todo ese proceso básico. Aduce que se halla bajo la guía divina. Cree que sabe la verdad, y no siente la menor curiosidad por conocer datos que puedan contradecirle. Por ejemplo, Bush describió la guerra de Irak como una "cruzada", un desprecio al hecho evidente de que las implicaciones sectarias de esa descripción podrían plantear a nuestras tropas más dificultades en una nación musulmana que ya había repelido en numerosas ocasiones las invasiones de cruzados cristianos durante la Edad Media. Uno de los generales responsables de la política bélica, William G. Boykin, se sumó a un ciclo de charlas de grupos evangélicos conservadores durante su tiempo libre y declaró, desde el púlpito y en uniforme, que nuestra nación se había embarcado en una guerra santa como "nación cristiana que lucha contra Satanás". (...)

En la Navidad de 2006, el congresista Robin Hayes (del Comité Nacional Republicano) propuso que la única solución perdurable de la guerra civil sectaria en Irak era "propagar el mensaje de Jesucristo. Todo depende de que el mundo se entere de que el Salvador ha nacido". Bien, congresista, yo también considero que Jesús es mi Salvador, pero Irak es un país musulmán. El general Boykin no fue destituido. Por cierto, el mismo general Boykin es quien contribuyó a organizar la práctica de malos tratos a los prisioneros en Irak. (...)

Muchos prisioneros declararon que los guardias les habían obligado, bajo el dolor de la tortura, a maldecir su religión, comer cerdo y beber alcohol, violando los preceptos de su fe. Estos ejemplos son tan horripilantes, en parte, porque son contrarios a la esencia de Estados Unidos. Lo que convierte a nuestro país en algo tan especial en la historia de las naciones es nuestro compromiso con el imperio de la ley y nuestra devoción a la democracia y los derechos humanos. Debido a que los padres fundadores habían estudiado a fondo la naturaleza humana, sabían que el bien y el mal se hallan presentes en todas las personas. Temían el abuso de poder porque sabían que cada uno de nosotros vive cada día con un sistema interno de controles y equilibrios, y ninguno puede confiar en ser virtuoso si se le permite alcanzar un grado enfermizo de poder sobre nuestros compatriotas. Piensen en el equilibrio de impulsos internos descrito por uno de los soldados de Abu Ghraib condenado por maltratar prisioneros, el especialista Charles A. Graner fue interrogado por su colega el especialista Joseph M. Darby, que denunció con valentía las violaciones de los derechos humanos. Cuando Darby pidió a Graner que explicara los actos plasmados en las fotografías descubiertas por Darby en el disco de la cámara, Graner contestó: "El cristiano que hay en mí me dice que está mal, pero el responsable de los prisioneros me dice: 'Me encanta obligar a un adulto a mearse encima".

Titulo del libro: El ataque contra el corazón, Autor Al Gore Ex vicepresidente de EE UU con Bill Clinton, editorial Debate.

 

 

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