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Madrid visto desde Bagdad

Agustín Velloso*

El primero de julio de 2002 es una fecha sin significado para los españoles. Ese dí­a, una bomba de mil kilos arrojada por un bombardero de Estados Unidos contra una multitud que asistí­a a una boda causó 40 muertos y 100 heridos, la mayor parte niños y mujeres. El 7 de abril de 2002 no recuerda nada especial a los españoles, ni el 8, ni el 9.

En esos casos, el Ejército israelí­ atacó con tanques y cazas el campo de refugiados de Jenin y el número de muertos sobrepasó los 200. No ha habido en ningún caso una comisión de investigación, unos minutos de silencio, llamadas a la solidaridad de gobiernos e instituciones, mucho menos una compensación a las familias de las víctimas.

El 5 de diciembre de 1996 no dice nada a los españoles, pero ese día la secretaria de Estado de Estados Unidos declaró en el programa de televisión de ese país “60 minutos” que a su juicio estaba justificada la muerte de medio millón de niños iraquíes causada por las sanciones impuestas contra Irak.

En realidad no hay que buscar fechas concretas. La muerte, la destrucción y el daño causados por varios países occidentales en otros países de Asia, África, Sudamérica y Oriente Medio constituyen una tradición antigua, consistente, inhumana y casi siempre sufrida sin respuesta por parte de las víctimas. Cuando la ha habido – y calificada como terrorismo por los occidentales- ha sido aplastada sin piedad y los civiles han pagado con sus vidas por la defensa de sus derechos humanos violados por aquellos.

 Los avances de hoy día en las comunicaciones y los viajes, junto al hartazgo secular de las ví­ctimas, han dado lugar a que esa respuesta se lleve a cabo en la actualidad no sólo en los países atacados y sometidos sino también en los atacantes y colonizadores. Ésta se puede calificar como terrorismo, se puede organizar una coalición de paí­ses para atacar una vez más a otros, se puede incluso forzar la ley y las instituciones internacionales para dar una apariencia legal al terrorismo de los Estados poderosos, etc.

Es hora de enfrentarse a la cruda realidad: las víctimas ya no se producen únicamente en los paí­ses del Tercer Mundo. Anteriormente las sociedades occidentales acallaban su conciencia con su alto nivel de vida. Sus gobiernos les aseguraban éste a cambio de tener las manos libres para someter a los desheredados.

La única salida que les queda a éstos es hacer que los poderosos sufran lo que ellos están sufriendo desde hace siglos. Saben que los occidentales no pueden soportar la muerte, la destrucción y la explotación a que están acostumbrados los habitantes del tercer mundo. Ni siquiera entra en su cabeza que alguien está dispuesto a sacrificar su vida en “una acción de martirio” para vengarse de sus enemigos y para obligarles a que desistan de su polí­tica de destrucción.

 Algunos musulmanes han llegado a la conclusión de que sólo si consiguen que los occidentales sufran como los musulmanes puede haber un fin para su propio sufrimiento. Esto es algo que expresa con una lógica sin fisuras Ben Laden en nombre de esa nación. Lo dice y lo repite con la misma insistencia que los líderes de Occidente machacan nuestros oídos con la guerra contra el terror. Éstos tienen su público, él tiene el suyo.

En una de esas ocasiones, en noviembre de 2002, anticipó lo que nadie quiere admitir en Occidente:  ”Rcordad a nuestros hijos que son asesinados en Palestina e Irak a diario, recordad a nuestros muertos en las mezquitas de Khost y las  Muertes premeditadas de nuestra gente en las bodas de Afganistán. ¿Por qué el miedo, la muerte, la destrucción, el éxodo, la orfandad y la viudedad ha  de continuar siendo nuestro destino, mientras que vosotros disfrutáis  e la seguridad, la estabilidad y la felicidad? Esto es injusto. Es tiempo de ajustar las cuentas. Seréis asesinados como vosotros asesináis, seréis bombardeados tal y como bombardeáis. Estad preparados para un mayor sufrimiento”.

Llámalo terrorismo, llámalo fanatismo musulmán, haz si quieres una cruzada contra él y los suyos, pero nada ni nadie le quitará la razón que tiene y nada ni nadie impedirá que en la nueva era en las relaciones internacionales que se está viviendo él y los suyos van a tener un gran protagonismo.

No importa que "nuestras" ví­ctimas sean inocentes. Las suyas también lo eran y eso no las libró de la muerte. No importa si son fanáticos, nosotros éramos educados, demócratas y cristianos y matamos a muchos millones anteriormente.

Sólo hay un paso que no lleva al abismo. Hay que pedirles perdón por el mal hecho, compensar en lo posible a las víctimas y construir un mundo nuevo.

Agustín Velloso: Es profesor Ciencias de la Educación de la UNED (Madrid)

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