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En
cada uno de nosotros hay algo de Arafat
Mahmud Darwish
Traducido del árabe por María Luisa
Prieto, editora de poesiaarabe.com.
Mundoarabe.org,
26/11/2004
¿Cómo pueden continuar peleando esos
soldados latinos y estadounidenses, que saben que fueron engañados y llevados a
matar y torturar en forma feroz y a violar mujeres y niñas?. ¿Qué será de
aquellos que regresen, si regresan?.
Yasir
Arafat nos había acostumbrado paulatinamente a las despedidas continuas, a una
muerte inusual y no anunciada, bajo un bombardeo aéreo o en el estallido de un
avión en el desierto. Pero, como por arte de magia del destino, él precedía a
la muerte hacia la vida, y nosotros resucitábamos con él en la migración
hacia un destino resplandeciente con la belleza de lo imposible y con una poesía
patriótica que nos ayudaba en la travesía del interminable camino.
De
un destierro a otro, nuestra cuestión se alejaba de la tierra de la cuestión y
se acercaba, con la elocuencia de la sangre que pintaba las banderas. Decíamos
que fertilizaba las ideas, revivía la memoria y suprimía las fronteras entre
la realidad y el mito. Teníamos necesidad del mito -ya habíamos escrito
algunos capítulos-, pero el mito necesitaba realidad. ¿Traspasaría el mito la
barreta de la realidad? Después volveremos a esta cuestión.
Yasir Arafat era el hombre que, uniendo pragmatismo
y convicción, logró amaestrar la contradicción en los exilios. El dirigente
que, gracias a un dinamismo fuera de la común, la fusión total de su vida
privada con la pública y su devoción al trabajo, se convirtió en un símbolo.
Ingeniero de formación, no asfaltó los caminos, sino que los cruzó entre
campos de minas. La historia necesitará mucho tiempo para ordenar los archivos
de este hombre-fenómeno, pero ya puede concederle la medalla al arte de la
supervivencia y detenerse mucho tiempo en esta aventura-milagro consistente en
encender fuego en el hielo.
Yasir
Arafat dirigió una revolución contraria a todos los cálculos porque quizá
llegó antes de tiempo, o después, o porque las relaciones de fuerza en nuestra
región no permitían a nadie encender ni siquiera una cerilla cerca de los
campos de petróleo y de la seguridad de Israel. Él no ganó batallas militares
ni en la patria ni en el exilio, pero salió victorioso en el combate por la
defensa de la existencia nacional. Llevando la cuestión palestina al plano político,
regional e internacional, impuso la identidad nacional del refugiado palestino,
hasta entonces relegada al olvido en los confines de la ausencia. Con la
realidad palestina inscrita en la conciencia universal, logró convencer al
mundo de que la guerra había comenzado en Palestina y la paz también comenzaría
en Palestina.
Colocada con un esmero fiel a la tradición y al símbolo,
la kufiya de Yasir Arafat se convirtió en el signo moral y político de la
patria. Pero, al haber concentrado todas las cuestiones en su persona, él se
hizo peligrosamente indispensable en nuestras vidas, como el padre de familia
que no quiere que sus hijos crezcan y se valgan por sí mismos. Por eso nos
inculcó más de una vez el miedo a quedarnos huérfanos, el miedo a que nuestra
gran idea se esfumara si él desaparecía. Se había burlado tantas veces de la
muerte que el inconsciente colectivo palestino se llenó con la creencia de que
Arafat no podía morir, y entonces su mito traspasó las fronteras de la metafísica.
Pero se avecinaban sorpresas. El hombre-símbolo surgido de los textos griegos
tenía necesidad de aligerar el peso de su propio mito, porque el país
reclamaba gestión e instituciones, el fin de la ocupación, pero por medios
nuevos. Colocado en el punto de mira de todos, Yasir Arafat se encontró
expuesto a los reproches, a los rumores, a la contestación. Pero el héroe -tal
es su destino- siempre asediado en batallas desiguales frente al enemigo, también
debía preservar su imagen en la imaginación popular.
Dominando el arte negociador de Saladino y dotado
con la tolerancia de Omar, no llegó a lomos de un caballo blanco o a pie,
delante de un camello: llegó hacia su nueva realidad montado en los acuerdos de
Oslo, cuyas bases de seguridad, abiertas sobre oscuras intenciones, dejaban poco
lugar a la esperanza. Pero regresó imbuido de un pensamiento optimista: a
diferencia de él, el profeta Moisés no había regresado a la tierra prometida.
Éste es un primer paso hacia el Estado, decía, a sabiendas de que Palestina
seguiría permaneciendo allí abajo, en las cuestiones no resueltas como las de
Jerusalén, el derecho al retorno y otras cuestiones espinosas. Que el camino
hacia su solución pasaba no por los acuerdos de Oslo, sino por los principios
de la legalidad internacional. Y él sabía que estos principios no tenían
curso legal en un mundo unipolar, que había conferido a Israel un poder sagrado
para dispensar a la Casa Blanca sus enseñanzas celestiales. Y sabía que el
protocolo presidencial, las tarjetas de identidad y los pasaportes no eran para
los responsables israelíes más que una forma de satisfacer a los hambrientos
de independencia con algunos menús frugales y rápidos. Sabía que había
abandonado la prisión del exilio por una prisión amueblada con la imagen de
las cosas, no de su realidad, y que necesitaba una autorización para ir de su
prisión de Ramala a su prisión de Gaza, aunque sobre una alfombra roja y entre
himnos.
Así
comenzó la tragedia del presidente, así se declaró su mal político y moral.
Sometido a las condiciones israelíes despiadadas, era el gran prisionero que no
podía suscribir la visión israelí de las cosas ni remontarse al enunciado
original del conflicto. Y el hecho de que, de las dos partes, la israelí fuese
la que, lamentando las conclusiones de los acuerdos, había traicionado sus
compromisos, no le servía de consuelo. Entonces, ¿qué hacer?
Nadie puede negar el derecho de los palestinos a
resistir al ocupante. La segunda Intifada vino a expresar su voluntad nacional y
su deseo de dar vida a la esperanza de una paz verdadera que consagrara
laindependencia y la libertad. Pero un gran debate interno permanece en cuanto a
los medios que se deben emplear para satisfacer las aspiraciones, evitando la
trampa del enfrentamiento armado, tan deseado por un Ariel Sharon deseoso de
inscribir su guerra personal contra los palestinos en la guerra general contra
el terrorismo.
Desde entonces, Yasir Arafat sólo podía esperar
una rebelión del destino, un milagro, reacio en estos tiempos. La Muqata, su
asediado y único domicilio, se desplomará, habitación tras habitación, él
repetirá en un tono profético: "¡Mártir, mártir, mártir!", y a
los árabes se les pondrá, durante unos instantes, la
piel
de gallina.
Pero la repetición convierte la tragedia en algo
intrascendente, y el asedio de Arafat se convertirá en algo normal con el paso
de los días. Tres años de vida envenenada, tres años respirando un aire
insalubre, tres años de burlas americanas: "No está cualificado
para...". Tres años de afán israelí para intentar despojarle de sus
cualidades, especialmente de su fuerza simbólica. Pero los palestinos tienen
una gran capacidad para crear símbolos: el asedio del presidente es el símbolo
de nuestro asedio; su sufrimiento, el símbolo de nuestro sufrimiento. Él está
con nosotros y en nosotros. Es como nosotros y le queremos porque sí y porque
no queremos a sus enemigos.
Él no nos ha sorprendido esta vez. Habiéndonos preparado para una despedida
sin reencuentros, el asediado salió del asedio. Partiendo al encuentro de una
muerte en exilio, dio los últimos toques a su leyenda. Pero nos ha dejado un
poco de tiempo para que nuestra tristeza aprenda a expresarse de forma
apropiada, para que cada uno de nosotros alcance la edad del destete. En cada
uno de nosotros hay algo de él. Él es el padre y el hijo. El padre de una fase
entera de nuestra historia. El hijo que moldeamos a su imagen y semejanza. Tras
su marcha, no decimos adiós al pasado, pero entramos desde ahora en una nueva
historia, abierta a lo desconocido. ¿Encontraremos el presente antes de temer
el futuro?
Mahmud Darwish es el más destacado
poeta palestino, autor, entre otros libros, de Menos rosas y Mural. Cuenta
con galardones como el Lannan Cultural Freedom Prize y el Príncipe Claus de
Holanda.