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última vez que le vi ROBERT FISK La última vez que vi a Edward W. Said le pedí que
siguiera viviendo. Sabía que padecía leucemia. A menudo señalaba que su médico
judío lo sometía a un tratamiento "de vanguardia". Pese a todos los
denuestos que le lanzaban sus enemigos, siempre reconoció la generosidad y
honorabilidad de sus amigos judíos, de los cuales uno de los más admirables es
Daniel Barenboim. En esa ocasión Edward cenaba en un bufé en compañía de sus
familiares en Beirut, frágil, pero furioso por la última rendición de Arafat
en el conflicto israelí-palestino. Respondió a mi petición como un soldado. "No
me voy a morir", dijo, "porque mucha gente me quiere muerto."
Lo conocí en los primeros años de la guerra civil
en Líbano. Ya había oído hablar de este hombre; este luchador intelectual,
lingüista, académico y musicólogo, pero -Dios me perdone la ignorancia que padecí en
los 70- no sabía mucho de él. Me dijeron que buscara refugio en un
departamento cerca de la calle Hamra de Beirut. Había tiroteos en las calles
-qué fácilmente llegamos a aceptar la normalidad de la guerra-, pero cuando
subí las escaleras hacia la vivienda escuché una sonata de piano de Beethoven.
No, no era el Claro de luna -nada tan popular era del gusto de Edward-, y esperé
10 minutos afuera de la puerta pintada de café, hasta que la música terminó.
"Has leído mis libros, Robert, pero te
apuesto que no has leído mis trabajos sobre música", me regañó una vez.
Y desde luego, me apresuré a ir a la Librería Internacional, ubicada en el
edificio Gefinor de Beirut, para adquirir su libro definitivo sobre musicología
y añadirlo a mi colección: a sus maravillosos ensayos sobre los palestinos,
con sus corrosivas críticas a la corrupción y falta de escrúpulos de Arafat,
además de sus indignadas condenas a los crímenes de Ariel Sharon. No era un hombre sin fallas. Podía ser arrogante e
implacable en sus críticas. Podía ser repetitivo. A veces se enfurecía al
punto del paroxismo. Pero tenía mucho de qué enfurecerse. Una tarde fui a
visitarlo a la casa de su hermana Jean, en Beirut, una excelente dama cuyo
recuento de la invasión israelí de 1982 a Líbano, Fragmentos de Beirut, es
una obra que no desmerece en integridad junto a las de su hermano. Edward estaba medio recostado en un sofá. "Sólo
estoy un poco cansado por el tratamiento para la leucemia", me dijo.
"Pero sigo adelante, no me detengo." Era un tipo duro, el más elocuente defensor de un
pueblo sometido a ocupación y el más irascible atacante de su corrupto
liderazgo. Arafat prohibió sus libros en los territorios ocupados, lo cual sólo
prueba la inmensidad de Said y el empobrecimiento intelectual del líder
palestino.
En nuestro primer encuentro, a fines de los 70, le
pregunté sobre Arafat. "Fui a una reunión con él en Beirut el otro día",
me respondió. "Le preguntaban sobre el futuro de un Estado palestino y lo
único que sabía contestar era: 'Esa pregunta debería hacérsele a cada niño
palestino'. Todos le aplaudían. ¿Pero qué quiso decir? ¿De qué demonios
hablaba? Era sólo retórica. “No significa nada."
Después de que Arafat aceptó los acuerdos de
Oslo, Said fue el primero en atacarlo, con toda razón. Señalaba que Arafat jamás
había visto un asentamiento judío en los territorios ocupados y, además, que
no hubo un solo abogado palestino presente durante las negociaciones de los
acuerdos. De inmediato fue condenado -como todos los que entonces dijimos que
los acuerdos de Oslo serían un error catastrófico- como "antipacifista"
y, por extensión maligna, como "pro terrorista".
Said creía en la necesidad de repetir hasta el
cansancio la historia palestina y de denunciar las viejas mentiras que la
contaminan. Una que lo enfurecía particularmente era el mito de que en 1948 las
estaciones de radio árabes llamaron a los palestinos a abandonar sus hogares
dentro del nuevo Estado israelí. Personajes anónimos lo insultaban por teléfono,
alguien dejó una vez una bomba incendiaria en su oficina, muchas veces fue
calumniado por judíos estadounidenses que detestaban que él, un profesor de
literatura en la Universidad de Columbia, pudiera defender de manera tan
elocuente y vigorosa a su pueblo sojuzgado. Durante sus últimos días, unos crueles
simpatizantes de Israel intentaron quitarle su empleo académico argumentando
-la mentira injuriosa de siempre- que era antisemita. Cuando el rector judío de Harvard manifestó su
preocupación por el incremento del "antisemitismo" en Estados Unidos
-por quienes se atreven a criticar a Israel-, Said escribió mordazmente que un
académico judío que es rector de Harvard "¡se queja del
antisemitismo!"
Cuando su salud empeoraba, fue invitado a dar una
conferencia en el norte de Inglaterra. Aún puedo escuchar a la señora que
organizó el acto quejarse de que Said insistió en volar en clase ejecutiva. ¿Y
por qué no? ¿Acaso un hombre gravemente enfermo que lucha por su vida y por su
pueblo no merece algo de comodidad al cruzar el Atlántico?
Su amistad con el brillante Barenboim y el apoyo
que ambos dieron a la orquesta árabe-israelí que apenas el mes pasado tocó en
Marruecos era la prueba de su decencia humana. Cuando a Barenboim se le negó el
permiso para tocar en Ramalah, Said intervino para que el concierto tuviera
lugar. Esto provocó la furia del gobierno de Sharon, el mismo por el que Said
no sentía sino desprecio. La última vez que lo vi estaba radiante de
felicidad por la próxima boda de su hijo con una hermosa joven. La vez anterior
a ésa estaba furioso porque palestinos de Boston no fueron capaces de ordenar
correctamente las transparencias para una conferencia que daría sobre el
"derecho al retorno" de los refugiados palestinos a Palestina. Como
todo académico serio, quería exactitud. Cuánto mayor fue su furia cuando uno
de sus enemigos afirmó que Said nunca fue un verdadero refugiado porque estaba
en El Cairo cuando los palestinos fueron despojados de sus tierras.
No tenía respeto por los periodistas descuidados
-basta un vistazo a su libro Reporteando el Islam, referente a la información
sobre la revolución iraní- y los conductores de la televisión estadounidense
lo impacientaban aún más. En una ocasión me platicó: "Cuando salimos al
aire el cónsul israelí en Nueva York dijo que yo era terrorista y que quería
matarlo. ¿Y qué fue lo que me preguntó el conductor? 'Señor Said, ¿por qué
quiere usted matar al cónsul israelí?' ¿Cómo respondes a semejante
estupidez?" Edward era rara avis: al mismo tiempo un icono y un
iconoclasta. © The
Independent &
La Jornada de México Traducción: Gabriela Fonseca
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