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Mentiras y guerras

Robert Fisk


La invasión de Irak, según nos dijeron, libraría al mundo de un peligro mortal. Un año después, los únicos que se sienten más seguros son los que prefieren no pensar por sí mismos.

En la torre de telecomunicaciones del otro lado del Tigris todavía puede verse el impacto de los misiles de crucero. El Ministerio de Defensa sigue en ruinas. La mitad de los ministerios de Gobierno de Bagdad continúa mostrando las huellas del fuego, un recordatorio necesario de la fiebre incendiaria que se apoderó de la gente de la ciudad durante las primeras horas y los primeros días de su “liberación”.

Sin embargo, los símbolos de la guerra no son las cicatrices de la invasión del año pasado; no podemos hablar de “la guerra del año pasado”, porque la guerra continúa aún a día de hoy. No, la verdadera locura de nuestra invasión puede verse en las fortalezas que están construyendo las fuerzas de la ocupación, las murallas de acero, hormigón y blindaje de las que se han rodeado los estadounidenses. Cual cruzados, están construyendo castillos en medio de ese pueblo al que fueron a “salvar”, para protegerse de aquellos que debían haberlos recibido con flores.

Incluso en las más estrechas calles de Bagdad se huelen las flores de azahar, tan dulces como penetrantes, un pequeño paraíso entre la mugre y el hedor de la bencina. Sin embargo, también se oye el sonido de una población alienada para quien todo problema, toda vejación, todo percance, toda tragedia, es culpa y responsabilidad de sus ocupantes. Igual que nosotros culpamos a Blair de la guerra –y sólo a Blair y a Bush–, los Irakuíes culpan a los que han acudido a hacerse cargo de su país: estadounidenses, británicos, occidentales, extranjeros.

Ay, qué diferentes somos. Ay, qué diferentes son. Polos opuestos. Y sin embargo, no tan diferentes. Iba a ser una guerra de “boy scouts”. Así es como nuestros dirigentes nos presentan hoy en día la muerte, la sangre y la traición. Y, lo que resulta extraño, así es también como les presentan la guerra a los árabes sus dictadores y sus reyes. Cuando Sadam envió sus legiones a Irán en 1980, apodó su agresión “guerra relámpago”; la segunda parte, once años después, sería “la madre de todas las batallas”.

Tuvimos el Escudo del Desierto, la Tormenta del Desierto y, el año pasado, la operación Liberación de Irak. Ahora los estadounidenses –luchando contra una resistencia que jamás habrían imaginado que pusiera en tela de juicio su ocupación de Irak– ponen en marcha la operación Yunque de Hierro, la operación Martillo de Hierro e incluso esta semana, en Afganistán, la operación Tormenta de la Montaña.

Nuestra memoria popular de la Segunda Guerra Mundial (puesto que la mayoría de la población británica, al igual que el Gabinete de Tony Blair, posee pocos recuerdos directos del conflicto de 1939-1945) se invoca ahora como tráiler de la gran película, una parte necesaria de la familiar narración de una guerra. El hombre del bigote –Nasser o Sadam– es como el pequeño ex cabo del bigote que envió a la Luftwaffe sobre Inglaterra en 1940. Los hombres que iban a defendernos de la Bestia de Bagdad, del Hitler del Tigris (si bien es cierto que Sadam era fan de Stalin) eran Churchills, Roosevelts, titanes en la batalla contra el mal. Me temo que Churchill no habría tenido tiempo para esos hombrecillos que ansían sentarse en su trono histórico, con su sinceridad desesperada, su arrogancia, su constante uso del “absolutamente” y el “completamente”.

Así pues, cuando nos estaban preparando la senda hacia la guerra en Irak hace más de un año, se desempolvaron loa viejos recuerdos de 1939-1945. Los que no deseaban enfrentarse a Sadam eran Chamberlains, apaciguadores, peleles, posibles quintacolumnistas. Los que estaban dispuestos a ir a descolmillar al monstruo marchaban hacia la batalla como las Ratas del Desierto de El Alamein. Durante la liberación de Kuwait, en 1991, el comandante británico, el general sir Peter de la Billiere, llegó a lucir en el hombro una insignia auténtica de las Ratas del Desierto del Octavo Ejército. En la Navidad de 1990, cuando las tropas británicas esperaban en el desierto saudí para atacar a los Irakuíes, la BBC combinó entretenimiento para los soldados y sus familias con imágenes de informativos que mostraban tanques británicos en el desierto Occidental en 1942.

Con todo, hubo algunos lapsus. Cuando Blair nos dijo que debíamos apoyar a George W. Bush, nos recordó a todos que Estados Unidos había acudido a nuestro rescate en la Segunda Guerra Mundial, y tuvo la clemencia de olvidar mencionar el provechoso periodo de neutralidad que disfrutó Estados Unidos hasta que los japoneses atacaron Pearl Harbor en diciembre de 1941. Los comentaristas estadounidenses recordaron a su público británico que Estados Unidos había declarado la guerra a Hitler. Eso es falso. Fue Hitler quien declaró la guerra a Estados Unidos en 1941.

Y cuando nos atrevimos a recordar que Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa estadounidense, estuvo estrechando la mano a Sadam allá a principios de la década de 1980 –cuando éste estaba en su momento más genocida–, nos sacaron a Churchill a colación.

Recuerdo a uno de los “comentaristas” conservadores de Estados Unidos –en esa ocasión de la Brookings Institution–, que me argumentó en una entrevista de la BBC que “Churchill decía que a veces hay que pactar con el Diablo”. Le contesté que eso no era así. Churchill no dijo nada semejante. Lo que sí le comentó a John Colville después de la invasión nazi de la Unión Soviética, en 1941, fue que “si Hitler invadiese el infierno, yo como mínimo haría una alusión favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. Rumsfeld hizo mucho más que una alusión.

Hace un año, en los días anteriores a la invasión de Irak, además de a la Segunda Guerra Mundial, las amenazas también debían tener cierto regusto a guerra fría. Condoleezza Rice, la especialista de Bush en amenazas y terror, nos advirtió acerca de un “hongo” –la versión rusa, es de suponer, y no la de Hiroshima o Nagasaki–, e invocó la palabra “holocausto”. El absurdo “dossier” de Blair –ridícula descripción del documento engañoso y de mala redacción del primer ministro secundada por los periodistas– sugería de forma indirecta que Londres podía ser atacado; fijémonos en que, cuando se lo preguntaron en la investigación de Hutton, nuestro hombre más importante de los servicios secretos afirmó no ver nada malo en lo que había publicado la prensa sensacionalista a este respecto. Ahí estaban de nuevo las antiguas pesadillas: el “blitz” sobre Londres.

¿Y nuestros amigos y aliados europeos? En caso de que osaran oponerse a nuestras ansias de guerra, serían unos cobardes, faltos de agallas y desagradecidos para con los estadounidenses que los liberaron del yugo de la Alemania nazi. La “Vieja Europa”, por utilizar la vergonzosa expresión de Rumsfeld, sería colaboracionista, potencialmente nazi o –en el caso de Francia, claro está– petainista.

Pobrecilla Francia. Cuando el “Wall Street Journal” envió a su corresponsal de vuelta a las playas del día D de 1944, resultó gratificante descubrir que los franceses aún agradecidos que viven allí le recordaron que los estadounidenses habían dado sus vidas por la liberación, no por una futura obediencia política. Alemania era una nación mucho más difícil de condenar porque no se podían establecer paralelismos con la Segunda Guerra Mundial.

A los alemanes, a fin de cuentas, era difícil injuriarlos por no ser suficientemente belicosos. No obstante, resulta espeluznante reflexionar que, cuando hablé con Osama Bin Laden sobre ataques a estadounidenses en 1997, él comparó esos atentados con los de la resistencia francesa contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El conflicto de 1939-1945 es una montaña de cuyas canteras todos nos podemos abastecer.

Todo eso, no obstante, era una narración que podía armonizarse –y se armonizó– con la guerra para el hombre de a pie. Sospecho que esto comenzó antes de la guerra de Kosovo y mientras ésta duró, ya que Hitler volvió a ser desenterrado entonces (de una forma bastante impropia, a la vista del coraje de Yugoslavia durante la guerra contra los nazis) para ensombrecer más aún el nombre de la Bestia de Belgrado. Ésa era la primera guerra de la posguerra –no sé si me explico– en la que participaban los alemanes. Así pues, a los reporteros del cuartel general de la OTAN se les animó a referirse a la Luftwaffe como a las “Fuerzas Aéreas alemanas”. El propio Slobodan Milosevic, por supuesto, proporcionó imágenes con las que acompañar los recuerdos del holocausto: las largas filas de albaneses kosovares despojados de sus bienes y endurecidos que llegaban a raudales a Macedonia.

Sin embargo, la OTAN creó el marco para ello. Tuvimos al portavoz Jamie Shea, ligeramente cómico con su acento “cockney”, siempre a punto con una buena cita de Hobbes y su rapidez a la hora de desestimar preguntas que pudieran resultar problemáticas. Cuando un avión de la OTAN bombardeó un tren en el puente de Grdelica, en Serbia, se presentó con un vídeo de la bomba –demasiado tarde para abortarla a causa de la velocidad a la que se acercaba el tren al puente– sin mencionar que habían aumentado la velocidad de la película y, algo que era mucho peor, que el piloto continuó bombardeando el puente después de que el tren se detuviera.

Cuando la OTAN bombardeó un estrecho puente de carretera en un segundo ataque y mató a un grupo de civiles encargados de búsquedas y rescates, Shea señaló de manera lacónica que el puente podría haber servido de paso a un tanque. No era cierto; no era lo suficientemente ancho. Cuando la OTAN mató a pacientes de un hospital, Shea lo describió como un objetivo militar. La investigaciones efectuadas por “The Independent” después de la guerra demostraron que había soldados yugoslavos ocultos en el sótano del hospital. La OTAN debía de conocer este dato, igual que conocía la existencia de los pacientes, así que bombardeó el centro hospitalario de todas formas. Y se quedó tan tranquila.

El misil que mató a cientos de Irakuíes en un refugio antiaéreo en Bagdad en 1991 se convirtió en un momento decisivo de la guerra. El viejo bulo sobre los misiles antiaéreos que explotaban entre los Irakuíes se vino abajo cuando Brent Sadler, de la CNN –la cadena televisiva que se encargó en aquellos días de cumplir su trabajo y contarnos la verdad–, presentó parte de un misil de crucero que había explotado en un hotel de Bagdad.

La OTAN intentó la misma jugada cuando bombardeó el convoy de refugiados albaneses kosovares en 1999. Entonces sugirió que los aviones yugoslavos habían atacado a los civiles. En aquella ocasión fue “The Independent” el que encontró los códigos informáticos en la metralla, que demostraban que las bombas eran de la OTAN. Sin embargo y con mucho, el planteamiento “para el hombre de a pie” de la OTAN funcionó. Milosevic era un personaje tan deleznable que pudimos olvidar su importante papel en el acuerdo de Dayton de 1995 –cuando fue agasajado por Richard Holbrooke, principal negociador de Estados Unidos que quería introducir a las tropas estadounidenses en Bosnia sin mediar batalla, y cuando se ordenó de forma tajante a los albaneses kosovares que se callaran– y pudimos, además, pasar por alto la letra pequeña de las conversaciones de paz de 1999 en Rambouillet sobre Kosovo. En un anexo al acuerdo propuesto se afirmaba que los serbios debían permitir que la OTAN accediera a todas las carreteras, las vías férreas, las emisoras de radio, las fronteras y los territorios serbios; condición que ninguna nación soberana aceptaría jamás. Así acabó de pavimentarse el camino hacia la guerra.

En los meses previos a la invasión de Irak, el año pasado, sospecho que esto se recordaba bastante bien en Whitehall. El “dossier” de Blair era digno de Jamie Shea, su lista de violaciones de derechos humanos –si bien es cierto que, en determinados casos, se trataba de un refrito de material de dudosa procedencia con ya once años de antigüedad– contenía mentiras por omisión. Recordaba el levantamiento de los musulmanes chiitas en Basora, en 1991, y la subsiguiente represión ejercida por Sadam sin mencionar ni una sola vez que fuimos nosotros, Gran Bretaña y Estados Unidos, quienes hicimos que esas pobres gentes se rebelasen y los traicionamos a continuación dejándolos a merced de Sadam.

Hecho que no es muy distinto a la declaración realizada por el general Wesley Clark en 1999 de que la OTAN estaba bombardeando Serbia para devolver a los refugiados albaneses kosovares a sus hogares; pese a que la mayoría de ellos se encontraba en su hogar cuando la OTAN inició los bombardeos.

También sospecho que una de las principales razones por las que tantas decenas de miles de británicos –y europeos– se manifestasen en contra de la guerra no fue sólo su convencimiento de que la guerra era injusta y estaba basada en mentiras, sino la sensación de que los estaban haciendo callar, de que los estaban tratando como niños, de que Blair y sus partidarios los estaban tratando sin respeto. El secretario de Estado británico de Asuntos Europeos, Dennis MacShane, descubrió la jugada en Bruselas justo antes de la invasión de Irak cuando les dijo a los críticos británicos que en algunas ocasiones la misión de un primer ministro era “guiar” a su pueblo. Los europeos no necesitaban que nadie les recordase que “guía” en alemán es “führer”.

Y, a mi parecer, eso es lo que se cree Blair en estos momentos: un “guía” que lidera a su pueblo por su propia transparencia moral. Fue el primer ministro irlandés Eamon de Valera quien dijo en una ocasión que, cuando quería saber lo que el pueblo irlandés pensaba, no tenía más que escuchar su propio corazón. Desafortunadamente, esto es lo que Tony Blair pensó cuando fue a la guerra. Nuestros sentimientos, nuestras visiones, nuestras creencias, nuestras convicciones y nuestros argumentos tanto tiempo mantenidos no contaban. Porque él sabía más que los demás.

Si hubiéramos podido ver simplemente el material sobre Irak elaborado por los servicios secretos que pasó por su mesa, según dijo Blair en la Cámara de los Comunes, no estaríamos poniendo en duda sus motivos para la guerra. Por supuesto, ahora que sabemos exactamente qué pasó por la mesa de Blair, sabemos que no erramos al desconfiar.

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Editor Ahmed Hijazi
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