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______________________________ Edward W. Said Por
Bernardino León El
intelectual palestino Edward W. Said, galardonado en 2002 con el Premio Príncipe
de Asturias de la Concordia, falleció ayer en Nueva York a los 67 años, víctima
de la leucemia. Said, nacido cerca de Jerusalén en 1935 pero nacionalizado
estadounidense, era catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de
Columbia y había ganado gran notoriedad intelectual por sus análisis del
conflicto de Oriente Próximo (muchos de ellos publicados en EL PAÍS), hasta
convertirse en el portavoz más elocuente de la causa palestina durante tres décadas.
Entre sus obras cabe destacar Orientalismo, una reflexión sobre Oriente
y Occidente, La cuestión palestina, El final del Proceso de Paz y
Fuera de lugar. Nació
en 1935 en Talbiya, al oeste de Jerusalén, en una familia palestina cristiana
que le transmitió la nacionalidad norteamericana. Su infancia transcurrió
entre Egipto, Palestina y Líbano. Ya en sus años de escuela en Egipto había
dado muestras de su brillantez, de su sentido del humor y de su crítica relación
con la autoridad. Terminó sus estudios en Estados Unidos, y esa brillantez se
confirmó en las universidades de Princeton y Harvard. Su labor docente se ha
desarrollado fundamentalmente en Columbia. Otras universidades más importantes
trataron de atraerlo, pero él siempre se sintió cómodo allí, y nada de la
grandeza que se le ofrecía desde aquéllas le hizo cambiar de opinión. Su
impresionante obra abarca ámbitos muy diversos, todos ellos con una profundidad
y una capacidad literaria sorprendentes. En Orientalismo, La cuestión
palestina y Cultura e imperialismo analiza la relación entre Oriente
y Occidente, la recreación de aquél por éste, la interacción entre
literatura, política y cultura, y han determinado en buena parte los estudios
que desde este ámbito se han hecho sobre el colonialismo y el periodo
poscolonial, tanto en las antiguas metrópolis como en los territorios de
ultramar. A estas obras debe añadirse Cubriendo el islam, su reflexión
acerca de la visión reduccionista y negativa que desde los medios de comunicación
y ciertos ámbitos académicos norteamericanos se ha dado en los últimos años
sobre el islam y el mundo árabe. Otro
ámbito fundamental de su obra es la preocupación por la causa palestina,
analizada en sus múltiples artículos y libros al respecto, pero en el fondo
una constante que condiciona y en parte explica el conjunto de su obra. Su espíritu
era analítico y tolerante, y creo que su aportación a la causa palestina nunca
fue completamente comprendida ni en Occidente ni en el mundo árabe. En esta
parte del mundo no era bien comprendido su compromiso, como tampoco su ansia de
justicia, en tanto que en muchos ámbitos del mundo árabe se daba más
importancia a su sentido crítico hacia la autoridad, hacia el Gobierno
palestino y hacia muchos de los regímenes árabes que a su profunda vinculación
con la causa y el sufrimiento del pueblo palestino y la situación de opresión
e incomprensión de los árabes. Pero
ese sentido ético que impregna toda su obra está especialmente presente en sus
reflexiones acerca del papel que los intelectuales deben desempeñar en las
sociedades en que viven. El espíritu crítico, el escepticismo, la memoria -y,
ante todo, la valentía- definen sus posiciones. Éstas se exponen en The World,
the Text, and the Critic y en Representaciones del intelectual, obras que
permiten comprender su visión crítica de algunos intelectuales a los que
reprochaba con toda legitimidad su alejamiento de los grandes problemas de su
tiempo. Estos comentarios a vuelapluma sobre su obra deben completarse con la
mención de sus escritos sobre música -asimismo era un buen pianista- y crítica
musical, además de su extraordinaria obra crítica literaria. Pero
Edward W. Said era, ante todo, una persona generosa, cariñosa, divertida y de
una erudición que alcanzaba saberes y parcelas asombrosas. Conocía España a
la perfección, no sólo por su relación con nuestra historia y nuestra
literatura, también por sus constantes viajes. Fue siempre un gran aficionado a
los toros, y dedicó algún tiempo a seguir a maestros como Dominguín u Ordóñez.
Uno podía pasar horas escuchando sus divertidos relatos acerca de aquel tiempo.
Después, su gesto podía volverse grave y algo amargo, y también podía pasar
horas lamentando la situación actual del mundo árabe y, en particular, de la
cuestión palestina. Tras su último viaje a Beirut lamentaba la falta de
inspiración para una juventud árabe que cada día ve más limitadas sus
opciones vitales e intelectuales. Le contestaba que quedaban modelos como él,
aunque hoy ya no podamos, desgraciadamente, decir lo mismo. De
sus últimos meses recuerdo especialmente dos deseos: el de la adquisición de
la nacionalidad española, que tramitábamos en estos días, y el de contribuir
a la consolidación del proyecto que había creado con su buen amigo Daniel
Barenboim: el West Eastern Divan. El pasado verano viajó a Andalucía en un último
esfuerzo, sabedor de que no le quedaba mucho tiempo. Aquí hizo una de las pocas
excepciones de su vida en su relación con la autoridad política, al firmar con
Barenboim y con el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, una
declaración para la constitución de una fundación en la que trabajamos
actualmente. Quiso compartir con los jóvenes árabes e israelíes que son el
futuro sus casi últimas reflexiones: "Israel y el resto del mundo deben
saber que somos un pueblo, una cultura, que no podemos ser ignorados y que sólo
construiremos el futuro sobre una comprensión mutua". Esos jóvenes deben
comprender hoy, como debemos hacerlo todos, el profundo significado de esas
palabras. Ahí reside buena parte del legado de reflexión y paz de Edward Said. _____________________________
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