|
| |
________________________________

_________________________________________________________
De
ignorancias y manipulaciones.
Es
muy fácil hablar simplificando sobre el Mundo Árabe en Occidente.
Las fuentes de información son siempre las mismas, por defecto o por
ignorancia, una noticia sobre un país árabe o un país musulmán, suele ser
repetida en toda la prensa Occidental con pocas modificaciones, y éstas son
casi siempre lingüísticas.
El
conocimiento humano nunca se ha visto tan reducido y sacado de contexto como
pasa en nuestro tiempo. Así, los conceptos sobre el resto de los pueblos de la
Tierra hacen renacer la fábula del estereotipo de épocas muy lejanas en la
Historia. El conocimiento de hoy se construye sobre la poca información
difundida sobre un suceso, un hecho “inconcebible” o cualquier otro detalle
que se produzca en un país que teníamos olvidado desde hace bastante tiempo.
Con
este proceder de saber el uno sobre el otro, resulta que nuestro conocimiento es
resumido en una percepción imaginaria, o a través de una noticia selectiva. A
todos se nos va el tiempo mientras estamos sometidos al ritmo de la máquina de
producción inhumana que se ha convertido en el nuevo Dios de la humanidad. Es
una máquina que llamamos “trabajo”, buscamos muchas salidas para escapar de
la realidad refugiándonos en él.
De esto viene nuestra ruptura con las otras fronteras, con el exterior y sus
dimensiones culturales, creando así nuestra ignorancia, nuestro total
desconocimiento del más allá.
En un país como España el
público desconoce en gran medida las realidades social y política de su vecino
del sur, Marruecos, un país que está a menos de diez kilómetros de sus
fronteras. Cuando este país es noticia en la prensa española es porque hay
desencuentros o inmigración clandestina. Lo mismo pasa entre México y Estados
Unidos, donde todavía los estudiantes de bachillerato estudian
la geografía de los Estados de su propio país en lugar de la geografía
mundial, esto por no hablar de qué estudian en los libros de Historia. Un público
como el estadounidense no sabe en su mayoría que España es un país europeo,
¿Por qué? Porque en EE.UU. hay prejuicios e ignorancia respecto al otro, igual
que en España. Suelen decir, o quizá pensar, que todos los árabes son
“moros” o todos los musulmanes son árabes, mientras del otro lado
estadounidense se considera que todo lo español es sudamericano.
El ejemplo de España-EE.UU.
es sólo un mero ejemplo que sirve para pensar cómo nacen las ideas sobre el
otro, cómo crece el mito con una noticia mal hecha aquí o ahí, pero también
es un ejemplo para que sepamos que en medio de todo hay otros factores
particulares en cada caso. Los medios de comunicación no son inocentes,
intentan hablar de libertad de prensa, de transparencia y otros valores
incalculables, mientras la realidad refleja otras verdades: los medios de
comunicación son elementos de mercado, son máquinas de producción de
“cerebros”, son juez y parte en muchas disputas. Así, cabe decir que estos
medios son empresas con capitales enormes, cuya finalidad son las ganancias.
La información
transparente y bien trabajada no es más que la afición, algo como el
maquillaje, o el mérito de un buen periodista en el lugar inadecuado, pero
afortunadamente, en el momento adecuado por la falta que hace en medio del caos
informativo que vivimos en estos tiempos.
La concertación de los
medios de comunicación entre sí nunca fue tan intensiva como en nuestros días,
la prensa independiente ya está en vías de desaparición, y no nos quedan más
que los pocos proyectos alternativos que circulan por Internet. Este tema (los
medios) nos importa en este libro porque todo lo que sabemos o imaginamos saber,
nos llega desde estos medios-empresas que a alguien tienen que servir y que han
de justificar su existencia mercantil para obtener ganancias, sin olvidarse de
los favores mutuos manipulando la información a favor de un grupo político u
otro.
Los prejuicios no existen
porque sí, sino porque todos hemos tenido nuestra propia Historia, juntos y
separados hemos sabido invadir y ser invadidos. Es un pasado que se ha hecho
mal, decimos “se ha hecho” para no entrar en un proceso de buscar culpables,
ocupándonos del pasado en lugar de hacerlo del presente y el futuro. A veces
merece la pena detenernos para pensar: ¿Qué ha pasado para que con tanto
desarrollo tecnológico, con tanto avance y con tal reducción de distancias,
los pueblos de la Tierra no hayamos llegado a conocernos el uno al otro? ¿Cómo
podemos estar en el siglo XXI y estar todavía hablando del dialogo entre
culturas y civilizaciones?.
Es verdad que existe una
gran pérdida, es el tiempo que los pueblos no sabemos todavía aprovechar para acercarnos los unos a los otros. Por eso tenemos que
hablar de civilizaciones y culturas, que pensar en otro modo de acercamiento
lejos de las ambiciones neocoloniales que atacan la cultura del otro para
esconder sus verdaderos intereses o defectos, lejos de imitaciones donde algunos
quieren que los demás sean similares a ellos en su forma de vida, sus ideas y
costumbres. El hombre a medida no existe, ni existió.
La situación de la mujer
no está mucho mejor en un país que en otro. Cada sociedad tiene sus
“normas” que castigan a la mujer, a veces son las enfermedades de la nueva
sociedad en la que vivimos, otras veces la herencia del pasado tribal de cada
pueblo, pues todos los pueblos hemos sido tribu alguna vez en la Historia, y de
aquella naturaleza tribal seguimos alimentando nuestros genes en algunos
momentos determinados de la vida. Nuestras costumbres al tener un recién nacido
tienen su raíz en el pasado, nuestras tradiciones funerarias también aunque
les damos una interpretación religiosa basada en la fe pos tribal. No es nada
casual que dos religiones monoteístas como el Judaísmo y el Cristianismo sigan
culpando a Eva por haber seducido a Adán ofreciéndole la fruta.
Dos casos de juicios
tribales en nombre del Islam han sido suficientes para que los medios de
comunicación occidentales recriminaran a esta religión. Fue un juicio ilegal
religiosamente que su finalidad podría haber sido la lapidación de dos mujeres
nigerianas (Nigeria no es un país árabe, sino africano y con la mitad de la
población cristiana). Este juicio bastó para servir la doctrina islamofóbica
de los medios y para aumentar el odio entre la población de los países
occidentales contra los que profesan esta religión. Este tema fue utilizado a
menudo por un discurso periodístico que hablaba el suceso como práctica
habitual islámica de nuestro tiempo. Por el contrario el asesinato de sesenta
mujeres españolas a manos de sus maridos, parejas o ex novios entre enero y
diciembre de 2002 no tuvo ningún eco mundial a diferencia de las dos víctimas
nigerianas. Nadie se atrevió a atribuir los asesinatos al Catolicismo o al
trato que recibían las mujeres católicas durante la Inquisición y a lo largo
de los dos siglos que le siguieron, tampoco nadie se atrevió a decir que estos
asesinatos tienen sus raíces en el machismo de la cultura franquista y el
dominio social que ejerció la iglesia durante más de cincuenta años del siglo
XX.
Si los dos hechos, el de
Nigeria y el de España ocurridos en el mismo año, no nos incitan a la reflexión,
tendríamos que preguntarnos a nosotros mismos: ¿Por qué la historia de las
dos mujeres nigerianas, vivas aún pero también amenazadas con la lapidación
tribal, se ha convertido en una noticia mundial, mientras que el asesinato de
las sesenta mujeres en España no lo ha sido? La respuesta nos la tendría que
dar la prensa.
Las
mujeres lapidadas sufren lo mismo que las encerradas en los burdeles o las
expuestas en los escaparates de Ámsterdam, todo representa un crimen contra el
mismo género en nombre de la religión o de la libertad del mercado. Esto no es
violencia doméstica, ni violencia de género, sino los genes de la tribu que
corren en la sangre de todos los pueblos de la Tierra. La nueva tribu es el
sistema que nos gobierna, la religión está siendo mal utilizada o interpretada
al servicio del sistema. El hecho de que las mujeres no tengan los mismos
derechos que los hombres es un problema global, las mujeres lo sufren en
las cuatro esquinas del planeta.
En los países del Tercer
Mundo (no se sabe aún cuál es el segundo Mundo) las mujeres no tienen acceso
suficiente al trabajo por el efecto mutuo de la pobreza. Este efecto se puede
resumir en dos hechos, el primero es la pobreza, que no ofrece puestos de
trabajo en un mercado saqueado por las multinacionales, donde la mejor mano de
obra es la barata y fuerte, y el hombre cumple las dos condiciones. El segundo
hecho es la falta de desarrollo económico que no deja vías para el desarrollo
social y la apertura hacia otras experiencias humanas.
Para entender el ejemplo
nigeriano, tenemos que saber qué país es Nigeria ¿Sabemos algo sobre este país
a partir de la historia de lapidación tribal? ¿Sabemos quién controla este país
lleno de reservas petrolíferas? ¿Sabemos por qué el Estado permanece ausente
dejando vías libres para que las tribus cristianas y musulmanas impongan sus
leyes en nombre de sus respectivos dioses? ¿Sabemos quién protege al dictador
en este país? Estas preguntas sirven para saber que el problema no está en las
historias con las que los medios de comunicación nos bombardean, sino que es
algo más profundo; nos transmiten las noticias a su medida pero nunca quieren
profundizar en el análisis para contarnos el porqué de estas tragedias
evitables.
Cambiar de tema es un arte
que inventó el hombre. Para no hablar de petróleo y de dominios imperiales en
éste o aquel país, es más fácil desviar la atención sacando un cuento,
convirtiéndolo en una historia / noticia, y empezar a azotar la cultura del
otro, sembrando la ignorancia sobre su verdadera cultura. Nos cuentan el peligro
de la lapidación que amenaza a aquellas dos mujeres nigerianas, pero por qué
no nos dicen dónde está el Estado. Ausente, se nota, pero ¿por qué?.
A veces las preguntas nos
ayudan a llegar hasta el fondo, y a
través de ellas descubrimos que las noticias sacadas de contexto no hacen más
que aumentar la confusión que, al acumularse, se convierte en ignorancia. Así,
hay que tener claro que la situación de la mujer, sea occidental, africana o árabe,
tiene sus defectos, puede que efectivamente, una viva mejor que la otra, pero en
el fondo, todas sufren las consecuencias de un mismo sistema. Algunas han podido
conseguir una parte considerable de sus derechos, otras casi nada, pero todas
siguen viviendo la misma tradición de dominación masculina que tiene muchas
caras y un solo efecto: la marginación de la mujer.
Es cierto que las
religiones tienen un problema en su visión respecto a la mujer. Siempre la
tienen alejada y condenada a ser inferior. El hecho de reducir el debate sobre
este punto, y presentarlo como si fuera un problema exclusivamente islamista sin
más, no es más que el resultado de la manipulación mediática de los que
prefieren aumentar el odio y la Islamofobia.
Las tres religiones monoteístas siempre han preferido dar sus banderas a
los hombres haciéndoles santos y misioneros para llevar a los “infieles” al
camino “recto”. El papel de la mujer en las instituciones religiosas no ha
sido más que el resultado del soborno hacia la sociedad de los “creyentes”
por parte de la jerarquía patriarcal. No hemos visto en toda la Historia una
mujer profeta, una mujer jeque, una mujer cardenal, una Papisa etc. Las santas
fueron glorificadas como tales tras su muerte.
Las personas en su gran
mayoría conocen más o menos su religión y las historias (propagandas) que
hace la suya sobre las demás religiones. Contar las costumbres religiosas del
otro por parte del que tiene una fe distinta siempre refleja el tono de la ironía
y del exotismo. Esto es el prejuicio camuflado en un chiste o una broma, pero en
el fondo tiene un sólo nombre: racismo. Y todas las sociedades tienen su forma
de odiar y despreciar al otro, les es más fácil ver los defectos del otro que
ver los suyos propios. Es un fenómeno que procede de mentes totalitarias según
las cuales lo peor es lo que tienen aquéllas que no son como nosotros, o sea,
nosotros el bien y ellos el mal, nosotros los civilizados y ellos no, nosotros
el presente y el futuro y ellos son el pasado, nosotros el progreso y ellos son
el retroceso. En resumen, nosotros somos los mejores y el resto son metáforas.
La palabra constituye el
juego más efectivo del nuevo siglo, la repetición es el mecanismo más
poderoso para convertir la mentira en verdad. Los políticos mienten y al día
siguiente ven sus mentiras publicadas en los periódicos, así terminan creyéndoselas,
y a un ritmo determinado, se convertirán en la fuente de conocimiento para las
masas. La gente las escucha, quizá crea en ellas o quizá no lo haga, pero con
tanta repetición, la falsedad será la única “realidad” o “justificación”
que existe como referencia para poder entender lo que, supuestamente, nos parece
incomprensible en el siglo XXI.
Las
expresiones y el vocabulario son instrumentos en todo este proceso de marginación
contra la mujer dentro de su propia
sociedad y contra las mujeres en la otra cultura (la musulmana). Expresiones que
sirven de justificación, como violencia doméstica, terrorismo ajeno, machismo,
guerra santa, Cruzadas, fanatismo, violencia de género, así como las luchas
contra todos estos “fenómenos” resultan ser el principio y el fin del
discurso de un sistema que nos azota a todos, mujeres y hombres, intentando
imponernos una agenda de pensamiento único y cerrado. Y luego, el que no esté
de acuerdo, el que no crea en lo que dice el sistema y los fabricantes de los análisis
fáciles será uno de los otros que no son como nosotros, y por consiguiente será
el fanático, el terrorista, el violento y, cuando menos, el melancólico al que
no le satisface nada.
Las prácticas tribales del pasado siguen siendo un campo bien aprovechado por
los que buscan las diferencias entre unos y otros. Y como nadie puede negar la
existencia de costumbres y practicas tribales en el mundo de hoy, a algunos les
gusta emplear esta verdad y manipular sus dimensiones con el fin de
generalizarlo todo, diciendo que tal costumbre o tradición tribal es islamista,
judía o cristiana. Los que se aprovechan de estas situaciones no se esfuerzan
(porque no es de su interés) en decir en qué medida o cuánta gente practica
una ablación o explota a una prostituta. Y para ir más lejos, no se esfuerzan
en hablar de las otras lapidaciones, porque la lapidación no es sólo apedrear
a mujeres, también hay otros tipos como la lapidación con bombas contra los
pueblos indefensos y las naciones débiles, o la lapidación contra las minorías,
marginándolas o agrediendo a sus culturas indirectamente. Todas estas prácticas
hay que condenarlas, tenemos que buscar en sus orígenes e intentar saber el
porqué de todas estas desgracias sociales y políticas que siempre afectan a
las personas más débiles y a las sociedades menos desarrolladas de nuestro
mundo. Y desde luego, la más débil es la mujer, no por razones genética, sino
porque la marginamos con nuestras tradiciones tribalo-religiosas y con nuestra
Historia controlada siempre por el hombre desde que Eva le ofreció la fruta a
Adán, o así nos lo cuentan en los templos.
| |
|