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Sobre la autonomía del feminismo árabe
 F√°tima Mernissi

MUNDO ARABE.ORG - F√°tima

La revoluci√≥n consiste en entender el lenguaje extra√Īo y amenazador de los otros. ‚ÄúEl feminismo no naci√≥ en los pa√≠ses √°rabes, es un producto importado de las grandes ciudades de Occidente.‚ÄĚ Esta afirmaci√≥n se oye a menudo en boca de dos grupos de personas que por lo dem√°s no se parecen en nada. Por un lado el grupo de los l√≠deres religiosos conservadores √°rabes y por el otro el de las feministas provincianas occidentales, y lo que esta opini√≥n implica es que la mujer √°rabe es un ser infrahumano, sumiso y medio tonto que es feliz en la degradaci√≥n organizada por el patriarcado y la miseria institucionalizada.

Los intereses encubiertos que el primer grupo ‚ÄĒlos l√≠deres religiosos conservadores √°rabes‚ÄĒ esconden detr√°s de esta visi√≥n de la mujer √°rabe son f√°ciles de entender. La afirmaci√≥n misma contiene el supuesto ideol√≥gico clave, imprescindible para la supervivencia del Islam patriarcal. Desde sus inicios, este se ha sentido amenazado por las hembras √°rabes rebeldes. A m√≠ me recitaban piadosamente pasajes del prestigioso repertorio de hadith de Bukhari, en los cuales las mujeres se comparan con el caos social y Shayt√°n, cada vez que he dado muestras de tomar alguna iniciativa inconformista, incluso a la edad de seis a√Īos.

    En el Cor√°n aparecen dos conceptos que est√°n relacionados con los impulsos subversivos y poderes destructivos de las mujeres: nushuz y qaid. Ambos se refieren a la tendencia de las mujeres de ser ciudadanas de la umma o comunidad musulmana poco cooperadoras y fiables. Nushuz se refiere espec√≠ficamente a las tendencias rebeldes de la esposa con respecto al marido en un √°mbito en el cual la obediencia femenina es vital: la sexualidad. En el Cor√°n es nushuz la decisi√≥n de la esposa es no satisfacer el deseo del marido de tener relaciones sexuales. Qaid es la palabra clave de la Sura de Jos√©, en la cual el apuesto profeta es perseguido por una esposa ad√ļltera persistente y poco escrupulosa.

Como podemos comprobar la tendencia subversiva de las mujeres ya fue reconocida por el Cor√°n en el siglo VII, pero los l√≠deres √°rabes actuales se sorprenden y despotrican contra las ideas destructivas importadas desde Occidente cada vez que albergan sospechas de que las mujeres √°rabes pudieran sublevarse. La actitud de estos hombres es comprensible: si reconocieran que la resistencia de las mujeres es un fen√≥meno aut√≥ctono del Islam, tendr√≠an que reconocer que la agresi√≥n contra su sistema no solo viene de Washington o Par√≠s, sino tambi√©n de las mujeres que abrazan cada noche, y ¬Ņqui√©n quiere vivir con este pensamiento?

Igual que los textos sagrados de las otras dos grandes religiones monote√≠stas ‚ÄĒel juda√≠smo y el cristianismo‚ÄĒ que el Islam reivindica como su fuente y referencia, el Cor√°n contiene los arquetipos de las relaciones jer√°rquicas y la desigualdad sexual. Estos modelos se han reafirmado a lo largo de catorce siglos, gracias a diversas circunstancias adicionales, como por ejemplo el poder pol√≠tico y econ√≥mico de la edad de oro del triunfo musulm√°n, cuando surgi√≥ el concepto de las dshawari, las exquisitas esclavas del placer, con mucho talento y cultas. Son el arquetipo prefabricado al cual las mujeres √°rabes y musulmanas tienen que hacer frente. Las dshawari, que sol√≠an ser obsequios (y sobornos y recompensas) a hombres influyentes, eran la versi√≥n laica de la hur√≠, que el Cor√°n describe como criatura femenina, eternamente virgen, cari√Īosa y bella que se ofrece como recompensa a los creyentes devotos al llegar al para√≠so. A los devotos de sexo masculino, bien entendido. Estos modelos sagrados y laicos de la mujer han tenido una incidencia enorme en la creaci√≥n y el mantenimiento de los roles sexuales de la civilizaci√≥n musulmana. ¬ŅPor lo tanto, por qu√© las mujeres no deber√≠an rebelarse?

Despu√©s de todo, aunque muchos hombres √°rabes y casi todos los turistas tienen una imagen rom√°ntica de la mujer √°rabe, su vida real no se parece en nada a Las mil y una noches. La mayor√≠a de las mujeres marroqu√≠es realizan gran cantidad de trabajos esenciales, pero a menudo no reconocidos, como tejer alfombras, montar collares, trenzar cuero y coser, adem√°s de trabajar en la agricultura, en la masiva administraci√≥n burocr√°tica, en la industria ligera y por supuesto en el sector de servicios, adem√°s de limpiar, cocinar y cuidar de los ni√Īos.

Sin lugar a dudas la colonización devaluó el trabajo de las mujeres todavía más que los sistemas patriarcales autóctonos: por un lado por la pérdida de prestigio del trabajo manual en general con la llegada de los conocimientos técnicos y en especial por la devaluación del trabajo doméstico dentro del mundo capitalista, que no lo considera como un trabajo productivo y ni siquiera lo incluye en los balances nacionales.

La creaci√≥n de naciones independientes ha sido un factor importante a la hora de elevar las expectativas de las mujeres, a pesar de traicionarlas muchas veces y con tr√°gicas consecuencias, por ejemplo en Argelia. La mujer actual de √Āfrica del Norte sue√Īa con obtener un empleo fijo en alguna instituci√≥n estatal, un salario y una seguridad social que cubra la asistencia m√©dica y la jubilaci√≥n. Las mujeres ya no miran al hombre para su sustento, sino al Estado. Aunque quiz√°s tampoco sea lo ideal, por lo menos es un paso para mejorar, una liberaci√≥n de la tradici√≥n. Adem√°s, gracias a ello las mujeres marroqu√≠es participan activamente en el proceso de urbanizaci√≥n. Abandonan las √°reas rurales en una proporci√≥n comparable a la migraci√≥n masculina, en busca de una vida mejor en las ciudades √°rabes, as√≠ como en las europeas. La proporci√≥n de mujeres que trabajan fuera del pa√≠s es del 40%, seg√ļn un reciente estudio laboral.

Adem√°s, en algunas profesiones la proporci√≥n de las mujeres empieza a ser notable si se tiene en cuenta que hasta la Segunda Guerra Mundial las mujeres marroqu√≠es viv√≠an recluidas en sus casas sin poder ir a la escuela o competir por un t√≠tulo o un empleo, ni en el sector p√ļblico ni en el privado. Su contribuci√≥n a la agricultura, a la artesan√≠a y el sector de servicios se desarrollaba en los espacios tradicionales y se pod√≠a ignorar como tal por su car√°cter dom√©stico. Las mujeres contribu√≠an como esposas, madres, hijas, t√≠as... pero no como mujeres per se.

En los a√Īos cuarenta y cincuenta las mujeres marroqu√≠es todav√≠a consideraban que el trabajo dom√©stico era su destino, pero actualmente las mujeres j√≥venes quieren tener educaci√≥n y empleo. Esto todav√≠a es muy dif√≠cil de conseguir. En la administraci√≥n y en la industria las mujeres solamente pueden aspirar al empleo si tienen dos a√Īos de educaci√≥n secundaria o m√°s, y aun as√≠ solo despu√©s de cualificarse como secretarias. En 1982, de los alumnos de escuela primaria, solamente el 37,4% eran mujeres, de los de escuela secundaria, el 38,1 % y de los estudiantes universitarios solamente el 26,3%.

En las elecciones que se celebraron en 1977, tres millones de mujeres fueron a las urnas. De 906 candidatos al parlamento, ocho eran mujeres y ninguna fue elegida. Nuestro parlamento actual se compone exclusivamente de hombres. Sin embargo ya casi la mitad del electorado son mujeres. Y esto es lo que cuenta para los partidos pol√≠ticos que ahora mismo compiten por manipular y ganarse los votos de las mujeres. En estas semanas de campa√Īa electoral las mujeres marroqu√≠es tenemos la sensaci√≥n de vivir en otro planeta, en el cual los pol√≠ticos, generalmente indiferentes a las necesidades de las mujeres, intentan encontrar un lenguaje que ellas entiendan y hasta se dirigen a ellas. Claro que para encontrar el lenguaje adecuado deber√≠an hacer milagros, pues tendr√≠an que renunciar a sus prejuicios ancestrales. Tendr√≠an que superar sus ideas estereotipadas de lo femenino-pasivo y abrir los ojos a la realidad de las mujeres marroqu√≠es, cuyas principales preocupaciones ‚ÄĒpor mucho que les cueste creerlo‚ÄĒ no son los cosm√©ticos, el velo o la danza del vientre, sino la igualdad de oportunidades en la educaci√≥n, en el trabajo, en la promoci√≥n de sus intereses, etc.

Por todo esto, que algunas feministas occidentales vean a las mujeres árabes como esclavas serviles y obedientes, incapaces de tomar conciencia o de desarrollar ideas revolucionarlas propias que no sigan el dictado de las mujeres más liberadas del mundo (de Nueva York, París y Londres), a primera vista parece más difícil de entender que una postura similar en los patriarcas árabes. Pero si uno se pregunta muy seriamente (como yo lo he hecho muchas veces) por qué una feminista americana o francesa cree que yo no estoy tan preparada como ella para reconocer los esquemas de degradación patriarcal, se descubre que esto la coloca en una posición de poder: ella es la líder y yo la seguidora. Ella, que quiere cambiar el sistema para que la situación de la mujer sea más igualitaria, a pesar de ello (muy en el fondo de su legado ideológico subliminal) retiene el instinto distorsionador, racista e imperialista de los hombres occidentales. Incluso ante una mujer árabe con cualificaciones, conocimientos y experiencias similares a las suyas, ella reproduce inconscientemente los esquemas coloniales de supremacía.

Cuando me encuentro con una feminista occidental que cree que le tengo que estar agradecida por mi propia evolución en el feminismo, no me preocupa tanto el futuro de la solidaridad internacional de las mujeres como la capacidad del feminismo occidental de crear movimientos sociales populares para lograr un cambio estructural en las capitales mundiales de su propio imperio industrial. Una mujer que se considera feminista, en vez de vanagloriarse de su superioridad con respecto a mujeres de otras culturas y por haber tomado conciencia de su situación, debería preguntarse si es capaz de compartir esto con las mujeres de otras clases sociales de su cultura. La solidaridad de las mujeres será global cuando se eliminen las barreras entre clases y culturas.

 

 

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